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12 min
Vientos del este y niebla gris...
Amor |
27.06.14
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Sinopsis

¿Nunca os preguntasteis qué fue de Michael y Jane Banks?

El muchacho miraba nostálgico por la ventana mientras jugaba con un viejo penique entre los dedos. Ya habían pasado 11 años desde que el viento del oeste había desplazado al del este y no podía dejar de pensar en ella. Pese a saber que ahora tendría cerca de 40 años, él no podía dejar de recordarla tan joven como la primera vez que la había visto desde las escaleras donde se escondía con su hermana. Tenía marcado en su memoria el momento en el que entro en su cuarto, les miro severa, con aquel moño apretado que la caracterizaba y, con una pequeña sonrisa que apenas se intuía a aquellos que sabían mirar, empezó a sacar objetos imposibles de aquel bolso que parecía no tener fondo. Su magia no tardó en hacer efecto sobre él hasta tal punto que podía pasarse los días mirando por la ventana, esperando verla aparecer esquivando nubes bajo aquel paraguas que parecía tener vida propia.

 

-          ¡Michael! ¡Michael! ¿Quieres dejar de mirar por la ventana? Tenemos que irnos.

 

Una voz femenina le saco de su ensoñación, suspiro bajo sin darle mayor importancia y miró su reflejo en el espejo. Las pecas que tenía con ocho años nunca le habían abandonado y, junto a su pelo rojizo, le daban un aspecto de pícara inocencia que no pasaba desapercibido  entre las jóvenes muchachas del barrio que intentaban sin éxito llamar su atención. A sus espaldas, apoyada en la vieja puerta de madera, su hermana Jane le miraba enfundada en unos vaqueros de talle alto que revindicaban su posición de feminista, el pelo rojizo la caía por los hombros en suaves ondas extremadamente cuidadas que enmarcaban sus ojos azules que, al igual que su hermano, eran decorados por las suaves pecas de sus mejillas. Guardó el penique en el bolsillo de la camisa, cercano a su corazón y fue hacia su hermana.

 

-          ¿Lista para tu gran día hermanita?

-          Soy mayor que tú – Se quejó ella al oír el diminutivo pero sonrió un poco y cogió su mano.

 

Juntos salieron de la casa y caminaron hacía el hospital. La calle del Cerezo había cambiado en los últimos años, pero eran pequeños cambios, tan sutiles que solo los niños que habían crecido en ella podían darse cuenta. El viejo capitán hacía años que había llegado al destino final y ahora era su ayudante el que tocaba los cañones y anunciaba los cambios de viento, decían que por tristeza había acogido a la locura como una vieja amante con la que siempre convivió aunque de lejos. Cuando llegaron al parque, Michael sonrió con nostalgia y busco en el suelo la silueta que Bert había dibujado de ella, pero las lluvias propias de la ciudad habían sido crueles con su recuerdo y la habían borrado muchas tormentas atrás.

Jane dio un resoplido y apuro el paso tirando de la mano de su hermano. Todos los días se preguntaba cómo podía seguir pensando en ella, después de tantos años todos la habían olvidado, incluso sus padres habían llegado a decir que esa mujer no era más que una ensoñación que la mente adolescente de Michael había creado para llamar la atención, pero ella la recordaba. La recordaba si, por mucho que la doliera saber que en algún lugar de Inglaterra ella seguía viva, la recordaba casi tan real como su hermano nunca había dejado de hacerlo. Le miró de reojo, molesta, y él se dio cuenta puesto que era imposible no hacerlo.

 

-          Pero… ¿Ahora que te he hecho? Si estas nerviosa no lo pagues conmigo.

-          Eres rematadamente idiota. Idiota.

