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Del Orinoco al Amazonas. Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Alejandro de Humboldt.

Del Orinoco al Amazonas. Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Editorial Planeta, 2005.

El río Casiquiare es un efluente del alto Orinoco que surge cerca de la población venezolana de Esmeralda, al derivar una parte de las aguas de éste a un cauce fluvial de trescientos veintiséis kilómetros de longitud que finalmente desemboca en el río Negro, tributario del Amazonas, a orillas de la localidad de San Carlos de Río Negro junto a la frontera colombiana; es el único río en el mundo que une dos cuencas fluviales, gigantescas además (la primera y la tercera más caudalosas): la Amazonia y la Orinoquia.

Habitualmente la dirección del agua es Orinoco-Amazonas pero cuando éste último baja más crecido el flujo es a la inversa. Las explicaciones hidrogeológicas, siempre insuficientes, para tan singular fenómeno aluden al escaso desnivel de los territorios por los que circula el Casiquiare (menos de tres milímetros por kilómetro) y la incierta divisoria de aguas entre ambas cuencas, una vasta planicie selvática repleta de zonas inundadas.

El canal conecta la biodiversidad de las dos cuencas y fue durante siglos un auténtico quebradero de cabeza y fuente de discusión para cartógrafos y geógrafos. Este fenómeno extraño y llamativo, perfectamente conocido por los indígenas y por los misioneros españoles (el Padre Cristóbal de Acuña fue el occidental que hizo la primera referencia sobre la existencia del canal en 1639), atrajo la atención de los científicos ilustrados del siglo XVIII; en 1744 el Padre Romano publicó testimonios recogidos de traficantes de esclavos portugueses que decían navegar por el Casiquiare y aseguró haberlo transitado con ellos; siete meses más tarde el geógrafo francés Charles-Marie de La Condamine realizó una infructuosa expedición para localizarlo, y no fue hasta 1800 cuando Alexander von Humboldt –AvH- (en compañía de su amigo el botánico Aimé Bonpland y del misionero español Bernardo Zea) pudo certificar la conexión de las cuencas y cartografió el río. De la expedición nació la que sería la obra más conocida (pero no la más importante) de AvH: “Del Orinoco al Amazonas; viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente”; el viaje, de cinco años de duración dio lugar a una obra de más de treinta volúmenes, lo que constituye, sin duda, el libro de viajes por antonomasia, y convirtió a su autor en el más grande geógrafo y naturalista de la historia.

En el siglo XVIII, con el advenimiento del avance de la ciencia encabezado por Newton, la revolución industrial y el movimiento artístico-cultural del Neoclasicismo e intelectual de la Ilustración, los europeos abordan una innovadora cosmovisión que los sitúa en la punta de la flecha sobre la que la humanidad avanza hacia la felicidad, mostrándose racionalistas, confiados y optimistas, proclamándose devotos de la nueva religión del progreso y la civilización en la que la verdad reside en la exactitud, y que se comprometen a extender por doquier en su condición de iluminados adalides; estos nuevos hombres aspiran a comprender y ordeñar el mundo (ambas de modo exhaustivo), para lo que primeramente se disponen a localizar su continente y contenido, clasificarlo y catalogarlo, postergando la ignorancia y las leyendas; es la puerta de entrada a la modernidad, se constituyen las sociedades científicas, aparecen publicaciones periódicas de divulgación, proliferan las recopilaciones y el enciclopedismo, florecen los libros de viajes, las “geografías”, y gracias al fenómeno del Grand Tour los jóvenes de las más ricas familias británicas (primero) y continentales (luego) realizan viajes alrededor de Europa que aspiran a ser ilustrativos como manantiales de experiencias, justificados como preparación para su futuro de abanderados del imperio, por lo que captan información y vivencias que les serán útiles y que anotan en sus diarios de viaje como testigos rigurosos y fehacientes; la literatura descriptiva alcanza cimas desconocidas, y de su mano la científica pronto adquiere carta de naturaleza.

En pocos años algunos dieron otro paso adelante y transformaron el viaje en una herramienta de ciencia y un medio de adquisición de conocimiento del mundo,  y el libro de viaje en el anaquel receptor de los datos en él vertidos. Y así surgió el naturalista, que armado, junto con otros instrumentos, del reluciente método de Linneo (que clasificaba hasta al Homo sapiens) se propuso fichar, recolectar y coleccionar todos los seres vivos, animales y vegetales, así como los apuntes geográficos, geológicos y físicos que advirtiera en sus viajes, comportándose con el entorno del modo más neutro e imparcial, un mero observador, descriptor y recopilador de datos exactos y correctos (que, dicho sea de paso, no inquiría sobre el uso que de esos datos harían los gobiernos, las sociedades científicas o instituciones que frecuentemente patrocinaban los referidos viajes). Característica de estos libros, como connatural a su alma racional de informe severo, era su estilo frío y medido, vacío de emociones y adjetivos exaltados.

