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10 min
Zombies en Castleville
Varios |
21.06.10
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Sinopsis

Castleville era una pequeña aldea conocida por el castillo que había a las afueras del poblado, donde residía el conde Beavoir de Castleville.
Mark Hereux era un muchacho que residía en dicha aldea, pero no era un chico cualquiera, era un aprendiz de mago. Su padre, un mago correcto, sin más, le inculcó el amor por la profesión, pero no pudo enseñarle mucho más, pues la peste acabó con él.
Mark y tres chicos más: Ben, Legrain y Tom, llegaban a Castleville. Venían cansados y jadeantes, estaban llenos de heridas y con la ropa hecha jirones.
      ─ ¡Maldita sea! ¡Nos han dado una paliza! ─ se lamentaba Ben.
      ─ ¡Nunca podremos con los chicos de Chairspoon! ¡Son demasiados! ─ lamentaba Legrain entre jadeos.
      ─ ¡Y que esperabas! ¡Aquí en Castleville somos cuatro gatos, así tal cual, al pie de la letra! Nunca podremos hacerles frente en una batalla a pedradas ─ afirmaba Mark.
      ─ ¡Pero no podemos dejar que conquisten el prado! ¡El prado es nuestro! ─ clamaba Tom.
      ─ ¿Dónde iremos ahora si nos arrebatan el prado? ─ preguntaba Legrain.
      ─ No lo sé, pero ya podemos pensar en ir a otro lugar, no podemos hacerles frente, son demasiados ─ dijo Ben.
      ─ ¡No! ¡Me niego a claudicar! Tú ─ Legrain señala a Mark ─. ¿No podrías hacer alguno de tus trucos de magia frente a ellos?
      ─ Vamos Legrain, Mark es un aprendiz, no sabe hacer magia ─ dijo Tom.
      ─ Si que sé hacer magia, sólo que es difícil aprender sin ayuda de nadie. Ya sabéis que no me gusta realizar conjuros sin tener la seguridad de que vaya a salir bien ─ contestó Mark.
      ─ ¿Y cuando va a ser eso? ─ preguntó irónico Tom.
      ─ Déjalo Tom ─ le espetó Legrain, que se dirigió a Mark ─. Tendrás que arriesgarte esta vez, eres nuestra única alternativa, no podemos permitir que nos arrebaten nuestro lugar.
      ─ Está bien, ojearé el libro mágico de mi padre, a ver que puedo hacer.

Fueron a casa de Mark y ojearon el libro mágico en busca de algún hechizo que pudiera serles útil.
      ─ ¿Qué te parece echarles bolas de fuego? ─ dijo Legrain.
      ─ No vamos a quemarlos, además es peligroso ─ contestó Mark.
      ─ ¿Y si los congelamos? ─ preguntó Ben.
      ─ Tampoco pienso congelar a nadie, además es peligroso.
      ─ Es peligroso, es peligroso… ─ dijo Tom imitando a Mark ─. ¡Para ti todo es peligroso!
      ─ ¡Y que quieres que te diga! ¡Podría herir a alguien gravemente, incluso matarlo! Se trata de enfrentarse a ellos, no de acabar con ellos ─ le espetó Mark gravemente.
      ─ ¡Ey mirad esto! ─ dijo Legrain señalando una hoja del libro ─. Despertar a los muertos: como obtener nuestra legión de zombies.
      ─ Déjame ver ─ dijo Mark ─. Aquí explica como despertar a los muertos, dice que los cuerpos de los muertos vuelven a la vida pero sin alma, los llaman zombies o muertos vivientes, carecen de voluntad y se convertirían en esclavos de aquel que los despierta, obedeciéndole plenamente.
      ─ Podríamos despertar a todos los del cementerio. ¡Con ese conjuro podríamos incluso superarles en número! ─ dijo un emocionado Legrain.
      ─ ¿Y si algo sale mal? ¿Y si no lo hago bien?
      ─ Venga Mark, atrévete a realizar un conjuro en tu vida. ¿Eres mago, no? ─ le espetó Tom.
      ─ Sí, lo soy. De acuerdo, vayamos al cementerio.