 

No dio más explicaciones, no lo consideró necesario pero Michael siguió sin entender por qué se enfadaba tanto. Con la intención de romper la tensión, el chico la dio un codazo al pasar junto al Elis’s bar, Jane miró disimulada y se sonrojo tanto que sus pecas desaparecieron. En la puerta del bar había un chico rubio con un delantal de camarero que la miraba fijamente con una sonrisa de adoración que dejaba claro que quería todo con ella, por ella, de ella. Ella miró al suelo y apuró el paso para que nadie viera su sonrojo, iba pensando en que quizás debería darle una oportunidad a aquel chico, era guapo, guapísimo más bien, y educado, trabajador, simpático, caballeroso… era realmente perfecto, pero ella llevaba muchos años enamorada y por mucho que fuese un imposible, no quería decir te quiero a otros ojos que no fueran aquellos con los que soñaba. Pensar en ello la puso de peor humor, Michael soltó su mano y se cruzó de brazos mirándola entre serio y divertido.

 

-          O me dices ahora mismo que te pasa, o me quedo aquí. – su voz sonaba casi como la del viejo George Banks, pero la sonrisa de Winifred apareció de golpe en su rostro – Claro que también puedes regalarme una de esas sonrisas de pelirroja y si prometes no quitarla en todo el camino, te acompaño.

 

No aguantó la risa y eso le hizo sonreír a él de forma inmediata. Tanto tonto, pensó Jane, tan tonto y tan guapo, así no hay quien se enfade con él. Suspiró bajito y le regalo la mejor de sus sonrisas, la que solo le dedicaba a él y en privado aunque él eso no lo supiera. Siguieron andando durante un buen rato hasta que pudieron entrar en el hospital.

Mientras, en el número 17 de la Calle del Cerezo, el matrimonio discutía en susurros, la guerra había hecho estragos en el viejo banco y ser socio no solo implicaba cobrar beneficios cuando todo iba bien. Las criadas hacía tiempo que trabajaban gratis en la casa, aunque habían intentado echarlas la lealtad de ambas las había hecho quedarse en aquel hogar que tantas alegrías las había dado, alegrías y otras cosas… Hablaban de las pocas joyas que les quedaban, de donde venderlas y sobre todo, de cómo decirle a Michael que no podrían seguir pagándole la universidad.

 

-          No podemos quitarle eso, es lo único que le distrae de esa estúpida obsesión infantil.

 

Susurraba Winifred a su marido. El asentía serio aunque por dentro sonreía al recordar a la niñera que le había cambiado la vida, no había día en el que no se preguntara donde habría ido aquella maravilla de la naturaleza que con su  sonrisa y porte severo había conquistado todas las camas de la casa a golpe de látigo y esposas. La había buscado desde el primer momento en el que se fue, en silencio y sin que su mujer ni sus hijos se enteraran, había caminado por todos los tejados en busca de los deshollinadores que una noche se habían colado en su casa, había preguntado a todos los hombres con pata de palo si se llamaban Smith y conocían a aquella niñera, pero nadie sabía nada o no quería saberlo.

 

-          No te preocupes – contesto tranquilo – Jane empezará a trabajar hoy y ya hemos encontrado un comprador para el reloj del salón.

 

Se levantó serio, con porte autoritario y sin dejar hablar a su mujer para que no se opusiera a ninguna de sus decisiones. Winifred se quedó sola en la cocina, mirando por la ventana y pensando en su desgraciada familia venida a menos, uno obsesionado con una niñera que jamás debía volver, la otra trabajando bajo el yugo patriarcal para dar que su hermano pudiera estudiar cuando a ella no la habían permitido entrar en la facultad de medicina, su marido al que no le había durado un mes el interés por hacer cometas, y ella. Ella era la desgracia más grande de aquella familia, una feminista controlada no solo por un hombre, si no por dos, uno del que dependía su economía y otro del que pendía su corazón y su pequeña sonrisa. Sacó de entre su ropa una carta escrita a mano y llena de faltas de ortografía, la leyó de nuevo y acarició con dos dedos el rastro de hollín que habían dejado las manos de Bert. Ojalá aquella niñera con la que se competía al bailarín de los tejados no apareciese nunca más.

