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5 min
VIVIENDO LO NUESTRO VII (Vs Serendipity y Gamusino)
Amor |
17.09.19
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Sinopsis

A mí me pareció una chorrada lo del coche y el ofrecimiento de Paul de ser el chófer de dos damas, pero bueno, cada cual tiene sus cosas. Y que yo compartiera cama con él como si fuera mi pareja “de facto”, la verdad, era mucho suponer por parte de Angy. Puesta a preferir me inclinaba por los tres dentro, juntos o revueltos, pero ya se vería. Puede que estos dos lo dudaran pero la idea de pasar un fin de semana en la playa con dos personas que a priori no eran mis modelos a seguir, no tenía ningún objetivo sexual prioritario, pero no lo rechazaría claro. El tiempo lo dirá, pensé.

 

Y así, después de un brindis y despedida, cada cual para casa. Ellos se fueron juntos y yo a ver como andaba Jara y a hacer una interesada visita a mi madrina.

 

Y llegó el sábado, con más nubes que sol. Me recogieron, subí detrás con una Ángeles en short y top negro mostrando ombligo; le di las señas a “Bautista”, y enfilamos la interestatal 66 hacia el sur, escuchando mierda de los 90. Ay, los 80 fueron el canto del cisne del pop. Interrumpe mis pensamientos Angy diciéndome al oído.

 

— ¿te gusta jugar?

 

Intuyo de qué va. Paul no lo ha oído con la ruidera del mini.

 

— claro. ¿Quien empieza?

 

Y mete su mano entre mis muslos. Paul no ha podido verlo, ya que estoy sentada detrás de él. Me deja bastante desconcertada la acción de Angy, máxime con que no se conforma con el mero contacto, sino que sus dedos juguetean rozando mis bragas. No quiero crearme falsas esperanzas y le digo:

 

— Angy, si quieres provocarlo hay que hacerlo para que pueda verlo.

 

Mientras le hablaba cerraba mis piernas aprisionando sus dedos que seguían hurgando. Ya estaba mojada.

 

— vale... ¿qué hacemos?— me susurra al oído.

 

Agarro su mano y la elevo restregándola en mi vientre hasta mis pechos. Llevo un vestidito playero bastante escotado. Me enerva el contacto con mi piel. Paul lo ve. Ella agarra la mía sonriendo, y también la mueve rozando sus piernas. Paul mira. Yo vacilo:

 

— vaya patas tienes Angelines. ¿Donde las compraste? (Risas)

 

— en el sitio donde encargaste tus ojitos y labios tan sexys, guapi (más risas)

 

Veo que Paul no pierde detalle, y se me ocurre una interesada maldad. Me acercó al oído de Angy.

 

— ¿hace un piquito... sin lengua, eh?.

 

Y me quedo mirando al retrovisor. Angy suelta una carcajada, asintiendo. Paul carraspea. Parece reclamarme.

 

— Sara.

 

— dime Paul.

 

— dejad algo para luego por favor.

 

Risas...

 

— Menos mal que estamos llegando— dice. Parece tener prisa por llegar. Angy me mira divertida.

 

— Pues yo me estoy alegrando de haber aceptado la invitación.

 

Y sabiendo ser objeto de atención acerca sus labios a los míos que están esperando entreabiertos. Un beso fugaz pero nada inocente, ya que la punta de su lengua me saluda brevemente, pillándome indefensa. Esto no estaba en el programa, pienso. Creo que nos ha pillado.

 

— Lo lamento pero necesito un poco de atención, tortolitas— nos interrumpe el pobre.

 

— Tranquilo Paul, que besos no van a faltar— le consuelo.

 

— Gracias por tu generosidad pero me refiero que ya no sé por donde tengo que tirar.

 

Risas contagiosas...

 

— ve hasta el fondo y tras la curva la última casa a la derecha. Métete en la entrada.

 

Aparcamos junto a la puerta y entramos en la casa con las mochilas, portátiles, etc... y Angy haciendo el paripé con el saco. Ellos quedan encantados con las vistas a la playa.

 

— vaya con la madrina... ¿la heredarás cuando palme?

 

Risas...

 

— no creo... oíd nenes, no tengo ganas de cocinar y vosotros creo que tampoco. Me voy al Mercadona de la calle de detrás a comprar tres raciones de arroz al horno, pan y frutas. ¿Os va?

 

— perfecto, te acompaño— me dice Angy. Paul no hace ningún gesto de moverse, así que...

 

— Paul, en la nevera tienes Estrella Galicia, vino y vermut casero. Ahora volvemos.

 

Nada más pisar la calle inquiero.

 

— oye Angy, no te hacía bi. ¿Ibas en serio?

 

Angy exhibe una de sus maravillosas sonrisas.

 

— no Sara, no lo soy.

 

— entonces...

 

— me gusta jugar, te lo dije.

 

Veinticinco minutos más tarde llegamos a la puerta cargadas con dos bolsas cada una. Mi cabeza le ha dado bastantes vueltas a ese “me gusta jugar”, deduciendo que el objetivo de Angy no es otro que Paul. Se ve que el concepto de amistad de uno y otra difieren bastante. Me veo en medio del fuego cruzado. Al menos será divertido. Dejo las bolsas en el suelo, busco las llaves y cuando voy a abrir.

 

— Sara...

 

Me vuelvo, y Angy, que también ha dejado sus bolsas, me agarra de la cintura y arrimando su cuerpo al mío me besa en los labios, metiendo su lengua hasta que la mía despierta de su letargo.

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