Entre el final del siglo XVIII y la primera mitad del XIX la gran ola del romanticismo impone una nueva visión del viaje en la que la representación metódica del entorno habrá de compartirse, sin que quepa exclusión, con un discurso más sensible, estético y espiritual, literario al fin, que plasme las emociones que embargan al viajero ante la contemplación de los paisajes naturales y la vida salvaje. Con el tiempo la perspectiva subjetiva y apasionada se impondría sobre la mente racional, dando ocasión incluso a que la propia naturaleza adquiriese una esencia propia, una personalidad que de algún modo comunicaba con el viajero y en definitiva con el hombre. El entorno natural sufre una nueva perspectiva, y de ser compartimentado y clasificado pasa a unificarse en un paisaje-universo que comprende las leyes físicas y lo que éstas ignoran, que no se limita a lo real y aborda lo sublime aunque sea inexplicable y misterioso.

Los viajeros románticos se convirtieron en escritores de talento y los grandes escritores románticos viajaban en busca de las ruinas de mundos extintos hace centenares de años; los móviles románticos, no utilitaristas, dieron paso al embelesamiento, la nostalgia por la vida rústica y libre en oposición a la vida urbana, sucia y deprimente; rescataron las montañas del olvido en que se hallaban, abandonados símbolos totémicos-religiosos de lo sagrado, transformándolas en el alma de la naturaleza y hermanándola con los espíritus libres; autores como Johann W. Goethe o Alexander von Humboldt se interesaron vivamente por las montañas, tanto sus aspectos científicos y geográficos como los arrebatadores y sublimes. Humboldt escaló muchas montañas en Europa, también el Teide canario (cuyo ascenso refiere en la obra reseñada), y en América, particularmente volcanes, y escribió sobre ellas, y trató de que los grandes pintores del momento se animaran a dibujar paisajes de montañas fieles al paisaje a la vez que de elevada estética, buscando retratar la emoción que su imponente masa vertical provoca en los hombres.

Inesperadamente, pues fue un caso único, los reyes españoles otorgaron un trato de favor a Humboldt (se dice que logró conquistarse a los monarcas, a los que visitó en un par de ocasiones en Aranjuez, con su personalidad jovial y el dominio que exhibía de la lengua española); a pesar de su nacionalidad extranjera recibió del gobierno español una serie de prebendas inéditas hasta entonces, como reconoce Humboldt: “Me entregaron dos pasaportes: uno del Secretario de Estado; el otro, del Consejo de Indias. Nunca se habían hecho mayores concesiones a un viajero al darle autorización, ni nunca el Gobierno español había mostrado tanta confianza a un extranjero”. Y así pudo cumplir su viaje, no solo sin estorbos oficiales sino con la ayuda de funcionarios cuando le fue preciso. En su edad más avanzada AvH se convirtió en una autoridad moral intelectual, fue requerido por reyes y gobernantes de la época, y del público en general para consultarle se parecer, hacer de mediador, y como se dirá más abajo, para muchas cosas más.

