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6 min
Venus y Géminis
Fantasía |
21.11.19
  • 4
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  • 620
Sinopsis

El sol se despide de mí en el vasto horizonte esmeralda, tiñendo de ámbar las copas de los señores del bosque.

Recostada sobre un lecho de frescos nenúfares me preparo para mi pernocta. Hace calor pero me alivia la frescura del jardín que me envuelve y me protege.

Los violines del crepúsculo afinan sus cuerdas, mientras Selene emerge con su blanca túnica y una mágica sombra de lejanas luces.

Hoy tengo un presentimiento. Mi velo tejido con magnolias levita y su susurro me estremece; me nombra. Alguien acecha, me observa, me desnuda. Noto sus ojos clavados en mi piel, agazapado entre los setos de azucenas.

"Venus....Venus"

Su siseo se alarga como el paladar del buen vino en mi boca, e intuyo su provocación. La voz proviene de todas partes y de ninguna. Se duplica, delante y detrás de mí.

"Cierra los ojos. Siente. Sientenos."

Aquella petición, lejos de ser temida, me halaga, me relaja y me hace bajar los párpados. El jardín de palacio desaparece de mi vista e instantes después, el roce de unas manos en mi espalda, en mis hombros, me sobrecoge.

Al mismo tiempo se multiplica la agradable sensación de ser objeto de mi desconocido, o quizás desconocidos duendes de la noche. Cuento al menos dos pares de manos, introduciéndose oportunamente por debajo de mis matizadas telas, que levitan sobre mi silueta a los ojos de la blanca dama que me espía desde el firmamento.

No quiero ver, no quiero saber, quiero sentir, confiando en que, al dejarme arrastrar por su voluptosidad, obtendré un generoso y misterioso encuentro con alguien a quién hace tiempo esperaba. Los he visto insinuarse en mis sueños, alborotado mis sentidos, apaciguando mis intimos anhelos.

El calor que emana de ambos se despliega a mis costados, sus carnes dóciles, firmes, varoniles, cuidadosas, me reclaman. Resoplan en mi cuello, enervando mis instintos. Sisean besos con ternura, sus bocas humedas me atrapan y se dedican a asediar mi nuca, mis hombros, mis lóbulos. Dos lenguas quieren complacerme, dar color a mis mejillas. Un consentido escalofrío me atraviesa, como un benigno rayo de primavera, e inevitablemente me hace levantar el telón que cubre mis pupilas.

Sus rostros idénticos, lascivos, me observan clavando sus ojos color miel en los míos. Genuinos gemelos de la constelación de Géminis, fornidos dioses provistos de jóvenes y estilizados músculos, que a su vez imparten delicadezas con sus manos, sus labios, generando delirios en mis poros, en mi boca. Besos que acallan mis palabras y revuelven plácidamente mis entrañas experimentando un nuevo mundo de sensaciones al ser poseída doblemente a los pies de Kronos.

Mi capa de magnolias se derrite y se esfuma al notar sus maginificiencias, como la marea al seducir la playa de mi naturaleza. Sus troncos se mueven, ondulan, se acoplan en simetría, flanquean mis caderas, prenden diminutas llamas en mi terciopelo. Su pureza me perturba, ansiando proporcionales las mismas caricias que me regalan. Consuelo mis manos, ávidas de carnes intrépidas, valerosas, atrevidas. Su calor es nuestro, mis labios saborean sus juegos bucales, mis pechos son encadenados a sus caprichosos mordiscos, sometidos al abordaje de sus inquietas lenguas, torturando los rosados picos, que alientan mis gemidos.

Me ofrecen sus estandartes, que oscilan melódicamente ante mí, apetecibles astas de carnoso y varonil aspecto, que al poseerlas con mis manos, se adueñan de mi espíritu. Géminis me extiende en el lecho de tiernas y grandes hojas. Sus fuertes brazos me hacen levitar, me transmiten seguridad y dulzura.

Madre Luna sonríe y desvía la mirada. Se tiñe de rubores y se transforma en Luna Nueva.

Quiero sentir aquel par de enérgicos falos sobre mi rostro, su calor, su alegría, su tesitura, su grandeza, es indescriptible. Mis manos los encadenan, mi boca los enjuaga, los saborea, sus dueños resoplan, su alquimia interior bulle, los bajos y delicados frutos bambolean mecidos por las sacudidas manuales, que con arte dispongo. Los maduro, los enervo y los devoro.

Dedos que inciden en mi vello resbalan, sometiendo mi sensibilidad superflua. Se concentran en el confín de mis labios, extrayendo gemidos de garganta, anegada de mi preciada caza.

Uno de ellos, borracho de deseo, se posa sobre mí, no puede resistir la tentación de asaltar mi estrecho entre la penumbra que nos envuelve, mientras continúo libando aquel otro miembro de mi desorden. Su mástil penetra hasta lo más profundo de mi lubricante candidez, me distorsiona, cierro los ojos y emito un estertor, feliz y agradecida de unirme a su causa. Echo la cabeza hacia atrás y cojo aire antes de que el vástago que merodea mis labios, llene mi golosa abertura.

Ambos comienzan a moverse a unísono, despacio, sin prisa, deslizando la totalidad de sus gruesos y largos apéndices dentro de mí ser. Las estrellas del Universo se confinan en sus ojos, lujuriosos al comprobar mi sed de pecado carnal.

Mi deleite lo hacen suyo... por todos los Dioses, que no despierte Vulcano si es su sueño, que mi dócil cuerpo sea la finalidad de sus pasiones.

Géminis es mi fantasía hecha realidad, lejos de misticismos me completa, su fuego me abrasa por dentro, entra y sale con tesón, saciada cuando me colma, vacía cuando se escapa. Me eleva a la cima del los sentidos.

Cabalgan mis buenos jinetes, mi feminidad les otorga el permiso para obrar y poseer todo lo que sus manos alcancen. Mis senos son amasados, mis auras torturadas sin dolor. Espoleo sus nalgas y aceleran el paso, uno en cada extremo de mi anatomía, ensartada de norte a sur y de sur a norte por dos ejemplares jamás pensados.

La avalancha que nos ciega se aproxima. Sus alientos se aceleran, mi corazón redobla, mis fluidos rezuman ecos de gozo, gimen y comienzan a gritar quejosos. Yo no puedo. La cúspide de mi explosividad se ve menguada a una tenue voz. Su falo afora mi boca, derrama su cálido germen a pequeñas dosis. Sí, lo quiero. Y abierta de par en par, recibo el segundo premio en mis entrañas que me colma risueño, y entre escalofríos se detiene.

Géminis me recuesta junto a mí, sudamos, respiramos los tres, con los párpados cerrados, me abrazan, se acurrucan en mi regazo. Albergo su sabor en mi piel, en mis labios. De besos me colman, de caricias y satisfacción. Los adoro.

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