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18 min
Yo he sido Julio César
Ciencia Ficción |
29.07.20
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Sinopsis

Yo he sido Julio César. No es que haya interpretado ese papel en una obra de teatro ni en una película, lo que digo es que he sido Julio César en persona. He calzado sus sandalias, he vestido su toga y he empuñado su espada.

Yo he sido Julio César

 

 

 

Yo he sido Julio César.

No es que haya interpretado ese papel en una obra de teatro ni en una película, lo que digo es que he sido Julio César en persona. He calzado sus sandalias, he vestido su toga y he empuñado su espada. He visto el mundo con sus ojos, lo he tocado con sus manos, he respirado con sus pulmones, he hablado con su voz, he tragado su saliva y he meado con su polla. He poseído su cuerpo como un polizón, a veces durante horas, a veces durante días enteros.

Si me preguntaran cómo puede ser posible retroceder dos mil años y ocupar el cuerpo de otra persona, no sabría qué responder. Los científicos encargados del asunto afirmaban que la clave estaba en el entrelazamiento cuántico, aunque muchos de ellos reconocían que, en el fondo, tampoco tenían una idea clara de lo que estaba ocurriendo realmente. Se trataba de una cuestión tan compleja que solo los avezados cerebros de los físicos teóricos eran capaces de vislumbrar después de llenar un montón de pizarras con sus alambicadas ecuaciones. Habían descubierto, casi por casualidad, un método para entrelazar partículas situadas en épocas distintas de forma que pudieran transmitirse información inmediata, como si entre ellas no existieran el espacio ni el tiempo, como si no las separara una distancia de siglos. Sea como fuere, durante un cierto lapso de tiempo, mi mente y la de Julio César se intercambiaban. César viajaba al siglo XXI y despertaba en mi cuerpo. Recíprocamente, yo viajaba al siglo primero antes de Cristo y despertaba en el suyo. Con sus cálculos y la tecnología que habían desarrollado, los científicos eran capaces de mandarme al momento justo que se propusieran, aunque no podían mantenerme allí por mucho tiempo.

La primera vez que me puse en su piel, César debía tener poco más de veinte años, y yo ya había cumplido los cuarenta. Se dirigía a la isla de Rodas cuando la embarcación en la que viajaba fue capturada por unos piratas. Recuerdo que desperté en un cuerpo joven, aunque magullado y maltrecho, encadenado en la oscura bodega de un barco. Hacía un calor insoportable y el aire estaba tan enrarecido que hubiera podido

 

cortarse con un cuchillo. Todo mi cuerpo estaba lleno de hematomas y me encontraba encadenado a una argolla incrustada en una gruesa viga de madera. Tenía el ano dolorosamente desgarrado, por lo que deduje que había sido víctima de una violación. Mi única vestimenta consistía en una tosca capa de esparto manchada de sangre, heces y orina. Sufrí constantes insultos y burlas por parte de los piratas, pero afortunadamente no volvieron a violarme, aunque viví con ese temor todo el tiempo que permanecí en sus manos.

Los científicos decían que ningún estado cuántico puede preservarse indefinidamente en un nivel macroscópico, debido a un fenómeno llamado decoherencia. Saber que aquella situación no podía prolongarse demasiado me daba fuerzas para aguantar, pero no eliminaba el miedo cerval que me atenazaba. Estuve casi dos días soportando aquellas condiciones, sin atreverme a probar bocado de la repugnante comida que me daban, antes de que la bendita decoherencia me llevara por fin de vuelta a casa. En mi penoso exilio, nunca dejé de odiar a ese capullo que, cómodamente instalado en mi cuerpo, disfrutaba de las ventajas del siglo XXI mientras yo sufría los rigores de un cautiverio que le correspondía a él. Porque a decir verdad, la misión no consistía en enviarme a mí al pasado, sino en enviar a Julio César al futuro. Lo mío era tan solo un efecto colateral.

