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MUERTE ENTRE POETAS

La trama está bien soportada por esa cimentada estructura que deviene de la novela detectivesca, preñada de “lo que parece que es, no es” o “piensa todo lo contrario y darás con el asesino”, cuyos mayores valedores ya fundaron y casi agotaron su temática durante el siglo XX (A. Christie, George Simenon), y cuyo entorno, siempre detectivesco, lo protagonizan seres de la alta sociedad, refinados y abyectos en su cínico esnobismo, por lo que sus crímenes resultan más plausibles. Digamos que “Muerte entre poetas” recuerda en parte a “Asesinato en el Orient Express”, por lo que tiene de concurrentes con motivos suficientes como para haber asesinado a un tipo, pope de la literatura mediática e institucional, Fabio Arjona, finado sobre el cual gravitarán los diferentes personajes de la historia (no diré trama, porque no es trama), con su intrahistoria personal de deslealtades, deshonras y traiciones dolosas de un cierto peso con sabor a muerte. No tenemos a un Hercule Poirot, sino a Nacho Arán, meteorólogo por obligación, poeta diletante por distracción, y detective aficionado por hastío. Un individuo algo gris, arquetipo del hombre medio de la calle, que se convertirá (con la inestimable ayuda de su tía Pau, maruja detective) por arte de lo casual, en el portador de confidencias y secretos oscuros que los infatuados o pomposos invitados a la farándula lírica le dejen como semillas expiatorias de un pasado tumultuoso con el malogrado Fabio. La prosa de Angela Vallvey adolece de una estructura narrativa algo previsible, con poca desenvoltura ante los eventos cronológicos, es como si su imaginación se constriñera a su horizonte, y le dijera, por aquí hay que seguir, pero a veces, una buena narración no debe conducirse por lo que el escritor imagine, sino por lo que crea que deseen sus potenciales lectores. Alguna vez, la autora nos sorprende con alguna pirueta, se ve que por romper la voz monocorde que guía al lector, y deslizarse por intentos de efectismo, que alguna vez logra: por ejemplo el juego de vueltas retrospectivas con que la memoria de sus protagonistas (como rudimento narrativo, ya digo) pero que termina por descubrirse pueril o incluso simple, anulando tantas veces la elipsis por saturación explicativa o aturdiendo al lector con conatos de conversación realista, sin ribetes, pero decayendo otras en comentarios mendaces y sin embargo poco verosímiles; dando datos sobre obviedades, o trayendo a colación metáforas exangües de su original esencia, por fabricarlas en momentos, a mi entender, equivocados (sobrantes por cursis o inapropiadas, en resumen). No todo son críticas, diremos a favor de esta novela finalista del crematístico premio Planeta, que el argumento, en su corte, es bueno, que la sintaxis es casi siempre exacta, digna de poder ser estudiada por estudiantes de la ESO como comentario de textos. Angela Vallvey pretende demostrar esa faceta embozada en el propio submundo de la literatura y la cultura, que es la de las sombras de poetas, poetastros, ambiciosos o escritores con pocas ventas que conjuran contra otros en pro de su codicia, pretende denunciar esos cenáculos literarios, impostados de “lumbreras” y “genios”, infectados por toda una morralla de rivalidades, puñaladas y envidias, nunca sanas. Quiere con ello hacer descender de su panteón a los más eximios poetas y literatos, sobre todo institucionales o canapeteros, reuniéndoles bajo el pulso ineluctable de la humanidad, que en este caso es el pulso irremisible de la muerte, que a todos nos iguala, desmitificando así un mundo aparentemente inocuo pero pérfido y bulímico de vanidad, de egos enviscados con fruición en su particular delirio de endiosamiento, más allá de la nada distinguida y muy ordinaria vanidad.

Como digo, se trata de una novela con un argumento interesante, sin embargo uno tiene la sensación de estar leyendo un relato que terminó por convertirse en novela; he leído relatos tan densos y apasionantes que bien pudieran haberse transmutado en novela, en el caso que nos ocupa es todo lo contrario: un relato de unas diez páginas hubiese realizado la misma función condensándose su historia en la confortable síntesis de un relato; por tanto, le sobra relleno el cual le hace convalecer a la novela del misterio que pretende medular su trama. El estilo de Angela resulta algo débil sin embargo, parece que ese será su gran caballo de batalla; quizá, si pudiera ir desarrollando un estilo algo más personal pudiera, en el futuro, convertirse en una gran escritora.

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