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7 min
Voz acallada
Reales |
27.07.07
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Sinopsis

¿Cómo terminaba? Se ha perdido el final. Ah, ah. 15/07/2010 He recuperado el final que se perdió con el ataque hacker

Ahora estoy seguro de que alguien entra en mi ordenador por la noche. Empecé a sospechar cuando encontré por primera vez extendidas las patitas del teclado. Yo las tengo siempre recogidas. Le pregunté a la señora de la limpieza y me contestó que si estaba insatisfecho con su trabajo. Tuve que zafarme como pude. Descartada. La contraseña no es ningún obstáculo, como todo el mundo sabe. Se aprieta CTRL+ALT+DEL y pones la tuya. No deja rastro. Soy informático. Me bajé una aplicación freeware que controla el tiempo que está encendida la CPU. Allí estaba. Más o menos desde las 2 a las 4 de la madrugada. Monté guardia un par de noches, pero no pude pillarlo. Mi novia se mosqueó con mis idas y venidas y lo dejé. Decidí buscar una manera metódica y científica de descubrirlo. No había nada raro en el historial del Explorer. Las cookies eran las de siempre. Me tuve que bajar otro programilla. Un spyware que registraba las webs visitadas. Lo cacé, por fin. Sólo usaba dos: el portal de la RAE y otra que se llama MisTextos. Después de ese logro, me pareció que me atascaba. Hasta que se me ocurrió una idea. Las consultas al diccionario guardan las entradas anteriores en un desplegable. Repasé todo el abecedario y obtuve unas cuantas palabras que no eran mías. Yo no lo utilizo mucho y estaba a rebosar. Volví a la página de MisTextos y anduve buscando. Al principio fue tedioso. No sabía si era un lector que consultaba el DRAE para mirar palabras que no entendía, o si era de los que quieren asegurarse del sentido exacto y de las acepciones por si hay alguna connotación complicada. Esto último lo hacen los escritores profesionales, creo. Era fácil acotar los relatos comparándolos con el intervalo horario que mi freeware me daba. Aunque los autores sudamericanos que cuelgan por la noche, su día, me dieron algunos problemas. Casi todos usan un español neutro que no me servía para distinguir. Si no escribía relatos y sólo hacía comentarios, es posible que nunca diera con él. Utilicé todos los buscadores que tenía a mano. Leí y leí. Me hice un experto. Como ya he dicho, soy informático y nunca había ido más allá de los manuales de programación de McGraw Hill o de Osborne. Aprendí deprisa lo que necesitaba sobre literatura. Un día, me di de alta y empecé a valorar yo también. Localicé varias palabras de las que tenía apuntadas. Traté de provocar a los autores que las empleaban con comentarios misteriosos. Nadie respondió como esperaba. Supongo que llegué a convertirme en un bicho raro y hasta adquirí cierta fama. Mis críticas mejoraban de estilo y de puntería día a día. Pero a mí sólo me interesaba descubrir a mi suplantador. Me hice con una lista de escritores. Estaba cerrando el círculo. Me centré en ellos. Los provoqué. Insinué que sabía quiénes eran y qué se proponían. Pero no pude hacerlo uno a uno, por separado. Las tentativas de desenmascarar a mi sosias se anulaban al ponerlas en común. Tras mucho tiempo, supe que era uno de ellos. Todo coincidía. Las fechas y horas, el vocabulario que yo seguía recopilando con paciencia, los temas que trataba, totalmente estrambóticos e ininteligibles. Me convenció el hecho de que, con el tiempo, se podían averiguar datos reales de todos menos de él. El tipo era un anónimo total. Se llevaba mal con todo el mundo y no parecía importarle. Algunos le temían. Aprendí algo de literatura para tratar de entenderlo. Me desconcertaba la impunidad con la que hacía uso de mi IP, algo que yo consideraba sagrado. Me puse en contacto con el administrador pero no podía hacer nada. De hecho, no se creyó ni media palabra de mi historia. Debió de considerarme un chalado de los que abundan en Internet. Tardé en decidirme a abordarlo directamente. Primero escribí un comentario o dos, muy directos: “¿Quién eres y qué pretendes?”. No hubo respuesta, pero detecté un cambio en su estilo. Yo ya era un experto en aquel momento. Fue sutil. Los adjetivos pasaron de ser brillantes como un mineral a emborronarse difuminados por una niebla ligera que pareció cubrir sus textos. Se atrancaba en algunas subordinadas. Quizá se estaba poniendo nervioso. ¿Sospechaba quién era yo, oculto por mi propio nick, y que lo estaba acorralando? El juego podía volverse del revés. Tuve cuidado, esparcí algunas pistas falsas. Me esforcé en redactar tan bien como él. Tuvimos una guerra de ambigüedades y lo que a mí me parecían dobles sentidos. No estaba seguro de nada. Cuando parecía que lo tenía en mis manos, se escabullía con una metáfora atrapada con red de cazar mariposas. Un momento antes de agarrarlo, doblaba la esquina quebrando un endecasílabo fulgurante. Sus giros me dolían, sus imágenes me desollaban la piel. Penaba de no poder alcanzarlo. Me di cuenta de que estaba jugando conmigo. Era un genio y yo un novato aficionado. Lo probé todo. En raras ocasiones pude colocarle algún adjetivo certero. Notaba en sus respuestas que, en esos momentos, podía apreciar mi constancia. Admiraba mis logros a su pesar. Nunca reconoció ninguno, aunque yo sabía que me estaba ganando su respeto. Pero no cejó. Pedía más y más. Supe que estaba llegando a mi límite. Sólo me mantenían en pie las pocas señales de debilidad que mi inalcanzable adversario mostraba. Quizá eran imaginaciones mías. Un día, descubría lo que tenía que hacer. La idea me la dio él. Había escrito un texto despreciando la técnica y la ciencia y poniendo por encima las virtudes de las humanidades. Cambié el juego de caracteres del teclado. Lo hice todas las tardes durante varias semanas, antes de apagar el ordenador. El no sabía cómo volver a la configuración normal. Se quedó sin tildes, sin diéresis, sin eñe. Eso tenía que aniquilarlo por fuerza. Al principio resistió. Usaba palabras sin acentos. Buscaba alternativas para las frases que seguía escupiendo sin parar. Como esos libros escritos sin la u. Pero poco a poco se desinfló. Se le acababan los sinónimos. Empezaba a repetirse. Cada vez escribía párrafos más rígidos. Así no hay forma de escribir con matices en castellano. Las formas verbales lo destrozaron. La complejidad de un subjuntivo. La delicadeza de un condicional. Sufría por no poder expresar lo que quería. Se asfixiaba. La limitación que le impuse, que había comenzado por espolear su imaginación, lo estaba matando. Se me ocurrió acelerar un poco el proceso. Lo reté a escribir tres zeugmas con dilogía en un texto de 500 palabras. Desapareció. Se hundió. Dejó de entrar en mi ordenador. Para mí fue un gran triunfo. No soportaba que escribiera mejor que yo.
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