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10 min
Y SOLO YO LO VI
Varios |
06.12.18
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  • 58
Sinopsis

Dicen que me van a matar por lo que vi. Que me van a llevar de aquí a otro lado que yo no sé y me insisten que esto es serio. Nada de juego y ya sé que no es juego.

Ahora sé que esto se llama miedo, algo parecido a lo que me dio esa mañana al levantarme a toda prisa. El taconeo de tía Anastasia sobre el  piso de cemento cerca de la mesa: mamá hablaba en la entrada de la cocina, su voz se parece mucho a la de la abuela, algo aflautad, con un poco de ronquera. Según dicen las vecinas es por el trabajo y la humedad de las albercas, el agua retenida en los tanques, los montones de ropa y el frío que le toca aguantar.

 --Andando que se hace tarde.

--Ya voy, mamá –le respondo antes de salir y echo un vistazo al uniforme. Ahora están todas tres en la cocina haciendo la misma labor. Ahora el agua fría del baño y la prisa. En el corredor vuelvo a recordar que tuve un sueño.

--¿Y que tal si resulta cierto lo del paro?—dice tía Anastasia.

--Prefiero que vaya.

--No debiera irse sola, miren que andan diciendo...

--En las noticias dijeron que nada de lo del paro es cierto.

--Mejor que vaya –dice la abuela.

Sentadas a la mesa la una cerca de la otra, mamá y tía Anastasia desayunan. La abuela nunca come con ellas sino cuando se queda sola para evitar que digan que cada vez se alimenta menos. Continua de pie junto a la estufa. Tía Anastasia amaneció hoy más gorda, me da la impresión al sentarme junto a ella y recuerdo a los hombres del barrio parados cuando ella pasa y la miran, le dicen cosas y un rato se queda sin aliento. Dice la abuela que es soñadora y gasta demasiado en pinturas y madruga a arreglarse apenas aclara el día para lucir bien al salir a la esquina a  comprar el pan. Aunque a esa hora muy pocos la vean. Huele a perfume penetrante que se filtra por puertas y ventanas cerradas hasta que se mete en los pensamientos.

 La abuela sigue con la cintura recargada a la baranda metálica de la estufa contando la vida de una de sus amigas. De la calle se oye gente en movimiento, pasos, voces, ruido de carros y más voces. Es día de mercado. Lo acabo de recordar, habrá plaza llena, calles repletas y el alboroto de vendedores. La abuela no para de hablar, hace oír su risa como crujidos de tronco hueco, la boca a medio abrir.

--Oye, abuela ¿qué pasa si se sueña con árboles de cristal

--No me acuerdo haber soñado con ninguno.

--¿Pero que pasa?

--Pues yo no sé, pero si quieres le pregunto a Rosaura y cuando llegues yo te digo.

--Es que no quería irme sin saber.

Tal vez sea ese miedo a pararme como todas las mañanas a esperarlas junto a la cafetería donde Antonio acostumbraba quedarse largo rato charlando con los amigos. Pero acaso confunda el miedo con algo más raro. Tal vez sea lo que dicen tía y la abuela, tal vez sea por lo que han dicho las noticias. No sé. Ellas viven a media cuadra. No me gusta esperar sobre el cementado sin dejar de mirar a que aparezcan. Una mujer atraviesa la calle cargada de canastos nuevos, va a la plaza de mercado. Priscila y Mariana salen de afán, casi a la carrera, el pelo liso goteándoles agua. Hoy parecen gemelas. Tienen las caras iguales, los uniformes las hacen confundir camino al colegio que todavía está lejos y no se llega en línea recta. Legamos a la avenida  transitada a esa hora por un par de camiones y unos buses como todas las mañanas. En las aceras hay gente que espera y otros van a pie al trabajo. Las mismas caras de siempre a la misma hora mientras van los estudiantes en grupos a saber si es cierto lo del paro sin libros.

--Ya estoy pensando que voy a hacer si no hay clase – dice Mariana.

--¿Me acompañaras a comprar las acuarelas?—dice Priscila.

--No. Me voy derecho a donde mi tía.

--¿Pero tu si me acompañaras?

--Todavía no sé--le digo.

 

Hombres y mujeres, las pinturas de Priscila parecen fantasmas entre oleadas de niebla.. Igual pasa con los bosques de pinos. Las casa del barrio, los pájaros en el jardín. Dice que no puede hacer desaparecer esa cortina de niebla. Esos dibujos al quedarse mirándolos mucho rato quitan el ánimo: Priscila quiere pintar por eso va a comprar acuarelas. Nos detenemos frente al árbol antiguo  en cuya cáscara maltratada escriben nombres. Pero no han puesto nada desde hace una semana. Seguimos sin decir nada. Llegamos a la cuadra donde estacionan los buses verdes. Ya estamos cerca del colegio y el silencio se ha desvanecido. El patio y la calle es un reguero de uniformes, azules, que se despliega o se alarga sin orden en un murmullo de voces y risas.