¡Salve, Cayo Julio César! - le saludarían, solemnes, en aquel futuro del que yo venía. César se asustaría al verse en un lugar desconocido, enfundado en un cuerpo extraño y más viejo que el suyo. Pero ellos sabrían cómo tranquilizarle, incluso le administrarían sedantes para que se sintiera seguro y relajado, venciendo su desconfianza con irresistibles razones y promesas. Tranquilo, joven patricio, no tienes nada que temer. Nosotros estamos de tu parte, hemos visto el futuro mucho más nítidamente que todos los augures y pitonisas del mundo y sabemos que estás llamado a ser un hombre extraordinario. Con nuestra ayuda, nada podrá impedir que llegues a ser tan grande como Alejandro, y mucho menos estos piratas que ahora te tienen secuestrado. Veinte talentos de oro, el precio que han fijado por tu rescate, es un insulto a tu grandeza.

Nunca he sabido exactamente qué le dijeron, pero cuando la decoherencia puso de nuevo las cosas en su sitio y César volvió a ocupar el puesto que legítimamente le correspondía, encadenado en la bodega de aquel barco, se indignó con los piratas por haber establecido un rescate tan ridículamente bajo y exigió que se pidieran por él, cuanto menos, cincuenta talentos de oro. Los familiares de César pagaron la suma y él

fue finalmente liberado de su cautiverio. No mucho tiempo más tarde, logró reunir una pequeña fuerza naval, capturó a los piratas que le habían secuestrado y les crucificó, no sin antes concederles la gracia de ser degollados para que no sufrieran.

Resulta realmente frustrante viajar al siglo uno antes de Cristo y no poder hacer un poco de turismo de época, pero la primera vez que me puse en la piel de Julio César no salí de la apestosa bodega en la que los piratas me tenían prisionero. Por fortuna, los viajes que siguieron fueron más agradables, aunque siempre se intentaba programar los intercambios de consciencia en momentos en los que César tuviera la mínima actividad pública posible. A la organización y a sus poderosos patrocinadores no les interesaba que nadie tomara, ni que fuera por unas horas, el control del hombre que puso los cimientos del Imperio Romano. Un comportamiento inadecuado podría acarrear cambios históricos indeseables que resultaba preciso evitar a toda costa. Hablar lo mínimo posible y actuar menos todavía, ésas eran las instrucciones.

Volví a ser Julio César cuando él ya contaba treinta y tantos años. Para mi, apenas habían pasado unos meses, pero para él había transcurrido toda una década. Aquella vez no tuve que soportar los rigores de ningún cautiverio ni corrí el riesgo de ser sodomizado por una horda de sudorosos piratas. César estaba destinado en Hispania, concretamente en la ciudad de Gades, y yo ocupé su cuerpo por un intervalo de nueve horas y cuarenta y cuatro minutos. Empleé la mayor parte de ese tiempo en pasear por las calles gaditanas, que ya en aquella época eran alegres y bulliciosas. Para un oriundo del siglo XXI resultaba fascinante contemplar la vida cotidiana en una ciudad del pasado remoto, con sus artesanos trabajando a la puerta de los talleres y sus comerciantes voceando en los puestos de pescado o de fruta, con su trajín de carros y carretas por las calzadas empedradas y sus niños harapientos pidiendo limosna en las puertas de los templos. Hombres y mujeres toscamente vestidos, ocupados en sus diversos quehaceres, siervos y esclavos trabajando, aristócratas ociosos conversando en las plazas, legionarios de uniformes deslucidos por el uso, rostros sucios, tuertos, desdentados, picados de viruela, cuerpos tullidos, mutilados o deformes, basura acumulada en las esquinas y un intenso olor a orina y a comida putrefacta que la brisa marina nunca alcanzaba a disipar del todo.

A media tarde, un barquero me llevó hasta el islote de Sancti Petri, donde se alzaba, imponente, el templo de Hércules. Según la tradición, el mismísimo héroe griego yacía enterrado bajo su suelo. Junto a las dos grandes columnas que franqueaban la entrada al santuario, entre otras estatuas que decoraban el lugar, recuerdo haber visto

un busto de Alejandro Magno. Después, entré en el templo y contemplé el fuego perpetuo que los sacerdotes llevaban alimentando desde tiempos inmemoriales. Y eso es lo último que recuerdo antes de que la decoherencia actuara de nuevo.

