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16 min
y dos Afán de superación
Varios |
08.12.12
  • 5
  • 5
  • 1996
Sinopsis

No me entró de una vez, tuvo que ser en dos

CONTRERAS

  Como los expedientes en si mismos no aportaban suficiente información se puso manos a la obra y buscó en los lugares de origen, rastreando pautas comunes. Sin ahondar demasiado, pues no deseaba abrir heridas cicatrizadas que no condujeran a nada. Recopiló datos y los cruzó. Apenas encontró nada, solo una leve semejanza, y una intuición. Cada vez estaba más convencido de que el desconocido misterioso tenía algo que ver.

  El sujeto  mantenía la relación con ellas meses antes de que fueran asesinadas. Usaba nombres diferentes, por supuesto. Pero era curioso que ni amigas ni familiares de las víctimas le conocieran. Por momentos dudó, no deseaba perseguir una idea que le llevara a ninguna parte. Pero en las dos últimas víctimas encontró otra coincidencia. Ambas eran aficionadas al chat. Pero si quería indagar más, tendría que hablar primero con su jefe.

  Le costó convencerle, pero lo consiguió. En parte porque la posibilidad de estar ante un asesino en serie y resolver el caso brillaría con fuerza en su expediente. Posibilidades de ascenso en su horizonte. Y movió los hilos para hacerse con el caso. A Contreras la gloria no le importaba. Se conformaba con sentirse vivo otra vez, con escapar del pozo en el que se había estado hundiendo durante los últimos meses, desde que había roto su relación con Isabel.

   Cuando el comisario Ibáñez le dijo que el caso era suyo, que adelante, pero que quería estar al tanto de todo, se lo agradeció con una sonrisa sincera. No le importaban los laureles, sólo despertar a la vida en su piel de cazador.

ANGEL

  Cuando el inspector Contreras se presentó en su casa no pudo evitar un sobresalto. Pero al preguntarle por Irene, la cordobesa, y Candelas, la murciana, se tranquilizó. Su nombre era uno más de los casi doscientos que habían acudido a una quedada, registrado en un hotel. Contreras daba palos de ciego, por si saltaba la liebre. Pero no dejaba de ser preocupante.

  A Irene si que la había conocido a través de la red, pero sus contactos siempre habían sido desde ciberlocales, siempre diferentes, y para sus llamadas telefónicas había usado un móvil de tarjeta en el que figuraba una dirección falsa y del que por supuesto se había deshecho, como hacia cada vez que terminaba una de sus encrucijadas. El hecho de que Candelas fuese también usuaria del chat resultaba aleatorio, puesto que la conoció durante unas vacaciones. Y al parecer, el inspector Contreras pensaba que la muerte de ambas estaba relacionada con su afición a la red.

 Le hubiese gustado preguntarle si estaba al tanto de las otras muertes, pero claro, eso lo hubiera delatado. Le dijo que su acceso al chat había sido por curiosidad, y que lo había abandonado al cabo de tres o cuatro meses, decepcionado. Una verdad a medias, puesto que el verdadero motivo por el que lo dejó fue su recelo antes las pistas electrónicas que dejaba el uso de la red.  Se despidieron amigablemente.

  Cuando se quedó solo se sirvió una cerveza que consumió, visiblemente satisfecho, mientras paseaba de un extremo a otro del salón, fumando un cigarrillo, sonriéndole a la tarjeta que le había dejado el policía por si acaso recordaba algo fuera de lo usual. Por fin alguien se había fijado en su obra, en su espléndida obra de arte. Sintió una confusa sensación de agradecimiento hacia el inspector Contreras.

  Ignoraba si el escenario estaba descubierto en su totalidad, o solo en parte. Enterarse debía ser ahora su principal tarea. Si no lo estaba, él mismo se encargaría de alzar el telón para descubrir a sus personajes. Una oleada de excitación corrió por sus venas ante la inminencia de una nueva función, de un nuevo reto que iba dibujándose entre la confusión de la niebla. Un  desafió a sus capacidades que tendría como estrella principal al inspector Contreras.

  Primero le arrojaría miguitas, permitiéndole que terminara de conocer su historia, amagándole, dejando que florecieran en él los deseos de venganza, sacándole se sus casillas, enfureciéndole hasta que bajara la guardia, momento que aprovecharía para humillarle. Después, cuando estuviera vencido, lo destruiría.

