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10 min
Amor Verdadero
Terror |
04.06.16
  • 5
  • 2
  • 1307
Sinopsis

¿Habéis estado alguna vez enamorados? No lo recomiendo.

Sus ojos ya no parecían los mismos. Conocía a esa persona desde hacía muchos años, ya fuese por tener la misma profesión o por una amistad duradera, y en apenas unos días su expresión había cambiado. ¿Qué le sucedía a su amigo? Eso quería descubrir en la conversación que casi clamando le pidió que escuchara:

─Decía haberse enamorado, que vivir ya no fue lo mismo. Mi paciente en un principio parecía el clásico trastocado temporal por la ruptura. Sería animarle hasta que él mismo viera lo negativo de su actitud. Pero no era el típico caso, porque que él ni había comenzado a tener una relación con esa persona. Todo era idílico… de… de un modo distinto a lo normal.

─¿Demasiado encerrado en una fantasía?

─Esa es la conclusión, pero no la respuesta. Le apliqué un tratamiento basado en ello, y de poco sirvió. Desconcertado, quise conocerle mejor… sobre, sobre todo cuando vi en él la mirada. Juro que es imposible de explicar…

Calló. No pareció animado a seguir hablando.

─Ey, ¿qué sucede?

─Quiero irme ─dijo pareciendo querer echarse a llorar.

─Tranquilo. Respira. Bien. Intenta explicarme la mirada del paciente. Te sentirás mejor.

─Lo sé, es lo que temo. De acuerdo. Era una mirada de amor real ─sentenció─. No, no lo entenderías, ni siquiera en una foto. Él dijo haberse enamorado a primera vista, y siempre que pensaba en ella su rostro cambiaba, tétrico. Dejaba de comportarse, y de haber volado habría sido más lógico que esa transformación radical.

─¿Te explicó cómo era ella?

─Sí, y no me pareció para tanto. Me fascinó su forma de idealizar, las sensaciones y emociones que surgían casi a trompicones; desde ese otro mundo, copia de lo que vivió… no me siento a gusto, perdona.

─Con calma.

─El paciente ─apresuró─, sin darme cuenta, tomó el control de las consultas. Al principio era yo quien lo intentaba convencer, pero, después de esa mirada… quise saber. Fue mi error.

─Es tu trabajo. ¿Cómo va a ser…?

─No lo entiendes, tú no has visto el amor a la cara.

─Eh, calma ─alargó─, tranquilo. Exagerar no supone ninguna verdad.

─¿Exagerar? ¿Verdad? Hasta que no lo ves… ¿Cómo te sentirías al saber que todo lo que supones no tiene base? El mundo flota a la deriva, y para evitar el vértigo, para no sentir ese miedo perpetuo, nos aferramos a una base, la que sea, aunque sea ficticia.

─Eso hizo el paciente. Se convenció de estar enamorado…

Calló al comprobar la mirada de fiereza que lanzó su amigo. Aguantando rencor, apuntó en su libreta.

─Eso, apunta. Descubrirás como yo que no sirve de nada, ¡el amor no se puede explicar! Miles de poesías siguen siendo en vano ─dijo mirando al techo. Tardó en continuar─. El paciente fue invirtiendo el papel y faltó que fuese yo quien se tumbara en el diván, como ahora ─rió─. Me habló de la gracia de esa chica, de lo maravillosa que era su simpleza. Y de sus ojos, la mirada… la… él cambiaba la expresión en imitación, y cada vez mejor, y a base de venir a mi consulta consiguió recrearla.

─¿Logró liberarse y expresarse?

─No.

─¿Se sinceró en voz alta?

─No ─dijo con amargura─. Consiguió regresar la mirada al momento que la vio por primera vez. Fue un proceso inverso, que si lo asumido, la pérdida, negación… metamorfosis de mariposa a gusano, y llegó a la miseria.

─Miseria…

─La miseria inconsciente de haber conocido el amor y que no se repetirá. Me pregunto, y le pregunté, que si acaso hubiese sido correspondido, ¿cómo se sentiría entonces? Creo que el suicidio hubiese sido el proceso de destrucción más lógico que conocemos. Barajé la posibilidad de una auto-destrucción a base de focos y personas externas, de auto-mutilación mental. Pero al tratarse de un caso tan especial… ¿Qué piensas, amigo?

─Como doctor que ayuda a otro, diré que te dejaste llevar por la empatía. Como amigo… acabo de vislumbrarlo por un momento.

─¿En mis ojos? ─dijo mientras se incorporaba con medio cuerpo─. ¿Cómo, lo qué vi en esa mirada? Es, es terrible.

─No sé, quizá me estoy precipitando.

─Es espantoso, va a suceder.

─¿A qué te refieres?

─A lo referente a mi confesión, a lo que temo contar.

─Si no lo haces, se acumulará. Creo que no hace falta que lo explique.

─No, pero parece que cuanto más lo sabemos peor lo haremos. El amor es un estado permanente de eso mismo, un error continuo… saberse vivo. Estar vivo creo que es saberse un error casual...

─¿De la naturaleza?

─Lo que sea, quizá, no sé… hasta lo importante deja de serlo. Y en ese dolor de angustia eterna hay una dicha única en cualquier ser vivo. A cambio del error surgió la bendición…

─Divagas.

─Eso es el amor, así se lo dije al paciente mientras yo, yo, lo…

Pero no terminó, se tumbó y giró para quedar de espaldas al doctor. Su respiración se aceleró y entrecortó.

─Deja de dramatizar, no te reconozco.

Pero no le escuchaba.

─Cuenta, por favor, ¿qué sucede?

Nada.

─Me asustas.