Como es lógico, tampoco supe nunca qué le dijeron a Julio César durante las nueve horas y cuarenta y cuatro minutos que estuvo, por segunda vez, en el siglo XXI. Pero la leyenda cuenta que, en aquel mismo templo de Hércules, César tuvo un sueño premonitorio en el que se vio a sí mismo dominando el mundo entero. Poco tiempo antes había llorado ante un busto de Alejandro, apenado por haber cumplido ya su edad sin haber hecho nada importante en la vida. Podía imaginar las palabras que César escucharía con mis propios oídos por aquellos que, durante unas cuantas horas, habían intercambiado nuestras almas. Alejandro no hubiera sido capaz de hacer lo que hizo si nosotros no le hubiéramos ayudado, como te vamos a ayudar a ti. Él solo tenía dieciocho años cuando murió su padre, Filipo II de Macedonia, y el reino quedó a merced de sus aguerridos generales, curtidos en mil batallas y dispuestos a luchar encarnizadamente por el poder. Pero he aquí que Alejandro, casi adolescente, tomó las riendas de la situación, sometió a todos sus posibles adversarios y se lanzó junto a ellos a la mayor epopeya militar de todos los tiempos. ¿De veras crees que ese niñato engreído hubiera logrado todo eso si nosotros no le hubiésemos asesorado convenientemente?

Entrelazar sistemas de partículas de dos épocas distintas no es tarea fácil. Disponerlo todo para que dos tipos separados por un abismo de más de dos mil años de historia intercambien sus consciencias, tampoco lo es. Sin embargo, en cada encrucijada de su vida, en cada momento problemático, César fue oportunamente enviado al futuro, donde recibió instrucciones y asesoramiento para avanzar en su rutilante carrera hacia el poder absoluto. En contrapartida, yo fui enviado al pasado. Visité así su lujosa residencia en Roma justo antes de la conjura de Catilina, volví poco después, en los días previos a que se formara el primer triunvirato, regresé de nuevo en plena guerra de las Galias y estuve toda una noche en la tienda de mando durante el sitio de Alesia. Muéstrate clemente con Catilina, noble César, para que todos vean que no temes ni al mismísimo Cicerón. Busca la amistad de Pompeyo y Craso, pues ellos son los hombres más poderosos de Roma, el primero por su prestigio y el segundo por su dinero. Sin embargo, cuando hayas conquistado las Galias, nadie tendrá más prestigio ni más dinero que tú. Entonces ya no les necesitarás a ellos. Escucha, César, lo que debes hacer para vencer en Alesia; construirás una segunda línea de fortificaciones alrededor de la ciudad para poder protegerte de los refuerzos que los galos enviarán, sin duda, en ayuda de Vercingetorix. Quedarás atrapado en un doble anillo, con un frente interior y otro exterior, pero no has de preocuparte, porque está escrito que en ambos lograrás la victoria.

La última vez que me puse en su pellejo, Julio César ya había regresado victorioso de las Galias y había cruzado el Rubicón. También había llegado a Egipto, persiguiendo a Pompeyo, después de haberle vencido en la batalla de Farsalia, y había tomado partido por Cleopatra en su lucha por el trono con su hermano Ptolomeo. Corría el año 48 antes de Cristo, cuando yo fui Julio César por última vez.

Cuídate de los idus de Marzo, le dirían con malsana ironía en el futuro, mientras yo abría los ojos en el pasado y me hallaba tendido en un ancho y mullido lecho, en una habitación suntuosamente decorada con pinturas y tapices. Las gruesas paredes de piedra y la lujosa decoración indicaban que me hallaba en un palacio o en una casa principal. Un par de lámparas de aceite iluminaban la espaciosa estancia y su luz temblorosa se mezclaba con la tenue claridad del crepúsculo que entraba por la ventana abierta. A mi lado yacía una mujer completamente desnuda, acostada boca abajo, respirando profundamente, aparentemente dormida. No tardé ni un segundo en darme cuenta de que se trataba de Cleopatra.