  Era plenamente consciente de cada uno de los pasos que había dado a lo largo de sus años de gloria. En ningún momento había entrado en sus planes ser descubierto, por lo que siempre fue escrupulosamente cuidadoso para no dejar rastros ni huellas, estudiando con detalle sus planes antes de llevarlos a cabo. En contra de la creencia popular, sus veinte años de impunidad demostraban que si existía el asesinato perfecto.

  Durante una semana estuvo dándole vueltas a la idea. Enviaría dos listas, una al inspector  y otra a la prensa, con el nombre de sus nueve victimas, pero sin descubrir la ubicación de los tres primeros, de los que solo deberían quedar los huesos. Ignoraba cuantas había relacionado la policía, quizás solo las dos que mencionó Contreras. Pero en cualquier caso faltaban las tres primeras. Era la hora de mostrarle al mundo su creación.

  Por supuesto, no pensaba pasar de nuevo a la acción. Al menos, no mientras la policía se dedicara a buscarlo. No era tan estúpido como para eso. Jamás había sido un megalómano. Disfrutaría contemplando como se estampaban contra un muro los esfuerzos de la medicina forense y la policía científica para descubrir algún vestigio que pudiera llevarlos hasta él.

  Quedaba la cuestión del nombre, por supuesto. No deseaba que la prensa lo bautizara con algún apodo absurdo. Firmaría como “el ángel redentor”, eso le daría morbo al asunto. Dispararía pretenciosas elucubraciones por parte de psiquiatras y psicólogos.

  Sonrió después de echar las diferentes cartas al buzón de correos. Lo celebró cenando en una taberna del centro donde servían deliciosas tapas, con una ración de bravas y otra de pulpo a la gallega. No se sentía con ánimos de ligar, pero deseaba echar un polvo, de manera que se acercó con el coche a un garito de la carretera de La Coruña del que siempre salía satisfecho, con  hembras de primera calidad. No probó ni una gota de alcohol porque no quería liarse, ya que a la mañana siguiente tenía que madrugar.

  Pasaban unos minutos de la medianoche cuando llegó a su casa. Se tomó una copa de orujo fresquito mientras recortaba las ramas del bonsái. Se sentía excitado, con el cuerpo estremecido por la adrenalina que la lumi no había conseguido descargar. Era la emoción de alzar el telón. La trampa estaba servida. Ahora tendría que esperar a que el inspector mordiera el cebo.

CONTRERAS

  Cuando leyó la carta sintió dos sentimientos contradictorios. Regocijo al comprobar que no había fallado su olfato, pero también preocupación porque desconocía el alcance del efecto de la caja de Pandora que había destapado. Por lo pronto la lista elaborada a raíz de sus pesquisas, que solo contenía los nombres de cuatro mujeres, se veía ampliada a nueve. No supo que pensar de la firma, “el ángel redentor”, aunque sugería alguna especie de fanatismo religioso culminado en un asesino en serie.

  No le extrañó que la misma lista llegara a manos de la prensa, ni la llamada del comisario. Era de prever. La carta era en si mismo un desafió lanzado a la cara de la policía. En el Ministerio del Interior se pusieron nerviosos, no estaban acostumbrados a soportar la mofa de un asesino en serie. Se creó un equipo dedicado exclusivamente al caso. Técnicamente perdió las riendas, pero el comisario le dejó al cargo de toda la planificación, confiando en su buen olfato. No se trabaja lo mismo estando bajo presión, con la espada amenazadora de los políticos sobre la cabeza y la histeria periodística alborozada ante semejante filón. Pero no le quedaba otra.

ANGEL

  Había vuelto a visitarle. Con el rostro sin afeitar, menos amable que la primera vez, acompañado de otro inspector, y le habían llevado a la comisaría, acosándolo con las mismas preguntas formuladas de diferentes maneras una y otra vez, tratando de encontrar una brecha en sus declaraciones. Pero él ya lo esperaba y había resistido sin inmutarse, mostrando un ligero enfado acorde a las circunstancias, pero con esa frialdad necesaria para resistir las amenazas. En algún momento temió que llegaran a pegarle, pero incluso eso lo tenía previsto y supo mantenerse en sus trece.