Las narraciones de Humboldt son fundamentalmente descriptivas, y frecuentemente quedan a medio camino de lo científico y lo literario, lo que no deja de ser habitual en las narraciones de viajes de aquella época. El autor expresa su propósito de modo indubitado en la página 236: “Durante todo el viaje desde San Fernando hasta San Carlos en el río Negro y desde allí a la ciudad de Angostura tuve buen cuidado de registrar por escrito, día a día, ya en la canoa, ya en el campamento nocturno, cuanto sucedió digno de mención. Las fuertes lluvias y la indecible cantidad de mosquitos que pululan en la atmósfera del Orinoco y el Casiquiare determinaron forzosamente lagunas en mi crónica, pero siempre las colmé a los pocos días. Lo anotado, a la vista de los objetos descritos, tiene un sello de veracidad que presta cierto encanto incluso a las cosas más insignificantes. Cuando más prepotente y grandiosa aparece la Naturaleza en las selvas recorridas por gigantescos ríos más hay que ceñirse rigurosamente a la sencillez en las pinturas de ella”. La lectura de esta obra es un paseo por descripciones vivaces sin perder nunca el rigor (véase más adelante la descripción de los raudales); y pareciendo querer mostrarse en muchas ocasiones la naturaleza francamente más del lado de la magia que de la razón (página 246: “Aquella noche tuvimos que levantarnos dos veces; lo menciono sólo para dar una idea del carácter de aquellas selvas. Un jaguar hembra se acercó a nuestro campamento cuando llevaba a su cachorro a abrevar al río, los indios lo ahuyentaron pero durante un buen rato estuvimos oyendo los gritos de la cría, comparables al maullar de un gato joven. Poco más tarde nuestro gran perro dogo fue mordido o, como dicen los indios, picado, por unos enormes murciélagos que revoloteaban en torno a nuestras hamacas; la herida, en el hocico, era muy pequeña y redonda. El can se puso a aullar lastimeramente al sentir la mordedura, pero no de dolor sino de miedo al ver salir los murciélagos de debajo de las hamacas”), Humboldt trata cada asunto con la frialdad necesaria para no desvariar; igualmente en otras páginas relata sucesos mínimos dejando traslucir su sentimiento de estar contemplando una maravilla única (“una golondrina vino a posarse en el mastelero; estaba tan cansada que se dejó cazar fácilmente; era una golondrina campestre ¿Qué puede mover a un pájaro a marcharse tan lejos en aquella estación y con aquella calma atmosférica?”) Para el lector es una fuente incesante de gozo.

La obra narra, con el formato de un diario, el viaje de AvH y su amigo Bonpland, y posteriormente su expedición, a las regiones equinocciales suramericanas para corroborar la certeza y localizar con exactitud el canal de agua que comunica la Orinoquia y la Amazonia. Después de partir de La Coruña, detenerse en Tenerife, donde ascendió el Teide y escribió sobre la distribución de la capa vegetal sobre sus laderas, en el mes de noviembre de 1799 llegó a Caracas, donde estudió la historia de los terremotos tan frecuentes y destructivos, y subió a algunas montañas de la cordillera costera. En febrero de 1800 comenzó el viaje al Orinoco por vía terrestre desde Valencia, pasando por Calabozo donde conoció y estudió al gimnoto (pez de agua dulce similar a la anguila que produce descargas eléctricas paralizantes); embarcó en el río Apure desde San Fernando y desembarcó en el gigantesco Orinoco en cuya confluencia presenció la caza de miles de tortugas y la elaboración de aceite de tortuga por los indígenas. Después describió los rápidos de los ríos Atures y Maipures (páginas 280 y 282):

“Aguas arriba del río Anaveni, entre las montañas de Uniana y Sipapu, se llega a las cataratas de Mapara y Quitana o, como las llaman comúnmente los misioneros, los raudales de Atures y Maypures. Estas dos presas naturales que van de orilla a orilla presentan casi el mismo cuadro: entre multitud de islas, diques de rocas y amontonados bloques graníticos cubiertos de palmeras se transforma en espuma uno de los ríos más caudalosos del mundo (…) En las proximidades de la misión, en la región contigua a la catarata, el paisaje cambia de carácter a cada instante. En un estrecho espacio se encuentran aquí las formas naturales más tenebrosas junto a una campiña despejada, cultivada y riente. El contraste de las impresiones, la asociación de lo grandioso y amenazador con lo dulce  apacible es una rica fuente de sentimientos y goces (…). Las islas dividen el río en numerosos lechos irregulares donde las aguas, bullentes, rompen en las rocas; en todas crecen palmeras yagua y cucurito: un espeso palmeral en medio de la espumeante extensión acuática. Los indios que conducen las piraguas vacías a través de los raudales dan un nombre a cada grada, a cada roca. Entre las islas Avaguri y Javariveni se halla el raudal de Javariveni. El río parece seco en buena parte, todo es una acumulación de bloques graníticos. Por doquier el agua se precipita en las cavernas,  y en una de ellas la oímos rugir al mismo tiempo encima de nuestras cabezas y debajo de nuestros pies. El Orinoco queda dividido en multitud de brazos o de torrentes, cada uno de los cuales trata de abrirse camino por entre las peñas. Uno no puede por menos de asombrarse de la poca agua que se ve en el cauce, de la enormidad de saltos que se pierden en el subsuelo, del estruendo de las aguas que rompen espumeantes contra las rocas”.

Al paso de extensas llanuras ganadas a la vegetación reflexionaba al mismo tiempo sobre las bondades de la agricultura y sobre las consecuencias de la destrucción del bosque. Describió los ríos tropicales de aguas blancas y negras, constatando la riqueza de vida y fertilidad (y mosquitos) de los primeros y su escasez (como el oxígeno del que adolecen sus aguas fangosas) en los segundos. Desde San Fernando continuó viaje sobre el río Atabapo, y por medios terrestres llegaron al río Negro, sobre el que navegaron hasta San Carlos. Desde allí descendieron el río hasta la desembocadura del Casiquiare, cuyo curso ascendieron hasta el Orinoco. Pararon en Esmeralda y bajaron el río hasta Angostura (actual Ciudad Bolívar).

