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Bartleby el escribiente.

BARTLEBY EL ESCRIBIENTE.

Herman Melville. Editorial Espasa Calpe. Austral narrativa, 2006.

Uno de los más extraordinarios relatos de la literatura norteamericana y universal, enigmático, nihilista, reflejo de la inmensa soledad del ser humano en las ciudades populosas por millones. Fue publicado por primera vez a finales de 1853 en dos capítulos en una revista literaria.

I would prefer not to, preferiría no hacerlo. Una formula con variantes (prefiero no hacerlo, preferiría no decir nada, preferiría no ser un poco razonable, preferiría no aceptar un empleo, preferiría hacer otra cosa) que se repite en una docena de ocasiones a lo largo del relato.

Bartleby entra a trabajar como copista en la oficina de un abogado (que es el narrador en primera persona) de Nueva York junto con otros dos copistas, Turkey y Neppers. A los pocos días de su incorporación, ocasionalmente el abogado ordena a Bartleby la realización de alguna tarea, y en todas recibe como contestación la fórmula antedicha; cotejar copias releyendo la de los otros dos empleados, o sus propias copias, o leerlas juntamente con el abogado, marchar a hacer un recado, ir a la habitación contigua, abrir la puerta de la oficina al abogado que quería entrar en ella un día de domingo y descubre que Bartleby duerme en su interior junto a su pupitre, contestar a preguntas del abogado que exigían un sí o un no; el colmo de lo insólito e imperdonable acaece cuando Bartleby se sirve de la fórmula para negarse tajantemente a copiar, por lo que es justamente despedido por el abogado, pero como no abandona la oficina, cuyo pupitre y pared ha hecho su “casa” (quieto, mudo, sin consumir y aparentemente sin comer) es nuevamente despedido, a lo que éste se niega de la manera acostumbrada; cuando consiguen sacarlo de la oficina Bartleby permanece echado en el suelo del descansillo de la escalera junto a la puerta, y nuevamente prefiere no marcharse de allí, tampoco acepta las ofertas que el abogado le hace de trabajos en otros lugares que él le podría gestionarle con tal de que se largue.

Más allá de “preferiría no hacerlo” Bartleby no da más explicaciones, y se limita a no hacer. La fórmula no señala una apetencia o inclinación, sino que supone una negativa absoluta a hacer lo que sea en cada caso; evita decantarse por el sí o el no, pero va seguida indefectiblemente de la omisión; no parece que se niegue o se oponga, o se resista, solo constata que la tarea o acto es de imposible realización.

El abogado (“soy un hombre que, desde su juventud, ha tenido la firme convicción de que la mejor forma de vida es la más fácil… En la serena tranquilidad de un retiro apacible hago negocios cómodos con los bonos, las hipotecas y los títulos de propiedad de la gente rica. Quienes me conocen me consideran ante todo un hombre seguro, prudente y con método”) está aturdido, estupefacto, atónito. El estupor se enseñorea de él cada vez que oye aquella frase que le desarma porque agota todo el espacio de posibilidades, alternativas o si quiera especulaciones, y lo llena de un vacío impenetrable; le deja, en definitiva, sin salida. Los otros dos escribientes están escandalizados ante su rebeldía y su insubordinación. Pareciera que Bartleby tenía la misteriosa facultad de enloquecer a su interlocutor, de sacarlo de sus casillas (el abogado sentía que no era él cuando intentaba ayudar a Bartleby ofreciéndole insólitas proposiciones para trabajar en otro lugar, y junto con los otros dos empleados descubría sorprendido que ellos también usaban la fórmula con rara frecuencia, que se estaban contaminando de sinrazón).

Bartleby es recogido y detenido por la policía, acusado de vagancia, es víctima de un proceso kafkiano que le lleva a la cárcel; el abogado comprende la desmesura del castigo e intenta ayudar a su antiguo empleado ofreciéndole dinero para sus necesidades, le visita en varias ocasiones; el abogado, incapaz de desviarse de los modos socialmente aceptados, está abrumado por la confusión, su incomprensión del comportamiento excéntrico que contempla y se siente culpable por no hacerse cargo de la suerte de Bartleby; no le importaría hacerse responsable de él pero no sin abandonar en ningún caso el mundo al que pertenece, el de los que se enriquecen haciendo negocios en Wall Strett; Bartleby, que no se deja salvar, es un castigo para él y así lo toma; él permanece pasivo en la prisión hasta el punto de no tomar alimento, y fallece por inanición. El relato termina con la revelación por el abogado de un descubrimiento reciente, aunque no totalmente seguro, sobre la vida anterior de Bartleby: parece que antes de venir a Nueva York estuvo trabajando en la oficina de correos de Washington en el departamento destinado a la clasificación de cartas no entregadas o perdidas.

Comentando la estructura y el estilo del relato, un dato trascendente es que el protagonista no es Bartleby, sino el narrador, el abogado, que refiere cómo es su evolución y cuáles son sus reacciones ante el comportamiento del amanuense a lo largo de los días que estuvo en su oficina; para él (hombre de éxito entre sombras, discreto, profesional prestigioso) absolutamente incomprensibles y excéntricas.

Es un cuento genial, una obra maestra. Yo le he dado mil vueltas tratando de descubrir el truco; es un breve relato de unas cuarenta páginas que ningún lector debería perderse, que preferiría no haber tardado tanto en descubrirlo.

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