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Du côté de chez Swann (I; ahora con las citas en español)

Proust, Marcel Du côté de chez Swann (Folio, París: 1988; préface d'Antoine Compagnon)

(Colgué una reseña en cuatro entregas de la obra y, puesto que la reseña estaba dedicada a la versión original francesa, dejé sin tocar las citas. Me han pedido amablemente que reescriba la reseña traduciendo las citas y voy a hacerlo basándome en ocasiones en la traducción española en Alianza de Pedro Salinas, el poeta del 27, y en ocasiones en mi propio criterio. Aunque antes añadiré que soy de aquellos a los que no importaba que Aznar o Zapatero no supieran inglés; me hubiera parecido mucho más grave que no supieran francés, pero ignoro si lo dominaban o no.)

Cuánto aprenderían algunos jóvenes narradores –y me refiero a los que no pasan de los 50- si leyeran aunque fuera un solo clásico. Proust, aunque francés, es uno de ellos y esta reseña –dividida en cuatro entregas- va dedicada al primer volumen de su En busca del tiempo perdido.

De momento diré que la frase inicial es emblemática: Mucho tiempo he estado acostándome temprano (p. 51). Más aún, girando alrededor de las dos expresiones en negrita se puede dar cuenta de la obra entera. En cambio yo la abordaré por apartaditos:

  • La Busca es un constante franquear umbrales: el umbral de la memoria voluntaria que se cruza a base de insomnios: pasaba la mayor parte de la noche recordando nuestra vida de antaño, en Combray en casa de mi tía abuela, en Balbec, en Paris… (56); el umbral de la memoria involuntaria, que se libera a partir de las sensaciones como en el conocido episodio de la magdalena mojada en el té: me llevaba a los labios una cucharada de té en la que había dejado reblandecer un pedazo de magdalena (101); Voy hacia atrás con el pensamiento hasta el momento en que tomé la primera cucharada de té. (102); En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila … todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y las ninfeas del Vivonne, y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines tomando forma y consistencia, salió de mi taza de té (104). El sueño incluso: mediante él penetra en un mundo donde evoca no el recuerdo de lo que fue sino de lo que ha de venir: una mujer nacía durante mi sueño … yo iba a entregarme por entero a ese fin: encontrarla (51); esa mujer va a ser Gilberte, la muchacha con la que juega en los Champs Elysées al final del volumen, y de ese modo el sueño adquiere carácter de creador: el novelista crea un personaje que sueña y ese personaje crea una mujer personaje también de la novela. Y todo ello -el recuerdo, el sueño, la evocación- permite acercarse a la obra desde un ángulo muy próximo al anterior de los umbrales para decir ahora que el recuerdo actúa como un resorte doble que nos lleva a tres tiempos: el narrador recuerda al durmiente desvelado y el durmiente desvelado recuerda al protagonista. 
  • La asociación, siguiendo el ejemplo de la magdalena, va a ser una constante en la novela. Otro ejemplo: el mes de María, mayo, se asocia al espino blanco (184); pero por ese camino se llega, desde la Virgen, a la mujer opuesta, a una  blanca jovencita (185) que resulta ser la hija del señor. Vinteuil sobre la que girará luego el tema del sadismo y la homosexualidad femenina (242-250); es más, esa mujer no va a ser sólo la oposición a la Virgen sino a cualquier modelo de feminidad al presentársenos como la parte masculina de esa relación homosexual en forma de un muchacho… robusto (186); y seguidamente se cerrará el círculo comparándola, a partir de sus mejillas sonrosadas, con la flor del espino blanco (186).
  • La composición de la obra se basa muchas veces en ese proceso circular que acabamos de ver: Virgen = espino blanco, señorita. Vinteuil = espino blanco. En realidad es lo mismo que ocurría más arriba en las citas dedicadas a la taza de té: probaba el té, se disparaban los recuerdos y acababa volviendo al punto de partida, la taza de té. Otro ejemplo: la preocupación de la tía Léonie por saber si la señora Goupil había llegado a la iglesia después de la elevación (170) en cuyo caso no cumple con el precepto dominical; recibe seguidamente la visita de Eulalie, que es quien le puede informar de ello, pero acude también el cura; la conversación con este último comienza tratando de las vidrieras de la iglesia y de ahí deriva hacia la antigua nobleza local o la etimología de la toponimia; tras ello, se marchan el cura y Eulalie, y la tía Léonie dice a su criada Françoise respecto de Eulalie: ¡Creería usted que he olvidado preguntarle si la señora Goupil había llegado a misa antes de la elevación! (180). Otro ejemplo: el narrador introduce la idea del sadismo (242) y, acto seguido, ve, a través de la ventana, a la señorita. Vinteuil (243) y luego a su amiga tumbándose sobre ella en el sofá (248); su amiga querrá escupir sobre el retrato del señor. Vinteuil, que tanto se había desvivido por su hija (249), y así se cierra el círculo del sadismo: Los sádicos de la clase de la señorita Vinteuil son seres tan puramente sentimentales, tan naturalmente virtuosos, que incluso el placer sensual les parece algo malo (248-249); No es el mal lo que le daba la idea del placer, lo que le parecía agradable, era el placer lo que le parecía malo (249).

No sé si soy un troll o un yorreal.

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