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10 min
Volar
Fantasía |
02.03.22
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Sinopsis

VOLAR

           Como la mayoría de las tardes que, de lunes a viernes, configuraban mi habitual existencia, salí de la oficina extenuado, aburrido de tanto número, tantas cotizaciones inciertas, tantos y tantos proyectos de inversión avalados por reuniones, notas e informes infinitos. El traje de color gris oscuro que llevaba puesto pesaba como si fuese una escafandra, y la corbata, tejida en rojo algodón, la sentía como un dogal anudado al cuello, presto a consumar de un momento a otro un brutal ahorcamiento. Me la quité y sequé con ella las gotas de sudor que bañaban mi frente antes de introducirla en uno de los bolsillos de la chaqueta. Hacía calor, las ventanas abrían sus ojos hacia un cielo sin nubes desde donde dardos de luz herían mis fatigadas pupilas. Decidí que, en lugar de ir a casa, daría un paseo por el exuberante parque que conforma el pulmón de la ciudad; no me pillaba lejos y a buen seguro que allí podría escapar durante al menos un par de horas del sofocante calor urbano, evadirme de mis problemas, plantarle cara al hastío al socaire de su verde escenario.

           Los plátanos y cedros, cuyas hojas, perezosamente movidas por una ligera brisa, latían como corazones, parecían brindarme un saludo de cordial bienvenida, lo que de algún modo me hizo percibir un asomo de felicidad, como si mi propio corazón, espoleado por ese gesto amable, se expandiera hacia un horizonte mucho más amplio que el establecido por sus límites anatómicos; también los rayos de sol que se filtraban entre las ramas, bastante menos sañudos que los de la metrópoli, y que con tibieza me acariciaban la piel, contribuían a sostener esa sensación de dulce bienestar.

           Aunque dejé de prestar atención al paso del tiempo, calculo que caminé sin detenerme durante casi una hora, espoleado por ese céfiro confortante que parecía llevarse parte de mis preocupaciones para instalar en su lugar una paz difusa. El color verde dominaba el entorno, extendiéndose en todas direcciones, tanto arriba, donde las ramas de los árboles se expandían como caóticas patas de araña, como abajo, donde los tréboles se mostraban rozagantes frente a sus herbosas vecinas de césped, así como de norte a sur y de este a oeste, en el seno de una vegetación plácida que, no obstante, a ratos se tornaba rebelde y fragosa; un verde salpicado aquí y allá por arriates donde crecían rosas, tulipanes y magnolias. Llegué de este modo a una explanada donde el terreno se ondulaba en ligera pendiente hasta desembocar en un estanque, cuyas tranquilas aguas eran surcadas en esos momentos por un puñado de barcas, algunas de remos y otras a pedales. Decidí detenerme allí y recostarme sobre la hierba, a la sombra que me brindaba un generoso abedul. Me sentí libre. Los sentidos habían tomado el timón de mi cuerpo y lo conducían a través de un mar de apacibles sensaciones. Había más gente en los alrededores, individuos que brotaban aquí y allí a modo de sarpullidos, algunos solitarios como yo, otros en pareja, otros formando homogéneos grupos, independientes los unos de los otros, aunque al propio tiempo vinculados por los invisibles tentáculos proyectados por esa sensación de bienestar que, como una burbuja asimismo invisible, nos envolvía a todos. Flameaba en cualquier caso en el ambiente un aire de domingo, perezoso y mórbido, avivado además por el intenso olor a lilas que desde algún lugar cercano cabalgaba a lomos del viento. En el cielo las nubes dibujaban caprichosas formas, un cachalote, una pera limonera, un puma lanzado hacia su presa. Relajado al máximo, dejé que mi imaginación forjara extravagantes historias con esas formas, el cachalote se acercaba de este modo al puma que, no pudiendo atrapar a su presa, desvanecida ante sus propias garras por el mismo viento donde viajaba el olor a lilas, decidía romper con su carnívora naturaleza y consolarse hincándole el diente a la pera.

