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7 min
VIVIENDO LO NUESTRO IX (vs Gabrielle y Gamusino)
Amor |
07.10.19
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Sinopsis

Con las suaves olas rompiendo en nuestras cinturas buscamos el contacto físico, Sara me besa con pasión sin soltarme y siento su calidez en mi piel, en mi boca, y me entrego como si ella fuera mi tabla de salvación.

 

Sus manos ávidas recorren mi cuerpo buscando mis otros labios por debajo del elástico. Su dedo explora en busca de mis cavidades. Emito un gemido apagado al sentirme penetrada con su dedo medio y por todos los demonios que no sabemos cómo va a acabar esta explosión. Un poco avergonzada me muestro más pasiva de lo habitual en mi y me dejo hacer, pero el fuego no hace más que propagarse. 

 

Mis caricias, simples y tímidas, parece que obran un efecto inesperado y nuestra respiración es más profunda cuando coge una de mis manos para dirigirla al lugar correcto, donde puedo percibir la suavidad de su sexo. Mis ojos la miran con intensidad. Los suyos me funden. Quizá si salimos del agua pueda hacerse realidad nuestro deseo...

 

Al mirar hacia la orilla intento entender lo que mis ojos me enseñan: un tío haciendo un streptease al ritmo de una canción de Maroon 5. De lejos no veo un pimiento, pero cuando se saca la camisa no tengo duda. Es Paul, bailando como un boy, y ¡por favor, qué bien lo hace!

 

—Mira, Sara— le digo separando mi cuerpo del de ella y sonriendo, aún con pesar por no poder continuar con nuestra recién iniciada aventura.

 

Sara se gira  y ve a Paul en la orilla, bailando y por su nariz arrugada, creo no le gusta la música que suena, y creo que tampoco le ha gustado la interrupción. Aún así le da la risa.

 

—¿Qué haces Paul? -le sale del alma ante tanta tontería.

 

 —Ven, —le digo, tirando de ella hacia afuera del agua.

 

Y claro, allá vamos las dos a hacer cabriolas con Paul, que exhibe un minúsculo tanga negro.

 

Cerca de la orilla nuestro boy hunde la cabeza en el agua y la saca echándola hacia atrás levantando un chorro de agua, en plan película.

 

Llegamos a donde está él y entre risas me subo en su espalda y detrás de mi sube Sara. Trata de caminar a gatas con nosotras a cuestas y acabamos los tres tirados sobre la arena entre risas y extremidades enredadas.

 

Mi cara queda muy cerca de la de Paul, que me observa fijo a los ojos. Se me escapa un pequeño beso en sus labios y sonrío complacida.

 

—Estás como una cabra! Y parece que le gusta el cumplido.

 

Cuando los cuerpos están más calmados Sara propone  volver a casa, comer y decidir qué hacer, recordándonos el trabajo que tenemos pendiente.

Nos cuesta marcharnos, así que ella se adelanta a darse una ducha rápida y a preparar la mesa.

 

 —¿Qué estaba pasando en el agua, Angy? —me pregunta con indecisión Paul. —Creí ver...

 

Yo enrojezco hasta las orejas. En ese momento me doy cuenta de que nos ha visto todo el rato. 

 

—Nada. —No sé que esperaba que le contase. No tenía palabras que pudieran definir mis sentimientos. 

Opto por levantarme y tiro de él para que también lo haga. Espero que entienda que no quiero hablar. Por suerte lo hace.

Vamos paseando lentamente y en silencio en dirección a la casa.

 

Cuando llegamos la mesa está puesta y Sara, muy sexy envuelta en una mini toalla, bebe una cerveza y nos mira de arriba a abajo, cómo vamos llenos de arena.

 

—¿Te importa que nos demos una ducha rápida? —pregunto al ver su expresión. No hay respuesta, sólo un encogimiento de hombros como aceptación.

 

Sin consultar opciones nos metemos juntos en la ducha. Paul pone jabón en sus manos y empieza a enjabonarme la espalda. En un susurro me dice al oído:

 

—¿Hace uno cortito, mi niña?

 

—Paul, eres insaciable... — me río, no sé si va en serio o en broma.

 

—Tú también, por lo que parece...

 

Me giro y lo observo seriamente. ¿Me está recriminando...? Pero esa cara adorable me dice que no, que simplemente su deseo puede más que él.

 

 

Salimos del baño entre risas, comentando la ducha de lluvia y hallamos a nuestra amiga picoteando ensalada y tomándose la segunda birra.

 

— ¿Os lo habéis pasado bien?-  Pregunta con una cierta sorna mientras se sirve una generosa ración de arroz al horno. Nosotros sin dejar de sonreír hacemos lo mismo.

 

La comida fue muy agradable en calidad de la materia prima, creándose un buen ambiente y mantuvimos una conversación distendida entre los tres, por una vez, sin discutir.

 

Tomando el café en la terraza Sara nos comenta:

 

— ¿Os parece que cuando oscurezca hablemos del trabajo del taller?

 

Nuestra respuesta se convirtió en risas, cachondeo, comentarios estúpidos y... más o menos: “no jodas Sara”.

 

Con cara de cabreo responde: — vale. Tengo una costumbre ancestral: la siesta. Me voy a la cama. Nos vemos.

 

Y se fue escaleras arriba, envuelta en la mini toalla y dejándonos merecidamente asombrados y con la palabra en la boca. Paul cabecea y parece que de repente toda hilaridad se ha evaporado poniendo nuestros pies en el suelo.

 

—Ven aquí, Angy, hablemos. 

 

—¿Sobre qué?

 

—Tenemos una conversación pendiente, ¿recuerdas?

 

—También tenemos una sesión de fisioterapia pendiente. Pero si prefieres hablar, me parece bien. Tú dirás.

 

—No es sobre el relato conjunto. Ni sobre Sara.

Es sobre tú y yo. — Me mira, evaluándome.

 

—Si es que puede haber un tú y yo —continúa. 

 

Ahora si que me descoloca. Me levanto de la silla y miro  a lo lejos la vista que tengo ante mis ojos.

 

—No sé que esperas de mi, Paul —respondo un poco azorada, de pie, apoyando la espalda en la barandilla. —No me conoces. Desde que nos relacionamos hemos compartido desayunos en el hospital y poca cosa más. Eso si, me conozco todos tus escarceos y hasta me has pedido consejo alguna vez sobre el tema. Eres enamoradizo por naturaleza... eso asustaría a cualquiera... y después de tu divorcio con Selena, no entraba en tu cabeza atarte con una nueva relación de pareja. 

 

—Cierto, hablamos sobre ello —responde.

 

—¿Qué quieres que piense de tú y yo?  —Enciendo un cigarrillo, tiempo para pensar en cómo continuar. —Además, últimamente me hablabas de Sara con pasión y con mucha intención de seguir liado con ella. ¿Qué ocurre? ¿Has perdido el interés? 

 

—No te he pedido nada, —sigo con mi exposición. —No te sientas obligado a ser amable por haber tenido sexo conmigo, yo he disfrutado tanto como tú. Soy Angy y nada más. Somos Paul y su amiga Angy.

 

Ya he hablado de más. Me siento otra vez. A partir de ahí callo empecinadamente y espero su réplica.

 

 

Pienso en Sara, dormida en el piso superior y vuelven las dudas a asaltarme respecto a ella. Puede ser una chica un poco especial pero es una buena persona que me ha regalado sus sentimientos. ¡Puñetero deseo! ... nos hace obrar de extrañas maneras.

Pienso también que uno de nosotros debería subir a comprobar que está bien...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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