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12 min
Zoki
Reales |
17.04.18
  • 4
  • 12
  • 414
Sinopsis

Para Ezequiel.

ZOKI                                                                                                             

 

Tarde. Salí de casa,  rumbo al trabajo, tarde. Como siempre que voy a un lugar donde no quiero ir. Tarde. Me retraso a sabiendas, dilatando el momento, evitando inútilmente llegar a destino.  Salí de casa a media asta, como arrastrando un peso extraño y a la vez familiar. Quizás producto del insomnio que me acompaña hace demasiado, probablemente. O a lo mejor porque tengo un duelo en mi corazón y esa era la señal inequívoca.

El día estaba precioso, soleado y límpido, después de dos semanas de lluvias y humedad constante.  A pesar de todo parecía que las cosas podían mejorar. Tal vez.  Salí dispuesta a caminar todas esas cuadras que me separaban de la oficina, así retrasaría aún más el disgusto de hacer aquello que no quería. Caminé con pasito apretado las tres cuadras de Avenida Naón y luego giré hacia mi derecha tomando la avenida Forest, esa que tenía que recorrer de punta a punta, atravesando los barrios de Belgrano y Colegiales hasta desembocar en el de Chacarita. Hacía frío, pero no me molestaba, el suave viento que me golpeaba el cuerpo mecía apenas el ruedo de mi falda, y se colaba por todas partes, atravesando la nada de abrigo que llevaba encima. No es que hubiese salido desabrigada. Al contrario, mi cuerpo, esta masa de carne y hueso que me rodea, ama el frio, porque no soporta las temperaturas demasiado altas. Pero mi mente, esta otra cosa que me gobierna y que se debate en constante pugna con mi cuerpo,-también en ese aspecto- prefiere el calor. El calor siempre es mejor compañero de los itinerantes, de los desposeídos, de los refugiados, de los que nada tienen y menos tienen por perder.

                   Caminaba en zigzag buscando las veredas soleadas, no tanto por una cuestión térmica sino porque era yo la que perseguía al sol. Buscaba que los rayos me dieran en el rostro, porque soy tan blanca que en el verano es una tarea dolorosa e inútil. No es que tenga miedo a broncearme y arrugarme, sencillamente me horneo apenas y después paso al arrebato seguido de las llagas. La vida ya de por sí duele, ¿para qué buscar un dolor físico que es evitable? Me encantaría poder tirarme al sol y dejar que mi piel se enredase entre sus rayos pero, a pesar de mi linaje negro, a pesar de ser una cuarterona, o una octavona, o para ser más precisa, a pesar de que tres octavos de mi sangre son negros, parece  que mi epidermis niega sus orígenes. Soy producto de ese absurdo empecinamiento de mi abuelo y mi padre por borrar todo rastro de lo que fueron mis antecesores, blanqueándome de a poco; error que yo intenté subsanar al parir mis dos hijos de color chocolate.

Iba inmersa en mis pensamientos, en lo que tenía que hacer y no quería, en lo que quería hacer y no podía. Crucé el semáforo de la intersección de Forest y Avenida Lacroze recordando esa esquina donde nací y donde se ancla mi infancia que cada vez siento más remota. Como si fuese una película de la cual yo nunca fui protagonista, sino más bien un extra, o para peor, una simple espectadora.  Seguía buceando en mis inútiles disquisiciones cuando estaba ya cruzando Maure. Miré hacia el Parque Los Andes y me vi trepada a la estatua de los indios, sentada sobre el tambor del príncipe de la izquierda. Sentí ese recuerdo del bronce caliente que me quemaba en verano y me entibiaba en invierno en esas incursiones a la plaza, luego de haber visitado con papá previamente el nicho de mi abuela en el Cementerio del Oeste. Treparnos a la estatua de Los Andes, con el rey en el centro que era propiedad  exclusiva de mi hermano, y los dos príncipes con lanza y tambor que nos disputábamos mi hermana y yo,  era la parada última y obligada tras haber correteado entre toboganes y hamacas. A pesar de todo mi presente agobiante me sonreí.

Giré la cabeza y seguí  caminando pensando una vez más que no quería ir a trabajar, que prefería mil veces cruzar la avenida y subirme a mi príncipe en busca de algo de tibieza. Divisé a lo lejos un bulto y un sinfín de cosas apeñuscadas en el umbral de una vidriera de un local, que alguna vez fue una tienda inmensa de ropa, cerrado hace ya años. Me causó dolor. «Otro desahuciado más» pensé. Aminoré la marcha sin meditarlo. No es que tenga la manía de mirar todo o sí, pero sé de la incomodidad que genera en el otro la lástima que puede brotar de mis pupilas. No pude evitarlo, simplemente lo hice, a pesar de que mi cabeza se negaba admonitoriamente. La mitad de la vereda estaba obstaculizada por un enorme carro con dos ruedas, esos que tienen caños y telas que alguna vez fueron blancas, esos que usan los cirujas para recoger sus tesoros de la basura mía. Del umbral salía un enorme colchón rotoso de dos plazas donde dormía, al rayo del sol, ese pobre desgraciado. Mis pies se clavaron ante él inconscientemente. Muy dentro mío no me sorprendió ver que debajo de ese gorro de lana azul estaba el rostro de Zoki.