 

Por la noche todos descansaban en su cuarto. Jane sonreía triste pensando en cuanto tardaría su hermano en olvidar a aquella maldita mujer, miraba su bola de nieve mientras se cepillaba el pelo antes de dormir. Ojalá volver al tiempo aquel en el que todo era más fácil y las palomas se arrullaban entre ellas en las tardes de lluvia. George leía serio las últimas noticias económicas en la cama hasta que el sueño y el aburrimiento llenaron su alma de monotonía y le transportaron hasta el reino de Morfeo donde se le permitía volver a arrodillarse ante ella. La cocinera y la criada se encontraban a oscuras en el cuarto de la segunda y en silencio se permitían gritar su amor. Winifred, que sabía de lo que pasaba en el cuarto de la cocinera, prefería ignorar camas ajenas y salía en silencio por la chimenea para poder bailar entre las estrellas. Y Michael, Michael solo esperaba, esperaba a que todos quedaran dormidos y tras mucho reflexionar escribió la que decidió sería la última carta que escribiría.

     

“Mi muy amada niñera.

Ya no te acordaras de mí, estoy seguro de que tan solo fui otro niño díscolo al que sus padres no soportaban, otro niño al que tuviste que cuidar. No dudo que ni siquiera recuerdes mi nombre, pero necesitaba decirte que jamás olvidare tus canciones, tu sonrisa y aquella manera de mover las caderas cuando nadie te veía bailar. Ojala algún día vuelvas a bajar de entre las nubes.

Atentamente.

Michael Banks”

 

Bajó en silencio hasta el comedor y por un momento pensó en salir a buscar a Bert y rogarle que se la hiciera llegar, pero hacía muchos años que no veía al deshollinador, quizás habría muerto en la guerra o emigrado a Estados Unidos como muchos habían hecho. Se quedó  pensativo y al abrir la puerta de la calle el viento voló la carta de su mano haciéndola caer al fuego del comedor. Miró la carta y estuvo a punto de lanzarse a rescatar su patética carta de amor, pero entonces se dio cuenta de que Eolo había decidido por él que era lo mejor para todos, así que cerró la puerta y en silencio, sin decir una sola palabra, subió a su cuarto y durmió, por primera vez en 11 años, con la ventana cerrada.

 

Cuando el sol decidió salir, todos estaban ya en sus camas y en su monotonía del día a día. Jane, dispuesta a luchar por el feminismo en su primer día de trabajo, fue la primera en bajar a desayunar. La cocinera con una sonrisa preparaba el desayuno de toda la familia mientras se gritaba improperios con la criada, y en cada insulto se escondía uno de los orgasmos que no se permitían exclamar en la noche. Antes de que sonara el cañonazo de las 6, ya estaba colocando la corbata de George en la cocina mientras sonreía en aquel beso de despedida que siempre la dejaba la nariz manchada de hollín. Y Michael simplemente se arreglaba despacio preparándose para su primer día sin mirar las nubes, incluso decidió gastarse su penique en el primer puesto que encontrase.  Bert caminaba alejándose por los tejados, cuando de pronto algo llamo su atención. Aquella era una mañana especialmente neblinosa y al alzar la mirada a la antigua casa del capitán vio algo que hizo que sus ojos se iluminaran y susurró muy bajito con una voz ronca que le había regalado la guerra:

 

-          Vientos del este y niebla gris, anuncian que viene lo ha de venir. No me imagino que ira a suceder más lo que ahora pase, ya pasó otra vez.

En la casa, Jane corría rápidamente recogiendo todo lo que tenía que llevarse.

 

-          ¡Michael! ¡Michael! ¡Corre o llegaré tarde!

 

Empezaba a ponerse muy nerviosa y cuando observó que bajaba tranquilamente por las escaleras tuvo un impulso de tirar de su corbata y sacarle a rastras de la casa, pero el pelirrojo la sonrió y derritió totalmente su corazón, así que simplemente le bufó bajito y señaló la puerta. Michael abrió relajado mientras intentaba tranquilizar a su hermana con dulces palabras, pero al mirar al frente y ver a la mujer que se alzaba ante él con un porte sobrio, una sonrisa severa y aquel moño prieto, las palabras fueron borradas de su mente y solo pudo susurrar su nombre como el devoto que reza en la iglesia:

 

 

-          Mary… Mary Poppins.

 

 
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