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7 min
Voraz
Amor |
24.06.20
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Sinopsis

Zacacacazaca.

Falta menos para terminar los trámites de L. Todo rápido. Veloz. Contadora y abogada, unidas en la rapidez. Una para calcular el precio de lo que tengo que pagar, la otra para preparar los papeles que preciso para que el acuerdo con L. no traiga problemas en el futuro. La abogada, ¡qué fácil gana la plata! ¡Veinte mil pesos por hacerme un par de papelitos! ¿En cuanto tiempo? ¿Dos horas? ¡Menos, diría! El estudio y sus ventajas. La fría chapa. Durante todo este tiempo a todos los niños que conozco les estuve aconsejando que no estudien. A mis sobrinos, los hijos de JT y a todos los que me cruzo. Voy a cambiar mi consejo, ¡estudien!

Una siesta tardía, para estar más despejado a la lectura. Por eso no estudiaba cuando iba a la facultad. Siempre con algún libro de literatura. Debajo de los apuntes. Mis padres entraban a la habitación y me veían intentando esconder algo que era imposible de ocultar. Al principio me decían, “ese libro no es de la facultad”. Los miraba, no decía nada. Más adelante, cuando no vivía con ellos, leía lo que quería leer, no lo que debía leer. Pero el deber no tenía que ver con ir a la facultad por obligación. Iba porque quería, nadie me obligaba. Aunque no sé si era tan así. Nadie me mandaba, nadie me obligaba, pero estaba el mandato. Mis padres creían que iba a tener un título universitario. Estaba dado. Me gustaba leer, tenía inquietudes intelectuales. No fue lo que pasó. Es más, una ex novia, B., le dijo a mi padre, en un cumpleaños, en esta misma casa, donde vivía mi abuela que ese día cumplía, creo, más de noventa años, que yo estudiaba por el mandato paterno. “¡Qué mandato!”, gritó mi padre. Desaforado, desquiciado, le aclaró, de la peor manera, que era mi obligación estudiar porque no trabajaba, porque él me mantenía para que yo estudiara. A esa altura, el sueño paterno estaba roto. Había abandonado la carrera hacía unos años. Trabajaba de vendedor ambulante, junto a mi padre, en el Mercado Central. Jamás volvería a estudiar.  Sí, era una desilusión para mi padre. Era un fracaso. Yo no me sentía fracasado. Detestaba la UBA. Sociales y toda la estupidez política. No me interesaba el clima que se generaba y que a tantos les gustaba. Sociales, no tengo ningún recuerdo bueno tuyo. Sí de muchos de mis compañeros, amigos que tuve, con los cuales aprendí más que en cualquier clase. Salvo, con Gloria Pampillo, profesora de una materia llamada Taller de expresión. Nos hacía escribir cuentos. Me felicitaba. “Tus cuentos son intensos”, me decía. Me recomendó que fuera a ver a mi tía, editora de Losada. Me preguntó si era su pariente, le dije que sí. Me aconsejó que fuera a verla. Nunca lo hice. Gracias a Gloria, entre muchas otras cosas, conocí a Alberto Laiseca. Gloria murió hace unos años. Un cáncer, enfermedad de mierda. Me enteré por internet. Mis más gratos recuerdos.

Esa noche de mi padre desequilibrado en su enojo, B. lloró. Los que estábamos sentados a la mesa, notamos que no salía del baño. Fui a buscarla. Salió, con los ojos rojos. No me rebelé contra mi padre. Dejé que nos llevara a mi casa. Al otro día, cuando me desperté, aparte de una enorme angustia, sentía que lo odiaba. Mucho. Nunca odié tanto a mi padre. Ese día, domingo, era el día del padre. La celebración, en la casa del hermano de mi ex cuñado. Asado. Cuando llegaron mis padres, mi madre tenía una cara de disgusto y enojo muy evidente. Mi padre, un pollo, mejor dicho, un perro mojado. Mi madre, lo había humillado cuando llegaron a su casa la noche anterior, con palabras duras. Mi madre jamás le perdonó esa reacción. Mi padre durante ese domingo no habló. Yo no le hablé, no lo quería ver. Tenía ganas de tirarme por una ventana. En esa época fantaseaba bastante con suicidarme. Cuando me separé de B., seguía con esa idea. Al final, me distraje con otras cosas, y no pensé más en esa estupidez.  

Sin querer, el mandato funcionó. Mi padre siempre hacía hincapié en lo mismo: trabajen por su cuenta. Nunca trabajé bajo patrón. En verdad, trabajé muy poco en mi vida. Pero mi hermana sí trabajó bajo patrón. Recuerdo cuando llegó a nuestra casa y dijo que había conseguido trabajo, su primer trabajo. En esa época, estudiaba, Diseño de indumentaria, en la UBA. Nada de trabajar, decía mi padre, estudiar. Pero mi hermana quería trabajar. Y ella sí se rebeló. Yo estaba cómodo. Estudiaba, es cierto, porque me permitía leer todo el día lo que yo quería. Mi hermana había conseguido trabajo y hubo toda una discusión. A mi hermana no le importó. Trabajó igual. Mi hermana sí se recibió. Mi hermana tuvo una enorme voluntad que yo nunca tuve. Porque a mi hermana también le resultaba pesada su carrera. Mi hermana quería estudiar en Bellas Artes. Nadie le dijo que no fuera. No había prohibiciones. Pero el mandato daba vueltas por debajo de nuestro techo. Era un pájaro fantasma. Estaba presente. Se apoyaba sobre nuestros hombros, y nos recordaba que estaba ahí para que nosotros cumpliéramos lo correspondido. Cuando mi hermana rindió la última materia, nadie de mi familia fue a tirarle harina ni huevos, ese ritual que nunca entendí, humillante. Mis padres estaban con sus cosas. No recuerdo si hubo reproches de parte de mi hermana. Es silenciosa mi hermana. Su mirada siempre lo dice todo. Siempre. No se lleva bien con las palabras. Pero se hace entender. Y aunque no haya habido reproche, sé que es una llaga. Y lo es incluso para mí, aunque nunca se lo haya confesado. 

Decía que el mandato funcionó porque con mi hermana somos trabajadores independientes. Somos dueños de un emprendimiento. Nunca lo buscamos, pero se dio. ¿Cómo es posible? Mi padre puede sentirse orgulloso. Sin desearlo ni proyectarlo, cumplimos con el mandato. Y dije “sin desearlo”. Lo pienso. ¿Es, el nuestro, un trabajo no deseado? Cuando un hijo le dice a su padre que fue hijo no deseado, el padre siempre le contesta que no importa, porque fue criado con amor y eso es lo que cuenta. Nuestro trabajo recibe nuestro amor, el de mi hermana, el mío. Pero muchas veces nos resulta pesado. No soy padre. Pero sé que a veces los hijos son un peso para los padres. Peso que es reemplazado de inmediato por el cariño más genuino y natural que cada uno pueda dar. Pero el peso, se hace sentir. Un hijo es para toda la vida. Una carga eterna. ¿El trabajo? ¿Nuestro trabajo es una carga? Quienes nos rodean insisten en que tenemos que cuidar esto que construimos. Es la base de nuestro futuro y de quienes nos anteceden. No quiero sentir esa carga. Quienes se libren contra el Mundo en el futuro, deberán construir su propio camino. Creo que mi hermana y yo pensamos lo mismo, aunque nunca lo hayamos hablado: si este trabajo nos quita la alegría, entonces, le estaremos muy agradecidos, y será anécdota.




 

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