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2 min
Volarem humanum est
Varios |
05.07.12
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Sinopsis

No basta tener alas; hay que tener autonomía de vuelo.

 

Salgamos a volar, querido mío; subite a mi ilusión super-sport. Balada para un loco - Horacio Ferrer   Me acosté a dormir temprano, como todas las noches, porque al día siguiente tenía que trabajar. Intenté avanzar con el libro que empecé hace unas semanas pero en algún momento me venció el sueño. Me desperté con una extraña sensación de liviandad. La espalda estaba separada del colchón varios centímetros y el libro que descansaba abierto sobre mi pecho rodó por el piso. Estabas dormido al lado mío y te llamé. - Despertate, amor. Estoy flotando. No me escuchaste. Murmuraste algo acerca del dólar y seguiste durmiendo. Mis piernas también empezaron a levitar. Me sentía extraña, pero maravillosamente bien. Te miré dormir y me acordé que hermoso sos cuando estás dormido. Me coloqué sobre vos pero sin rozarte, sobrevolándote. Estudié con detenimiento tu gesto, tu boca - amo tu boca, sabías? -, tus manos con las uñas prolijamente cortadas. Las alas de la espalda comenzaron a crecer y quise probarlas dando un paseo por la habitación, pero me quedó chico el espacio. Salí a la calle por la ventana y me divertí un rato subiendo lentamente y bajando en picada, me subí al mástil de la plaza Italia y miré el barrio desde lo alto. Volé hasta nuestra cama de nuevo y te desperté, haciéndote cosquillas con las plumas. Frunciste la nariz y refunfuñaste. - Dejame dormir que mañana madrugo. - Vuelo, amor. Mirame. Puedo volar. Vení conmigo, dale. Es hermoso. - No me rompas las pelotas que hace un frío de cagarse. Te saqué las sábanas, entonces abriste los ojos. Tuviste que levantar la cabeza para mirarme. Por un instante, no hablaste. Sonreí, abrí las alas y te tendí los brazos. - Vamos. Volemos de acá. - ¿En qué idioma te tengo que hablar? No me jodas cuando duermo, carajo. De pronto sentí que las alas empezaron a encogerse, hasta quedar nuevamente pintadas en mi espalda, sin relieve. Lentamente el cuerpo comenzó a recobrar su peso y fui posándome en la cama. Cuando sonó el despertador tenía el libro aferrado a mis brazos y vos no estabas.
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