cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

Victus

Aprovechando que hoy, 11 de septiembre, se celebra, entre otras cosas más trascendentes, la fiesta regional de Cataluña, doy a la luz la reseña de esta obra en la que se viene a tratar uno de tantos enfrentamientos fratricidas en esta Celtiberia.

Y lo primero que hay que decir es un NO así, con mayúsculas: NO entiendo como un libro tal puede llegar al estado de letra impresa, NO entiendo cómo al autor no se le cae la cara de vergüenza por las barbaridades que ha llegado a decir… Aunque será lo de “Dame pan y dime tonto” porque hay que reconocerle el éxito de ventas. Pero ya se sabe que el éxito de público no implica calidad y ahí está la obra entera de un Marcial Lafuente Estefanía o de una Corín Tellado; o ¿quién conoce si quiera los nombres de Ricardo León o Manuel Fernández y González, los autores de best sellers a quienes sustituyeron los anteriores?

El caso es que compré la obra porque leí a Pérez Reverte diciendo que era una buena novela (y añadía que lo decía sinceramente y que no conocía al autor). Bien, pues a medida que avanzaba en su lectura menos entendía la opinión de Pérez Reverte: ¿no es él quien puso a su hija a investigar el marco histórico para las aventuras del capitán Alatriste?; ¿no es él quien se aprendió el censo entero de Madrid para colocar los nombres de todos cuantos vivieron en Un día de cólera y que además detallaba que los franceses no medían la temperatura en grados centígrados ni Farenheit sino Réaumur? Bueno, pues si es así, ¿cómo puede Pérez Reverte opinar bien de una novela cuyo narrador-protagonista, intradiegético en terminología aristotélica o, lo que es lo mismo, que vive los hechos narrados, diga, situado en Tortosa en 1708, la siguiente barbaridad a propósito de dos caballos derrengados: me bastaba con que resistieran los ciento cincuenta kilómetros que me separaban de Barcelona (184)? Pues, ¿no le sería más fácil coger el tren o ir por la autopista? Pagando en euros, por supuesto. Imagínese si será tonto el autor que en algún momento intuye que aún no se ha implantado el sistema métrico decimal: mientras en Barcelona se pasa hambre en Mataró hay depósitos con sesenta mil cuarteras de trigo (394); bien, pues el narrador-protagonista, un ilustrado avant la lettre, traduce rápidamente esa magnitud a cuatro millones y medio de kilos de trigo (397) dejándome convencido ahora de que el autor es incapaz de convertir kilos en toneladas.

En fin, que me parece que fue Torrente Ballester quien, a pesar de haber escrito la Crónica de un rey pasmado, dijo algo así como que quienes escriben novela histórica es porque no tienen capacidad para imaginar un argumento.

¿Y el tipo de narrador escogido?: ese que llamábamos intradiegético o narrador interno; de ahí que la obra sea una pseudoautobiografía. Un personaje nos explica su vida desde sus estudios en Lyon hasta el asalto a Barcelona por las tropas borbónicas en 1714; sólo que el personaje aún está en plena juventud al acabar la acción y, en cambio, la narra desde una vejez avanzadísima. Aquí el error es de coherencia, de visión, de estructura...: en todo momento la visión que da de los hechos es inmediata, desde la mentalidad infantil o juvenil, y no desde la perspectiva e experiencia de la vejez. Es Paquito Rico quien lo explica muy bien, como no podía ser de otra manera, para el caso de novelas picarescas, también pseudoautobiográficas, como Lazarillo de Tormes o Guzmán de Alfarache: de un lado están Lazarillo o Guzmanillo, protagonistas que van avanzando por la obra, y, de otro, Lázaro o Guzmán que, situados en un determinado punto de vista y desde la experiencia de los años, narran su vida. De ese modo, por ejemplo, Lazarillo va corriendo por su novela hasta convertirse en Lázaro. Pero aquí en ningún momento aparece esa perspectiva: y con ello no estamos diciendo que el narrador habría de sufrir Alzheimer y demostrarlo al narrar sino, al menos, que en algún momento debería mirar los hechos desde la experiencia que dan los años.

