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Antología Poética

Ramos Sucre

El Kurt Cobain de la poesía venezolana

 

 

Uno de los problemas que más nos aqueja a los latinoamericanos, y en especial a los venezolanos, es la terrible desestimación que muchas veces sentimos por lo nuestro, en especial en el campo de las artes. Esta conducta no es nueva (ya en la época de Guzmán Blanco se quería afrancesar todo) pues, siempre ha existido la tendencia a valorar lo extranjero por encima de lo propio, tanto así que si se sigue rastreando el origen de tal tendencia llegaríamos al principio de nuestra historia, cuando se conquistó y colonizó la América.

 

Hoy esta propensión a estimar como poco lo latinoamericano (y lo venezolano por parte nuestra) en el campo de la producción artística está más marcada, en especial entre los jóvenes. Es entonces cuando un docente se da cuenta que enfrenta el gran reto de lograr hacer entender a sus estudiantes que aquí en nuestro país también se han hecho obras dignas de respeto y admiración, tanto así, que han sido aclamadas por la crítica internacional, y que además, han existido artistas de tanta calidad que en nada tendrían que envidiar a artistas de otras latitudes. Un ejemplo de ello: el poeta José Antonio Ramos Sucre y su obra.

 

Claro está, de ninguna manera se está proponiendo que no se admire el trabajo de artistas foráneos, pues, sería absurdo plantear algo así en una época como la nuestra en la que la globalización abarca todos los campos humanos. Antes bien, lo que se busca es señalar la necesidad de que las nuevas generaciones, tan bombardeadas por lo extranjero, consideren también la posibilidad de dar un vistazo al trabajo de artistas de nuestra nación, pues, son muchas las sorpresas maravillosas que en este pueden encontrar.

 

Ahora bien, la razón para citar como ejemplo a José Antonio Ramos Sucre y su obra no es fortuita, pues, es precisamente este autor quien me abrió los ojos para comprender lo que ahora pretendo explicar.

 

Como todo buen venezolano mis ídolos siempre han sido artistas extranjeros. Tal vez porque se me ha hecho fácil encontrar en sus obras lo que necesitaba, a saber, el contacto con lo humano, con el verdadero sentir de un ser de carne y hueso para quien todo no es diversión, sino que también sufre y necesita hablar de eso para sentirse identificado con otros y así considerarse normal. Es por ello que uno de mis artistas preferidos ha sido Kurt Cobain.

 

En las canciones de Cobain siempre he visto poesía. Él, un joven que podía expresar con sus letras y con su voz el dolor, la decepción y el miedo que sentía me parecía que era el único que podía utilizar todo lo negativo que le rodeaba para crear algo verdaderamente bello. En su primera canción titulada Huele como a espíritu adolescente dice algo que en español sería: “…se me hace difícil, es difícil buscar el bien. Lo que sea, siento que ya no me importa”, y entonces, al escuchar eso comprendía que ese sentimiento no es algo aislado, ya que muchos lo hemos experimentado.

 

Por otra parte, la obra de Cobain fue un reflejo de su vida. Si por un lado en sus canciones parecía pedir auxilio, en la vida real no era diferente. Quizá por eso gustaba tanto, pues, cantaba con la voz de la experiencia.

 

Su infancia fue difícil, marcada negativamente por el divorcio de sus padres. Además, padecía de una enfermedad estomacal que le causaba grandes penurias y lo más doloroso de su historia es que, a pesar del éxito y la fama, Kurt Cobain se suicidó siendo apenas un joven de 27 años.

Me pareció terrible que un joven talentoso se quitara la vida teniendo un futuro prometedor por delante y me preguntaba por qué no buscó ayuda (pues me resultaba difícil comprender semejante acto). Pero, por otra parte, su trabajo me pareció más respetable y digno de admiración, pues, comprendí hasta que nivel de desesperanza se puede llegar cuando se posee una sensibilidad que te permite ver la realidad tal cual es, cuando te das cuenta que el mundo en el que vivimos está mal y que resulta espantoso saber que tal vez no hay solución para ello, y aun así, atreverse a cantar sobre eso, cantar sobre lo real.

 

Es por ello que me parecía que Kurt Cobain era el único artista que logró predicar, tanto con la vida como con su obra, lo dañado que estaba el mundo. Pero, esta opinión cambió cuando me puse a estudiar con detenimiento la obra de José Antonio Ramos Sucre.

 

Sesenta y cuatro años antes de que Cobain tomara la decisión de suicidarse, José Antonio Ramos Sucre tomaba una sobredosis de veronal para emprender el mismo destino. El también poseía esa misma sensibilidad que, como menciona Montejo (1974), es una “viva sensibilidad que exige razones enciclopédicas de cultura, motivaciones y horizontes de lenguas remotas, para trazar las grandes líneas de su alma”.