Ezequiel era un pibe más del barrio, uno de esos que desde chica conocés, con el que alguna vez compartiste algún juego o travesura. Un par de años mayor que yo, de la edad de Olegario, mi hermano. Zoki siempre fue distinto, por lo introvertido y educado, y por eso que lo hacía tan peculiar. Su mejilla derecha parecía siempre hinchada en comparación con la otra, esa forma  extraña de hablar producto de su labio leporino, que con los años había dejado una huella indeleble en su cara, debido a las innumerables operaciones a las que lo sometieron con un esfuerzo económico y emocional que su madre soportaba con estoicismo, esa abnegación amorosa que solo una mamá puede tener.

Con los pibes de la zona solíamos pasar veranos enteros en la pileta del club Chacarita Juniors. Después, cuando adolescentes, migramos todos juntos en bandada a las del club River Plate, alejado del barrio pero con mejores instalaciones y menos peligros.  Solíamos tomar el colectivo 42 con mis hermanos, y a medida que recorría la Avenida Lacroze, el resto del grupo se nos unía. Creo que Zoki subía en la parada de Freire, y si no era allí no importa, lo que si era seguro es que lo hacía con su sonrisa alegre y sus ojitos tristones. Recuerdo cómo cruzaba su bolsito marinero de tela plástica en la espalda y hacía chistes que a nosotros nos costaba entender, más por su dicción que por su contenido. Cuando estábamos en la pileta, era un pez en el agua, con esos trajes de baño que siempre le quedaban grandes y dejaban al descubierto sus piernitas de alambre y su torso huesudo.

Hace unos cinco años había ido de visita a la casa de mis tías en Avenida Córdoba y Lacroze, donde hay una pequeña plaza triangular y seca que distribuye el tránsito.  Estábamos alcanzando la plaza cuando Olegario me hizo esperar  y  adelantándoseme, ví cómo se acercaba a un hombre un poco envejecido que revolvía un tacho de basura, buscando algo con qué subsistir. Los observé abrazarse y sentarse a conversar en un banco sin respaldo. Olegario hizo el ademán de sacar su billetera del bolsillo trasero de su pantalón, pero Zoki se negó, solo aceptó su paquete de Marlboro y le dio dos a Ole para que tuviese por las dudas, le palmeó la mejilla con su mano derecha, miró hacia donde yo estaba y me hizo un simple ademán con la cabeza. Después mi hermano me contó que andaba en la mala, que tenía problemas económicos y personales. «La vida a veces es una mierda» vaticinó y no me dijo nada más.

Y ahora yo estaba parada frente a Ezequiel, un Zoki ya entregado, perdido de todo, resumido a nada. Instintivamente me puse en cuclillas frente a él y lo miré dormitar. Todavía algo en su rostro me recordaba a ese niño que alguna vez había sido, porque a pesar de todo no estaba sucio, ni tan desarrapado, simplemente lo bañaba la tristeza del que se sabe que ya nada tiene por perder. Mi sombra  ocultándole su preciado sol o mis dedos de la mano izquierda que sin pensar le rozaron su mejilla hinchada, lo despertaron apenas del sopor. Me miró con extrañeza. Solo murmuré «Soy la hermana de Olegario, ¿te acordás de mí?» asintió apenas. « ¿Necesitás algo?» requerí estúpidamente, dándome cuenta que no era algo lo que necesitaba sino todo. Solo rozó apenas mi mano que aún estaba depositada en su rostro con la suya y sonrió. «No gracias, esto es mucho.»

Me levante y lo miré como giraba melancólicamente su cuerpo cansado y apoyándose sobre su flanco volvía a conciliar ese sueño o esa pesadilla. Seguí caminando las cuatro cuadras que me separaban de la oficina, me desplomé en la silla frente a la computadora y empecé a hacer esos presupuestos que nada tenían que ver con lo que yo amo hacer en la vida. Intenté inútilmente encontrar algo de belleza en esos números que pululaban por las casillas de mi Excel interminable; quise desesperadamente encontrar algo de poesía en ese mosaico infinito de cálculos y proyecciones. Imposible. «Es inútil encontrar arte en aquello que no se desea» me dije en silencio.