Más: hay una cosa que me ha gustado de la novela, los dibujitos. Porque, además de ser monos, en las páginas ocupadas por las láminas el autor está callado. Pero visto de otra manera: una novela es narración, esto es, movimiento de personajes en el tiempo y en el espacio; se le puede, y se le suele, añadir descripción y diálogo. Pero si un autor aprovecha la obra para meter todo lo que sabe de una determinada materia... Hace unos años se celebró en Francia el centenario de Vauban, el gran ingeniero militar. Me da que al autor le llegó la moda, se leyó unos cuantos libros –y yo tengo dos de ellos comprados en el castillo de Carcasona- y los ha metido ahí. Sólo que toda novela se resiente cuando se abandona la narración y se emplean páginas teóricas sobre cualquier materia que rozan –o penetran- en el ensayo. Sin ir más lejos el antes citado Guzmán de Alfarache tiene al menos la mitad del texto dedicada a doctrina religiosa: tiene una justificación, que es una obra de propaganda católica tras el concilio de Trento. Pero aquí, todas las explicaciones sobre poliorcética...: y de ahí las ilustraciones para que el lector las pueda entender, lo que no deja se tener su punto infantil, eso de los trabajos escolares llenos de dibujitos y colores. Y lo mismo con los discursitos repletos de la doctrina oficial, eso de Cataluña como tierra prometida cuyo ambiente, tan pasivamente receptivo, hacía que las gentes se metamorfosearan en menos de una generación (201) y vamos a olvidarnos de todos los judíos que matamos en 1390 y de las risas que hacían los socialistas de Sant Gervasi llamando xarnego de merda al oír hablar a su correligionario Montilla quien, tras 50 años Cataluña, no sabía la diferencia entre o y e abierta y cerrada ni entre ese sorda y sonora; o lo de que como nosotros somos buenecitos, los castellanos son malísimos: para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar (128) como si, al pasar por Castilla en julio, no se viera claramente que los campos de trigo están segados. O sea, lo de que el dinero que se roba a Cataluña sirve para que los parados andaluces se emborrachen en los bares cantando por bulerías... Por eso en algunos momentos la obra parece como si fuera de encargo, como si desde las cavernas del catalanismo más patibulario, el que brota de seminarios como el de Vic, pasa por la guerra carlista y va a parar a ERC, hubieran encargado a su autor una novela que viniera a demostrar vete tú a saber exactamente qué. Lo que se vino a llamar novela de tesis para algunas del XIX como las de Pereda o la Fernán Caballero. Eso explicaría quizá que la primera versión saliera en castellano y así poder difundir esa tesis en la España verdadera. Aunque también podría ser que el autor, nacido en 1965, hubiera recibido sus primeras letras en tiempos del tirano y, por tanto, no supiera escribir en catalán. Y sí, ya sé que tiene obras en catalán. Y sí, también sé que el castellano no acaba de dominarlo.

En realidad la ignorancia del autor alcanza diferentes niveles. Usa el gentilicio borgoñeses (15) cuando el normal es borgoñones. Repite una y otra vez el adjetivo austriacista cuando es austracista: resulta así que pretende narrarnos una guerra sin conocer el nombre de uno de sus bandos con lo que, si nos regala una versión de la última, sin duda veremos a repuvlicanos enfrentados a facistas. Y para barbaridad gorda, ésta:

la Hispania que siguió a la caída del Sacro Imperio Romano Germánico... se dividió en tres franjas, de norte a sur (125), que serán Portugal, Castilla y la corona catalana (lo que siempre ha sido Corona de Aragón): en primer lugar, las franjas son cinco porque ha olvidado León y Aragón, y para ilustrarlo Menéndez Pidal passim sobre reconquista, repoblación y expansión de lenguas peninsulares; en segundo lugar, el Sacro Imperio Romano Germánico no tiene nada que ver con eso y lo ha confundido con la caída del Imperio Romano de occidente mientras que el Sacro Imperio Romano Germánico, o Primer Reich, por cierto, es resultado de la política carolingia y al margen de todo ello; en tercer lugar, la corona catalana no ha existido nunca y así, por ejemplo, Jaime I fue rey, pero de Aragón. Ya no digamos el batiburrillo de la p. 126 donde, como Aragón no existe, el matrimonio de los Reyes Católicos se convierte en la unión de Castilla y Cataluña...

Ah, bueno: si el autor sabe que Lérida en castellano siempre ha sido Lérida (238), ¿a santo de qué se empeña en repetir una y otra vez santa Eulàlia acentuado a la catalana?

¿Y qué decir de los mapas que acompañan el texto? Uno, desplegable, sobre el sitio de Barcelona por los ejércitos borbónicos: por supuesto, lo de incluir un mapa en la edición de una novela es burda imitación de El señor de los anillos. El otro mapa, en la página 11 con título Situación política en Europa 1705: en él la península ibérica se divide en Portugal, España-Castilla y Cataluña: o sea, que a base de repetir como loros lo de Som una nació, hay gente que ya se lo cree.

No sé qué más decir: que parece mentira dedicar una ¿novela? en defensa de algo tan reaccionario: en el siglo XVIII las ideas modernas vienen de Francia, no de Austria. Eso que se llama Ilustración y Siglo de las Luces... Mientras que Austria ¿cuándo entra en la historia de la cultura? ¿En tiempos de Freud?, ¿de Wittgenstein?, ¿del círculo de Viena? Ah, no, de Sissí emperatriz y de Hitler.

Y que a quien le interese alguna novela sobre el sitio de una ciudad narrado desde dentro con hambre, horrores de la guerra y esas lindezas, ya tiene, sin ir más lejos, Zaragoza y Gerona entre los Episodios nacionales de Pérez Galdós; y en Zaragoza ya aparece todo eso de las paralelas del ejército sitiador sin echarle tanta comedia.

Corolario o última reflexión: esta novela me costó el sábado 12 de enero 24 euros en la librería Pau de Ciudadela y el precio medio del quinto San Miguel en Ciudadela es de 1 euro 40 céntimos. Desperdicié, pues, 17 quintos.

No sé si soy un troll o un yorreal.

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta