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Ifigenia

IFIGENIA, DE TERESA DE LA PARRA. (La inmolación del intelecto) 

 

 

Si bien es cierto que, de acuerdo con la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, las mujeres de Latinoamérica tienen hoy la posibilidad de acceder a la educación sin ser discriminadas (incluso ingresan más niñas que niños al sistema educativo) no por ello se puede decir que lo hacen en igualdad de condiciones. (1994).

Hoy en América Latina no es un secreto que las familias monoparentales están en aumento, y, si se trata de hogares pobres en donde hay una hija, ésta deberá encargarse de la mayoría de los quehaceres domésticos (e incluso de sus hermanos menores) mientras su madre o padre trabaja.

Parece que en la mente de los padres está grabado, como con una marca de hierro, que es obligación de las hijas colaborar en las tareas diarias, mientras que a los hijos se les suele exonerar de estos deberes por ser varones.

Por tanto, si las jóvenes en estas circunstancias desean estudiar, deberán primero cumplir con un buen número de tareas del hogar para luego poder dedicarle tiempo a los estudios, carga que se vuelve muchas veces insoportable. Debido a esto, es común encontrarse con jovencitas que en su necesidad de huir de su situación suelen buscar refugio en algún novio, del que esperan les brinde el afecto que necesitan, sin embargo, muchas veces confían en jóvenes varones inmaduros que por lo general se aprovechan de su situación.

De esto tal vez podamos ver una de las causas de tantos embarazos precoces, que a la vez continúan con el círculo vicioso de los hogares monoparentales y con el abandono, en la mayoría de los casos, de los estudios por parte de las muchachas.

De esta manera, el acceso posible a la educación no garantiza que las jovencitas la tengan mucho más fácil que antes. Obviamente, la realidad antes descrita se suscribe a un ámbito social bajo, pero no se debe perder de vista que es precisamente a estas jovencitas a las que más les convendría estudiar.

Por otra parte, existe un lado contrario de la moneda, y es el caso de aquellas mujeres jóvenes que con la finalidad de seguir con sus estudios muchas veces se ven en la necesidad de elegir entre seguir estudiando o formar una familia, ambas necesidades básicas de un ser humano que desea vivir plenamente, sin embargo, la mayoría de las veces se debe elegir satisfacer una sola de ellas. Claro está, también hay muchas valientes que deciden alcanzar ambas metas, pero bien es sabido que para nada esto resulta ser una labor sencilla.

Todos estos ejemplos, no están muy lejos de la realidad. Hoy, en pleno Siglo XXI, aun la mujer venezolana no se encuentra en ese estado de modernismo en el que una vez soñó estar Ifigenia, la protagonista de la novela homónima de Teresa de la Parra.

Por ejemplo, en Venezuela muchos de los casos descritos anteriormente son el pan de cada día, sin mencionar que muchas veces la situación es peor.

Parece mentira que una inquietud expresada por una mujer venezolana de finales del siglo XIX aun sea algo que se acepte como normal por muchas mujeres del siglo XXI, a saber, el conformarse con no desarrollarse plenamente en el ámbito intelectual y aceptar como ley de vida que su lugar vital se circunscriba al campo de lo privado.

Teresa de la Parra, si bien no plantea una revolución feminista, si muestra a través de su obra Ifigenia el enorme sacrificio que representa tener que aceptar un rol de mujer inventado por los hombres. Con su personaje, nos dibuja a una mujer moderna, que gusta del buen vestir, de las reuniones sociales, del lujo y que además de esos placeres se dedica a cultivarse intelectualmente. Es una mujer que sabe de literatura, que conoce mundo, pero que por circunstancias de la vida pierde todo lo que le permitía rodearse de esos gustos.

Esto trae como consecuencia que Ifigenia empiece a experimentar un estado de tedio al no poder hacer las cosas que solía hacer antes y la conduce a aceptar lo que la sociedad le impone (casarse y callar). Tal vez con eso esta escritora busque despertar la empatía del lector (lectora) y además, desee producir inquietud al poder enfrentar a quien lee a esta realidad muchas veces ignorada.

De toda la obra, magníficamente escrita, tal vez sean las siguientes palabras las que más causen turbación:

¡Sí! como en la tragedia antigua soy Ifigenia: navegando estamos en plenos vientos adversos, y para salvar este barco del mundo que tripulado por no sé quién, corre a saciar sus odios no sé dónde, es necesario que entregue en holocausto mi dócil cuerpo de esclava marcado con los hierros de muchos siglos de servidumbre. Sólo él puede apagar las iras de ese dios de todos los hombres, en el cual yo no creo y del cual nada espero.(Pp.274).

Y son precisamente estas palabras las que logran unir dos mundos completamente disímiles (el de Ifigenia, rodeado de lujos y atenciones, y el de la mujer venezolana de clase humilde) pues, el vínculo está marcado en el sentir propio de una mujer que desea cumplir sus metas, que tiene otras expectativas en la vida distintas a la que la sociedad le ha impuesto, y que desea terminar de una vez por todas con la eterna inmolación intelectual a la que debe someterse con la finalidad de cumplir un rol establecido por la sociedad (establecido por el hombre).

REFERENCIAS

De La Parra, T. (2005). Ifigenia. Caracas: Monte Ávila Editores.

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