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13 min
Yo
Amor |
01.08.16
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Sinopsis

No me hagáis mucho caso...

Yo

Este ‘Yo’, no soy... creo.

No lo dedico porque no tengo ganas de joder a nadie.

        Yo, señores, estoy enamorado, he sido seducido por una mujer hasta el grado de trastorno espiritual y además estoy chiflado. Con una combinación de esta índole a cualquier persona se le hace muy difícil la convivencia conmigo, que únicamente puedo ser superado por un maltratador en cuanto al malestar que producen en la compañera de piso, que no de vida, que esa es otra, caballeros, que ahora desvelaré o, si no, no, qué importa esto.

        Por las personas a las que me dirijo, habrán notado en mí ustedes un lenguaje políticamente incorrecto, porque dejo a un lado a las mujeres. Esto no es un descuido, que va, que está hecho a conciencia, ya que las mujeres no deben leer esto, pues podrían tomar buena nota de lo que nos sucede, sobre todo a mí, y usarlo en nuestra contra (sobre todo en la mía, mi condenada mujer); así que esto debe quedar entre ustedes y yo, señores.

        Conmigo no hay cristiana que pueda estar más de una semana en mi misma casa; que no, que no exagero, y por lo que me ha contado Ameer, el indostaní del colmado que hay junto a mi oficina, musulmana tampoco, que son igualmente dominantes y domadoras de hombres, aunque tengamos una idea equivocada de ellas, porque lo tiene domado y bien amaestrado, no como a mí, que no hay quien viva conmigo ni quien me amanse.

        Me he definido muy bien como un trastornado por amor y como un chiflado, pero no sé por dónde comenzar a explicarles estos asertos, qué aseveraciones utilizar para que ustedes comprendan a qué grado puedo ser inaguantable, porque no es que exclusivamente yo sea insoportable por: intolerante, pesado, antipático, desagradable, pesimista, hurón, arisco, desabrido, esquivo, huraño, malhumorado y amante de la Ópera, entre otras esencias que adornan mi carácter, sino que además estoy loco de amor y tocado de la azotea.

        De todas formas mi, criticada por mí, mujer, me censura con una exageración propia de un inquisidor y a veces llego a creerme un demonio, pero cuando estoy sereno, creo que no es para tanto, vean:

A mí no me importa, pero dice que soy un pedorro; total porque tengo un serio problema de gases, qué le vamos hacer, sobre todo si como ciertos alimentos flatulentos, que ya me cuido yo de no hacerlo, porque si me río me peo. ¿Qué culpa tendré yo? Si lo hiciera aposta, todavía me podría recriminar, ¡pero además del problema que tengo...! Ella dice que lo soportaría, que aguantaría vivir en una zahúrda porque lo comprendería, bastaría tan sólo con abrir las ventanas, pero que lo que no aguanta es que me pea durmiendo de noche; ¡con esto se la llevan los demonios!, ¡hay que ver cómo se pone! Bien es verdad que una noche me desperté a mí mismo con un estruendoso pedo y que yo al pronto pensé que había sido ella: “¡luego dices que yo!”; ¡No vean cómo se puso! Me echó de la cama a patadas y me negaba la manta para dormir en el sofá. No quiero pecar de extremado, pero creo que quería que durmiera en la alfombra al pie de la cama como un perro. Fíjense hasta dónde llega la perversidad femenina.

