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4 min
Vergüenza
Amor |
16.02.17
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Sinopsis

Hasta dónde puede derivar un sentimiento como este. ¿Verdad?

    “Tu puedes”. Me miré al espejo, me temblaba el pulso, estaba tan roja que podría dar envidia a los tomates de campo y mi rebelde mechón castaño no se estaba quieto, en fin, problemas del primer mundo. Quedaban 5 minutos.

    Corrí lo más deprisa que pude hasta la entrada de aquel parque. Recuerdo que era de noche y podía ver como las luces de las farolas pasaban por mi lado haciendo de mi carrera improvisada una ruta luminosa, “bonito pero no me ayuda, venga, concéntrate” pensé. 2 minutos.

    Y allí estaba yo, con la cara colorada y con el pelo tan revuelto que parecía un matojo de hojas de otoño. Pero al contrario que cuando estaba en casa, ya no me importaba lo más mínimo mi apariencia, ahora estaba concentrada en buscar las palabras adecuadas y en procurar que mi mano dejase de temblar. Estúpida mano. Me adentré en el sendero de almendros y farolas, pude ver a aquella persona sentada en un banco, y cada paso que daba en su dirección generaba en mi un borrón en la información que había estado pensando para decirle, en otras palabras, cuando le tuve en frente me costó alzar la mirada e incluso tartamudeé a la hora de decir un simple “hola”. Maldita sea, le conocía desde hace tres años, había planeado esto durante meses, y me estás diciendo, estúpido cerebro, ¿Qué no sabes mandar un simple saludo sin equivocarte?

    Alcé la mirada con tan mala (o buena) suerte de coincidir con la suya y quedarme mirando aquellos ojos negros (y un pelín rasgados) durante varios segundos.

    -Bueno que, ¿nos movemos? -propuso mi acompañante.

   Asentí y nuestro destino aleatorio fue un pequeño trozo de hierba de varios metros cuadrados rodeado de árboles.

    Nos sentamos, empezamos a hablar.

    Al principio las palabras se enredaban en mis labios haciendo que las frases sonasen a cualquier idioma que no fuese terrícola. Pero pasados unos minutos hablando de nuestras aficiones comunes y recordando buenos momentos, el lenguaje empezó a entenderse y mi vergüenza se esfumó, se esfumó hasta puntos extremos…

    Recuerdo como él empezó a picarme, no paraba de decir la palabra que él sabía que me molestaría pero que me lo tomaría a buenas y que haría lo que fuera por callarle.

    -¿Te callas de una vez? -insistí una vez más.

    -Me da que no -y prosiguió.

    -Sabes que si no te callas, te callaré ¿verdad? -respondí.

    Esa amenaza (que lo que tenía de amenaza es nada), debió haberle callado, sin embargo, se limitó a sonreír decir “inténtalo”.

    Según mis cálculos, si lanzaba un farol más grande, acabaría por cerrar la boca. Me posicioné a un palmo de su cara, mirándole a los ojos, y dije con voz firme: “¿ya?”

    Pero adivináis qué, las matemáticas no son mi fuerte.

    Un brillo travieso salpicó sus ojos y esbozó una sonrisa. Noté como me atraía hacia él y antes de que me quisiese dar cuenta, nos estábamos besando.

    Y ese beso fue el desencadenante de la cadena de lujuria que le siguió. Me tumbó en el suelo con delicadeza, entrelazó su mano con la mía mientras que se posicionaba sobre mi para seguir manteniendo ese contacto que al parecer tanto deseábamos. Con suavidad, fue besando mi cuello, arrancando de mi garganta suspiros que eran el combustible para que todo eso funcionase. Todo ello para mi era muy raro, el placer me lo proporcionaba la persona la cual rara vez había tenido muestras de tacto conmigo, sin embargo, sabía donde tocar y que hacer sin perder ni un momento la ternura del momento.

    Entre suspiros, nombres y besos, el momento acabó. Me acurrucó contra él y depositó un beso en mi frente, alcé la mirada.

    -No digas nada -dijo leyéndome el pensamiento- ni intentes buscarle el sentido.

    Asentí mentalmente y me acerqué a él aún más si cabe, algo dentro de mi dijo con vergüenza: como quiero a este imbécil.

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