 

Una infancia truncada, una enfermedad que lo atormentaba, una necesidad de expresar lo oscuro de la vida y el suicidarse hacen a Cobain y a Ramos Sucre dos artistas muy similares (aunque uno fuera cantante y compositor y el otro poeta).

 

Claro está, con esto no estoy elogiando la idea del suicidio, pero sí considero digno de resaltar el hecho de que dos artistas tan distantes en el tiempo, en cultura y en edades, debido a su desencanto con la existencia, hubiesen desarrollado un proyecto creativo tan similar (al haber compartido circunstancias en la vida tan parecidas). Y lo más relevante de esto, es él notar que para muchos venezolanos Kurt Cobain es visto como un héroe, y sin embargo, muchos ignoran la existencia de José Antonio Ramos Sucre.

 

Al igual que Cobain, “la obra de Ramos Sucre no establece vínculos [con la tradición] de su tiempo” Pérez (1985. pp.240), es quizá por ello que muchos, aunque la consideraban digna de elogio, no la comprendían. Es más hubo quienes le negaron la condición de poeta, tal como escribió Pérez (autor antes citado) “El acento narrativo que exhibe por fuera la poesía de Ramos Sucre ha llevado, a quienes mantienen una posición ortodoxa respecto a los conceptos de prosa y poesía, hasta negarle su condición de poeta” (1998. pp. 8). Sin embargo, pese a lo que muchos podrían aseverar, Ramos Sucre resultaría no sólo ser un poeta, sino uno de los artistas más renovadores que haya producido la poesía latinoamericana. Es prácticamente lo mismo que ocurrió con el proyecto creativo de Cobain, quien por innovar en la música, entre lo que era visto como rock y lo que no, creo un nuevo género musical que se llegó a denominar rock alternativo.

En las páginas de los libros de poesía de José Antonio Ramos Sucre se puede encontrar una opción superior que raramente fue alcanzada en la literatura venezolana. Era un poeta de las sombras, que muy bien podría considerarse el paralelo en poesía de la narrativa de Edgar Allan Poe y el homólogo del Conde Lautréamont.

 

Algo importante de resaltar es el hecho de que José Antonio Ramos Sucre, y todo lo que de él se dice, no es un invento caprichoso para exaltar a un autor venezolano, no, todo lo que se dice de este poeta es real. Ya desde niño demostraba que se trataba de un ser excepcional, pues como dijo Paz Castillo (1973):

En las horas de esparcimiento no se echaba al campo a jugar con los compañeros […] Erudito desde la infancia, buscaba la soledad eglógica para leer, a hurtadillas, algún grueso volumen de historia narrativa, o alguna entretenida novela de Walter Scott o Alejandro Dumas (pp.23, 24).

 

Por otra parte, Félix Armando Núñez (1956) menciona que:

Todos los testimonios coinciden –dice- en que José Antonio Ramos Sucre fue un niño extraordinariamente precoz y como ocurre en estos casos no tuvo en verdad infancia. Oía ávidamente a los mayores, parientes y maestros; estudiaba sin descanso y aprendía con facilidad pasmosa (pp.7).

 

Y esto de mencionar como era Ramos Sucre en su niñez no es algo superfluo, pues, su forma de ver la vida y los problemas que afrontó, desde temprana edad, fueron puliendo al genio del cual se dice que tuvo una “historia […] breve, como breves fueron su vida y obra”, Medina (1986). Pero como “de lo bueno poco”, no por breve se puede decir que no fue trascendente, pues como menciona Pérez “entre los escritores venezolanos, tal vez sea Ramos Sucre el más admirado por las últimas promociones poéticas del país” (OP. Cit. pp.7).

 

“Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige…” (Ramos Sucre, 1989). Con estas palabras, que parecen extraídas de una canción de rock, comienza José Antonio Ramos Sucre su obra La Torre de Timón en su poema Preludio. Cuan sentidas son éstas. Cuántos no hemos experimentado alguna vez esa sensación de desear ocultarnos entre una espesa niebla para que lo que nos aflige no nos encuentre. Janis Joplin, cantante, también llegó a expresar emociones similares, pero, mucho antes de Janis Joplin y del mismo Kurt Cobain, un venezolano ya lo había escrito. Pese a ello, como todo lo que rompe los esquemas establecidos por los que ostentan la supremacía y no admiten que talentos nuevos emerjan porque pondrían en jaque sus obsoletas ideas, a Ramos Sucre se le relegó por mucho tiempo al olvido. Es como menciona Martínez (1980) “olvidado durante algún tiempo es reconocido y admirado internacionalmente a partir de la década de los cincuenta” y a esto añade “Los críticos de su época lo habían definido como un poeta cerebral, impermeable y por tanto condenado a la creación de paisajes irreales”, pero pese a ello, sus textos enmascaraban una historia de soledad y neurosis y desligamiento con el medio. Era alguien especial que proponía algo novedoso, que trascendía su época.

