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7 min
VIVIENDO LO NUESTRO VII (vs Gabrielle y Gamusino)
Amor |
18.09.19
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Sinopsis

A Sara no le hizo mucha gracia la idea de ir con mi coche, quizá algo pequeño para tres personas y su equipaje. 

Pero yo prefería tener una vía de escape a mi alcance. No sabía cómo se iba a desarrollar el finde. 

Lo que estaba claro es que ella tenía sus intenciones con Paul, o con Paul y conmigo, porque, no nos engañemos... ¿a qué viene invitarnos a una casa en la playa y "con una sola cama", si no es para estar solos y juntos? 

Aún así, aceptó de buen grado la tontería de ir detrás las dos juntas.

 

—¡Por un fin de semana genial! —dice Paul levantando su copa. Y brindamos los tres haciendo chasquear los cristales con júbilo.

 

Y llega el sábado, con más nubes que sol. A las nueve de la mañana recogemos a Sara que sube en el coche detrás conmigo. Lleva un vestidito playero bastante escotado que compite con mi short y top negro mostrando ombligo; le da las señas a “Bautista”, y enfilamos la interestatal 66 hacia el sur, escuchando una emisora con música de los 90. 

 

Ambas hemos ido conociéndonos un poco y aunque no congeniamos mucho, sí lo suficiente como para no ser incompatibles y pasar un buen fin de semana.

Suena "Angels" de Robbie Williams, el ritmo lento de la canción y el run run del la larga carretera adormece a Sara, que dormita con una cara relajada y una sonrisa y parece que tiene buenos sueños. 

 

—Paul, ¿no es la zona a la que vamos donde estuviste con Jessica? —pregunto con ironía pero sin alzar la voz para no despertar a Sara.

—Ejem, si, —contesta un poco atragantado. Se nota que empieza a dudar de que haya sido muy buena idea haber tenido tanta locuacidad cuando compartíamos nuestros descansos. Ser asistente social a veces hace que la gente te quiera contar sus penas... o sus alegrías, como ha sido el caso.

 

Sara despierta de su cabezada, me mira y se sonroja.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Si, es que acabo de tener un sueño...

—¿Bueno?

—Bastante. De tú y yo.

—Anda, cuéntamelo, —le pido, interesada.

—No lo recuerdo mucho (creo que no me cuenta la verdad), pero sí que te decía que tienes unas hermosas piernas... y tú me contestabas que creías que mis ojos y mi boca son sexys.

—Es que lo son, Sara... —No sé porqué no iba a decírtelo. 

Ella se acerca a mi oído y me susurra: —¿hace un piquito?, sin lengua, claro. Vamos a martirizar un poco a Paul.

Nos quedamos mirando al retrovisor y vemos a Paul muy interesado en los que ocurre detrás, lo que nos hace soltar una buena carcajada.

Éste carraspea:

—Sara

—Dime Paul...

—Deja algo para luego, por favor.

—Tranquilo —contesta Sara, —que besos no van a faltar. 

Nuestras risas acaban contagiando a Paul.

—Me alegro de haber aceptado la invitación, comento a ambos. 

En ese momento Sara me dedica una mirada extraña y yo no puedo evitar acercar mis labios a los suyos, que entreabiertos me invitan a besarlos.

Paul nos ha pillado. Yo aún estoy asombrada de lo que acabo de hacer.

 

—Lo lamento pero necesito un poco de atención, tortolitas— nos interrumpe el pobre, —me refiero a que no sé por donde tirar.

Dúo de risas otra vez.

 

Después de descargar los bártulos y enseñarnos la casa, Sara se ofrece a ir al super para avituallarnos y yo me apunto para acompañarla.

Estoy inquieta desde lo del coche. No entiendo que me ocurre.

Nada más salir a la calle, Sara me pregunta a bocajarro:

—Oye, Angy, no te hacía bi. ¿Ibas en serio?

Sonrío y le contesto:

—No, Sara, no lo soy.

—¿Entonces?

