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14 min
Viviendo lo nuestro X (vs Gabrielle y Seren)
Fantasía |
11.10.19
  • 4
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Sinopsis

Nos revolcamos entre roces manotazos y risas, hasta que exhaustos nos arrastramos tierra adentro para postrarnos al sol como estrellitas de mar.

A Sara se le abre el apetito y nos obliga a regresar a la choza para llenar el estómago. Es lo que tiene haberse saltado el vermout. Se adelanta para darse una ducha mientras vamos recogiendo las cosas de la playa y antes de marcharse nos recuerda nuestro affaire pendiente como escritores. Y lleva razón aunque nos pese.

- ¿Qué estaba pasando en el agua, Angy? - le hablo con algo de timidez en mis palabras - Creí ver...

Se acalora y evita la respuesta con un esquivo "nada".

Me ofrece la mano para ayudarme a levantar del suelo y al ver su expresión me hace entender que no debo urgar más en ese tema. El silencio y las miradas correspondidas nos acompañan durante el trayecto de vuelta.

Sara lleva una escasa toalla anudada por debajo de las axilas. Sentada en la silla, presidiendo la mesa, preparada para atacarla. Muy provocativa ella, en plan diva, enseña muslamen mientras empina un sorbo de cerveza. Casi nos insinúa su jardín floral. Nos mira atrevida.

- ¿Te importa que nos demos una ducha rápida? - le pregunta Angy para evitar la incomodidad de la sal.

Contesta con una elevación de sus torneados hombros. No le incomoda en absoluto.

Sin tiempo que perder, Angy tira de mi mano y tras cerrar la puerta del baño nos metemos en la ducha que hay junto a la vacia y redonda bañera de hidromasaje, haciendo desaparecer la ropa como por arte de magia. Abro el agua caliente y agarro el bote de gel, cuyo líquido espeso uso para extenderlo en la espalda de la preciosa mujer que alborota mi corazón. No puedo evitar acercarme a su oído y musitarle una sugerencia.

- ¿Hace uno cortito, mi niña?

De espaldas me contesta, abrumada.

- Paul, eres insaciable... - ríe.

- Tú también, al parecer...

Se gira y observa la pasión incontrolada de mi deseo en mis pupilas. El fuego regresa a mi consciencia.

La catarata de agua tibia relaja su cuerpo por delante y mis manos lo hacen por sus hombros, resbalando por sus brazos. La desnudez de su espalda me conmueve y beso su cuello, paladeo su piel. Recojo sus pechos con mis manos y ella abraza mis caderas apretando sus nalgas contra mi ya latente inflamación. Es automático, sentir mis manos llenas de aquel par de tiernas y excitantes redondeces para que mi sangre se solidifique ahí abajo.

Las deformo con mimo cual artista alfarero moldeando en barro y cierra los ojos dejándose llevar. Una de sus manos se posa en mi cuello y se alegra de entender que ahora es la dueña de mis fantasías. Me deslizo por su vientre mientras mantengo sujeto uno de sus pezones. Mi dedo altera la paz de su minúsculo ecosistema entre gemidos y temblores, incidiendo con mi dedos en sus dos pares de labios, jugueteando al mismo con tiempo su aureola. Angy gira su cuello y me besa ardiente, le gusta como la pongo en trance. Me agarra el mástil donde he izado la vela mayor y lo masajea para comprobar su dureza. La tengo en celo, dominada por mi mano que no deja de frotar y dar pequeñas vueltas alrededor de su epicentro encharcado de fluidos. Encara mi asta y en un descuido emocional la empujo entre sus adorables nalgas. Ella se retira en un suspiro.

- Por ahí no, cielo - me advierte.

Habrá pensado que busco su puerta de atrás, pero nada más lejos de mi intención que saltarme su permisibilidad.

- Por supuesto que no - la calmo - Déjame hacer.

Se destensa al escuchar aquello y permite que mi apéndice recorra toda la pecadora estrechura de su escondido tesoro. Al notar mi sexo estimular las puertas del suyo, a la par de mis dedos incansables recorrer su punto más sensitivo, abre la boca para coger aire y empuja su trasero hacia mi pubis para un mejor acceso. Sus manos me sujetan para que no me separe.

- Sí... así sí - murmura.

Está encendida y separa las piernas. Es enorme recoger su placer y entender como me siente al compás del rumor del agua tibia cayendo sobre nosotros. El glande tropieza con mis dedos una y otra vez, y por como se mueve ella creo que me estoy acercando a su conquista por segunda vez. A embestidas lentas y profundas me cuelo dentro de ella a media bandera sin dejar de telegrafiar sobre su clitotis. A veces entro y a veces no.

Gime. Yo resoplo en su oreja.

De repente se zafa de mi amarre y abalanza su boca anegando la mía con un beso febril, una mano en mi cuello me obliga y la otra en el miembro lo abriga, lo masturba, me perturba.

- Te quiero dentro de mí - expone con ojos perniciosos al respirar.

