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3 min
Verónica
Terror |
11.09.17
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Sinopsis

En la oscuridad, bajo la tenue lamparita de la habitación, ella miró al espejo. Era un imperativo moral. Debía hacerlo. "Verónica".

En la oscuridad, sentada bajo la tenue luz de la lamparita, ella reflexionó. Tenía que hacerlo. Debía hacerlo. Después de todo aquello, era un prácticamente un imperativo moral. Miró al espejo, oscuro y amenazador, reflejando su rostro macilento, deformado por las sombras que la lamparita proyectaba sobre ella.

Verónica.

Había tocado fondo. Eso era evidente. La mala vida, las noches sin dormir, los trabajos ilegales. Suspiró, moviendo la cabeza para airear sus pensamientos. Su melena negra, encrespada, se movió con ella. Estaba acabada. Pero en aquella ciudad, ¿Quién no lo estaba? ¿A quién no había manchado la sucia oscuridad que reptaba por las alcantarillas, que se ocultaba en los callejones? Espectros, monstruos y fantasmas vagaban por la periferia de la metrópolis. La sombra de la humanidad. Y era la hora. Debía completar el ritual. Era el único límite que le quedaba por sobrepasar. ¿Ella? Ella era únicamente la personificación de la cara más fea de aquella ciudad.

Verónica.

Demacrada, con el cabello lacio y negro cayendo en ondas sobre sus hombros sucios. Con los ojos hundidos en las cuencas, dos brasas encendidas rodeadas de una oscuridad insondable. Observó el espejo que tenía ante ella, tras el cual esperaba un demonio. Un demonio que ella misma invocaba. Separó los labios, y un estertor ahogado acarició la oscuridad del cuarto. Se levantó, tambaleante, y se acercó al espejo, apoyándose con las manos y la frente. Estirando las comisuras de los labios secos, lanzó una risita débil. Había llegado la hora. Robo, tortura y asesinato. Los demonios eran la última frontera. Se echó hacia atrás, suspirando.

Verónica.

El detective se rascó la cabeza, en la ventana de observación. "¿Qué diablos está haciendo?"

En la sala de interrogatorios, María la Sanguinaria se apoyaba contra el espejo, cerrando los ojos como en un trance. Los inspectores que observaban tragaban salida, inquietos. Sólo el estoico teniente Hutz le dio una calada al cigarro. "Detective, no trate de comprenderla", dijo secamente. "Yo dejé de intentarlo con la segunda víctima".

Pero los policías siguieron observando el extraño trance en el que había entrado la mujer, al otro lado del cristal. Enterrada en sombras, la figura se había echado hacia atrás, con las manos aún apoyadas en el espejo, y murmuraba unas palabras mientras temblaba.

-"Verónica. - Dijo. Todos se miraron, confusos. ¿Una cómplice? ¿Una víctima? "Verónica".El teniente echó una nube de humo del cigarro. No. No podía ser. "Verónica"

"¡¡ATRÁS‼" Gritó el teniente, al tiempo que la asesina en serie estrellaba su cabeza contra el cristal de la sala de interrogatorios, haciéndolo añicos con la frente.

Atravesando el cristal por completo, se lanzó a por los policías, que observaron, con horror, el rostro ensangrentado y demoníaco que se abalanzaba sobre ellos desde el otro lado del espejo, riendo a carcajadas.

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  • La noche es oscura, y él camina por la ciudad. Solo, con una mirada de fuego, y buscando a su presa.

    En la oscuridad, bajo la tenue lamparita de la habitación, ella miró al espejo. Era un imperativo moral. Debía hacerlo. "Verónica".

    Culpable de vandalizar una obra de arte, una artista sobrenatural es acorralada por los agentes de seguridad... Pero, lo que no saben, es que ella ya está preparada para todo.

    Y ellos jugaban, en una explanada vacía.

    Mi mundo existe en el interior de una Grieta. Un mundo en el que vivíamos en armonía, balanceándonos por las ramas con nuestros largos brazos. Pero, cuando los Grisvar, seres que se arrastraban por las paredes de la Grieta, nos declararon la guerra, todo cambió. Para siempre.

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