        Un día me pilló, he de reconocerlo, pero su reacción fue del todo hiperbólica. Yo no tolero que toquen mis cosas y mucho menos que me las cambien de sitio, incluso no soporto beber en el vaso de otro, aunque sea de la familia, incluso en el de mi intolerante esposa; llego al punto de que no quiero que lea mis libros y desearía que ella comprase los suyos propios, ya sé que sería el doble de gasto, pero los libros son míos, no de ella. Bueno, pues me cazó usando su cepillo de dientes y ¡joder, como le dije yo: ¡también usaste tú una vez mi maquinilla para afeitarte las piernas! Claro está que en aquel momento me puse insufrible, casi inadecuado, según ella, pero no fueron inútiles mis berridos porque no lo ha vuelto a hacer. Claro, que lo que todavía no ha descubierto es que uso su cepillo para el pelo. A mí me gusta tener las cosas en perfecto orden, de tal forma que si uso mi propio cepillo para el pelo se estropea y se llena de cabellos; un desastre. Lo mismo me ocurre con el cepillo de dientes, sobre todo cuando tengo que hacer fuerza con él para sacar las briznas de carne que se me han quedado entre los dientes, porque es entonces cuando sus cerdas se aplastan y el cepillo termina por ser una herramienta inútil. Yo, señores, hago mis controles para evitar que ella haga lo mismo con el mío, que use el mío, incluso con el cepillo para el pelo; ella podría haber hecho lo mismo. El otro día, cuando escuchaba ‘Rigoleto’ a toda pastilla por la cadena de música, tuvo que venir al salón para preguntarme si le dejaba mi cepillo, que no encontraba el suyo; ¡claro, que bonito, tengo yo el mío cuidado y siempre en el mismo sitio para que llegue ella y lo utilice; qué guarde el suyo! Toda la discusión a gritos que se organizó, la tuve que soportar con los golpes en la pared y los gritos que daba la vecina diciendo a voces que: ‘¡si bajáis la música, no tendréis que gritar, cretinos!’. Además, tengo que soportar a mis intratables vecinos, que llaman a mi casa ‘el auditorio’ y, los más entendidos, ‘el Real’; total porque me gusta la Ópera y le pongo música culta para que se ilustren. Alguno me saluda por la escalera con un: ‘¡buenos días, su señoría!’, con un tono cantarín como el de la canción infantil, pero poniendo voz de tenor, soprano o barítono, según el caso. Son incorregibles, por eso cada día me trato menos con ellos, caballeros, como ustedes comprenderán.

        Así va mi vida, señores, qué le voy hacer, y como me gusta estar solo y muchas veces no voy con mi mujer a las reuniones familiares y de amigos, dicen que soy huraño y antipático. A cada uno le cuelgan un San Benito. Como no creo en el mundo, ni en los hombres, ni en la ‘Sociedad’ en general, dicen que soy pesimista, que pienso de forma negativa y, como mis tesis las mantengo a machamartillo hasta el hartazgo, dicen que soy un pesado y que repito las mismas cosas un montón de veces.

        Ellas, las mujeres, quieren someternos, acostumbrarnos al látigo, pero no y, no quería contárselo, señores, pero ahí va: lo que peor lleva mi mujer, son los palominos y las manchas de pis en mis calzoncillos. Digo yo que no será para tanto, sobre todo ahora con las lavadoras, ¿no? Peor fue cuando descubrí en mi vaso una mancha de carmín de mi mujer. ¡Aquello fue atroz! Ella me dijo que pensaba que ya había terminado yo y así era, pero yo no soporto que beban en mi vaso; ¡que es mío!, le dije en un tono nada coloquial, he de reconocer. Llego a pensar que quieren que seamos y nos comportemos como maricones: un metrosexual, como dicen ahora, o algo así. Porque a esto hay que añadir que: ¡no bebas cerveza, que luego te dan gases y eructas como un caballo, corazón! Yo creo que lo que más me molesta es lo de ‘corazón’, pero en fin...

        Tampoco soporta que salga a pasear como los feos, a horas en las que no me ve nadie, porque salgo de noche, pero bien de noche, en verano a las dos de la mañana, si estoy de vacaciones, y en invierno, a las once de la noche, aunque haga frío. El caso es no dejarme vivir.

        Todo esto me pasa y ella no comprende que me tiene loco de amor, que me conquistó el día en que la vi y que ahora no puedo vivir sin ella, por lo que me atormentan unos celos normales en cualquier enamorado; este es el primer trastorno al que hacía referencia.