─Me lo, me lo… ─su voz sonaba lejos─. Llegó un punto de las consultas en que venía con esa mirada, pero era yo quien se la activaba. Me habló de ese ángel, me enseñó fotos, y no comprendía cómo se pudo enamorar ─en ese punto, su tono se tornó lastimero─. Lo escuchaba, su voz se fue transformando cuanto más hablaba de ella y del momento y de lo que sentía y... ─remarcó su respiración─. El brillo de su piel, la calma de sus gestos, sus labios, el cuerpo, sus ojos, todo en él se transformó. La jodida mirada. Dios, me está pasando.

─Calma, calma.

─Me confesó que se sentía atraído por hombres porque había comenzado a temer a las mujeres. Le dije que era un caso más común de lo que parecía, el renegar del sexo contrario al asumir que no sabremos llevar una relación, pero… sabiendo que se había enamorado de verdad ─languideció─, comprendía que no había dejado de desear a las mujeres, lo que pasaba que ya sabía no podría volver a enamorarse, que de hecho puede que nunca lo haya dejado de estar, buscando así por la satisfacción sexual en el mismo género como defensa hacia el temor de volver a enamorarse de una mujer; de enamorarse, en sí ─el silencio surgió inesperado y pronto murió─. Aunque ya sabía, y pienso lo mismo, que el amor no puede funcionar así.

─Me parece que te contagió su idilio. Un psicólogo no se debe implicar demasiado…

─¡No entiendes nada! ─fue que se dio la vuelta de forma brusca, delatando su rostro empapado, apretando los dientes de una forma que hacía resonar su respiración─. Me lo follé ─dijo entre dientes─. Sin decirnos nada ─clamó en voz baja─. Lo besé una y otra vez ─destensó el cuerpo─. Lo tumbé en el diván y me, me lo tiré.

─¿Qué? ─consiguió reaccionar.

─Tenías que haber escuchado su voz, se afeminó… su olor y, su forma de moverse incluso, eran como hacerlo con una mujer. Lo penetré primero con suavidad, fue, raro, no me pregunté qué estaba haciendo, sólo quería mirarle a los ojos a cada momento del acto y de mi vida.

─Creo que exageras una mentira para complacer el malestar que sientes, mezcla de una fantasía que no reconoces.

─¿Te estás escuchando? ¡Das risa! Por dios, quiero a Silvia, y jamás me plantearía ser infiel, y menos con un hombre, ¡no soy maricón! Pero, su historia, el amor que sentí emanando… joder ─comenzó a llorar─, me corrí con intensidad. Deseaba no acabar. Qué asco me doy.

─Tranquilo.

─¿Qué hice? Encima quiero volver a estar con él aun cuando le pedí con rabia que jamás regresara. ¡Quiero verlo!

─Tranquilo, tranquilo ─alargó─. Ven a mí, ven.

El afectado hizo caso y se abalanzó a los brazos del doctor, su amigo, donde recibió un abrazo que lo apresó con tanta fuerza como afecto. Lloró en el regazo, ahogándose el sonido del lamento, vibrante y delator. Fue calmándose con los minutos.

─¿Estás mejor?

No dijo nada, pero con cuidado lo apartó para mirarle. Su rostro parecía diferente, rojizos los ojos que delataban melancolía.

─Si quieres, te doy mi opinión.

Siguió sin decir nada, reprimiendo un hipo.

─Te dejaste engañar por ese hombre, se le da bien actuar, haciéndote creer la historia del amor verdadero para que practicaras sexo con él. Como fetiche se planteó ir a por un psicólogo, juego mórbido que consiguió…

─Tú no sabes nada.

─…es alguien que necesita ayuda, y ahora que sabemos cuál es su problema, podemos…

─Nada de nada.

─Ahora el mal ya está hecho. Te toca aceptarlo y ajusticiar a ese hombre.

─Mírame.

Lo hizo y su expresión cambió. Quiso hablar, pero no consiguió articular apenas los pensamientos.

─¿La has visto? ¿Eh? Claro que sí, algo me dice que sí. Imagínalo durante segundos, minutos…

Mi vida.

El doctor pareció atrapado en su propia expresión, a merced de lo que dijese el afectado:

─Confieso que lo volveré a buscar. ¡Lo deseo!

Pero no se pronunciaba, parecía como si le hubiesen metido un tiro en el estómago y estuviese disimulándolo.

─Lo buscaré y esta vez se lo haré de forma más salvaje. ¡Si hace falta lo mataré! Porque, porque…

─No quieres volver a ver esa mirada ─dijo con total pasividad─. Ya es tarde.

─Tú también estás infectado por el amor real. Ya me buscarás, ya, hijo de puta.

El psicólogo victimizado se alejó de su amigo con intención de salir del cuarto. Ni el sonido de la puerta cerrándose lo sacó de su estado.

El doctor se mantuvo, hasta que consiguió tragar saliva. Aun tardaría en sacar de su mente aquella mirada en la que se había sentido tan vivo, y a través de un tercero… ¿Cómo sería el amor visto por primera vez? Si un atisbo lo desencajaba… era terrible, tenía que hacer algo.

Pero su compañero de profesión, amigo íntimo… su voz se había transformado, su olor, su forma de actuar e incluso de pensar. Lo deseaba, entrechocando con su homofobia oculta. Deseaba conocer a la diosa que enamoró al paciente cero para estrangularla por lo que había generado, y después matar a ese mismo paciente. Una vez solos, amaría a su amigo, de rasgos ahora muchos más afeminados en su mente.

Buscó por las pastillas. Si sus víctimas dormían le resultaría más fácil.

Tuvo la tentación de agarrar por las otras y tomarlas en un puñado. Sobredosis, un mal menor frente a lo que iba a buscar.

Cualquier mal es benigno frente al amor verdadero.

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