           Mientras saboreaba mi libertad, me dije que cualquier afán de huida debía quedar necesariamente confiado al empuje de los sentidos, sólo bajo la égida de estos podía uno romper los lazos que obligaciones y responsabilidades de toda índole tejían alrededor de las manos, del alma, del corazón, en otro caso no merecía la pena escapar… Pero ¿escapar de qué?, ¿para ir dónde?... No, no, esas no eran las preguntas, me estaba yendo por vías equivocadas, la pregunta que debía hacerme era: ¿poseía yo el necesario arrojo para escapar? Sospechaba que no; mejor dicho, sabía a ciencia cierta que no; pero de momento podía al menos respirar hondo y crear el simulacro de la evasión, aunque sólo fuera mientras el aroma de las lilas siguiese inundando mi olfato y las nubes se desplazaran a su antojo por el cielo…. Al menos podía decir que en ese preciso instante, en esas concretas coordenadas espacio temporales, era libre, tan libre como no recordaba haberlo sido nunca, salvo si acaso en momentos puntuales del ya muy lejano periodo de la infancia, tan libre que hasta podía volar si me lo propusiera.

           ¿Volar? La idea apareció en mi mente de súbito, como un rostro que surgiera a la luz de una cerilla. Bastó esa idea para activar mis movimientos por encima de cualquier hipotética orden en contrario que pudiera venir desde el cuadro de mandos de la razón, de manera que, como si un impulso eléctrico agilizase mis piernas, me levanté de un salto y comencé a correr hasta llegar a un puente que salvaba una profunda escarpadura del terreno. Encaramado sobre el puente, pude comprobar lo considerable de la altura, si bien ese era un pormenor sin importancia, daba en el fondo igual, pues yo podía volar si de verdad me lo proponía, de modo que extendí los brazos, alcé mis pies y me lancé al vacío con decisión.

           Había abandonado la solidez de la tierra firme por la gaseosa e incorpórea fluidez del aire. ¡No podía creerlo! Y, sin embargo…, no volaba, ¡estaba cayendo!, mi cuerpo era incapaz de vencer la gravedad y se precipitaba hacia abajo sin control alguno. Desesperado, mientras la distancia entre mi ser y el suelo se iba acortando de forma vertiginosa, agité los brazos con todas mis fuerzas a modo de alas. Pero aquello no funcionaba y yo seguía cayendo. Un súbito fogonazo de luz dentro del horror que me invadía llevó a mi mente a postularse como única valedora para evitar el desastre, en ella estaba desde luego la clave, no en el movimiento alocado de mis extremidades superiores, sólo podría volar si realmente estaba convencido de poder hacerlo, siendo mi propia mente la única capaz de suministrarme semejante fuerza persuasiva. Así que cerré los ojos y me concentré únicamente en volar, con tanto ensimismamiento que, aun con los párpados apretados, pude percibir de forma nítida que todo en derredor desaparecía y sólo quedábamos el aire y yo. Mis manos se abrieron en cruz y mi cuello se estiró como si fuese el de un cisne, hasta que al fin pude notar que la gravedad cedía, que aminoraba su fuerza terrible y dejaba de tirar de mí hacia abajo, que ya no era mi enemiga. Liviano como una pluma, mi cuerpo había dejado de pesar y, sin esfuerzo alguno, remontaba la vertical para subir de nuevo. ¡Volaba! Abrí los ojos y comprobé que, en efecto, podía volar, poco a poco iba ganando altura, elevándome como un pájaro sobre la superficie terrestre, cada vez más lejanos allá abajo los árboles, la hierba, la gente. Comprendí entonces que había desperdiciado buena parte de mi vida enfocándola hacia objetivos carentes de importancia alguna, puesto que nada era comparable al hecho de volar, todo se antojaba absurdo frente a la sensación de libertad plena que estaba experimentando en esos momentos. Decidí que nada volvería a arrastrarme al suelo, volaría eternamente, el cielo era mi medio, mi lugar en el mundo, ya no habría más despachos, más transacciones financieras, más subidas y bajadas de cotizaciones, más atascos en plena hora punta, volaría y volaría, sólo eso.

           Tras aterrizar sobre un pequeño otero, respiré satisfecho. Teniendo en cuenta que se trataba de mi primer vuelo, había estado genial, no me sentía en absoluto cansado y, en todo caso, la excitación por lo conseguido anulaba por completo cualquier rastro de fatiga. Aquel estaba siendo, sin duda alguna, el mejor día de mi vida, el primero en realidad de lo que a partir de entonces iba a ser una nueva vida, distinta por entero a la anterior. Querer era poder, ahora lo sabía, ahora me daba cuenta de que cualquier hombre podía ser un Dios con solo proponérselo.

