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5 min
Vive aquí y ahora. La parábola del niño memorioso.
Reflexiones |
10.07.21
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Sinopsis

Un niño que mata cada segundo de su vida, pero que también lo hace resurgir.

I.

Él había nacido un día de invierno, cerca del mediodía. Vio la luz del sol poco después, despreocupadamente, luego la vio a ella, a su diosa, la que lo amamantó y alzó en brazos, dándole calidez.

Poco después creció. Primero aprendió a gatear, luego a caminar, y comenzó a balbucear. Las palabras pequeñas vinieron después.

Veía su mundo con ojos renovados cada segundo de tiempo. Cada momento era irrepetible a sus sentidos, y bebía del manantial del espacio y del tiempo sin preocupación alguna. Cada instante nacía y moría simultáneamente, y estaba bien para él. Así debía ser, sencillamente, porque así es como suceden las cosas.

II.

Luego fue a la escuela, aprendió sobre los colores, descubrió que ellos tienen nombres, el rojo es rojo, el amarillo es amarillo, pero no verde ni azul. Luego descubrió los números, que existían días de la semana y diferentes horas en el mismo día.

Vio que sus padres parecían seguir un ritmo. Que mamá y papá eran unas personas a la mañana, otras a la tarde y otras a la noche. Notó cambios en ellos, y eso despertó su curiosidad… más bien, abrió la caja de Pandora.

III.

Desarrolló lo que sus psicólogos consideraron una manía obsesivo-compulsiva: nombrar a cada cosa, circunstancia o persona, etc, no según las categorías que le enseñaron en la escuela o en casa, sino en base a cada segundo de tiempo.

La primera alarma fue cuando le dijo a su amiga Laura que ella misma había muerto un segundo atrás, pues ya no era la misma Laura, esta vez tenía algo que la diferenciaba de la anterior. Claro que esto le traía infinidad de problemas de comunicación, pues sus interlocutores no podían entender que una persona recategorice, in eternum y sucesivamente, todo aquello que percibía.

Sus psicólogos –pronto el único que lo trataba requirió interconsultas- decían que el niño parecía estar viviendo un permanente duelo, puesto que su melancolía, según analizaron, se debía a que no tenía nada a lo que aferrarse, ¿y es que cómo hacerlo, cuando todo muere a cada instante de tiempo?

IV.

Se fue condenando a un ostracismo autoimpuesto, la comunicación fue cada vez más difícil. Un día, simplemente, decidió no salir más de su habitación, pues allí, si bien su problema continuaba, al menos lo mitigaba, pues sólo dejó su cama en el lugar.

Sus problemas empeoraron, pues comenzó a aplicar el mismo principio maníaco a sí mismo. Notó que sus pensamientos y emociones variaban, que eran como una marea que no cesaba de sentarle puñaladas, una y otra vez. Él nacía y moría permanentemente, notó que su “yo” era una falacia, pues variaba sin cesar. Era una apariencia, una categoría mental y “lógica”.

V.

Un buen día, simplemente, salió de su habitación, y comenzó a comunicarse con su familia y entorno.

Sus psicólogos lo entrevistaron, y advirtieron que el niño, aparentemente, parecía haberse adaptado a la sociedad en la que vivía, como así también a su lenguaje, como si un “olvido” de su manía se hubiera, milagrosamente, sucedido.

Regresó a la escuela, y todo marchaba muy bien, obtenía buenas calificaciones y tuvo su círculo de amistades.

VI.

Un buen día su amiga Laura le dijo: “qué bueno que pudiste solucionar tu problema”; ante lo cual él replicó: “no Laura, no resolví mi “problema”, sólo me di cuenta que la única solución es estar aquí y ahora. Ya no me importan los nombres de los colores y los números, tampoco si crees que te llamas Laura o cómo me llamo yo. No existes Laura, no existen los colores, ni los nombres, son simples artilugios para darle un sentido a la existencia y posibilitar la comunicación, como también una comprensión que siempre será incompleta, pero que nos tranquiliza; ¿pero sabes qué?, todas esas artimañas son simples recursos de la mente que, por cierto, es otro constructo artificial. La existencia “es” Laura, sólo la existencia, “nosotros” somos simples testigos de lo que es ella, la Existencia. No tenemos nada a lo que aferrarnos, estamos vacíos, no hay nada, pero podemos ver y sentir esa existencia, sin preocuparnos de los nombres y categorías, ¿me entiendes?”.

Laura le contestó, básicamente, que sintió que él habló en un dialecto de otro mundo, pero él no se lo tomó a mal. Fueron amigos toda la vida.

VII.

Un buen día, el niño se hizo anciano. Por supuesto, como él nacía y moría a cada segundo, no le preocupaba en absoluto su eventual desaparición física, pues esta sería algo redundante.

En la cama del hospital, lleno de agujas con sueros, se fue de este mundo el niño memorioso, desintegrándose en la Existencia, disolviéndose en ella.

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Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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