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Los pájaros de Auschwitz.

LOS PÁJAROS DE AUSCHWITZ

Arno Surminski. Editorial Salamandra, enero 2013.

La presente novela está basada en hechos reales. El señor Günther Niethammer, un relevante naturalista ornitólogo alemán (que después de la guerra fue presidente de la Sociedad Alemana de Ornitología de la RFA) afiliado a las SS desde 1937, en 1940 fue destinado como guardia en el campo de concentración de Auschwitz, al mando del cual estaba el con el tiempo mundialmente conocido Rudolf Höss. En el transcurso de su destino hasta el año 1941, Niethammer se dedicó, con el beneplácito del comandante, a realizar un estudio ornitológico de la zona del campo y sus alrededores (el área comprendida en la confluencia de los ríos Sola y Vístula), con la ayuda de un prisionero polaco estudiante de arte (Jan Grebackis), que se plasmaron en la monografía Beobachtungen über die Vogelwelt in Auschwitz “Observaciones sobre la vida de las aves en Auschwitz”.

El autor Arno Surminski (un escritor alemán bastante popular allí) tuvo conocimiento casual de la existencia de esa monografía, que había sido publicada durante la guerra en revistas científicas alemanas y advirtió en ella, lógicamente, el material idóneo para una obra literaria, la novela que ahora reseñamos “Los pájaros de Auschwitz”. A nadie se le escapa, sin saber nada más de lo hasta aquí expuesto, el formidable juego de contrastes que se plantea, el torrente de figuras literarias que brotan del mero título de la monografía, las aves sobrevolando libremente el infierno ideado por los secuaces de Hitler, admiradas, estudiadas y más respetadas que los deportados que sobreviven en el campo cerrado, sin entrar en otras perspectivas posibles, filosóficas, morales y éticas, incluso psicológicas-psiquiátricas me atrevo a señalar. La historia de Niethammer y su ayudante es tan extraordinaria que si no hubiese sido real no tendría el poderoso atractivo que ésta despliega.

El autor cambió el nombre al naturalista, bautizándole como Hans Grote, y colocó como protagonista indiscutible a su ayudante, el deportado polaco Marlek Rogalski (heterónimo de Jan Grebackis), estudiante de arte, que le acompañaba en las excursiones ornitológicas y dibujaba y disecaba los pájaros que le indicaba el SS.

Desde su título, lo primero que me planteó este libro es una reflexión sobre el peso propio de las historias objeto de relatos; si existe la posibilidad de que una historia cualquiera esté revestida de tanta carga semántica, tanta sustancia de variada composición que sobrepase al autor que pretende hacerla suya; si sucede que algunas historias superan a sus autores.

El autor estructura la novela con un tronco principal, el de las relaciones naturalista-ayudante // guardia SS-preso, que se despliegan en las diarias excursiones de los dos a las afueras del campo cerrado (las lagunas de Harmense, el bosque de Brzeszcse, los alrededores de Oswiecim, el campo de concentración-exterminio entonces en construcción de Birkenau, aledaño a Auschwitz); de este tronco emergen varias ramas secundarias: los crímenes y trato cruel de los guardias a los presos, la muerte que señorea sobre los barracones, las relaciones sentimentales de Marek-Elisa y de Grote-Inés, los recuerdos de la vida anterior a la guerra, las posibilidades de huir, los planes para cuando la paz retorne, las posibilidades –un ejercicio teórico- de matar a Grote.

La historia se cuenta por un narrador omnisciente en tercera persona con frecuentes intromisiones de las reflexiones de Marek, que se entrecomillan.

En 1941 Auschwitz-Birkenau todavía no se había convertido en una fábrica de exterminio, la población encerrada era en su mayoría de polacos (judíos y no) pero el trato bestial que se daba a los presos era lo ordinario, las ejecuciones arbitrarias, palizas, las crueldades sin fin, los trabajos extenuantes, las carretas arrastradas por presos copadas de cuerpos inertes camino del crematorio, son frecuentemente puestas en la boca de Marek que las refiere como sucesos aislados y extraños a él, que se considera afortunado –y lo es en comparación con los otros prisioneros- por haber sido elegido ayudante de Garek; y en realidad son ajenos a la historia principal, la que gira alrededor del naturalista y su ayudante (con las variantes señaladas arriba). Sin duda el relato de los hechos está severamente contenido, junto a gorriones, cornejas, estorninos, garzas reales, cigüeñas, ánades, zampullines, escribanos, lavanderas, petirrojos, ruiseñores y pinzones, encontramos también la crueldad y el horror, no se ocultan, pero se usan de manera periférica, casi de forma sutil. Arno Surminski crea una narración distante, en la que los dos protagonistas, aunque manteniendo la distancia entre ellos debida a su respectiva posición, parecen ajenos a lo que sucede.