Los cuatro amigos fueron al cementerio de Castleville. No era un cementerio muy grande pero habían suficientes cadáveres para hacer frente a esos entrometidos de Chairspoon. Mark realizó el conjuro tal como sus conocimientos y la explicación del libro le indicaban… Y salió bien.
Miles de manos surgieron de las tumbas, y poco a poco empezaron a salir una horda de zombies de debajo de la tierra.
      ─ Chicos… ─ dijo Mark dirigiéndose a sus amigos orgulloso ─. Aquí tenéis nuestro ejército.

Cuando los muchachos de Chairspoon fueron a enfrentarse a los de Castleville no se podían creer que aquellos ilusos les retaran, y lo que menos podían creer es que aquella vez serían ellos los que perdieran la batalla. Pero en el momento en que vieron a una multitud de zombies acercándose hacia ellos con piedras en las manos supieron que iban a perder.
Los chicos de Chairspoon huían de los zombies que les lanzaban piedras, esta vez ellos eran minoría. Además, los pocos valientes que habían osado enfrentarse a aquellas criaturas del inframundo, habían comprobado que las pedradas apenas suponían una ligera molestia para los zombies.
Esta vez Mark y sus amigos ganaron la batalla y reconquistaron el prado, su lugar de toda la vida.
Cuando los muchachos se dirigían victoriosos al poblado una duda asaltó a Ben que le hizo parar en seco.
      ─ ¿Por cierto, ahora que hacemos con los zombies?
Los muchachos giraron su cabeza y vieron a la multitud de zombies que les seguían, seguidamente sus miradas giraron hacia Mark.
      ─ Vaya…, pues no lo había pensado. En el libro no salía nada de revertir el hechizo.
      ─ Pues entonces tendrás que llevártelos a casa ─ dijo Tom sonriendo.
      ─ ¿Estás de broma, no? ¡No podría meter a tantos zombies en casa! Además no creo que a mi madre le hiciera gracia la idea de adoptar zombies.
      ─ No me extraña, no hay más que mirarlos. ¡Son horribles! ─ dijo Ben con cara de asco.
      ─ ¡Y huelen mal! ─ apuntó Legrain.
      ─ Pues algo tendrás que hacer con ellos ─ le dijo Tom.
      ─ Lo que quiero es que dejen de seguirme y me dejen en paz ─ dijo Mark.
      ─ No van a dejar de seguirte, están a tus órdenes. Son tus esclavos ─ afirmó Legrain.
      ─ ¿Ah, si? Pues ya me he cansado ─ dijo Mark que a continuación se dirige a los zombies ─. ¡Zombies, escuchadme! ¡Dejad de seguirme, sois libres, podéis ir donde os de la gana!
En ese instante los zombies se detuvieron como confundidos sin saber que hacer, y al cabo de un rato se dirigieron en dirección opuesta a la de los muchachos.
      ─ Bueno, ha funcionado. Problema resuelto ─ dijo Mark satisfecho.
      ─ ¿Y si nos vuelven a hacer falta? ─ preguntó Ben.
      ─ No te preocupes con lo lentos que son no creo que vayan muy lejos.

