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Prólogos

Este es un libro exquisito que lo saboree como una fruta fresca que guarda los sabores dulces del verano, como una cereza roja, un durazno dulce, como el mar, como la eternidad.

Para mí, esta lectura constituyó una experiencia única, un viaje infinito a través de la literatura, de la belleza del idioma. Es impresionante como este autor inmortal maneja la escritura, cómo enciende emociones, como atrapa imágenes, recuerdos, perplejidades. Soy un lector borgeano en ciernes, por así decirlo, aunque sería más correcto decir que soy un permanente lector en ciernes.

En mi desenfrenada admiración por la pluma sublime de este autor, sentí en momentos afortunados de lectura, siempre más duraderos, que soltaba la rienda a mi Rocinante que galopaba por las páginas de este libro sin ver las palabras, porque era parte de ellas, porque estaba en la fuente mental donde brotan los universos nuevos que nos hacen visitar los grandes autores como Borges y cuando yo comienzo a saber leerlos. Sentí en esta lectura que mi mirada se ampliaba y crecía, aunque en igual modo la conciencia de mis propios límites. Una paradoja interesante, sin duda.

Estos prólogos me llevaron a contemplar una biblioteca viva y luminosa, formada por los autores y sus libros, que Borges nos presenta. En general yo el prólogo lo leo a lectura terminada de un libro, no antes, porque en ellos aparece casi contado el libro, su trama, la opinión del prologuista, etc., de tal modo que arruinan o casi la sorpresa del libro.

En cambio aquí estamos frente a una nueva forma de prologar, quizás la única forma verdadera de escribir un prólogo, porque Borges dice todo y nada a la vez, es decir, sus prólogos están en otro plano, en otra dimensión de escritura. Ilumina el libro, pero nada le quita a la sorpresa que el lector encontrará en sus páginas. Aquí está el juego y el grande mérito de estos prólogos, porque ayudan al lector atento a desarrollar antenas perceptivas que ayudan a la comprensión y disfrute del texto.

Alimentaron mi curiosidad por conocer una amplia galería de nuevos autores, que forman parte de las lecturas de Borges, como: Thomas Caryle, Emerson, José Hernández, Edward Gibbon y su Historia de la decadencia y caída del imperio romano; Pedro Henríquez Ureña y su Obra crítica; Henry James, Lewis Carroll, Quevedo, Domingo Faustino Sarmiento (Recuerdos de provincia; Facundo), Emanuel Swedenborg, Walt Witman (Hojas de hierba).

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Algo de mí está en lo que escribo.

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