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A la vista.

A LA VISTA.

Daniel Sada. Ed. Anagrama, 2011.

La impresión que saca el lector que por vez primera se encara con Daniel Sada (Mexicali 1953, México DF 2011), y desde luego con “A la vista”, es que escribe raro; y es así por su estilo, reconocible entre ciento. Ciñéndonos a “A la vista”, la novela avanza de la mano de un narrador omnisciente que disimula la categoría de su inteligencia y la fineza de su astucia, y utiliza un lenguaje de carnaval, faramallero, lleno de coloquialismos e interjecciones, típicamente mexicano (muy divertido, raro, complicado de gestionar), un léxico rico y lleno de color y sabor, se sirve de una sintaxis novedosa por laxa, quiero decir que se toma más libertades que las ordinarias en la formación de oraciones –particularmente llamativa la utilización de los signos de puntuación-, para presentarnos a personajes que son individualmente (con excepciones como Irma Belén) poco estimables o de escaso interés, personas que en la vida real estarían en el fondo o en el medio de la masa arrostrando una vida plana de sucesos nimios y sin encanto. Pero en la novela el destino les reserva una tragedia de final infausto, o mejor una tragicomedia porque está contada de un modo muy peculiar, con mucho humor y aderezada con sátira venenosa: el narrador no es imparcial y aprovecha para mostrar una imagen de su país –y de la sociedad mexicana- quizás menos atractiva pero más ordinaria.

Ponciano Palma es un vago y un perezoso, y su mayor deseo, más que ser feliz, o rico, o bello… es haraganear, Está casado con Irma Belén y trabaja como chófer de un camión para el señor Serafín Farías, un explotador cruel que acumula innumerables injusticias, atropellos y faltas sobre sus empleados, por lo que éstos le odian hasta el punto de que Ponciano y su compañero Sixto Araiza se confabulan para matarle, lo que terminan haciendo aunque de manera torpe porque discutieron sobre las buenas razones que les confortaban y no sobre el modo de acometerlo.

Muy pronto comprendió Ponciano que el crimen no había resultado todo lo perfecto e impune que hubiera deseado para calmar su espíritu, por lo que le abrumaron los remordimientos y el arrepentimiento; asolado de miedo y, característico de su personalidad dejada y pasiva, rendido al destino, decide convertirse en un desaparecido, abandonar a su mujer, casa y trabajo, y vagar por los parajes mesetarios y desérticos del norte de México, donde durante un tiempo conocerá localidades y gentes, y realizará diversas actividades (vagabundo, espectador de partidos de fútbol local, despachador en el mostrador de un comercio, trovador moderno,).

Esta fase errabunda del relato (final de la primera parte, segunda parte, primera mitad de la tercera -y última- parte), la odisea de un poltrón que meramente se deja llevar (Ponciano no es ningún intrépido marinero con una Ítaca a la que dirigirse) terminará por cansancio con el retorno al domicilio conyugal donde su esposa le recibe cariñosamente; se nutre de anécdotas, migajas, pequeñeces, de empresas y ocurrencias descabelladas que enlentecen el relato (fingidor primero de su muerte y luego feliz resucitado), falto de acción reseñable, pero que lo vuelven más matizado y barroco, el estilo rico y brillante de Sada, y por otra parte nos muestra lo que no es la novela, policiaca (la ausencia total de curiosidad policial por el crimen hasta casi el final del relato permite escenas inimaginables de otra manera), o de cuestionamiento moral, porque aunque el arrepentimiento de Ponciano se refiere numerosas veces, éste se debe al lamento por la esterilidad del crimen realizado, su carencia de fruto, salvo el de la venganza, cuyo valor relativiza; el lector colige que la muerte del patrón obedece más a insatisfacciones o carencias existenciales sentidas de Ponciano que a mera sed vengadora, es fácil imaginar a Ponciano reconociendo en el fondo de su corazón que ser un perezoso en la vida, un náufrago de su propia desidia, es una cosa bien triste.

No me resisto a trasladar un breve fragmento (página 182): “Al respecto Ponciano fue tajante, dijo que explicarle a cuantos lo de su presunta resurrección le daba pereza. Narrar retrae; repetir: más aún. Es que se trataba de un cuento demasiado hecho, sin posibilidad de cambio, de introducir salpimentando pequeños ingredientes, siquiera una desproporción creíble; siquiera un absurdo que hiciera avanzar la historia por otro lado, con un poco de caos y otro poco de método. Que no le quedaba de otra que impregnarse de la gracia del merolico extasiado”…

Además del protagonista también es memorable el personaje de Irma Belén, la esposa de Ponciano, una mujer consciente de estar viviendo con el agua al cuello al borde de la miseria, sobreviviendo con apuros y sin tregua cada jornada, de que su marido es un cero a la izquierda pero tiene que apañarse con él porque no puede permitirse quedarse sola, y en ese sentido es fuerte y práctica, y su natural romántico y sentimental debe quedar ordinariamente relegado, aunque no liquidado.  

No puedo revelar la parte final del libro porque alguien me querría matar, con razón.

Una novela, en fin, muy interesante, muy instructiva para un lector escritor. La paramera mexicana de Daniel Sada es un mundo entreverado de lo real y lo fantasioso.

 

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