Llegó la noche y los muchachos se fueron cada uno a su casa.
En mitad de la noche unos alaridos despertaron a Mark y a su madre. Alguien golpeaba la puerta y gritaba. La abrieron. Eran Legrain y su padre, parecían bastante alterados.
      ─ ¡Son los zombies! ─ gritó Legrain ─. Han atacado a la gente de Chairspoon y se dirigen hacia aquí.
      ─ ¿Zombies? ¿Pero qué es eso? ─ preguntó la madre de Mark.
      ─ Esas criaturas se comían a la gente, y ahora se han multiplicado infectando al poblado de Chairspoon ─ intervino el padre de Legrain.
      ─ ¡Mark, tienes que ordenarles que paren! ─ exclamó Legrain.
La madre de Mark miró a su hijo con extrañeza y severidad a la vez, pero Mark corrió junto a Legrain hacia los zombies.
Se estaban acercando ya al poblado, venían lentamente, sin prisa pero sin pausa.
      ─ Debiste haber hecho lo de las bolas de fuego, como yo te dije ─ dijo Legrain.
      ─ Lo de las bolas de fuego era peligroso, podría haber matado a alguien ─ contestó Mark.
      ─ ¡Pues enhorabuena, porque en vez de matar a alguien, vas a matarlos a todos!
      ─ Les diré ahora mismo que se detengan ─ dijo Mark afectado.
Mark se dirige a los zombies. Les ordena que paren pero estos siguen avanzando sin hacerle caso.
      ─ ¿Mark, que pasa? ¿Por qué no te hacen caso?
      ─ Creo que es porque les dije que eran libres…los liberé ─ dijo preocupado.
      ─ Entonces… ¿no puedes controlarlos? ─ preguntó horrorizado Legrain.
      ─ No, me temo que no.
      ─ ¡¿Y qué vamos a hacer?!
Mark pensó durante unos instantes. Los zombies estaban llegando a Castleville.
      ─ ¡Ya está! ¡Los congelaré! ─ exclamó finalmente ─. No se me ocurre otra forma de pararlos, son muertos vivientes, por lo tanto no puedes herirlos. Los congelaré para siempre y de esta manera no causarán más molestias.
      ─ ¡Buena idea! Servirán de adorno para los jardines del conde Beavoir.
Mark se concentró. Era la primera vez que iba a lanzar el hechizo de congelación, y lo iba a hacer sin el libro mágico delante. Recordó las palabras, los gestos… sintió la magia en su interior… y salió. Mark lanzó un rayo que convirtió a un zombie en una estatua de hielo.
      ─ ¡Alucinante! ─ dijo Legrain ─. ¡Ahora si eres un verdadero mago, sigue así!

Pronto el caos reinó en el pueblo, y algunos aldeanos fueron a enfrentarse directamente a los zombies y salieron malparados recibiendo mordiscos y transformándose a continuación en uno de ellos. Los zombies ya habían llegado a la aldea, la mayoría de la gente huía o se refugiaba en sus casas, otros les hacían frente. Mientras tanto, Mark trataba de congelarlos a todos lo más rápido que podía, pero era difícil, ellos eran muchos.
De repente mientras Mark fijaba su próximo objetivo, vio algo familiar en ese zombie. Empezó a mirarlo fijamente y descubrió de que se trataba… aquel zombie era su padre.
Evidentemente podía serlo, despertó a los muertos de las tumbas del cementerio de Castleville, y allí se encontraba su padre, ni siquiera se paró a pensarlo cuando lo hizo, pero estaba tan cambiado…, tan diferente…
Se quedó inmóvil observándolo mientras el zombie se acercaba poco a poco hacia él.
      ─ ¡¿Mark, qué haces?! ─ le gritó Legrain ─. ¡Congélalo!
Pero Mark no le escuchaba.
      ─ ¡Congélalo!
Mark tenía los ojos llorosos.
      ─ No puedo hacerlo… papá…
      ─ ¡Ese zombie no es tu padre! ¡No es tu padre Mark! ─ le gritaba Legrain ─. ¿Me oyes? ¡No es tu padre! ¡Congélalo!

Pero la voz de Legrain no llegaba a oídos de Mark, que como si estuviera preso de un encantamiento observaba el cuerpo putrefacto de su padre entre lágrimas. Los recuerdos de la niñez volvieron a su cabeza y el deseo de abrazar por última vez a su padre fue incontenible. Mark corrió a los brazos de su padre y el zombie lo acogió entre sus brazos… y lo mordió. Lo mordió al cuello mientras se oía un grito de espanto procedente de la garganta de Legrain. El cuerpo de Mark empezó a tomar otro color, otra textura. Sin el mago, las esperanzas de salvarse habían desaparecido.

Castleville estaba sentenciado.
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