Instintivamente, me levanté de la cama y me alejé unos pasos. Ella ni siquiera se dio cuenta. Me sorprendió la juventud de Cleopatra y recordé que, en aquel momento, la legendaria reina de Egipto apenas tenía veintiún años No se parecía mucho a Elisabeth Taylor, ni siquiera era especialmente hermosa, pero había algo en ella salvajemente atractivo. Tenía el cabello oscuro y ondulado, la piel tersa y morena y el cuerpo modelado en suaves líneas curvas. Permanecí unos segundos contemplándola con irresistible fascinación, hasta que me percaté de mi propia desnudez.

En contraste con el de ella, mi cuerpo era viejo, panzudo y arrugado. Ya no era el mismo cuerpo que había resistido el cautiverio con los piratas, ni siquiera el que había cabalgado bajo las flechas galas en la batalla de Alesia. La presencia de Cleopatra suponía una contingencia que los científicos ya habían previsto, y el protocolo a seguir era el mismo de siempre; hablar poco y actuar menos. Por supuesto, la opción de follar ni siquiera se contemplaba. Eso era algo que debía ser evitado a toda costa, y en consecuencia se me había instruido para afrontar situaciones semejantes. Durante su agitada vida, César tuvo muchas amantes, y en cada uno de mis viajes, excepto en el primero de ellos, corrí el riesgo de despertar en brazos de alguna de ellas, así que la

organización me había entrenado para rechazar tajantemente cualquier posible proposición erótica.

Caminé hacia la ventana y observé el exterior. El palacio en el que estábamos se alzaba en un promontorio sobre la ciudad, que se extendía hasta el mar como un inmenso laberinto de calles estrechas y populosas. En el puerto flotaban mansamente decenas de embarcaciones de todos los tamaños. El sol se ponía tras el horizonte y la oscuridad se cernía sobre calles, desde las que se alzaba un sordo bullicio, como si se estuvieran produciendo algunos altercados. Sentí como a mi espalda Cleopatra se desperezaba.

- Vuelve aquí conmigo - dijo con una voz tan dulce que parecía irreal - Me juraste que no saldríamos de esta habitación hasta el alba.

Era cierto entonces lo que Plutarco escribió sobre ella, alabando la dulzura y la armonía de su voz y afirmando que poseía una infinita voluptuosidad al hablar. Resultaba curioso comprobar como, al ponerme en el pellejo de Julio César, mi mente era capaz de dominar perfectamente la lengua del caudillo romano, como si al tomar posesión de su cuerpo también me apropiara de su idioma. Este fenómeno había sido estudiado por los científicos, que habían llegado a la conclusión de que el uso continuado de una lengua modifica ciertas redes de conexiones neuronales haciendo que un mismo estímulo provoque siempre una misma respuesta. Existían profundos e inconscientes registros de información que permanecían en el cuerpo de César cuando yo lo ocupaba, porque habían quedado grabados en su cerebro desde su más tierna infancia. El idioma era uno de esos recuerdos que acababan por convertirse en algo físico, como si se solidificaran en la mente. Cleopatra, por su parte, hablaba latín con un acento exótico que la hacía todavía más atractiva. Yo señalé con la cabeza al exterior, hacia las oscuras calles desde las que llegaba el sonido amortiguado de los disturbios.

- Parece que hay problemas allí abajo.

Cleopatra soltó una espontáneacarcajada:

- ¿Lo dices en serio? - preguntó, mientras se incorporaba sobre su grueso almohadón - ¡Pues claro que hay problemas allí abajo!

- Quizá sería mejor que me vistiera - dije, intentando parecer convincente - Por si las cosas se complican.

- Aquí estamos a salvo - respondió ella - Vuelve a la cama conmigo. Mañana, cuando despertemos, todos los partidarios de mi hermano habrán muerto y nosotros seremos los Reyes de Egipto.

Sintiéndome realmente incómodo, opté por ignorar sus palabras y me asomé a la ventana, tratando de averiguar qué estaba ocurriendo. Ya casi era de noche y la luz del gran faro brillaba con intensidad en la lejanía, pero no era la única hoguera encendida de la ciudad. Aquí ya allá comenzaban a arder distintos incendios, provocados sin duda por los enfrentamientos que se estaban produciendo. En el puerto, también algunos barcos eran pasto de las llamas. Sin atreverme a volver la cabeza, noté como Cleopatra se levantaba del lecho y caminaba hacia mí. Poco después sus brazos me rodearon y sentí su cuerpo desnudo apretándose contra mi espalda. Con movimientos suaves y sinuosos, agarró mi polla con su mano derecha.