El capítulo 24 narra la travesía del Casiquiare; es el momento cumbre de un relato plagado de crestas deslumbrantes. Lo transcribo con algunos recortes, entre paréntesis y en cursiva van mis comentarios (si consigo que el editor de textos me obedezca); espero que lo disfruten.

"10 de mayo. Habían cargado la piragua durante la noche y embarcamos un poco antes de la salida del Sol, dispuestos a remontar el Río Negro hasta la confluencia con el Casiquiare, y a estudiar el verdadero curso de esta arteria fluvial que une el Orinoco con el Amazonas. La mañana era hermosa, pero al aumentar el calor el cielo empezó a nublarse. En estas selvas, la atmósfera se halla tan saturada de humedad, que por poco que se intensifique la evaporación en la superficie del suelo, las burbujitas de vapor se hacen invisibles. Como casi no sopla nunca el viento del Este, un aire más seco no viene a sustituir las capas húmedas. Aquel cielo cubierto nos molestaba cada día más. La excesiva humedad estropeaba las plantas de Bonpland, y yo temía encontrar también en la cuenca del Casiquiare el tiempo gris del Río Negro (se trenza una breve descripción del transcurso de la mañana con observaciones sobre la climatología y se narra qué consecuencias trae sobre los expedicionarios).

Desde hacía medio siglo, nadie en las misiones dudaba de que aquí se comunican dos grandes sistemas fluviales; así, pues, la finalidad principal de nuestro viaje por el río era establecer, por medio de observaciones astronómicas, el curso del Casiquiare, especialmente el punto donde se vierte en el Río Negro y aquel donde se bifurca el Orinoco. No siendo visibles ni el Sol ni las estrellas, sería imposible lograr nuestro objetivo, y habrían sido inútiles todas nuestras prolongadas y duras fatigas (…). Desde San Fernando de Apure hasta San Carlos habíamos recorrido ya 810 kilómetros. Si regresábamos por el Casiquiare al Orinoco, nos quedaban otros 1440 kilómetros hasta Angosturas. Habría sido afrentoso para nosotros desanimarnos por el enfado que nos causaba el cielo nublado o el miedo a los mosquitos del Casiquiare. Nuestro piloto indio nos prometió que volveríamos a tener Sol y a ver «las grandes estrellas que se comen las nubes» en cuanto dejásemos detrás de nosotros el Río Negro. Así resolvimos poner en práctica el primer proyecto: volver por el Casiquiare a San Fernando de Atabapo; y, afortunadamente para nuestros trabajos, se cumplió la profecía del indio. Las aguas blancas nos trajeron de nuevo, poco a poco, el cielo sereno, las estrellas, los mosquitos y los caimanes (enumeración con asíndeton de elementos contrapuestos que dibujan las sensaciones antitéticas que experimentarán a lo largo de la travesía: amplitud y agobio). (…) Llevábamos ya en la piragua siete papagayos, dos hocos, un motmot, dos guans o pavas de monte, dos manaviri (Cercoleptes o Viverra caudivolvula) y ocho monos. Al padre Zea no le hacía mucha gracia –aunque se lo guardaba para sus adentros- ver cómo nuestra colección zoológica aumentaba de día a día. Por su modo de vida y sus condiciones «psíquicas», el tucán se parece al cuervo; es un animal valiente y fácil de domesticar. Su largo pico le sirve de arma defensiva. Se convierte en el amo de la casa; roba lo que puede alcanzar, se baña a menudo y gusta de pescar a orillas del río. El ejemplar que habíamos comprado era muy joven, pese a lo cual, durante todo el viaje estuvo molestando, con delectación maligna, a los melancólicos e irritables monos. Cuando quiere beber, esta ave hace gestos muy raros; los frailes dicen que traza la señal de la cruz sobre el agua, y por esta creencia popular los criollos han bautizado al tucán con el nombre singular de Diostedé (retrato del tucán en el que se combinan  prosopografía, etopeya y prosopopeya). La mayoría de nuestros animales iban encerrados en pequeñas jaulas de madera, pero algunos corrían en libertad por la lancha. Cuando amenazaba lluvia, los ara armaban un terrible griterío, el tucán se empeñaba en volar a la orilla a pescar, y los monos titis corrían a refugiarse en las amplias mangas del Padre Zea. Estos espectáculos eran bastante frecuentes, y nos hacían olvidar la plaga de los mosquitos. Por la noche, en el campamento, montábamos una especie de caja de cuero que contenía las provisiones; al lado se colocaban los instrumentos y las jaulas con los animales; alrededor se colgaban nuestras hamacas, y algo más lejos, las de los indios. El extremo límite lo formaba el fuego, que se encendía para ahuyentar a los jaguares. Así se organizaba nuestro campamento a orillas del Casiquiare (la descripción atraviesa el campamento).