—Me gusta jugar, ya lo sabes.

 

Veinticinco minutos más tarde llegamos a la puerta de casa con dos bolsas cada una. 

Se nota que Sara le está dando vueltas a algo en su cabeza. Se dio cuenta de mi interés por Paul al conocernos... o es muy receptiva o Paul un poco corto.

La verdad es que tengo mucha curiosidad por lo que sienten sus otras amigas cuando se lo hacen con él. Incluso ella me ha confirmado que vale la pena probar...

 

¿Y si la que realmente vale la pena probar, es ella? 

 

No. Imposible.

 

Lo único que sé es que me atrae. No como Paul, claro. Con él me tiraba a la piscina por saborear el placer que intuyo me puede ofrecer. Pero, una mujer... ¿Y si meto la pata hasta el cuello? Y si resulta que sí me responde... ¿qué hago entonces? ¿Podré continuar o me echaré atrás?

 

Deja las bolsas en el suelo delante de mi para buscar las llaves. Yo también lo hago. Cuando está a punto de abrir, oigo mi propia voz decir:

—Sara... 

Ella se vuelve y sin darnos cuenta acabamos abrazadas,  nuestros cuerpos muy juntos, y nuestros labios, que ya conocen el camino, se encuentran.

 

Lo primero que siento es la suavidad y calidez de su boca. En esos breves segundos, con los ojos cerrados, siento una energía que me inunda ¿placer? No lo puedo definir. Lo segundo son sus pechos sobre los míos. Y eso me baja del cielo de repente. 

—Yo... Sara... no quería, si bueno, pero... lo siento!

Y salgo corriendo en dirección a la playa sin escuchar la voz de Sara que me llama sorprendida por mi reacción.

 

Paul abre la puerta, alarmado por la llamada de Sara.

—¿Qué ha pasado? ¿Y Ángela?

 

Sigo corriendo hasta que la rodilla me alerta de que pare. Continúo andando hasta la playa, y cuando llego allí me siento en la arena, frente al mar.

Enciendo un cigarrillo y respiro. Una calada tras otra y lo apago en mi cenicero portátil. Veo el movil y siento que vibra. No puedo contestar ahora. Por favor, Paul, no insistas, no insistas!  La llamada termina. Le envío un escueto mensaje: —estoy bien. 

 

Necesito un rato en blanco. 

Jugar está bien, pero hay que estar seguro de poder terminar el juego. Y no conozco este juego. 

 

Enciendo otro cigarrillo. Al terminarlo sé que llevo ahí unos treinta minutos. Me decido por fin a volver.

 

Llego a la casa, la puerta se abre, no han echado la llave. Todo está en silencio. Voy a por un vaso de agua y entonces los veo.

El sofá está de espaldas, pero puedo ver el torso desnudo de Paul inclinado sobre la espalda de Sara. Le está dando un masaje, pero su cara, la expresión de ¿deseo? que fluye de su cara es inefable.

 

Dejo el vaso en la encimera y en silencio me dirijo al baño, el único lugar privado de la casa. 

Pienso que en mala hora acepté venir. En el fondo albergaba la esperanza de que ocurriera por fin con Paul lo que deseaba desde hacía tiempo y lo único que consigo es crear situaciones incómodas con Sara y contemplar de primera mano con otra lo que deseaba para mí.

 

Llaman a la puerta. No puedo hacer como una niña que se esconde. 

—Pasa —digo sin saber a quién y sin mirar a la entrada.

—Angy...  —oigo la voz de Paul, que entra cerrando la puerta. —Sara me ha contado...

—No vuelvas a hacer eso —me dice cogiendo mi cara por la barbilla. Nos miramos a los ojos unos momentos antes de que sus brazos me envuelvan con fuerza.

—No, Paul. No lo haré.

 

No consigo realmente saber si se refiere a mi huída o al beso con Sara.

 

Sus brazos bajan despacio de mi espalda a mi cintura, me acerca a su cuerpo e inclina su cabeza. Su boca está muy cerca de la mía...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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