- ¿Qué tenemos aquí? - susurró en mi oído, sin dejar de acariciarme - La fuerza de Julio César. ¡La grandeza de Roma!

Incapaz de mover un solo músculo, sin poder controlar la erección que ella me estaba provocando, yo seguía mirando a través de la ventana. Cerca del puerto, comenzó a arder un gran edificio que, poco a poco, se convirtió en una gigantesca antorcha.

- ¿Qué es aquello? - pregunté, mientras ella seguía acariciándome. Cleopatra miró un momento por encima del hombro.

- ¿Eso? - dijo - Eso es la biblioteca.

Dí que te encuentras mal, que te duele la cabeza o la barriga. Finge un ataque de epilepsia, si es preciso. Al fin y al cabo, César era epiléptico. Puedes utilizar cualquier pretexto, pero está absolutamente prohibido que tengas relaciones sexuales en uno de tus viajes. Absolutamente prohibido. Aquellas palabras resonaban en mi mente como un eco lejano, mientras Cleopatra se agachaba frente a mí, sin que yo hallara fuerzas para oponer ninguna resistencia a sus actos. La violencia crecía en las calles, como si se hubiera desatado una batalla campal.

Cuando la decoherencia me sacó de allí, habían pasado ya más de diez horas y el alba despuntaba sobre la ciudad, que amanecía inquietantemente silenciosa. Donde la noche anterior hubo incendios, ahora se alzaban densas columnas de humo. Igual que otros muchos edificios, la antigua biblioteca había quedado reducida a un montón de ruinas calcinadas. Cleopatra permanecía acostada a mi lado, pero no estaba dormida. Simplemente me contemplaba con sus profundos ojos oscuros.

- ¿Lo ves? – dijo con su voz melodiosa – Todo se ha cumplido esta noche.

- ¿Qué es lo que se ha cumplido? – pregunté.

- Ya somos Reyes de Egipto – respondió ella – Y ya tenemos un heredero en camino. Al menos, eso es lo que he sentido.

Cleopatra tomó mi mano y la llevó hasta su vientre desnudo. Yo la retiré instintivamente. Eso es lo último que recuerdo de aquella escena; mi mano retirándose velozmente del terso vientre de Cleopatra.

Me despidieron, por supuesto. Las normas son las normas y las relaciones sexuales estaban terminantemente prohibidas durante los viajes, aunque más allá de mi despido fulminante, el asunto no les preocupó demasiado.

- ¡Pero tuve un hijo! – intenté hacerles entender a mis superiores.

- Realmente, no podemos saber a ciencia cierta si Cesarión fue engendrado esa misma noche. Y aunque así fuera, técnicamente sería hijo de Julio César.

- ¡Yo era Julio César!

- No lo eras. Solamente usabas su cuerpo. Y además, Cesarión no vivió mucho tiempo. Le mató Octavio Augusto, después de su guerra contra Marco Antonio, cuando apenas contaba diecisiete años.

- Puedo sacar todo esto a la luz. Puedo contar a todo el mundo que existe una organización secreta que organiza viajes en el tiempo y asesora a grandes personajes históricos para salvaguardar los intereses de las élites.

- Muy bien. Por nosotros puedes contárselo a todo el mundo. Al fin y al cabo,¿quién coño iba a creerte?

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  • Excelente y bravísimo, viejo, me dejó pensando largo rato... veo que dominás los datos históricos, y por las descripciones parece que uno estuviera viendo una película "de romanos", muy ingenioso el método cuántico... saludos...
    De lo bien narrada incluso yo lo creería. Saludos
  • Yo he sido Julio César. No es que haya interpretado ese papel en una obra de teatro ni en una película, lo que digo es que he sido Julio César en persona. He calzado sus sandalias, he vestido su toga y he empuñado su espada.

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