 

Ahora bien, la obra de Ramos Sucre no es de ninguna forma sólo el producto de un sufrimiento atroz, es también el resultado de un estudio concienzudo por parte de él. Ramos Sucre admiraba a los simbolistas y parnasianos franceses, y su obra refleja en gran manera el estilo de estos. Es como mencionó Rama (1997):

 

Su invención literaria es radical. Se empecina en subvertir las claves puestas en sus textos; sin embargo, todo posee significado, cada frase parece conducir a la realización de la fábula, a un maravilloso universo que surge desde las más abismales profundidades de su Ser, al mundo de un ensueño lírico proveniente de un único anhelo: la trascendencia; pero que tiene siempre su referente en el mundo real, en el mundo de la injusta acrimonia en contra de los débiles, un mundo aborrecible para el poeta abismado en su Yo, que se presenta sañudo y con mirada adusta, alejado de la muchedumbre, que se declara amante del dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir al mundo abandonado al mal.

Sin embargo, él da a su obra un matiz propio, pues, tal como menciona Valero (1997):

Ramos Sucre fue un hombre que escuchó el llamado de su corazón y sintió la amalgama del universo en su Ser, y que como deber de sagrado profeta debía comunicar a su familia el arcano de ese tesoro olvidado, compartido con todos pero imperceptible para los insensatos, así que se valía de su magia poética para comunicar, con pericia de alquimista, la enseñanza de los ancestros que viven en la conciencia del mundo.

 

Cómo podemos notar, la obra de Ramos Sucre no es algo que se pueda tomar a la ligera, es un proyecto creativo bien pensado, pero también muy sentido. Sin embargo, y aunque parezca mentira, un grueso de nuestra población ignora quién fue, y, sin saber lo que dicen, son capaces de afirmar que en Venezuela no ha habido artistas de renombre que hayan trascendido en la historia.

 

Todo esto, y a manera de conclusión, se resume en una pequeña oración: Tenemos la obligación de dar a conocer a los estudiantes la calidad de artistas que hemos tenido y que tenemos, que con su talento pueden superar con creces el talento de muchas de las celebridades que hoy admiramos. Pero para ello, es necesario que los docentes desempolvemos su historia, que saquemos a la luz su obra creativa, que les vendamos a nuestros estudiantes el valioso trabajo de nuestros autores, pues, cómo podrían ellos admirar a alguien a quien no conocen. Son muchos los adolescentes que hoy escuchan a Kurt Cobain, a pesar de que es un artista que no es de su época. Saben sus canciones, conocen su biografía y lo admiran, entonces, por qué pensar que no harían lo mismo si supieran quien es Ramos Sucre y cuál fue su obra. Es un trabajo arduo el que nos queda por hacer, pero, sin duda, es algo de lo que podremos derivar gran placer, cuando nuestros educandos empiecen a admirar también lo que nuestra rica tradición artística ofrece.

 

REFERENCIAS

 

Montejo, E. (1974). La ventana oblicua. Caracas: Ediciones de la dirección de cultura de Universidad Central de Venezuela.

Pérez, F. (1985). José Antonio Ramos Sucre. Antología poética. Caracas: Monte Ávila Editores. (pp. 240).

Pérez, F (1998). José Antonio Ramos Sucre. Antología poética. Caracas: Monte Ávila editores. (pp. 8).

Paz Castillo, F. (1973). José Antonio Ramos Sucre. El solitario de la Torre de Timón. Caracas: Monte Ávila Editores. (pp. 23, 24).

Nuñez, F. (1956). Prólogo. En obras de José Antonio Ramos Sucre. Caracas: Ediciones del Ministerio de Educación. (pp. 7).

Medina, J. (1986). José Antonio Ramos Sucre. Obra completa. Caracas: Biblioteca Ayacucho. (pp. 9).

Ramos Sucre, J. (1989). Obra poética. Caracas: Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela.

Martínez, T. (1980). José Antonio Ramos Sucre. Caracas: Poseidón editores.

Rama, A. (1967). El universo de Saturno en la obra de José Antonio Ramos Sucre. Cumaná: Editorial de la Universidad de Oriente.

Valero, M. (1997). El universo de Saturno en la obra de José Antonio Ramos Sucre. Cumaná: Editorial de la Universidad de Oriente.

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