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8 min
#YoCreoTR: El coco inolvidable
Amor |
04.06.13
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Sinopsis

Bueno, habrá que estrenarse en esta nueva modalidad del #YoCreo. Espero que os guste ...

        De nuevo volví a deslizar mi dedo lentamente por la galería de mi teléfono. Año tras año, volcaba minuciosamente las mejores fotografías que había ido tomando a mis nuevos móviles. Otra vez apareció aquella hermosa fotografía del inolvidable coco. Siempre la miraba con aquella extraña sensación agridulce que a veces dejan los recuerdos, pero con ternura por haber vivido uno de los mejores días de mi vida. Ya han pasado cinco años y parece que fue ayer. Todo sigue intacto en mi mente y eres tú, querida foto, la única prueba en vida de una historia que jamás olvidaré ...

Septiembre del 2008. La empresa textil en la que trabajaba rozaba lentamente la agonía de la crisis. Éramos carne de cañón y aquel año no nos dieron vacaciones, apenas una cutre circular interna nos informaba de la precaria situación por la que estaba pasando, pidiéndonos implicación y esfuerzo para poder subsistir ¡Y una mierda! ya sabíamos lo que había y así fue. A finales de agosto fuimos a la calle dos cientas veintisiete personas. En ese horrible verano toqué fondo. La ruptura de mi pareja me dejó al borde de la locura y haberme quedado sin trabajo me noqueó profundamente. Aquella frase de mi madre lo cambiaría todo: No te preocupes cariño, vete al apartamento y desconecta. En septiembre se está genial ... Seguí sus sabios consejos y tomé el primer vuelo hacia Menorca, donde teníamos un precioso apartamento cerca de Ciutadella. Allí estaba yo en la terminal del Prat pensando en lo que estaba haciendo, yéndome de vacaciones solo a Menorca. Jamás lo había hecho, siempre había ido con mis padres, amigos o con mi ex, pero esta vez fue diferente y lo hice solo. Es cierto que la bonita isla en septiembre es fabulosa. El turismo afloja y vuelve a convertirse en una pequeña colección de pueblos tranquilos con las mejores playas en las que he estado jamás. Me sorprendían los colores, todo era diferente, creo que me fijé en todas las cosas por primera vez. Cuando estás acostumbrado a vivir rodeado de gente y no hacer nada por tí mismo, es una terapia alucinante. Al llegar a Mahón cogí el primer autocar que cruzaba la isla. Pensé en alquilar un coche pero allí me esperaba la vieja Derbi de mi padre que a pesar de los años resistía cual megalito en el tiempo.

Sin previo plan, fui recorriendo las mejores playas del norte alejándome de los restos que iban dejando los " guiris" en las típicas playas del sur. Fue el tercer día cuando ocurrió el evento que me cambió la vida. Ese día tocaba Cala Pregonda, una de mis favoritas, alejada de la urbe y con un abrupto camino que la convertía en solitaria en aquella época del año. El rastro que dejaba la polvareda que iba levantando podía verse a lo lejos, ya estaba acostumbrado a aquella situación, pero esta vez resultó extraño. Mi otro yo empezaba a hablarme, me apoyaba y animaba a seguir con mi nueva experiencia. Allí me conocí de verdad. Al llegar al sendero donde el camino se hace imposible, dejé la moto en cualquier sitio y mochila en hombro inicié mi ruta al paraiso. Tres latas de cerveza, un bocadillo de tortilla de patatas y gafas de snorkel me fueron suficientes. Caía la tarde y no se me antojó mejor escenario que aquella cala solitaria. Desplegué el pareo colocando una cerveza por esquina y la mochila en la cuarta, cosas de la Tramuntana. Lancé mi camiseta al vuelo y corrí dirección al mar como a cámara lenta para estallar en el placer de sus aguas ¡ Qué gozo! Me sumergí como niño feliz y extraño en mi soledad, exhausto por mi valentía cuando la vi a lo lejos. En la distancia me pareció preciosa. Caminaba lentamente por la orilla mirando al suelo. No desconfié de la situación por si me quería robar, pero una necesidad me hizo salir lentamente del agua para acercarme a su paso.