Es la tercera o cuarta vez que oigo el ruido la moto ronco y cansado, lo sé, anda y desanda el camino dando la misma vuelta a toda la ciudad y ya no se acerca porque las calles se han llenado de estudiantes y desaparece ahora que el mundo es varias calles repletas de uniformes, ya no existe nada más a lo largo de la avenida con su césped a los lados y más lejos la carrilera destilando humedad del roció. Goteras redondas que brillan por el sol. El regreso es más despacioso detrás de la interminable procesión. Por la avenida que desemboca en la calle angosta directo a la estación del tren. Mariana se despide y atraviesan rápido otro de los callejones. Priscila sigue con sus pasos silenciosos como la quietud del barrio que empieza en la nueva calle. Casas elegantes con antejardines enrejados, la ciudad nueva que dicen, terrazas, un reguero de urbanización en forma de abanico.

 Debí devolverme a la casa, voy sin darme cuenta que apenas camino sin entender. Hay algo en esta procesión en cada calle y en la gente al pasar con su prisa y su temor. Vuelve el ruido de la moto mientras nos detenemos al borde de la plaza. Priscila dice que la papelería queda al otro lado y yo prefiero esperarla, no tengo ganas de ir y me quedo de pie mientras ella se dirige a la otra acera, camina por la cuadra de casas grandes, balcones verdes y portones de madera. El otro callejón sigue a la plaza de mercado. Pude haber ido con ella. Quise haber ido con ella. Sin pensarlo mucho empiezo a pasar al otro lado cuando escucho como salido de las profundidades de un pozo ahora acercándose en línea recta  a una velocidad como se ve en las películas y aparece en la otra esquina la misma moto, tengo la seguridad. Y el temblor en las piernas, un escalofrío en el estomago; el corazón brinca como una pelota. Desvanece todos los sonidos a u su paso, música, voces, carros. Las miradas se fijan en los hombres que esconden la cara y miran hacia delante.

Ahora miran sin que aún yo sepa a una persona de vestido de paño que atraviesa el parque en  dirección a la alcaldía. Parece coger forma a medida que se acercan sus pisadas sobre el anden junto a la orilla de geranios. Da media vuelta a la fuente, saluda a un amigo y sigue caminando. Los de la moto llegan directo a la esquina. Dan la vuelta en la última cuadra, se alejan del parque con la misma rapidez que aparecieron. El hombre llega al borde del anden y espera el paso de un automóvil, responde el saludo de algunos trabajadores de overol del municipio, cruza la calle con sus pisadas silenciosas sobre el asfalto. En el atrio del palacio municipal apenas hay un hombre que está de vigilancia., una mujer mira varios papeles doblados antes de entrar y un anciano baja por las escaleras laterales. El hombre empieza a ascender la hilera de siete escalones, alguien asoma la cabeza en una de las ventanas y se retira. La moto aparece de nuevo, la velocidad se apacigua a causa de algunos carros y unos huecos del pavimento cuando el hombre llega al séptimo escalón...

 Tengo la mente en tinieblas, floto en un vacío absoluto de incredulidad. Tengo el cuerpo rígido y yerto. Dicen que la cara se me ve toda llena de una palidez de muerto, solo veo dos ojos enrojecidos, una mirada turbia, trasnochada del hombre que acaba de esconder el arma en su chaqueta descolorida. Tiene una mirada rara, sin rabia, sin afecto. Todo es cosa de segundos que no parecen tener fin. Antes de arrancar la moto ha ocurrido algo que no puedo creer, el trapo que cubre la cara del hombre se cayó sobre el cuello dejando ver una cara morena, sin afeitar, nariz filuda y labios amoratados, que conozco en el barrio y a mi me conoce. Un insulto y una mueca tan ligera como en los sueños. Y sólo yo lo vi mientras otra laguna me ahoga todo pensamiento que pueda salir. Hay un tropel de gente invadiendo la esquina, se aglomera en la calle sobre el atrio alrededor del hombre que semeja un costal de plumas sobre a lo largo de los escalones. Alguien me hace beber varios sorbos de agua. Las personas son figuras fantasmagóricas que me hablan muy cerca. Los policías se abren paso entre la multitud congestionada. El alboroto se transforma, recobro poco a poco la lucidez como si como si regresara de un viaje mientras un agente de cara colorada, barrigón, hace anotaciones como a través de un cristal empañado y desaparece tragado por un remolino de movimientos. La voz de Priscila cerca mío algo distorsionada entre el murmullo llamándome, tirando de mi saco, dice que su cabeza es otro hervidero de confusión, dice que tengo una palidez exagerada lo cual le preocupa y se siente impresionada al notar mi temblor en el cuerpo, mis quijadas trabadas y mi silencio. Ahora el parque es como un avispero más congestionado que la plaza de mercado y ya nadie sabe nada. Pero el ruido de la moto vuelve a sonar con estridencia muy cerca, creo que intenta volver, recorre incesante las calles mientras unas señoras gritan fuerte, tan duro que se oye en todo el parque agente protejan estas niñas que las van a matar también, agente haga algo rápido y nos suben a un carro y vamos no sé a dónde de la mano de Priscila, de regreso a casa no lo sé sin que el ruido de la moto cese en ningún momento. Ahora taladra mi cerebro y se deshace como en una nube de cristales que estalla mientras pienso en mi madre y todos en la casa.

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