11 de mayo. Partimos bastante tarde de la misión de san Francisco solano, porque nos proponíamos hacer aquel día una breve jornada. La capa de niebla baja empezó a disgregarse en nubes bien delimitadas, y en las altas regiones de la atmósfera sopló un leve viento del Este. Estas señales indicaban un próximo cambio de tiempo, y no queríamos alejarnos mucho de la desembocadura del Casiquiare, esperando que la noche siguiente podríamos observar el paso de una estrella por el meridiano.

Un adorno de la orilla del Casiquiare es la palmera chiriva, de hojas pinnadas, plateadas en la cara inferior. Por lo demás, en el bosque sólo hay árboles de hojas grandes, correosas, brillantes y no dentadas. Este carácter peculiar lo debe la vegetación de los ríos Negro, Tuamini y Casiquiare al hecho de que en las proximidades del ecuador predominan las familias de las gutíferas, sapotáceas y lauráceas. Como el cielo sereno auguraba una hermosa noche, ya a las cinco de la tarde montamos el campamento en la Piedra de Culimacari, una roca granítica aislada.

Durante la noche del 10 al 11 de mayo pude determinar bien la latitud por la estrella de la Cruz del Sur, y la longitud, cronométricamente aunque no con tanta precisión, por las dos hermosas estrellas del pie del Centauro. Con esta observación, lo bastante exacta para objetivos geográficos, quedó establecida la situación de la desembocadura del río Pacimoni, del fuerte de San Carlos y de la confluencia del Casiquiare con el Río Negro.

12 de mayo. Contentos con el éxito de nuestras observaciones, partimos de Piedra Culimacari a la una y media de la noche. La plaga de mosquitos a que estábamos ya sometidos se intensificaba a media que nos íbamos alejando del Río Negro. En el valle del Casiquiare no hay zancudos (Culex), pero los insectos del género Simulium y todos los demás de la familia de los tipúlidos son tanto más numerosos y ponzoñosos (las alusiones y los comentarios alrededor de los mosquitos conforman un continuum a lo largo del relato). Como antes de llegar a la misión de Esmeralda teníamos que pasar aún ocho noches al raso en aquel clima húmedo e insalubre, nuestro piloto se mostró satisfecho de poder organizar el viaje contando con la hospitalidad del misionero de Mandavaca y hallar refugio en el pueblo de Vasiva.

A duras penas avanzábamos contra corriente, que era de unos 15 kilómetros por hora; nuestro campamento estaba aproximadamente a 3 kilómetros en línea recta de la misión y, pese a que los remeros se mostraban muy activos, necesitamos catorce horas para cubrir aquel breve trecho.

Antes de llegar a la misión de Mandavaca tuvimos que salvar varios rápidos violentos. El pueblo, que lleva también el nombre se Quirabuena, cuenta sólo 60 habitantes. La mayoría de estas colonias cristianas se encuentran en un estado tan deplorable, que a lo largo del Casiquiare, en un trayecto de 225 kilómetros, apenas viven 200 personas. Las orillas del río estaban más pobladas antes de la llegada de los misioneros. Los indios se retiraron a la selva en dirección Este, pues las llanuras del Oeste están casi desiertas. Los indígenas viven durante una parte del año de las ya citadas grandes hormigas. En Mandavaca encontramos a un buen misionero, un hombre ya viejo, que «había pasado sus veinte años de mosquitos en los bosques del Casiquiare» y tenía las piernas tan ennegrecidas por las picaduras de los insectos, que a duras penas se veía que eran de piel blanca. Nos habló de su desamparo y de la triste necesidad en que se encontraba de presenciar con frecuencia, en las prisiones de Mandavaca y Vasica, cómo se cometían impunemente los crímenes más abominables. Pocos años antes, en el segundo de dichos lugares, un alcalde indio se comió a una de sus mujeres, después de sacarla de su conuco y alimentarla copiosamente para engordarla (…siguen relatos y críticas sobre el canibalismo practicado por los indios…). «No pueden ustedes imaginarse –nos dijo el anciano misionero de Mandavaca- de lo viciosa que es esta familia de indios. Admitís en el pueblo a individuos de una nueva tribu; parecen mansos, honestos, buenos trabajadores; les permitís efectuar una salida para la captar a nuevos salvajes, y os cuesta Dios y ayuda impedir que inmolen a cuantos caen en sus manos y oculten pedazos de los cadáveres» (… y más sobre canibalismo…). Mientras los indios del Casiquiare recaen fácilmente en sus bárbaras costumbres, los que permanecen en las misiones revelan cierta inteligencia y disposición para el trabajo, y gran facilidad para expresarse en español. Según nos dijeron, en el Bajo Orinoco, sobre todo en Angostura, son preferidos los indios del Casiquiare y del Río Negro a los habitantes de las demás misiones, por su inteligencia y su energía. Los de Mandavaca tienen fama, entre los pueblos de su raza, porque preparan un veneno de curare cuya eficacia en nada cede al del Esmeralda. Por desgracia, los indígenas se dedican más a esta industria que a la agricultura, pese a que el suelo es excelente en las riberas del Casiquiare (éste último párrafo de notas antropológicas parece referirse a la esclavitud).