Y agarrandola por la base, arrima su pubis candente y resbaladizo para dar varias pasadas por su tierno vértice antes de enfurdarla desde la cúspide hasta los cimientos. Apoyo su espalda en la pared, mi mano en su cintura, la otra amasando su pecho sin cuartel.

Un latigazo de placer me recorre la espalda y ambos nos miramos. Comienza el asalto. Baile de cuerpos al mismo paso, al mismo son. Salgo y entro acompañando su melodía a golpes de riñón. Su respiración se agita, sus manos estrujan mis glúteos. Me arrastra de nuevo a su meta. Golpe tras golpe, su cuerpo enrrabiado me fustiga, absorbiendo mi ariete con hambre atrasada. Sucumbo a su cabalgadura que supera la mía y hace precipitar mi orgasmo, aunque mi preciosa pareja de baile no tarda en secundarme.

- Sí... lo quiero Angy. Dame...lo.

La expresión de su cara me resulta divina, angelical, el mejor regalo que me dió ninguna. Se abraza a mi. La abrazo también sintiendo su candor, su sencillez, su alma. Fatigados, nos fundimos bajo la tonificante cascada. En silencio nos tenemos, nos besamos, nos fugamos.

Hago cesar la musicalidad de la lluvia para que solo nos oigamos, nos besemos, nos calmemos.

Salimos del baño con las risas acompañando nuestros pasos hacia la mesa donde Sara nos espera sentada pinchando la generosa ensalada junto a su segunda cerveza.

- ¿Os lo habéis pasado bien? - nos pregunta antes de servirse en su plato una buena dosis de granos humeantes.

Le respondemos sonriendo y la imitamos sirviendonos un par de raciones.

Comemos de buen rollo y en la sobremesa que realizamos en la terraza damos vueltas a los cafés con las cucharitas.

- ¿Os parece que cuando oscurezca hablemos del trabajo del taller? - sugiere Sara.

Nos reímos divertidos con su propuesta y finalmente se cierra el tema con un " no jodas Sara ". No se lo toma muy bien por el modo en que nos responde.

- Vale. Tengo una costumbre ancentral: la siesta. Me voy a la cama. Nos vemos.

Sube las escaleras minimamente envuelta en la toalla y desaparece ante nuestro asombro, creo que es merecido.

Elevo las cejas y bamboleo la testa algo apesadumbrado. Miro al bombón que tengo ante mis ojos.

- Ven aquí Angy, hablemos - le solicito haciéndole un hueco.

- ¿Sobre qué? - duda pero se arrima.

- Tenemos una conversación pendiente ¿recuerdas?

- También tenemos una sesión de fisioterapia pendiente. Pero si prefieres hablar, me parece bien. Tú dirás.

- No es sobre el relato conjunto. Ni sobre Sara. Es sobre tú y yo - observo su reacción y continúo - si es que puede haber un tú y yo.

Esa conjetura la hace levantar de la silla y mira las vistas poniendo la mente en el horizonte. Luego se vuelve hacia mí y se apoya de espaldas en la barandilla.

- No sé que esperas de mí Paul - responde sin comprenderme - No me conoces. Desde que nos relacionamos hemos compartido desayunos en el hospital y poca cosa más. Eso si, me conozco todos tus escarceos y hasta me has pedido consejo alguna vez sobre el tema. Eres enamoradizo por naturaleza y eso asustaría a cualquiera. Después de tu divorcio con Selena no entraba en tu cabeza atarte con una nueva relación de pareja.

Está volviendo a hacerlo.

- Cierto, hablamos sobre ello - le reafirmo.

- ¿Qué quieres que piense de tú y yo? - hace un intervalo para encenderse un cigarrillo - Además, últimamente me hablabas de Sara con pasión y con mucha intención de seguir liado con ella. ¿Qué ocurre? ¿Has perdido el interés?

Voy a contestar pero es una verdadera máquina de soltar frases encadenadas.

- No te pedido nada - continúa sin darme un respiro - No te sientas obligado a ser amable por haber tenido sexo conmigo, yo he disfrutado tanto como tú. Soy Angy y nada más. Somos Paul y su amiga Angy.

Se sienta después de haber estallado como un volcán y soltar toda la lava que llevaba dentro. Es puro fuego. Le sonrío sin pestañear y le agradezco con la mirada su sinceridad.

- ¿Estás mejor ahora? - pregunto al levantarme y aproximarme a ella.

- No lo sé - contesta esquiva presintiendo mi templanza. Desvía la mirada.

Me detengo frente a su encantadora figura temblorosa, nerviosa y a la vez excitada. Coloco delicadamente la palma bajo su barbilla y hago que me mire a los ojos.

- Mi Angy, mi preciosa Angy - le murmuro sin dejar de sonreír - ¿vas a dejar que te diga lo que te tengo que decir?

Asiente dos veces con los ojos vidriosos.

- Primero quiero pedirte perdón.

- No Paul...

Le pongo mi índice sobre sus labios.

