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El espejo de los espías

EL ESPEJO DE LOS ESPÍAS

(“The looking-glass war”).

John Le Carré. 1965 (Editorial Bruguera, noviembre 1979).

Su nombre verdadero es David John Moore Cornwell (Poole, GB, 1931).

Creo que debemos centrar la reseña en algunos capítulos del principio y algunos del final (4, 5, 6, 21, 22) de entre todos los veintitrés, y obviar el tronco, la historia principal, dedicada enteramente a los preparativos de la misión, entrenamiento del agente Leiser, dudas y temores de éste y sus mentores, y comienzo de la operación hasta su fracaso que es, en mi opinión personal, menos interesante; creo que peca de localista, demasiado británica, con un cierto tufillo patriótico.

El tema que aborda la obra y que la envuelve enteramente como atmósfera que respiran los personajes es el de la asimilación del paso implacable del tiempo, los que saben envejecer sabiamente, los que se empeñan en volver atrás sin darse cuenta de que es imposible.

Se plantea un conflicto transfigurado en distintas personas o entidades, y a través de varios planos (del espíritu íntimo, de coordinación y coexistencia de organizaciones de servicio público) desplegados en múltiples pequeñas historias secundarias que se van entrelazando con el tronco principal (el que yo he despreciado porque opino que es la menos interesante) y con todos los personajes intervinientes que, en mayor o menor medida sufren su influencia.

Así, se narra (un narrador omnisciente en tercera persona) cómo por algunos se realizó el último esfuerzo por la supervivencia (por la reivindicación de su presencia) de una agencia ministerial de espionaje, el “Departamento”, que ya solo existía oficialmente porque en la realidad hacía tiempo que había sido totalmente desplazada por otra agencia, el “Circus”.

Junto con el Departamento se refiere el último acto como profesionales de una serie de personas que pertenecen a aquél, el canto del cisne, especialmente su director Leclerc, y que se resisten a conceder que son viejos, están periclitados y anticuados, además de desplazados. 

Finalmente es la exposición de cómo el resultado lamentable e inevitablemente desastroso de la misión es aprovechado por la agencia más pujante para darle la puntilla definitiva al viejo Departamento (favoreciendo astutamente su regreso suicida prestándole diverso material e información del terreno).

Estamos en el año de 1963, el “Departamento” es un organismo oficial dedicado a obtener información secreta de carácter militar de naciones extranjeras; la naturaleza militar de la información que ansía es su marca distintiva, no en vano depende del Ministerio de Defensa. Su época de apogeo fue durante la segunda guerra mundial, sus miembros (salvo Avery) ya sobrepasaron la cincuentena y pertenecen a la vieja guardia que tuvo su momento de esplendor en la guerra contra Hitler; desde entonces languidece con la paz del vencedor. Desde hace algunos años se ha visto relegado por el “Circus”, organismo dependiente del Foreign Office en el que se han centralizado todas las actividades de espionaje. A pesar de haber quedado vaciado “de facto” el Departamento no ha sido oficialmente clausurado, sus miembros se siguen considerando “agentes operativos”.

Reunión de jefes de sección (Leclerc –director-, Bruce Woodford, Standford, Dennison, MacCulloch, Adrian Haldane –analista-, Avery –ayudante del director-). Tras examinar los tres indicios disponibles que señalan la posibilidad de que la Alemania oriental RDA esté instalando misiles al sur de Rostock, en el pueblo de Kalkstadt (y valorar la conveniencia de mandar allí a un agente para comprobarlo in situ ya que otros medios han resultado infructuosos o no son factibles), los convocados informan que está justificado el emprendimiento de la misión propuesta por el director; la consideración de que aquéllos indicios pudieran ser elementos de una trampa urdida por los comunistas del otro lado del telón solo será sugerida por el analista Haldane después de finalizada la reunión. La mera especulación sobre la realidad de la amenaza (de la misión, en definitiva) es instintivamente rechazada por los jefes de sección, en especial por el director del Departamento, Leclerc. Todos se muestran (aunque contenidos) expectantes, ilusionados, útiles y jóvenes (podría seguir: audaces, valerosos, patriotas, leales y orgullosos de su Departamento).

La misión fracasa al ser capturado el agente a los pocos días de cruzar la frontera; el hecho de que en el primer momento matara a un guardia fronterizo puso en alerta a toda la policía de la región, la obsolescencia del aparato de radio que manejaba el espía Leiser (un préstamo del Circus), de la época de la guerra, contribuyó a su rápida localización y captura. El lector sacará algunas conclusiones de éstos compases finales: los alemanes orientales no planearon ninguna trampa, la noticia de la existencia de un agente enemigo fue una sorpresa; uno de los tres indicios que se consideraron resultó no concorde con la realidad (el que el área había sido declarada zona prohibida); no había rastro de misiles a falta de confirmación en el mismo pueblo.