13 de mayo. Durante la noche pude efectuar algunas buenas observaciones de estrellas, por desgracia las últimas en el Casiquiare. Partimos de Mandavaca a las dos y media de la madrugada. Nos quedaban aún ocho días de lucha contra la corriente del Casiquiare, y el territorio que deberíamos atravesar hasta llegar de nuevo al San Fernando de Atabapo era tan desierto que tardaríamos por lo menos 13 días en reunirnos otra vez con el misionero de Santa Bárbara.

14 de mayo. Los mosquitos, y más aún las hormigas, nos echaron de la orilla cuando no eran aún las dos de la noche. Hasta entonces habíamos creído que éstas no se encaramaban por las cuerdas de las hamacas; si lo hacían así o si se tiraban sobre nosotros desde las copas de los árboles, el caso es que nos dio no poco trabajo deshacernos de tan fastidiosos bichos. Cuando más avanzábamos, más iba estrechándose el río, y las orillas eran tan pantanosas, que Bonpland tuvo grandes dificultades para llegar al pie de una Carolinea princeps cubierta de grandes flores de color púrpura. Este árbol es el máximo adorno de estas selvas y las del Río Negro.

Del 14 al 21 de mayo. Pasamos las noches al raso, aunque no puedo citar los lugares en que acampamos. Esta región es tan salvaje y tan despoblada que, excepto dos o tres ríos, los indios no supieron dar nombre a ninguno de los puntos cuya situación geográfica establecí por medio de la brújula. Más arriba del lugar donde el Itinivi se separa del Casiquiare para tomar rumbo Oeste hacia las colinas graníticas de Daripabo, vimos la orilla pantanosa del río cubierta de cañas de bambú. Estas hierbas arborescentes alcanzan una altura de 6,5 metros, y su tallo se curva gradualmente hacia la punta. Es una especie nueva de Bambusa, de hojas muy anchas. Bonpland tuvo la buena fortuna de encontrar un ejemplar florido. La Bambusa latifolia parece ser propia de la cuenca del Alto Orinoco, el Casiquiare y el Amazonas.

Nuestro primer campamento aguas arriba de Vasiva estuvo pronto instalado. Dimos con una pequeña superficie seca y pelada al sur del Caño Curamuni, en un lugar en que unos monos capuchinos se columpiaban lentamente en las ramas de los árboles. Las cinco noches siguientes resultó cada vez más difícil la cosa, a medida que nos fuimos acercando a la bifurcación del Orinoco. La exuberancia de la vegetación aumentaba en un grado inimaginable, incluso para el que está familiarizado con el espectáculo de la selva tropical. No hay ya campo raso; una empalizada de árboles de espeso follaje constituye la orilla. Se extiende delante del viajero un canal de 390 metros de anchura, enmarcado por dos enormes muros de hojas y bejucos (un argumento hiperbólico vivaz –empalizada de árboles, muro de hojas-; seguramente alguien disentirá y lo encontrará una descripción precisa; en cualquier caso el relato nunca peca de inverosímil). Intentamos desembarcar repetidas veces, pero no hubo modo de poder hacerlo. Hacia el atardecer, seguimos de vez en cuando la orilla por espacio de una hora, con el único propósito de descubrir un lugar menos invadido, donde los indios, armados de hachas, pudieran disponer un espacio lo bastante grande en el que instalar un campamento capaz para 12 ó 13 personas. En la piragua era imposible pasar la noche: los mosquitos que nos atormentaban durante todo el día se introducían en enjambres debajo del toldo, o sea, del tejadillo de las hojas de palmera que nos protegía contra la lluvia. Nunca habíamos tenido tan hinchadas las manos y la cara. En medio de la espesa selva sólo con gran dificultad podíamos procurarnos leña pues en estas tierras ecuatoriales las ramas son tan jugosas que casi no hay medio de hacerlas arder. Donde no hay una orilla seca tampoco se encuentra madera vieja «cocida por el Sol» como dicen los indios. Por otra parte, necesitábamos el fuego sólo para protegernos de los animales de la selva; nuestra provisión de vituallas era demasiado pobre para que no pudiésemos prescindir del fuego.