        Para qué se va a poner falda con el frío que hace; para qué se va a arreglar si a mí me gusta de cualquier forma, que estoy loco por ella; por qué tienen que mirarla los hombres si es mía; por qué miró el otro día ella a uno que pasaba... Claro, cómo yo estoy gordo, como ya os conté en otra confesión, señores, pues miró a uno más joven y delgado que yo, que se cree que no me di cuenta, pero bien que se lo dije: ‘¡¿Qué miras?!’ Ella me contestó con un seco: ¡no seas imbécil!, y se quedó tan ancha, ¡lo que hay que aguantar! Yo no llego al delirio, como otros, tan sólo me la imagino yendo a escondidas a hoteles con otros hombres, no con uno en concreto, que esto sería pensar que no me quiere, con hombre diversos, y que luego llega a casa y me besa a mí después de haber besado a otro y esto me da un asco que no os podéis imaginar, e intento saborear sus labios para comprobar si saben a la boca de otro, pero ¡yo qué sé cómo sabe la boca de ese otro con el que ha estado! Vamos, cosas normales en un hombre enamorado, y si se hace una carrera en las medías que cómo habrá sido, que habrá sido en una refriega amorosa con otro, porque conmigo no ha sido, que va, amén de que por qué lleva medias y falda, qué falte le hace salir a la calle así, provocando que la miren y que la deseen, que no se entera que soy yo el único que tiene que desearla y que para eso no me hacen falta adornos, aunque un poco fetichista sí soy, que en los juegos amorosos me gusta que se acicale para yo desaliñarla, pero soy yo el que la desarregla, no otro, como ahora con la carrera en la media, ¿qué habrá hecho y con quién? La verdad es que mucho tiempo no ha tenido, pero con poco es suficiente, sería con alguno que pasaba por la calle y que la ha mirado, ¿no? Y ese compañero de trabajo que es tan simpático con ella, ¿qué querrá? Ella no se entera, pero yo sí me entero de lo que quiere ese compañero, aunque quizá ella sí se entere de lo que quiere y se hace la tonta porque me la está pegando con él y me tiene engañado, pero a mi no me engaña, eso es lo que se cree ella, que yo sé muy bien lo que hace y el tiempo que dedica a ello, lo que no sé es con quién lo hace, pero eso qué más me da, a mi lo que me importa es que me engaña o eso cree ella, porque no me engaña, que va, ¡menudo soy yo para eso! Claro que: ¡el día que la pille...! Así, paso grandes ratos de la tarde solo llorando en casa sin consuelo de nadie, porque: ¿a quién le voy a contar esto, que mi mujer me engaña con otros? ¿A ustedes qué les parece, es mi vida un calvario o no?

        Encima se enfada cuando le pregunto: ‘¿De dónde vienes; dónde has estado; con quién has estado; qué horas son estas de llegar?’. A lo que ella me responde con tono de cansancio: son las seis de la tarde, vengo de la peluquería, he estado con un grupo de aburridas señoras y no he estado en ningún otro sitio, cretino’. Pero lo que más le molesta, no sé porque, es cuando yo le contesto: ‘¡ya, y estaba cerrada!’ Aquí ya la riña toma cuerpo y entramos en un cuerpo a cuerpo: ‘¡No te gusta mi peinado, imbécil, pues te fastidias! La pena es que me hecho las piernas y el pubis, que luego que bien que te gusta, pero que no te mereces que haga nada’. ‘A mi me gustas de cualquier forma; ya sabes que estoy muy enamorado de ti’. ‘¡Ja, ja; que te crees que te voy a creer! Lo que te pasa es que eres un celoso insufrible’. ‘¡Insufrible yo! Lo que pasa es que te amo y no me gusta que te arregles para otros...’  ‘¡Grosero enfermizo! Menos mal que te conozco, impresentable, ¡yo sí que estoy enamorada de ti, estúpido, que eres un necio y no sabes lo que tienes!’ ‘Sí sé lo que tengo, por eso me da miedo perderlo’. ‘Pues por este camino, el día que menos te lo esperes cojo la puerta y me voy y no me vuelves a ver el pelo, memo. El caso es que el mejor estado que tienes y que es el más común en ti, es el de la estolidez taciturna, porque: ¡cuando te pones a hacer discursos...!’ ‘Yo te quie...’  ‘No digas gilipolleces y haz el favor de poner la cena para congraciarte conmigo. Yo sí que te quiero y no te doy tanto la tabarra, pesado, que eres un pesado, eso es lo que te pasa’.