Siendo el tronco de la trama las excursiones campestres, la recogida de datos, el dibujo de avecillas, la inevitable sensación del lector es que en la novela pasan pocas cosas, lo que no deja de ser sorprendente y frustrante, considerando el lugar y tiempo de la acción; el lector siente que una parte de la historia, la más relevante desde cualquier punto de vista, no está adecuadamente contada, constantemente parece que se la evita e ignora; ¿es una omisión deliberada del autor, que quiere provocar un regusto amargo en el lector, una sensación de incomodidad e insatisfacción mientras avanza en la lectura, a la espera de que llegue el momento en que por fin se denuncien, se expongan, los crímenes que allí cometen a diario los SS, siendo Grote uno de ellos? ¿o es el reflejo de la incapacidad del autor de confrontar una historia que le supera?

Casi todo el relato transcurre en ese clima entre amable y abúlico que a este lector ponía de los nervios hasta que, a falta de treinta páginas para terminar, a partir del capítulo cuarenta y hasta el final, revienta, y el relato resucita, adquiere nervio y color, tensión que compromete las costuras del canto del libro, lirismo y calidad literaria a raudales, una bendición para los ojos.

El capítulo cuarenta es de extraordinaria calidad literaria, es el mejor de todos; en la estación de tren del pueblo vecino de Oswiecim, donde cada día llegan los nuevos deportados destinados al campo, Marek y Grote contemplan distraídos la arribada de un tren con remolques para mercancías atestados de personas; los niños, madres, ancianos, con estrellas de tela amarilla cosidas sobre sus pechos que con dificultad bajan de los vagones, han soportado un viaje extenuante de seis días sin apenas comer ni beber, ni tumbarse para descansar, hacinados, haciendo sus necesidades en el propio vagón. Inesperadamente de uno de los vagones sale volando un pajarillo multicolor, un abejaruco que de alguna manera se coló en el vagón y completó el viaje, un episodio llamativo para un ornitólogo porque los abejarucos son aves sureñas que no frecuentan aquella parte de Europa. Grote se revuelve arrebatado ante el ave, para él el único ser vivo en toda la estación que capta todo su interés. Las dos historias de la gente infortunada que baja del tren y el ave que extasía a Grote corren como raíles paralelos a lo largo del capítulo, que a veces se aproximan y después se separan con tanta gracia y delicadeza que su lectura vale por las ciento cincuenta páginas anteriores.

Traigo algún extracto de la novela que me ha parecido interesante.

Pág. 33. Por la noche habían llegado unas garzas reales, que se paseaban por el campo con aire majestuoso y que no salieron volando cuando Grote y Marek se acercaron.

-Vienen debilitadas tras haber atravesado los Cárpatos y tienen que descansar –constató Grote.

A Marek le extrañaba que las aves hubieran elegido el interior del recinto como lugar de descanso, dado que a dos kilómetros al este, al otro lado del río Sola, se extendía el vasto campo.

-Los pájaros son curiosos –observó Grote.

Pág. 36. Entonces descubrió (en la pata de la garza real) la anilla del observatorio de aves de Rossiten. En septiembre de 1939, cuando en Polonia parecía que había llegado el fin del mundo, alguien había tenido tiempo de ponerse a anillar pájaros.

Pág. 61. ¡Qué primavera! Por doquier brotaba la vida de la tierra, las flores blancas y amarillas cubrían el campo y la zona comprendida entre ambos ríos estaba como embriagada por cuanto renacía.

Pág. 136. Cuando llegue la paz, crearemos juntos una reserva ornitológica entre el Sola y el Vístula. Esta comarca es un verdadero paraíso para los pájaros.

Pág. 140. Algunos se detendrían también ante los dibujos de Marek y, negando con la cabeza, exclamarían: “¡Hay que estar loco para dibujar los pájaros de Auschwitz!”.

Pág. 156. Grote se informa de la duración del viaje. No puede creer que un abejaruco haya sobrevivido seis días sin agua ni alimento y a oscuras.

Pág.169. Además de cruces, condecoraciones y una garza real disecada, también encontraron, envueltos en papel de estraza marrón, tres trabajos del ornitólogo Hans Grote: “La avifauna de Crimea”, “La avifauna del Peloponeso”, “La avifauna de Auschwitz”.

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