Al atardecer del 18 de mayo llegamos a un lugar donde la orilla está bordeada por árboles de cacao silvestre. La baya es pequeña y amarga; los aborígenes chupan la pulpa y tiran el grano que los indios de las misiones recogen para venderlo a los que no son muy exigentes en la preparación de su chocolate. «Ahí está el Puerto del Cacao –dijo el piloto-; aquí pernoctan los Padres cuando se dirigen a Esmeralda a comprar cerbatanas y juvia, las sabrosas nueces de la Bertholletia». En realidad, en todo el año no son ni cinco las piraguas que surcan el Casiquiare y desde Maypures, o sea, desde hacía un mes, no habíamos encontrado un alma en los ríos excepto en las proximidades inmediatas de las misiones.

Pasamos la noche al sur del Lago de Duractumini, en un bosque de palmeras. Llovía a torrentes, pero los pothos, los arum y las lianas formaban una cortina natural tan tupida, que bajo ella encontramos un refugio tan eficaz como el que brindan los árboles de espeso follaje. Los indios, instalados en la orilla, habían entretejido heliconias y muséaceas, formando así una especie de toldo con que cubrir sus hamacas. Nuestras hogueras iluminaban las palmeras hasta una altura de 16 a 20 metros, los bejucos floridos y las blancas columnas de humo que se elevaban verticalmente hacia el cielo; un espectáculo espléndido, aunque para gozar de él con tranquilidad habría sido necesario respirar una atmósfera no invadida por los insectos.

De todos los sufrimientos corporales, los que más deprimen son aquellos que persisten sin variación, y contra los cuales no hay más remedio que la paciencia (…). La visión del río y el zumbar de los mosquitos se nos presentaba siempre como una cosa uniforme; pero nuestro natural buen humor no se quebrantó del todo y nos ayudó a lo largo de la prolongada odisea. Observamos que el hambre se calmaba durante algunas horas mascando un poco de cacao seco y triturado, sin azúcar. Las hormigas y los mosquitos nos molestaron más que la humedad y la escasez de alimentación. Aunque también en nuestras correrías por las cordilleras sufrimos grandes privaciones, siempre el viaje fluvial desde Mandavaca a Esmeralda nos ha parecido el período más penoso de nuestra estancia en América (…).

La noche del 20 de mayo, la última de nuestro viaje por el Casiquiare, la pasamos en el lugar donde se bifurca el Orinoco. Abrigábamos cierta esperanza de poder efectuar una observación astronómica, pues a través de la neblina que velaba el cielo brillaban las estrellas fugaces de extraordinario tamaño. Los indios llamaban a las estrellas fugaces la orina de las estrellas, y su saliva, al rocío. Pero las nubes se hicieron más densas y dejamos de ver los meteoros y las auténticas estrellas cuya aparición esperábamos con tanta impaciencia desde hacía algunos días.

Nos habían dicho que en Esmeralda encontraríamos los insectos «aún más crueles y voraces» que en aquel brazo del Orinoco que estábamos remontando; no obstante esta perspectiva, nos animaba la esperanza de poder dormir por fin en un lugar habitado y hacer ejercicio dedicándonos a la herborización.