        Determinen ustedes: ¿cómo creen ustedes que me quedo después de esto? ¡Encima quiere que le ponga la cena! Cómo si no fuera poco lo que me ha hecho esa tarde. Pero no es que yo desconfíe de ella, que va, que creo que me quiere, pero ella es muy atractiva y a todos los hombres les gusta, como a mí, y los hombres son muy canallas y siempre están dispuestos a romper hogares, que los conozco muy bien, tan sólo por contar la aventura delate de todos los amigotes: ‘¡Oye, Amando, me tiré ayer a una que...!’, que los hombres son así, pero ella no lo sabe, se piensa que todos son como yo, que soy incapaz de hacer daño a nadie y menos a ella.

        Ya ven ustedes porque poca cosa mi mujer dice que soy inaguantable. ¿Me querrá de verdad?

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  • Y todavía no he terminado de compensar.
    Muy buen relato
    Amezcua, excelente relato, cada texto que subes es una garantía de buena escritura. En esta historia que retratas con tanto acierto las desventuras del enamorado celoso en tono irónico, haces gala de una sátira hecha con todo talento, con trazas de hilaridad, que da gusto leer. Por supuesto, qué decir, que no eres inaguantable. Tu mujer debería valorar lo refinado que eres como amante de la Opera y por sobre todas las cosas ser compasiva de tu "trastorno espiritual" de enamoramiento. Por supuesto si asumimos que que el narrador del texto eres tu.Te mando un gran abrazo. Felicitaciones, un gran trabajo!!
    Qué bueno Amezcua¡¡¡. Jajja, qué rato más bueno he pasado. Divertido, ameno, tierno. Un placer de lectura. Lo voy a volver a leer. Me ha encantado.Un saludo.
  • A mi no se me ha ocurrido hacer esto...

    A mi nunca me han echado las cartas

    Aveces, sin saberlo, escribimos de lo que nos pasa.

    A mis personajes, ¡les pasa cada cosa!

    Me ha quedado un personaje de lo más triste, como este día de lluvia de otoño aquí en Madrid, España.

    Creo que deberías leer mi relato titulado las cajas de la memoria, pero, como es demasiado largo, a lo mejor no te atreves, aunque te aseguro que merece la pena, y en su lugar cuelgo este que es más corto y asequible, como la mayoría de los que escribo.

    Cajas, ataúdes..., quién sabe... Es más largo que los que acostumbro escribir, pero, después de mucho pensarlo, creo, sinceramente y sin ánimo de vanidad por mi parte, que merece la pena, ya veréis si lo leéis.

    Mis problemas con el azúcar

    No me hagáis mucho caso...

    Con este relato regreso al tema del amor. Mi 'ex' dice que es muy cursi; incluso me contestó al correo, con mi relato recortado en lo que más le parecía cursi. Yo creo que estos temas han de ser cursis, ¿o no?; si no, no se entiende la 'ralladura' mental de quien padece este trastorno. En estos temas del amor, como casi de todo en general, nos parece que sólo nos ha pasado a nosotros y nos creemos únicos.

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Me fascina el rojo carmín en los labios de mujer, por eso pongo esta estupenda foto. Sobre mí..., ya iréis conociéndome, si a más no llega, según publique alguno de mis relatos, que esta página me parece muy interesante

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