En un instante se dio cuenta de mi presencia y me saludó tímidamente con una pequeña sonrisa y un coqueto gesto de mano. Le respondí a su gesto mientras caminaba hacia mi pequeña base, calculando y midiendo la longitud en mis pasos para poder cruzarme con ella. Hola, le dije en voz alta con mi mejor expresión. Me pareció una preciosidad de isleña. De melena rubia con unas perfectas rastas supe que era de allí cuando su acento menorquín la delató. No se cortó un pelo y me dio dos fuertes besos mientras decía, Hola me llamo Marta. En otra situación me hubiera avergonzado pero la soledad y aquél escenario me llenaron de fuerzas y la invité a una cerveza. Aceptó encantada y nos sentamos juntos en el pareo que agradecí que fuera tan pequeño. Sus ojos verdes cristalinos me enloquecían, y el bikini mostraba unos grandes pechos que pedían a gritos ser mimados. La química surgió por momentos mientras ella sacó la mitad de un coco que llevaba en su pequeña mochila.  La sorpresa fue cuando dijo de bañarnos. Se quitó la parte superior del bikini como por arte de magia y deshizo con delicadeza el nudo de su pareo que mostraba una perfección de cuerpo moreno de increíbles caderas. Se giró, me sonrió con cara de mala y echó a correr. La imité con velocidad y al llegar al agua salté sobre ella para caer juntos al agua. En una milésima de segundo sus pechos se rozaron con mi brazo y noté el calor de su piel. El nivel de excitación crecía peligrosamente mientras jugueteábamos en aquellas aguas cristalinas. No pude evitar la erección, tampoco la negué, simplemente me dejé llevar. Hizo una especie de voltereta bajo el agua y su mano rozó mi sexo sin querer. Ya era consciente de que ella sabía lo que yo pensaba y me morí de vergüenza. Se acercó a mi con aquella expresión que jamás olvidaré, clavándo sus ojos verdes en los míos, y se acercó peligrosamente a besarme.

Quise estallar de placer cuando noté su lengua en mi boca. Sus pezones jugueteaban con los míos mientras nos enlazábamos en el mejor de los pettings. Nos acariciamos de todas las maneras posibles en aquella solitaria orilla. Besé sus pezones lentamente mientras notaba sus gemidos. Su mano derecha buscaba sin compasión mi bañador que quería estallar. Acarició el bulto que mostraba mi erección durante unos minutos y decidió quitármelo con decisión. Con una depurada técnica, apartó a un lado su braguita y colocó mi pene justo en el orificio mientras se autoacariciaba. Quise explotar de placer. Por fin me apretó la espalda como gesto de aviso y empujé con decisión hasta el fondo. Hicimos el mejor de los amores cómplices de aquel precioso Sol que no quería caer. Tardé poco en llegar al clímax y noté que ella lo pedía a gritos cuando la avisé con mis brazos que el fruto llegaba y no quería ser imprudente. Ella se negó por completo, no quería separarse de mi y me dejé llevar cumpliendo su deseo. Estallé como jamás lo había hecho inundando su interior ... Salimos del agua y nos tiramos en el pareo felices del acontecimiento vivido. Ella hablaba poco y era la hora de pedir otra cita para volver a verla, pero no sabía cómo hacerlo para no parecer el típico " plasta". Cogí mi móvil y fotografié la otra mitad del coco que yacía descansando en la arena. Noté el silencio del lugar, tan solo el dulce silbido del viento cuando me giré y ya no estaba allí. Me dio un vuelco el corazón. No quedaba rastro de ella por ningún lado, solamente su otra mitad del coco abandonado. Jamás la volví a ver. Año tras año vuelvo a aquella cala en su busca, en busca de la otra mitad del coco que me cambió la vida.

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