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4 min
YO
Varios |
31.10.07
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Sinopsis

Camino por el pasillo a oscuras, si no cuentas la luz que entra por las ventanas. Pero no es mucha luz porque es de noche. Es artificial. Lo artificial siempre acaba sabiendo a poco y malo. Mi sombra apenas se recorta en la pared. Cada cinco o seis pasos me ilumina débilmente una farola de fuera. Estoy en un hospital. No quiero aburrir con el discurso de lo siniestro que resulta este edificio de noche. Pero el pasillo es largo. Lo suficientemente para mirar hacia atrás más de cinco o seis veces sin motivo aparente, hasta que llegue a mi destino que, dentro de un edificio, no puede ser otra cosa que cierta habitación. Y no ha sido fácil llegar aquí. No soy médico, ni enfermero. Hasta hace pocas horas no tenía el racimo de cinco llaves que hacen falta para llegar hasta este pasillo. La gente habla de la inmigración y de barreras, pero barreras, lo que se dice barreras, hay en todos lados sin no tienes las llaves, o el permiso, o la acreditación, o la credibilidad, o el arrojo necesarios. Si te quedas parado y piensas en ser un buen tío, y legal, y todo eso, seguramente no podrás cruzar nunca ninguna de las múltiples barreras que se te van a poner para que no avances. Tranquilo, siempre va a haber alguien diciéndote que no, que no puedes pasar. Joder, hasta en tu cuerpo hay barreras; hasta tus venas se pueden obstruir y matarte. No hace falta que veas a los inmigrantes en la tele. Todo son barreras y limitaciones y etiquetas y clases sociales, y gente que mira por encima del hombro a gente que mira por encima del hombro a otra gente. A no ser. Que te cueles de noche donde sea porque conoces a alguien que conoce a alguien. Y así consigues tu racimo de cinco llaves, una bata y una acreditación como persona apta para pasear por un hospital. Como en las películas. Sólo procura que los postizos no se noten. Si pones cara de que no estás para hostias en tu primer día, abajo en recepción no dudarán de ti. Los de seguridad te mirarán como si realmente ya hubieras puesto cinco mil vacunas. Como si no cayeras redondo al suelo en el caso de ver más sangre de lo debido.


Cuando tu vida, o el final de alguna etapa de tu vida está cerca, piensas en qué ha pasado. En por qué estás dónde estás. A no ser que mueras atropellado, por ejemplo. O quizá eres un suicida, y entonces tu vida se basa en estar continuamente reflexionando sobre los motivos por los cuales quieres morir. Hay gente por las calles que lleva años en su lecho de muerte, y sin embargo van a trabajar y te saludan por las mañanas. No parece que algo se los esté comiendo por dentro. Mi caso es igualmente tétrico, pero no llevo tanto tiempo muerto en vida; bueno, decir años sería presumir, porque esta etapa que va a terminar en una habitación de hospital, sólo ha durado dos años. Sólo ha durado el principio del plural. Y de lo que se trata ahora es de volver a estar vivo en vida. De arreglar las cosas. Esto podría llamarse el principio de mi egoísmo. El final del buen tío. Del soseras. Del amable y sincero. Esto es el final del tragar sin parar. Y es chocante. Años atrás ni se me ocurría. No pensaba en que tarde o temprano acabas pisoteando a alguien para ir más cómodo por tu carril. Cuando vayas por la autopista fíjate en esa gente que no soporta tener coches delante y tienen que acelerar; pues bien, yo me estoy convirtiendo en eso. Sólo quiero tener delante la ciudad, las colinas. Si me ves haciendo eses detrás mas vale que te apartes, porque realmente esto es estar hasta las narices. Esto no es como la gota que colma el vaso, esto es que ya hace años que toda la puta habitación en la que está
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