  Su falta de relación con los demás más allá de las buenas formas formaba un escudo infranqueable. Aunque llegaran a sospechar realmente de él, la falta absoluta de pruebas impedía que pudieran acusarle. En ninguno de los hoteles que había frecuentado a lo largo de los años, siempre diferentes, constaba su nombre. Siempre figuraron sus victimas. Y había cuidado hasta los detalles más insignificantes, como llevar siempre gafas de sol y bigote o barba de varios días, así como el pelo teñido, para que no lo reconocieran, evitando aquellos lugares que contaran con cámaras.

  A lo largo de veinte años, nueve victimas, ninguna acción precipitada, todo estudiado con el máximo detalle. Ni huellas ni restos de ADN que pudieran delatarle. Una sombra inexpugnable que el inspector no podía alcanzar. Cuando quisieron saber en gastaba el tiempo libre les invitó a conocer su casa. Oleos pintados por él, una extensa biblioteca, una cocina digna de un chef, formaban parte de sus aficiones. Quisieron saber como una persona con tales inquietudes se dedicaba a repartir muebles  y les dijo que siendo solo, con un piso pagado hace muchos años a base de horas, cuando se podían comprar, y sin ser gastador, prefirió disfrutar de la vida antes que estresarse en las obligaciones de un puesto de más responsabilidad.

  Incluso les facilitó la ubicación de un par de garitos donde acudía un par de veces al mes para satisfacer sus necesidades sexuales, y les mostró su colección de películas porno para que entendieran como compensaba la agitación hormonal. Les extrañó que no tuviera ordenador en su casa, habiendo entrado en un chat y participado en una quedada. Les explicó que había sido cosa de pocos meses y en contadas ocasiones, movido por la curiosidad que le despertó un compañero de trabajo, del que les dio el nombre, y que su participación en la quedada se debía a que había sido en Alcalá de Henares, al lado, convocada durante esos pocos meses en los que había entrado al chat. Sin resquicios por donde lo pudieran agarrar. Dar palos de ciego, sin serlo, no suele conducir a ninguna parte. Y el inspector Contreras y su compañero tuvieron que retirarse con el rabo entre las piernas.

  Perfiló su próxima jugada un domingo de Abril, con un sol que entraba a raudales por los ventanales de su casa, motivado por los acordes de Local Hero, que le empujaron a través de un sueño en el que la luz se expandía a su alrededor con sensuales formas. Adquirió determinación volando sobre Romeo y Julieta y se expandió empujado por el Cameleon. Pulió detalles bajo la Obertura del Loco y se relamió en El Palacio del Rey de la Montaña.

  Frente a él, el rompecabezas adquiría consistencia con las piezas que iban surgiendo de su mente hasta configurarse en una armonía perfecta. Un todo surgiendo de la nada, piezas que nacían de sus costados y volaban hacia delante encontrando su lugar en la base del puzle. Abrió una cerveza y encendió un cigarrillo. Trasladó su obra a la Corte del Rey Carmesí y sonrió satisfecho. El pozo de las sensaciones se iba llenando.

  Echó de menos a sus mujeres, a sus obras de arte. Añoró la tibieza de su piel y el aroma de sus caricias, esos momentos sublimes que terminaban eclosionándole. Las lágrimas descendieron por sus mejillas, surgidas del éxtasis. Se desperezó en Sweet Home Chicago y comenzó a redactar las cartas.

CONTRERAS

  A pesar de sus esfuerzos, todos los caminos le conducían a ninguna parte. Sus superiores comenzaban a ponerse nerviosos. Habían desenterrado a las víctimas con la esperanza de encontrar algún indicio esclarecedor, pero lo único que habían sacado en claro es que la causa de la muerte era la fractura del cuello. Las puñaladas, las vejaciones, se realizaban sobre los cuerpos muertos, una escenificación, al cabo, para confundirlos. A pesar de todos los medios a su alcance cada vía posible resultaba ser muerta.

  Algunos de sus compañeros habían aventurado la posibilidad de buscar un chivo expiatorio, pero no pensaba cargar sobre su conciencia algo así. Lo cierto es que la presión comenzaba a ser insoportable. Empezaba a maldecir el sábado en que había encontrado las coincidencias en los expedientes. Y la jodida prensa que no dejaba de azuzarles con sus disparatados reportajes.

