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EL LOBO DE SIBERIA

Voy a romperte ese cuellito...¡así! ¿No me crees?

Entró a la celda.  Cárcel de Florencia. Lobo visitó al convicto Agustino Palumbo, se sentaron a la mesa, de repente Lobo le dice que debía confesarle algo a la oreja. Al escuchar, el reo palideció. De pronto, con rapidez asombrosa, Lobo lo agarró por la cabeza, se la torció con fuerza y le rompió el cuello con un sonoro y nítido chasquido.   

Con su habitual destreza, Patterson nos lleva a otro de sus famosos casos mostrándonos al gánster Pasha Sorokin quien creen es Lobo, el que secuestra hombres y mujeres para él y sus clientes, otros pervertidos que hacen los pedidos por catálogos de una red virtual llamada: la guarida del lobo, donde se puede comprar amantes siendo miembro del club privado, hacer que secuestren a alguien por unas cuantas cifras altas.

Lobo, tiene sus fieles y traidores, a los que les llega repentinamente: –tú les has dicho que me jodieran, ¿verdad?   Entonces, con velocidad de vértigo, lobo se sacó de la manga un punzón de picar hielo y se lo clavó a Biryukov en el ojo izquierdo. Nadie habló con la policía de Nueva York cuando llegó al local. Lizzie Connolly, una de las víctimas, la oculta dentro de un armario y cree tener esperanzas, pero Lobo la viola, ultraja y amenaza insistente: «voy a romperte ese cuellito, ¡así! ¿No me crees? »    Lizzie lo odió tanto que pensó en matarlo.

El FBI siguió las pistas de rigor, un informático logra meterse al portal Webs donde chatean los pervertidos. Uno de los afectos al club es interrogado, y arroja no sin temor ciertas pistas: –Los chicos se los he comprado a Lobo –Confesó Potter. Nombre clave del libertino profesor Humer Taylor, al que le gustan los hombres por encargo.  Alex Cross se hace pasar por Taylor usando su clave y entra al chat:   

«ESFINGE 3000»: Quiero una diosa de hielo, que yo pienso hacer pedazos. Totalmente obsesionada consigo misma. Que vista Chanel y Miu Miu y que lleve joyas Bulgari hasta para ir al supermercado.

«STERLING 66»: ¿Cuánto tiempo piensas tenerla contigo?

«ESFINGE 3000»: Una gloriosa noche de éxtasis y salvaje abandono… solo una noche. –Por supuesto que sí–contestó Lobo–. Pero ten cuidado, Esfinge, nos están vigilando.

«STERLING 66»: ¿Quieres otro chico nuevo? Pero si hace una semana que recibiste a uno.

«SEÑOR POTTER»: Ya he pensado en uno. Llevo un tiempo vigilándolo. Es el amor de mi vida.

«STERLING 66»: Eso dijiste de Worcester. ¿En qué ciudad está el blanco?

«SEÑOR POTTER»: Boston. Cambridge. Alumno de Harvard, está haciendo el doctorado. Lo quiero para mí.

«STERLING 66»: Entonces, ¿por qué compraste a Worcester?

«SEÑOR POTTER»: Por un impulso. Pero éste chico de Cambridge, esto sí que es amor verdadero.

«STERLING 66»: ¿Tienes nombre? ¿Dirección?

«SEÑOR POTTER»: Sí, y también talonario de cheques.

«STERLING 66»: ¿No encontrarán a Worcester? ¿Estás seguro?

«SEÑOR POTTER»: Santo dios. No. A no ser que a alguien le dé por darse un bañito en mi fosa séptica.

«ESFINGE 3000»: Caray, Potter. Me encanta. «Lobo»: No. Esto tendrá que esperar. Es demasiado pronto, Potter.   En la pesquisa ordenaron a Cross poner incómodo al empresario vinculado.

Y así fue: Alex Cross irrumpió en la oficina.

–Dígale al señor Lipton que se trata del FBI –le dije a la secretaria. Necesito verlo de inmediato. Sáquelo de esa reunión. A tanta insistencia el hombre salió:

–Soy Lawrence Lipton –anunció–. ¿Qué diablos significa esto?

Lo miré y dije: –Vengo a hablar de secuestros y asesinatos. ¿Quiere que hablemos en recepción, Sterling?  

Lawrence Lipton palideció y perdió su bravuconería. Caminaron por los pasillos y Alex prosiguió:

–Soy el señor Potter–dije– andando. –Llamaré a mi abogado –agregó Lipton.

Llamó por su auricular y dio una orden: «que le jodan».  

Extraje el transmisor y di la orden: 

–Adelante con las oficinas y las casas, revisen todo. Luego me volví a Lipton: –Queda detenido. Dígale a su abogado que lo han trasladado a las oficinas del FBI. 

En los interrogatorios, Lipton no aguantó tanto tiempo y lo soltó: –Está bien–confesó–yo soy el encargado del dinero. Podría conduciros a lobo. Pero necesito muchas promesas por escrito. Dijo Lipton que en persona Lobo resultaba un individuo que daba mucho miedo.   

–¿Qué quería Lobo de usted?  

–Que me metiera en el negocio con él. Necesitaba experiencia de mi empresa informática. Él se dedicaba sobre todo, a la extorsión, al blanqueo de dinero, a las falsificaciones. Ari Manning resultó ser el nombre civil de Lobo. Quizás.   Llegamos a la fiesta y me abrí paso a empujones entre aquella celebración de ricachos. Extraje mi glock y Pasha Sorokin se me quedó mirando fijamente.

Antes de ir a hablar, Lobo miró a su abogado, pero entonces se volvió fingiendo acordarse de algo: –Su hijo pequeño–dijo– se llama también Alex, ¿verdad?   ¡Fuego! ¡Fuego! –Gritaron.

    Pues sí. Era un incendio. Fue evidente que el maldito mencionó a mi hijo en calidad de amenaza. Lo del fuego, era Elizabeth Connolly…se encontraba envuelta en llamas. Ella, desesperada dentro del armario, oyó nuestra presencia y prendió fuego. El hombre quien creían era Lobo escapó por una ventana. ¡Capullo de mierda!   Pasha Sorokin no era Lobo, ¿Era posible aquello?

Dos semanas después llegó la novedad: Lawrence Lipton ha muerto. Lo han matado en su celda. Con el mismo método usado anteriormente en la cárcel contra el mafioso Agustino Palumbo. (Zamochit=venganza en ruso).    Por último, cuando trasladaban a Pasha Sorokin al Tribunal, la furgoneta fue atacada en un semáforo: armas automáticas y lanzacohetes que esparcieron cadáveres y trozos de metal humeante. Fueron varios tipos, se bajaron de una furgoneta negra, tipos vestidos con monos oscuros, arrancaron violentamente las puertas matando a dos policías.    Un hombre alto y de aspecto fiero se acercó al interior de la camioneta policial destrozada, sonrió divertido:   –Pasha –dijo Lobo–. Tengo entendido que pensabas traicionarme.   El hombre, asustado, dijo que no era verdad.    –Puede que sí, puede que no–repuso Lobo–. Entonces, vació su pistola contra Pasha Sorokin a quema ropa. No falló.    –Zamochit –culminó– y soltó una carcajada. Hoy en día toda precaución es poca.

 

    Título original: the big bad wolf.

1era edición: enero 2006. Ediciones B, S.A; 2006

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