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20 Relatos Cubanos

20 relatos cubanos, selección de Juan Carlos Reloba, publicado por la Editorial Gente Nueva en 1980, es un tesoro de 266 páginas que no presto ni regalo. Lo encontré en una librería “por cuenta propia”, por suerte para mí y para el librero; hoy ya casi no recorro las otras librerías… a veces durante la feria del libro, que viene a ponerle solución de continuidad a la sed de los que amamos la lectura y la relectura. La mesita del viejo vendedor presenciaba una colita de gente curiosa; sin embargo la librería estatal, justo al lado, estaba vacía. Incluso libros de cuentos con premios tan importantes como el “Alejo Carpentier” se apilaban aburridos allí.

Hoy no existe terna alguna en las librerías; y es lógico: los jóvenes lectores se aburren rápido y fácilmente. Antes era diferente; no existía el paquete y menos internet, y los niños de diez y doce años y los jovencitos y los viejos se releían “Las Mil y Una Noches”; pero eso es para otra historia, porque, obviamente, las cosas han cambiado.

Y es ese cambio mismo el que nos exige que cambiemos algo en nuestras estanterías, si pretendemos que la gente lea.

Anualmente en España se convocan a más de  dos mil concursos literarios, muchos de los cuales son de relatos, y la gran mayoría de ellos terminan en la publicación de una antología con los cuentos de los ganadores, finalistas y seleccionados. Y es lógico también ese final: los jóvenes lectores se aburren.

En la actualidad los premios literarios más importantes corresponden a autores de novelas; sin embargo, la cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que prefieren el relato, el microrelato y hasta el nanorelato, aumenta en proporción al ritmo enajenante y a la vorágine de la vida hoy.

No es lo mismo explorar las primeras diez páginas de una novela desconocida, con el riesgo de haberla comprado para tirarla en el librero, o una compilación de relatos de un mismo escritor, novel o no, que una antología de relatos de autores diversos, con diversas historias, estilos y enfoques.

Claro que lo último llama más al bolsillo de los compradores de libros, y esto se refleja en más lectura buena, si es buena la selección; y claro que el negocio de las editoriales explota este asunto.

En Cuba el “negocio literario” anda por otros caminos. Cada año se premian decenas de concursos literarios, pero muchos terminan en la publicación de la novela, compilación de relatos o poesía de un mismo autor desconocido. Y eso no es lo malo, si se tiene en cuenta que hay que abrirle paso y darle oportunidad a los nuevos escritores, muchos de los cuales quieren y merecen ver publicado su libro; lo malo es que la tendencia de los jurados, y por tanto de las obras que se presentan en estos certámenes, está balanceada a ensalzar abstracciones  y enrevesados  textos que, muchas veces, enmascaran, por muy difícil que parezca, historias sobre nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual.

Son, para lástima de nuestros niños, jóvenes y viejos, libros para premios, para críticos; libros de vitrina.

Por eso 20 Relatos Cubanos, de la Editorial Gente Nueva, es un tesoro que no presto ni regalo; porque a pesar de haber sido editado en esa fecha ya lejana, y en medio de honores y conmemoraciones y la muerte de Carpentier, viene a recordarnos qué buscan los lectores de cuentos y cómo se hace una antología exitosa.

Claro está, que una recopilación en la que se abre con un magistral fresco de Alejo Carpentier, se ponen en la mitad relatos de Félix Pita Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso o Samuel Feijóo, y cierra con bello relato de Dora Alonso, tiene más que ventaja sobre alguna antología de noveles talentos; pero básicamente es lo mismo: un grupo de autores diferentes, con sus diferentes historias estilos y enfoques.

Comienza el viaje, justamente, con “Oficio de tinieblas”, una genial semblanza  del Santiago de Cuba colonial durante un terremoto, y que, tal vez, viene a ser el más complejo de los seleccionados, aunque se agradece el oficio mismo de Alejo, inmenso también como cuentista y cronista, y las descripciones formidables y sin contén alguno, que vienen a sacar la buena envidia de los que intentemos escribir alguna vez.

Luego, en “Vieja calle de San Gerónimo”, Armando Leyva nos deleita con un sencillo relato, de esos que no endulzan demasiado las historias contadas a través de los ojos de un niño. En “El desertor”, de Enrique Serpa, se logra con atino salvar una parte de la historia mambisa, tema que, aunque parezca que no, resulta de relevancia, teniendo en cuenta que los relatos de temas históricos son cada vez más difíciles de escribir; hay que intentarlo más.

Más adelante un delicado, refinado y adelantado, sin sudas precursor relato de humor político de Miguel de Marcos, “Arroz con mango”, viene a despertarnos, con una tierna bofetada, la ironía, el sentido del humor y la clase al escribir a los pobres mortales que lo intentamos.

“En las montañas”, del habanero Jesús Castellanos, nos cuenta de la manera más delicada que se puede pedir, dentro del ambiente de monte que recrea, una casi historia de amor, con un sabor amargo de moralina en su final; pero la magia del ambiente que recrea el escritor salva todo al final.

Luego una genialidad de Marcelo Pogolotti, “Las dos cuerdas”, nos pone a pensar en la eterna puja entre el arte y el compromiso social del arte mismo en su creador. Detrás un conmovedor relato de amor filial, al mejor estilo poético de Félix Pita Rodríguez, “El del Basora”, viene a mostrarnos el lejano alcance del escritor como poeta y narrador.

Y “Caballo de coral”, de Onelio Jorge, dónde cada palabra, frase o descripción viene a convertirse en referencia de lo que es contar. Y para cerrar una exaltación a la fuerza de la belleza con Dora Alonso y su “Cansancio”.

 

 

 

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