El régimen comunista aprovechó para organizar un escándalo internacional (un guardia muerto, un saboteador enemigo, los británicos utilizando a escondidas suelo de la RFA para sus operaciones, los USA que no habían sido informados por sus primos…), el gobierno de su majestad reaccionó encargando al Circus (ahora sí, y con la aparición de George Smiley, el protagonista de posteriores novelas de Le Carré) que borrara todas las evidencias de aquella chapuza para poder negar ante todos las acusaciones provenientes del otro lado del telón. Mandaron un avión a Alemania occidental, recogieron a los agentes dispuestos (entre ellos el mismísimo Leclerc) para recibir los mensajes de Leiser y todo el material, y se marcharon rápidamente; Leiser fue abandonado a su suerte, su último mensaje solo fue escuchado por los “vopos” poco antes de ser capturado).

Creo que puede concluirse que Leclerc y sus hombres del Departamento pecaron de soberbia, y que el Circus se comportó como un criminal con los suyos. La novela se deja leer pero no es inolvidable; tratándose de una historia crepuscular vestida con tintes trágicos (la incertidumbre de los hombres que intuyen la llegada del ocaso y no se sienten preparados para afrontarlo, prefiriendo intentar torcer el curso del tiempo) es una pena que los personajes principales hayan quedado desfigurados, sin retratar, como si no se hubiese considerado necesario; no soy capaz de ponerles cara (salvo a Haldane). Aún así hay que decir que la ambientación sí está conseguida, el color del crepúsculo, el anuncio del ocaso, impregnan (como dije antes) toda la obra. Después a esta se han sucedido las novelas en las que el protagonista es George Smiley el famoso espía de John Le Carré, que en esta obra aparece como un secundario (aún así de los más interesantes y logrados).

Añorar el pasado es correr tras el viento (proverbio ruso).

Volver la vista atrás es una cosa y marchar atrás, otra (Cherles Caleb Colton).

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“-Improvisaremos sobre el terreno. Como hacíamos durante la guerra.” -46.

“-¿Sabe lo que representa una base de lanzamiento de cohetes –preguntó Haldane. -¿Se imagina usted el jaleo que supone? Necesitan rampas de lanzamiento, protectores, edificios de control, zanjas para cables; son imprescindibles refugios de hormigón para las cabezas explosivas, gigantescos remolques para las cisternas móviles de carburantes y oxidantes, todo esto previamente a la instalación, los cohetes no se los saca uno de la manga, todo ese tinglado se mueve como una caravana de feriantes; habríamos tenido antes otros indicios, o si no el Circus.” -87.

“-Estamos muertos, ¿no lo ha comprendido aún? Usted mismo lo ha dicho, lo que ellos quieren es que continuemos durmiendo, no que vayamos a la guerra, de modo que esto no tiene importancia.” -88.

 “-Haremos cruzar la frontera a un hombre –explicó Woodford. Era su momento de triunfo-. Estoy encargado de lo que ocurra en Londres durante esa operación. Estamos en plena crisis. Incluso hay peligro de guerra. Es un asunto muy delicado. -La cerilla estaba apagada, pero él seguía sacudiéndola de arriba abajo con un amplio ademán del brazo, mirando a su mujer con un brillo de triunfo en el fondo de los ojos. -¡Embustero! –exclamó ella-. Eso cuéntaselo a los demás.” -225.

“No vaya usted a creer que el Circus tiene un monopolio para enviar agentes. Nosotros tenemos los mismos derechos, pero no los usamos a la buena de Dios”.-48.

 “-Habríamos podido detenerlos –dijo Smiley-. Sabíamos demasiado. –Claro que hubiésemos podido –dijo Control tranquilamente-. ¿Y sabe usted por qué no lo hemos hecho? Por pura, por estúpida caridad cristiana. Les hemos dejado jugar a la guerra. –Se lo hemos proporcionado todo –dijo Smiley-, el pasaporte que ha sido anulado…, un correo que no han necesitado…, una emisora de pacotilla…, papeles, informes sobre la frontera… ¿Quién ha dicho en Berlín de escuchar sus emisiones? ¿Quién les ha hablado sobre esas frecuencias? Le hemos proporcionado a Leclerc hasta los cuarzos, ¿verdad? ¿Era eso también, sencillamente, caridad cristiana? ¿Pura y estúpida caridad cristiana? –Control estaba escandalizado- ¿Qué quiere usted decir? Es de muy mal gusto. ¿Quién haría nunca una cosa semejante? Yo no tengo la culpa de que hayan tardado tanto tiempo en morir.” -287.

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