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5 min
Viviendo lo nuestro IV (vs Gabrielle)
Fantasía |
09.07.19
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Sinopsis

El trino de un pájaro me despierta de mi sueño reparador. A oscuras palpo la mesita de noche buscando el móvil. Al encender la pantalla veo que son casi las cuatro de la madrugada y un mensaje sin abrir. Me pregunto quién puede ser a éstas horas.

- ¿Duermes? - me pregunta Sara por watsapp.

Ahora ya no, respondo en mi interior. Cuesta de enfocar la vista y me siento para poder escribirle una respuesta. Prendo la lamparita.

- Dormía ... dime.

- ¿Voy a tu casa? - contesta.

Necesito unos segundos para reaccionar. No creía del todo que esto pudiera ocurrir pero ahora no puedo tener dudas sobre ella, así que le envió mi dirección y me advierte que en unos minutos llega. Husmeo en mi axila. Creo que me da el tiempo justo para tomar una ducha rápida y despejarme.

Mientras el agua tibia resbala sobre mi piel, caigo en la cuenta de que Sara me ha hecho vaciar mi cabeza de ecos apesadumbrados, heridas recientes, nostalgia presente, días en blanco sin un buen coño que llevarme a la boca. Echo de menos el sabor a hembra en mis labios, aderezado con gemidos de placer.

Salgo de la ducha y me seco con energía. Suena el interfono con la toalla todavía en mi cabeza. Le abro abajo y me deshago de la toalla para peinar mi pelo con los dedos. No hay tiempo para más.

El ding dong escandaliza el silencio que me envuelve y le abro en traje de noche. No tengo nada que ocultar ya.

Se presenta provocadora con un presente en su mano: las bragas.

- Un regalo. Toda tuya.

No le hacen falta más palabras para echarse en mis brazos, besarme, dejar que me ocupe de intercalar mis manos para ir quitandole el vestido de camino al dormitorio, dejando pistas de su llegada por el pasillo. La luz de mi mesita nos orienta entre juegos de lengua y mordiscos carnívoros en los labios. La cojo por sus redondas y bien formadas nalgas para sentarla y dejarla caer después de espaldas al colchón. Un divino espectáculo se abre a mis ojos.

- Tengo hambre de ti, Sara - le aviso.

- ¿No has cenado hoy? - pregunta quisquillosa abriéndose de piernas y apoyando los antebrazos en la cama - Pues se te va a enfriar la cena.

- Me faltaba un buen postre.

Dicho esto me arrodillo y hundo mi cara entre sus muslos para tomar contacto con sus dos pares de labios, cuyo sabor exquisito me hace emitir un murmullo ahogado de aprobación. Sara expira y apunta con su barbilla al blanco techo, apretando sus pechos con las manos. Tampoco me quiero perder la fiesta de su piel que acaba de arrancar con aquel par de golfas temblando impacientes por encima de mí, y mientras continúo arrasando a lametones su clítoris, dirijo mis dedos ascendiendo por su cintura, hacia sus pezones enfurecidos por la acción de mis caricias.

Mi hermano siamés me avisa de que también desea participar, la sangre se acumula con espantosa presión en su total longitud y me llama egoísta. Como buen hermano le hago esperar un poco más, lo justo para hacer llegar a Sara a su punto exacto de ebullición, lubricando sin descanso su tierna hendidura. Siento sus manos encima de mi cabellera, dirigiendo el contacto de mi ligera lengua que aprieto y paseo por todo su esplendor. Gime y se retuerce totalmente humedecida.

"Mini yo" me pide turno y me incorporo de mi plegaria, pero como quiero alargar la noche no la penetro todavía, me dedico a masajear con la punta de mi inflamado ariete las puertas de su paraíso, frotando, subiendo, bajando, resbalando, esperando que me lo pida. Y así es.

- Métemela ya, cabrón. Quiero sentirte dentro.

Sus palabras accionan el resorte de mi voluntad y clavo mi taco en la diana. La deslizo dulcemente y sin temor entre su jugosa carne, entonando una balada de alegres lamentos a dos voces que desgarran el silencio de mi habitación.

Luego me pongo a bombear sus jugos dentro y fuera de su guarida, achicando ayes, ella tumbada con las piernas en uve, mis manos sujetando sus tobillos, las suyas encadenadas a mi cintura, marcando el ritmo.

Me estoy sobre excitando por falta de prácticas y no me gustaría acabar tan rápido. La saco y me reservo.

- Ponte a cuatro - le digo.

Mi combustible Sara obecede.

- Tienes un culo precioso - observo.

- Lo sé - confirma arrimándolo a mi pubis como una gata en celo.

Lo muerdo repetidas veces, paseando mi índice por su angosta estrechura y vuelvo a regar su jardín con mi saliva, apoyando mi espalda en el borde de la cama y abriendome camino con las manos en su glamuroso trasero. Libo su elixir que se derrama en mi boca y atrapo su diminuto apéndice entre mis labios, arrancándole gemidos. Mi dedo ronda suavemente las puertas de su cálida vagina.

- Me gusta así - me regala.

Pronto hago llegar su momento álgido, con la cara enterrada en las sábanas y un terremoto agitándolo todo.

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