           Vi en ese momento a otros hombres y mujeres que, al igual que yo acababa de hacerlo, emprendían también el vuelo; algunas de esas personas volaban alto, muy alto, superando incluso las nubes, otras lo hacían más a ras de tierra; había quienes no lograban sostenerse en el aire más que unos pocos segundos antes de precipitarse de nuevo contra la dura superficie, así como otros muchos que, en fin, ni siquiera lograban alzarse un centímetro del suelo. Supe entonces a ciencia cierta que nunca hay que dejar de perseguir los sueños, por utópicos que estos puedan parecer, ya que sólo así resulta factible volar de seguido, sin quedarse a mitad de camino, sin que las alas se atrofien, sin que precisamente el miedo a volar nos haga quedarnos para siempre anclados en tierra.

           A lo lejos contemplo ahora un cuerpo caído, uno de los que, pese a su empeño, no consiguieron volar y terminó estrellado contra el suelo por culpa de sus miedos absurdos. Me acerco (volando, por supuesto) hasta él y lo encuentro retorcido en una postura grotesca, un muñeco desarticulado y roto; me fijo en que va vestido con un elegante traje de color gris oscuro, de uno de cuyos bolsillos asoma un trozo de tela roja, una corbata al parecer.

                                                                  

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  • Este relato refleja muy bien tu manera de pensar, de ser. Es lo que en realidad desearías. Muchas veces soñamos que nos ponemos a volar, que es una manera de querer huir de la vacía y prosaica vida que estamos condenados a vivir. Y sí, hay que esforzarse en cultivar nuestro espíritu. Yo siempre digo que si uno hace un trabajo mecanicista, árido, tiene que compensarse sea pintando, o escribiendo, o cantando.
    Somos viajeros por un camino tan cierto, que buscamos ser, dar un objetivo a nuestros sentidos y a nuestra realidad, pero a veces se nos va la mano. Sentí el aroma de esa hierba, el aire en mi rostro... pero desperté en la imagen final. Un fantástico relato, Mario. Abrazo!
    Volar metáforicamente imaginado un mundo libre menos opresivo se convierte en una trampa mortal. Describes imágenes preciosas, pintas la cara a los miedos y a las adversidades en una experiencia mágica, el cuerpo contra el alma, la evasión contra el dolor. Acaba siendo prisionero de su propia libertad. Buenísimo Mario, un universo, el tuyo, que no tiene límites. El final te agita bruscamente. Enhorabuena Mario. Un saludo afectuoso.
    ¿Quién describiría la magnificencia en la descripción de un relato, cuya habilidad aguda, le trasmita al lector los elementos idóneos, sean reales o de ficción? Naturalmente, tú, que haces visibles los escenarios con el estilo estético que la acompañan y te caracteriza . Estoy segura , que en ese punto, "los sentidos habían tomado el timón " para crear tan especial pieza literaria. Felicitaciones Mario!!
    Excelente, Mario! Las descripciones, las imágenes, van dando un clima surreal, a pesar de tan real. La historia envuelve al lector y el final es como un golpe en el mentón (así como preconizaba Cortázar que debería ser).
  • Relato de palmaria inspiración borgiana. Espero que el maestro, desde el más allá, sepa perdonar mi osadía

    Una de mis escasas incursiones en el género del terror. Espero que os guste

    Escribí este cuento allá por el año 2002. Lo comparto ahora con vosotros

    Aunque no suelo prodigarme mucho en lo que a versos se refiere, teniendo en cuenta que hoy es el día mundial de la poesía, qué menos que aportar mi pequeño grano de arena. Lo dedico especialmente a todas aquellas mujeres cuyos ojos son de color marrón. Hay mucha poesía enfocada a los ojos azules, verdes o negros, pero no tanta para ensalzar los ojos marrones, que son asimismo muy bellos. De modo que aquí va mi modesta contribución personal

    Publico este relato, escrito hace ya años, porque acabo de leer "El hombre y el páramo", de mi admirada Ana Pirela, y me lo recordó. Así que lo extraigo del baúl de los cuentos perdidos para compartirlo con vosotros

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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