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5 min
Yo quise pactar con el diablo
Terror |
20.08.17
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Sinopsis

Ante la desesperación ¿que serías capaz de hacer?

Estaba pasando la peor etapa de mi vida, la relación con mi mujer, se degradaba al mismo ritmo que aumentaban las deudas, la empresa que con tanta ilusión y esfuerzo habíamos creado juntos, se estaba desmoronando si motivo aparente.

Mi suegro sufriendo un cáncer terminal. Los “amigos” desaparecían como la bruma matinal de un día soleado.

Me sentía impotente ante tal situación, era como intentar sujetar agua con las manos, por mucho que aprietes con fuerza los dedos, intentando tapar las fisuras, el agua se te escurre entre los dedos sin remedio. Mi fe en Dios y en mí mismo se derrumbaba.

Rogué a Díos con todas mis fuerzas, y no obtuve respuesta. Sentí que Dios me abandonaba, no quería renunciar a él, pero aquella pasividad por su parte me obligaba a dudar. Me pregunte mil veces si merecía lo que me estaba pasando, me consideraba un buen cristiano, es cierto que no iba a la iglesia, pero mis acciones eran las de una buena persona. Cansado de que las cosas siguiesen empeorando, cegado por el infortunio, perdí la fe en Dios y decidí pactar con el Diablo.

Evidentemente no sabía como hacerlo. A escondidas, sin que nadie lo supiese, empecé a buscar información a través de Internet, leí ritos que se publicaban en la red,  me canse de ver vídeos con rituales, pero todo lo que veía y leía  me parecían estupideces. Por lo que decidí hacer mi propio rito. Si Dios no me escuchaba, quizás el Diablo si lo hiciese.

Aproveche que aquella noche estaba solo, mi mujer dormía en el hospital con su padre. Apagué todas las luces, encendí una vela, me arrodille en el suelo, y pedí con todas mis fuerzas al Diablo, que me ayudase a vencer aquella situación a cambio de mi alma. Al poco rato sentí algo extraño, un escalofrío recorrió mi cuerpo, el vello de los brazos se me erizó y se me puso la piel de gallina. Una sensación de vacío se apoderó de mí, me sentí angustiado.

Forzado por aquellos sentimientos, me levanté, encendí las luces y apague la vela. Los remordimientos de conciencia no se hicieron esperar, sufrí una especie de crisis interna, una fuerte discusión dentro de mi cabeza entre la luz y la oscuridad, no me dejaban pensar.  Pequé un grito < ¡basta ya!, ¡joder!>. Las voces abandonaron mi cabeza. Al principio me sentí un estúpido, un ser insignificante, ni Dios ni el Diablo me hacían caso. Salí al porche de la casa, estaba una noche estupenda, sumamente estrellada, me senté en el banco de madera, encendí un cigarrillo y me puse a pensar en lo que acababa de hacer.

Mi perra Nadiuska, una Huski Siberiana con el pelo de color cobre, se acercó a mí, me olisqueó y me miró de manera extraña, se sentó delante de mí apoyando su cabeza sobre sus patas delanteras.  Después de pensar un buen rato concluí, que ¡vaya mierda!, toda una vida creyendo para nada.

Mire al cielo y observé como caía una estrella fugaz, <buena señal> pensé.  Me encendí otro cigarrillo y me quede abstraído mirando las formas extrañas que hacía el humo del cigarrillo, se levantó una leve brisa fresca, que fue aumentando de intensidad al cabo de un buen rato, hasta convertirse en un viento frío y desagradable. Me levante del banco, le dije a Nadiska que entrase, cerré la puerta de la casa y me eche en el sofá, al cabo de un rato me quede dormido.

Abrí los ojos y miré al suelo, la perra me estaba mirando fijamente con aquellos grandes ojos brillantes, color miel, su mirada me intimidó por un instante. Me incorporé en el sofá, la perra se levantó y salió en dirección a la puerta, yo hice lo mismo y le abrí la puerta de la calle, en ese instante escuche la puerta del garaje, era mi mujer que llegaba del hospital. Dude por un instante si contarle lo que había hecho la noche anterior, me lo pensé mejor y no le dije nada. Esperé a que subiese del garaje, al entrar me acerqué a ella y le pregunte por su padre, me comentó que había pasado bien la noche, desayunamos juntos, nos duchamos ella se metió en cama a descansar, yo me vestí en silencio y salí de casa sin saber muy bien que hacer, estaba tan bloqueado, que en lugar de ir al trabajo, decidí ir a un río que había cerca de la casa donde vivíamos. Aparqué la furgoneta en una pista de concentración parcelaria sin asfaltar y fui caminando hasta uno de los márgenes del río, me senté a la orilla del río, la corriente bajaba con fuerza, me encendí un cigarrillo, cerré los ojos… < ¡que jilipollas soy!> pensé en voz alta, <lo importante es que no pasó nada> pero nada más lejos de la realidad. Hasta aquel día pensaba que me iba mal, pero por desgracia lo peor aun estaba por llegar… 

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