En nuestro último campamento en el Casiquiare tuvimos un disgusto. Nos habíamos instalado al borde de la selva. A medianoche nos avisaron los indios que se oían muy cercanos los rugidos del jaguar, y que parecían venir de la copa de los árboles próximos. Los bosques son aquí tan espesos que casi no hay en ellos más animales que los que saben trepar a los árboles (otra sugestiva hipérbole, o no…). Como nuestras hogueras daban mucho resplandor y la larga costumbre nos había enseñado a despreciar ciertos peligros no nos preocupamos gran cosa del concierto de las fieras. El olor y la voz de nuestro perro habría atraído a una de ellas. El can, un corpulento mastín, estuvo ladrando al principio pero al acercarse el tigre empezó a aullar y se refugió debajo de nuestras hamacas como buscando la protección del hombre. Las noches pasadas a orillas del río Apure nos había acostumbrado a ver aquellas alternativas de valentía y temor en el animal que era joven, manso y cariñoso. Grande fue nuestra pesadumbre cuando por la mañana, al disponernos a embarcar, los indios nos comunicaron que el perro había desaparecido; no cabía duda que los jaguares habían acabado con él. Quizás, al no oír ya sus rugidos, se había alejado demasiado del fuego en dirección a la orilla, y profundamente dormidos, no habíamos oído los gemidos del can. Tanto en el Orinoco como en el Magdalena, se nos aseguró repetidamente que los jaguares viejos son tan astutos que van a buscar a sus presas en el centro mismo de los campamentos y les retuercen el cuello para que no puedan gritar. Aguardamos largo rato con la esperanza que el perro se hubiera extraviado. Tres días más tarde volvimos al mismo lugar y también oímos rugir a los jaguares, pues estas fieras tienen predilección por determinados parajes, pero todas las pesquisas fueron inútiles. El perro, que había sido nuestro compañero desde Caracas y muchas veces había escapado a nado de las fauces de los caimanes, acabó despedazado en la selva.

El 23 de mayo, a 13,5 kilómetros aguas abajo de la misión de Esperanza, entramos nuevamente en el lecho del Orinoco. Hacía un mes que habíamos abandonado este río en la desembocadura del Guaviare (subieron siguiendo el cauce del Guaviare tierra a través hasta alcanzar el río Negro -se refiere en capítulos anteriores-, desde donde tomaron el brazo del Casiquiare en dirección al Orinoco). Nos quedaban aún 1390 kilómetros hasta Angostura; pero el camino era en sentido descendente, y este pensamiento hacía más soportables nuestras penalidades. Cuando se navega por los grandes ríos siguiendo la corriente, se avanza por el centro del cauce, donde hay pocos mosquitos; en cambio, si se hace en dirección contraria, es necesario, para utilizar los remolinos y las contracorrientes, mantenerse cerca de la orilla invadida por mosquitos a causa de la proximidad de la selva y de los restos orgánicos acumulados en la ribera.

El punto donde se produce la famosa bifurcación del Orinoco, ofrece un espectáculo de rara grandeza. En la orilla Norte se elevan montañas de granito, de las cuales se distinguen, a lo lejos, el Maraguaca y el Duida. En la margen izquierda, al oeste y sur de la bifurcación, no hay montañas hasta la confluencia del Tamatama. En el lugar donde el Orinoco no está ya rodeado de montañas por el Sur y alcanza la abertura del valle o, por mejor decirlo, de la depresión que se prolonga hasta el Río Negro, se divide en dos ramas. La principal, el río Paraguá de los indios, prosigue su curso contorneando la cordillera de Parima, mientras el brazo que establece la comunicación con el Amazonas, corre a través de llanuras que, en general, se inclinan hacia el Sur".

Alexander v. Humboldt llegó a ser en vida un hombre extraordinariamente popular y respetado por todo el mundo; es conocida su entrevista con un joven Simón Bolívar de la que salió con muy pocas dudas sobre cuál debía ser el afán de su vida. Humboldt recibía una enormidad de correo, tanta que poco antes de su muerte hizo publicar en el periódico un anuncio en que rogaba que no le escribiesen más: “Agotado bajo el peso de una correspondencia siempre creciente de un promedio anual de aproximadamente 1600 a 2000 piezas (cartas, impresos sobre temas que me son totalmente ajenos, manuscritos sobre los cuales se pide mi opinión, proyectos de viajes y expediciones coloniales, envíos de modelos, máquinas y objetos de historia natural, preguntas sobre viajes aéreos, enriquecimiento de colecciones de autógrafos, ofrecimientos para ocuparse de mí, distraerme, divertirme, etcétera…), intento de nuevo, públicamente, rogar a las personas que me honran con sus favores contribuir a que se ocupen menos de mí en ambos continentes y que no se utilice mi casa como buzón; así podría consagrarme a gusto y con toda tranquilidad a mis propias investigaciones, pese a la disminución de mis fuerzas físicas e intelectuales. Ojalá este pedido de socorro, al que me he resuelto con remordimientos y demasiado tarde, no sea interpretado como una señal de hostilidad” (en Cartas americanas de AvH, recopiladas por Charles Minguet). Se calcula que llegó a escribir sobre treinta y cinco mil cartas y que recibió muchas más.

 

 

 

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