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4 min
Un viaje inusual
Suspense |
05.08.19
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Sinopsis

Escucho el quejoso viento que va tropezándose contra árboles y tejados, el frío me cala los huesos y la lluvia me pone triste. Después de esperar más de media hora, finalmente llega el bus. Subo presurosa, el chofer es un hombre de edad avanzada que no separa la mirada de la pista, me estira su mano y recibe las monedas, al girar el paso para avanzar me doy cuenta que todos son ancianos, me sorprendo un poco. Me siento al costado de un hombre enjuto de carnes, de piel muy blanca y cabello lacio cano. Veo que lleva unos tres tablones de madera de casi un metro de longitud sostenidos entre sus manos, y de repente comienza a rasparlos con un manojo de llaves, una y otra vez, y cada vez con más fuerza, lo observo con disimulo, me da curiosidad, pero luego cuando veo que continúa con los rasguños me comienza a dar un poco de miedo. Miro a mi izquierda y el hombre que está cruzando el estrecho pasillo del autobús tiene la mirada fija en el horizonte, absorto en sus pensamientos, tiene abundante cabello blanco, lleva gafas y tiene el rostro robusto, con las mejillas encendidas, igual como las tiene un primo mío que sufre de rosácea, miro detrás de él y una anciana bien vestida y maquillada no despega su mirada de mí, me siento algo incómoda y observada. Nadie habla, parece que no se conocen entre sí, todos son mayores de ochenta años, como si hubieran salido de un hogar de ancianos en un día de fraternización, quizá una excursión para oxigenar pulmones, ejercitar músculos y activar el cerebro, ¿pero solos, sin alguien que los supervise o los pueda ayudar ante cualquier eventualidad? ¿No veo ninguna mirada de reconocimiento o empatía entre ellos? No, no hay nada de eso.

La mujer sentada al lado de la ventana tiene el perfil de una amiga, muy particular por cierto, tranquilamente podría ser su madre. En ese momento, un anciano sentado atrás comienza a leer en voz alta y con gran entusiasmo, me llama poderosamente la atención su voz grave, me recuerda a la de un antiguo amante. A su costado, otro anciano lee un libro, cuyo autor en la portada reconozco como un compañero de letras, ¿será su hijo?, pero cuando baja el libro me mira a los ojos y me extiende un saludo, son los mismos ojos de mi amigo, volteo rápido y me quedo inmóvil mirando hacia adelante, pero, ¿de dónde me conoce? yo nunca conocí a su padre.

Todos estamos en silencio. Seguimos avanzando, las calles están vacías y hay poca iluminación, celdas de lluvia se forman en las ventanas empañadas, y me da la sensación de estar prisionera. Mientras observo a uno y a otro de los ancianos, vigilante de sus movimientos y de sus manías, comienzo a ver en ellos cierta familiaridad. De pronto la señora de adelante saca de su cartera un espejo de mano y comienza a mirarse el rostro y en uno de esos giros del espejo veo reflejado el rostro de alguien, al inicio no lo reconozco, pero pronto me doy cuenta que ¡soy yo! ¡Yo misma envejecida unos cincuenta años!, me quedo espantada, sin decir palabra, desesperada busco en mi bolso y saco mi espejo, con pavor compruebo lo visto, toco mi rostro, surcándolo, examinándolo con dolor y horror.

Después de unos pocos minutos, el ómnibus se detiene y todos comienzan a bajar despacio, uno tras otro, y en ese desfile por fin los voy reconociendo atónita, ¡son mis amigos y familiares en el ocaso de sus vidas! ¡Cómo un viaje en el tiempo, un viaje de cincuenta años al futuro!

Ya bajaron todos, solo quedo yo, miro las ventanas, aún llueve, aún se dibujan las celdas. Esperaré a que la lluvia pare.

De pronto, algo me golpea el hombro, una y otra vez, me despierto, abro los ojos y veo que el chofer está parado junto a mí, me dice que ya llegamos al último paradero, que por favor baje. Me paro bruscamente y salgo corriendo.

El mal clima persistía.

 

 

 

 

 

 

 

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