Unas interminables horas después volví sobre mis pasos rumbo a casa. Ni presté atención a la hora, sencillamente me escapé del trabajo, huyendo de mis propios fantasmas, a sabiendas que probablemente Ezequiel seguiría allí mendigando un poco de cariño. Podría haber cambiado de camino, tuve la tentación de hacerlo, así la vida dolería un poco menos. Pero no pude. Caminé por Jorge Newbery y doblé en Forest divisando a unos metros ese cocoliche de cosas. Esta vez lo observé más detenidamente: un lavarropas viejo, un armario desvencijado, un tacho enorme de esos donde se almacena brea, unas cajas de cartón, el mismo carro impidiendo mi paso y Zoki, ahora de pie, con las piernas algo flexionadas así como sus brazos a ambos lados de su cuerpo, sus puños cerrados como aferrándose a algo invisible, al menos a mis ojos. Su gorrito de lana azul por donde se escapaban esos rizos rebeldes, un polar que apenas lo atrincheraba del frio y unos jeans tan raídos como sus zapatillas.  Me acerqué de a poco, él estaba de perfil hablando con dos borrachos que  estaban desparramados en el colchón bebiendo de un tetrapack. Los tres me miraron llegar y Zoki solo murmuró «Con ella no» o «a ella no» o algo similar. No importaba la preposición lo único importante era que ella era yo.

 Me iba acercando y nuestras miradas se cruzaron un instante en el que pude vislumbrar detrás de esa sonrisa amplia que me regaló, aquellos ojos tristones de pibe de catorce. Pasé cerquita de él y su mano rozó apenas mi pollera como en un ademán mágico o como intentando aferrarse a algo más concreto que la miseria que lo inundaba, mientras sentía detrás de mí las risas de sus dos compañeros de desventuras.

Regresé a casa ensimismada intentando descifrar lo que había pasado, con un dolor extraño martillándome el corazón. Sé que paré en la estación de servicio a comprar cigarrillos, en la verdulería algo para la cena que no recuerdo bien que era. No era importante. Los autómatas hacen las cosas sin pensar. Así las hacemos. Entré a casa pensando si todo había sido real o solo un presagio espantoso ante la posibilidad de saber que estoy a punto de perder todo y ni cuenta me doy. Encendí un cigarrillo y mi notebook al unísono y comencé a escribir frente a la pantalla para no olvidar, o para no perder este hilo frágil e invisible que todavía me ata a la realidad que me golpea.

 Entonces fue que recordé las palabras de Juan Francisco, aquel verano en la playa de Santa Teresita, cuando caminábamos a la orilla del mar hablando de nuestras pasiones. Me dijo serio «María, vos no te das cuenta  pero la magia de un actor radica en que puede, desde un escenario, tocar el corazón de los espectadores. Con que llegues a uno por día, uno por función, tenés que darte por bendecida.» Seguramente tenía razón. Solamente que en esta obra chiquitita aún no tengo claro quién era el actor, quién el que le acarició el corazón al otro.

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  • Gracias por sus palabras Bella, Noah y Martin. Son todos muy amables.
    Soy un acido lector, y me fascino su forma de describir, recien hoy me doy cuenta que para comentar hay que registrase. mis saludos y le dejo mi mail ya que no veo el suyo, seria bueno recibir un mail de una escritora como usted. tambien soy de Argentina y lo digo por las terminologias que usa. muchas gracias
    Excelente narrativa. Bárbaro, aunque la historia no me empape
    Pero qué hermoso narras. Leía y leía y jamás me salí del ritmo. Aquí puedo ver a un Zoki triste, a una protagonista real, a una angustia y nostalgia del pasado, en la niñez, cuando todo era más fácil y sencillo. Fantástico Hyde. Un abrazo.
    Gracias vos tambien Antipandora por leerme y valorarme
    Gracias Chus por tus palabras, siempre tan bonitas. Og, un placer que hayas pasado por acá a leerme. Saludos a ambos.
    Me encanta como esta narrado y la potencia con que transmites.
    He disfrutado de este relato Mrs Hide...,de cómo lo cuentas -que atrapa al lector, aunque no conozca Buenos Aires- y de qué cuentas. Te dejas posos tras la lectura y frases para repetir...:)
    Carlos, siempre es un mimo leer comentarios tuyos tan específicos y desmenuzados. Gustavo L. Ruiz, muchas gracias por leerme. Julieta, agradezco tus palabras; no sé si hay oficio pero sí mucho placer al escribirlo. Gracias todos por leer y valorar.
    Hay oficio en esta extraordinaria narración. Felicitaciones.
  • Para Lautaro

    Para Polly

    Para Ezequiel.

    Para Ana.

    No sé si es poesía, prosa poética o qué. Preppers: personas o grupos de ella que se preparan para cualquier tipo de desastre, para todo: lo probable y lo improbable. Igualmente esto es acerca de otros preppers, no esos de "Doomsday preppers".. ¿o sí?

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