- Déjame acabar por favor - cabeceo - perdón por no darme cuenta antes de muchas cosas. Y sé que para un "nosotros" no puedo prometerte nada, ni tú a mí. No sirvo para la convivencia en pareja, ya sabes lo desastre que puedo llegar a ser.

Río y hago una breve pausa.

- Solo puedo decirte que te deseo, y sé que tu también me deseas. Que nos hemos descubierto y que quiero continuar descubriéndote. Sara ha hecho que te descubra.

- ¿Y entonces... Sara?

- Sara nos gusta a los dos. No la veas como una competidora. Es una mujer estupenda, impulsiva, atractiva y también muy visceral, pero creo que tiene planes, planes para nosotros. Ha visto como nos miramos - amplio mi alegría y consigo hacerla sonreír.

- Sí, esa mirada tuya es irresistible - acepta.

- Como toda tú.

- Pero podrías conocer a otras Saras y entonces puede que te canses de mí.

- O tú de mí. ¿Porqué tendemos a temer el futuro si tenemos el presente por disfrutar? Sé que detestas mi promiscuidad pero en realidad solo pretendo compartir lo mejor de mí con alguien como tú, alguien que me entregue su correspondencia, sin promesas absurdas ni compromisos sociales, el tiempo oportuno. Es tan difícil encontrar a alguien afín hoy en día... Todas mis relaciones se han basado en el sexo. Sí, cierto que para mí es necesario y lo paso genial pero no es lo que realmente estoy buscando.

La dejo pensativa. Oigo el tic tac de su conciencia, y sin pensármelo dos veces la beso intensamente sujetando sus mejillas. Cerramos los ojos y nos desnudamos el alma, pero creo que me queda por hacer algo para convencerla de mi sinceridad.

Me separo y se lo pido una vez más.

- Dámelo Angy.

- No hagas eso Paul. Sabes que me pierdo.

Cojo su mano y la llevo al sofá sin dejar de mirarla.

- ¿Qué vas a hacer? - se asusta.

- Voy a pagarte mi deuda pendiente - le hago saber.

- ¿Un masaje? ¿Ahora? - adivina.

- ¿Tienes algún otro plan mejor?

Le quito la ropa dejando solo su negra brasileña y voy a por una toalla. La tumbo boca abajo en la cómoda superficie acolchada. Mis enseres continúan en la mesita de cristal, donde los había dejado antes. Me desprendo de la camiseta y unto mis manos del frio ungüento.

Me mira condescendiente con la mejilla aplastada por el asiento. Sonríe al intuir su premio. Cierra los párpados al sentir mis dedos por su espalda.

Voy a aplicarle una técnica milenaria a la que llaman "el beso del dragón", de efectos deshinibidores. Primero mis dedos la sedan, luego debo encontrar su interruptor de encendido... por aquí anda...activarlo....y volver a relajarla de arriba a abajo para que la energía fluya por todo su cuerpo.

Eso es. Ahora unas palmaditas en ese precioso culito para que me muestres ese par de ojazos.

- Buenos días bella durmiente - le beso en el cuello.

- Mmmm, hola Paul - contesta perezosa intentando incorporarse -¿Qué me has hecho? Me he quedado dormida.

En su carita se forma un interrogante al rodar por el sofá para darse la vuelta. Me seco y limpio las manos en la toalla y le sorprendo con mis labios encumbrado uno de sus pezones.

- ¡Paul! - gime y recoge mi cabeza entre sus pechos - ¿Tienes otro como ese?

- Claro... - digo medio ahogado.

Copio mi acción anterior en su simetría y después me uno a la fiesta de su boca.

- ¿Te apetece que subamos a despertar dulcemente a Sara? - le propongo malicioso y con un guiño - Creo que se lo merece.

- Sería lo mínimo que podríamos hacer como invitados - ríe sin apenas ruido.

Mis dedos empiezan a tener efecto.

Tal como nos levantamos del sofá ascendemos por la escalera con sigilo y descubrimos el cuerpo de Sara en cueros, inmóvil en mitad de la enorme cama. La pobre luz que entra por la ventana juega entre brillos y sombras, se posa sobre ella, aumentando su hermosura. Descansa plácida. Respira en su sueño.

Llega el momento de la verdad para los tres. Angy suelta mi mano y se dirige a sentarse en la enorme cama frente a ella. Lo hace deslizandose femenina y callada, admirando aquella particular mujer, misteriosa y provocadora.

Mientras, yo me recuesto junto a nuestra anfitriona por su espalda. Acaricio su brazo y poso mis labios sobre su hombro accesible. Huele a Edén. Cierro los ojos después de cruzar una mirada empatica con Angy, que ha colocado su cara frente a la de Sara.

Recorro su cuello con calma y acabo sintiendo como Angy tambien paga su tributo en la aduana de los deseos con un delicado beso en su boca.

Sara despierta entre escalofríos. Creo que le sonrie, creo que me presiente. Su mano alcanza mi cuello para que no me separe. Mi mano resbala por la cintura, quemando su piel aterciopelada.

Le devuelve el beso, aumentando la pasión y el hechizo que las une.

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