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La Hiperestésica

"... La hiperestesia de Elvira se agravaba, y ya era proverbial entre sus amigas. Dorotea, que era su íntima, no tenía un novio nunca porque Elvira se los complicaba todos. Si Dorotea le enseñaba la carta de amor que le había dirigido un pretendiente, Elvira descubría el defecto oculto que la hacía insoportable: -Esta carta está escrita con las uñas sucias...- Ella misma iba rechazando a los hombres por motivos por el estilo: -No puedo aguantar a Sureda, porque tiene una cosa de rebarnizado de juventud que me encocora. Medrano parece que mete a las muchachas en su pitillera de oro. Yo, por sólo ese gesto, no quiero ser cautiva de su seducción. Enriquito, con su mirada de niño de primera comunión, va cargante de vaselina-... Un contertulio de Elvira había dicho: -Para ver a Elvira hay que llevar "hechas" las uñas de los pies. Yo tengo una pedicura para esos días... Elvira, en la calle, sentía cada vez mayores escalofríos, bien al pasar en día de lluvia junto a un paraguas, que, como un gran pajarraco, hubiera querido sacarle un ojo, bien al ver la vendedora de esponjas, que, según ella, eran esponjas de hospital, las que duchan al enfermo y le acarician con caridad suprema. Le asustaba la calle, y, sin embargo, se lanzaba a ella esos días en que el olor del entarimado le resultaba nauseabundo, o en que el calor reflejado en las mujeres vestidas de terciopelo de los retratos no la dejaban estar en casa ni un minuto más. No torcía por tal esquina porque sospechaba que iba a encontrarse con el pretendiente que embiste con sus bigotes, y rehusaba pasar frente a un portal porque sospechaba que era el portal del contagio. Todo era para ella aventura. Elvira a veces entraba en los cinematógrafos después de escoger el suyo, pues sostenía que había el cinematógrafo de las gordas y el de las delgadas. Paseando por las calles tenía el don de ver a todos los paralíticos... Pero ante lo que sentía más el escalofrío de la vida era el recontar los niños con corsés ortopédicos que le salían al paso. Miraba por las rendijas de los solares para descubrir las huellas del crimen impune, y huía de los vendedores ambulantes, que, según ella, eran "ladrones de almas". Tenía aspavientos ante el olor a tela engomada de las tiendas de telas que "la engomaban como si fuese un sobre". Y después de esa larga excursión por la ciudad, volvía a su casa aturdida de presentimientos, olores y emociones... El doble fondo de Elvira se triplicaba, y cada vez adquirían más alcance sus sensaciones. La luz eléctrica atacaba tanto sus nervios, que tuvo que utilizar bombillas verdes. Lo amarillo "la hacía saltar a la comba". Un día perdió un rosario y creyó que ya no podría rezar como castigo a su descuido. Fue una crisis de condenación, que acabó cuando sus amigas la llevaron al obispo para que éste le asegurase que aquél era un pecado de imprudencia sin importancia. El desdoblamiento de cada cosa -habían muchas que eran para ella como un álbum- era tan radical, que ella misma se sentía desdoblada, y a veces, triplicada, teniendo que retirar de su tocador el horrible espejo de tres lunas. Una tarde que estaba más excitada que de costumbre, le preguntó Dorotea: -¿Por qué estás así?-... -Porque son las cinco y no puedo resistir la idea de que a esta hora las inglesas hacen un té cargadísimo- Los calmantes no podían con aquella hiperestesia excepcional. Hasta en el agua encontraba síntomas, y había el día en que era un agua que daba neuralgia; otro día, malestar general, y muchos días aburrimiento. El afinador de pianos estaba todos los días en aquella casa afinando aquel piano de dentición pavorosa: -Pero ¿qué le encuentra hoy?- le preguntaba el dulce caballero. -Este "mi" que me pone fuera de mí- Era curioso visitar un museo con ella. Veía personajes que no había y caracterizaba muy bien a los que aparecían en el cuadro:- Las brujas de Goya son asistentas caseras, mujeres a días y la comida- Iba dejando de recibir a las antiguas amigas de la casa: a doña Encarnación, porque olía a gato; a doña Enriqueta, porque sostenía que siempre estaba emborrachándose, cuando lo que estaba era chiflada; a doña Manolita, porque esparcía un olor a paraguas; y así a tantas otras, gritando por la rendija de la puerta al criado que la avisaba: -¡Que no estoy! ¿Que no estoy!- Dorotea se sorprendía de aquel no recibir a nadie por una especie de pavor nervioso que le había entrado. -Pero ¿por qué no recibes a los de Toboso?-... -Porque les ha nacido un niño, y me lo traen a enseñar. ¡No veré nunca a ese niño! De ninguna manera-... -Pero ¿por qué?-... -Figúrate un hijo de esos simples... ¡La simpleza pura!...- En las comidas era cada vez más aprensiva, y no permitía comprar nada a esas verduleras que viven en el fondo de sus tiendas, porque en aquellos frutos se incrustaba el hedor de sus sueños condensados. Tenía prohibida las uvas, las ciruelas de labio partido o los higos con el forro roto. Sospechaba que echaban sosa y lejía en el lavado, llegando a tener delirantes escozores, que achacaba a eso, y que la hacían bailar el baile de la rasquiña"

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