ANGEL

  Ahora solo restaba el siguiente paso. Nada peor que la cizaña para destruir la confianza en una persona. Y él tenía claro como sembrarla, a través de cartas anónimas enviadas a la prensa, cuestionando la honestidad del inspector Contreras, sugiriendo que todo había sido un montaje para relanzar su carrera. Pues después de todo no existía coincidencias en el “modus operandi” de los casos, unas maltratadas, otras no, las tres primeras ni siquiera encontradas, otra apuñalada. No existían pistas, la localización de los cuerpos era distante, solo existía un nexo que las relacionara, el cuello quebrado, pero eso bien podía ser un cúmulo de coincidencias a lo largo de los años. ¿Por qué el asesino no había vuelto a actuar? ¿Y como era posible que se apartara de todos los parámetros de un asesino en serie? Habría que estar al loro, no sea que fueran a cargar las culpas sobre algún indeseable. El inspector había elegido a víctimas durante un periodo de veinte años, eligiendo aquellas que resultaron un callejón sin salida para la policía. Cualquiera sabe si lo del cuello roto no era también un invento del inspector. Y aunque no lo fuera, solo unas coincidencias encontradas en el transcurso de un periodo de tiempo excesivamente largo. Y si no... ¿ por qué no habían encontrado aún a algún sospechoso? Muy simple, no había pruebas, ni puntos de coincidencia porque no existían sino en la sed de notoriedad del inspector Contreras, un sujeto anodino y frustrado que quería destacar. No estaría de más informarse sobre las circunstancias de su vida, acaso hubiera algún fracaso emocional que lo hubiera desquiciado. Ya se sabe del stress que sufre la policía. Porque todo el caso parecía un montaje, una pantomima.

  Bueno, era cuestión de dosificar la información. Cartas anónimas, ya que nadie quiere dar la cara y enemistarse con la policía. El poder de un rumor expandiéndose como  ondas en el agua. El cenit de su obra se acercaba.

CONTRERAS

  Aquello estaba transformándose en una pesadilla. Al principio sus compañeros le arroparon, diciéndole que eran majaderías de la prensa. El ángel redentor se estaba convirtiendo para él en ángel vengador. Pasando los días empezó a descubrir miradas de recelo. Y la advertencia de la prensa había echado atrás a los que querían buscar una cabeza de turco. Poco a poco sentía como le abandonaban, como hacían suyas las dudas esparcidas por la prensa.

  La última reunión con el comisario no presagiaba nada bueno. No es que le hiciera culpable de un plan premeditado, pero sugirió la posibilidad de que quizás hubieran fabricado un caso partiendo de hechos aleatorios, dejándose llevar por un exceso de celo. Que la famosa carta que les llegó a ellos y a la prensa podía venir de algún compañero despechado. Cualquiera sabía. Le planteaba la posibilidad de dar marcha atrás. Que no sería ninguna mancha en su carrera.

  Pero él sabía que sí. Que terminaría hundido en el papeleo de alguna oficina, enclaustrado en el olvido del tedio. Al salir del trabajo decidió caminar hasta su casa. Estaba tan deprimido y decepcionado que no le apetecía ni emborracharse. Quizás llevasen razón, porque en su mente de policía no podía comprender que no hubiera ningún nexo que enlazase los casos. Pero le costaba creer que fuera una jugarreta de alguno de los suyos, porque los roces habían sido insignificantes, nada que pudiera generar una venganza de ese calibre.

  ¿Era posible que todo fuera una jugada del asesino?

ANGEL

  Lo siguió, contemplando su caminar cabizbajo. Su plan había resultado, dejándolo entre las cuerdas, noqueado. Nunca había matado a un hombre. Este tenía el aliciente de ser policía. Encendió un cigarro en la calurosa tarde estival mientras le veía alejarse. No tenía prisas. Nunca fueron con él. Le apetecía una cerveza fresca, mientras perfilaba los siguientes pasos. Policías, un nuevo reto. El telón se abría para dar paso a una nueva obra de la que él, era creador fascinado.

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Comentarios
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  • Escribe tus comentarios...Muy buen relato, invita a seguir leyendo. Cariños.
    A mí me ha encantado como todo lo que escribes. Besotes
    Incluso dejándolo así, con el suspense en el aire, sería un buen relato. Aunque conociendo tu mente calenturienta... Espero novedades. O no.
    Está bien. Todo sucede al mismo tiempo.Me recuerda algo al Ulises de Joyce.Me ha gustado.
    very good
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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