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El niño perdido.

  

EL NIÑO PERDIDO.

Thomas Wolfe. Ed. Periférica, octubre 2011.

Para afrontar la lectura de este librito de noventa páginas es recomendable presentarse con el espíritu horro de pesadumbres, dispuesto a recibir la más sobrecogedora elegía del hermano muerto. La tensión lírica y la sensibilidad en carne viva a lo largo de todas sus páginas sin excepción es tan exigente al lector que, independientemente de que guste o no, es duro de soportar. El libro es de lectura pastosa por lo densa, casi no refiere hechos, sino las emociones que aquellos provocan en los personajes. Sus páginas están revestidas de una belleza literaria innegable y sorprendente y no concede tregua, en ningún momento afloja el rigor, por lo que resulta agotador, pero me parece que la experiencia es obligada para que el aficionado a la literatura conozca hasta dónde puede llegar un texto barroco y preñado de sentimiento.

El relato gira alrededor de la muerte por tifus de Grover Wolfe, de doce años de edad, y consta de cuatro partes.

La primera es un paseo del narrador en tercera persona con el niño Grover, al que sitúa y presenta, alrededor de “el centro del universo”, la plaza del pueblecito de donde vive con sus padres y hermanos (Asheville, Carolina del Norte, EE.UU.), y constituye toda una exaltación de los sentidos, de la proclamación de la primavera que el muchacho siente como propia, inherente a él; comienza de la siguiente manera: “La luz vino y se fue y vino de nuevo, las atronadoras campanadas de las tres de la tarde llenaron la ciudad entera de multitudinarios bronces, las suaves brisas de abril le arrancaron láminas de arcoíris a la fuente, hasta que el surtidor volvió a palpitar en el momento en que Grover entraba en la plaza.”; también refiere un incidente en una tienda de golosinas que traumatizaría al infante.

La segunda parte va de la mano de la madre, la señora Eliza, una mujer amargada por el trato recibido por la vida; proclama la bonhomía de su hijo muerto, la pérdida inmensa, la hondura de su dolor; refiere llena de ternura el viaje en tren que hizo toda la familia a Sant Louis, Indiana, con motivo de la Exposición Universal del año 1904, con la intención de obtener ingresos ofreciendo hospedaje a los visitantes del evento, pero que terminaría siendo la morada donde Grover rindió su vida (“Mientras atravesábamos Indiana –erais demasiado jóvenes, demasiado niños, no podéis recordarlo- todos los manzanos estaban retoñando, era abril. Todos los árboles estaban retoñando. Era el comienzo de la primavera en Indiana  y todo se volvía verde.”)

En la tercera parte la hermana primogénita, Helen, desarrolla un monólogo interior -en forma de conversación unidireccional dirigida al hermano más pequeño de los seis, Luke- que partiendo de una vieja fotografía, rememora escenas familiares, a su hermano Grover, los juegos, sus encuentros en la feria, sus pactos secretos, el momento en que se mostró la terrible enfermedad (“Dijo que se encontraba bien, pero yo me di cuenta de que estaba enfermo como un perro…”).

La cuarta parte está narrada en primera persona y protagonizada por el hermano más pequeño, Luke, y transcurre años después del suceso triste, cuando Luke ya es una persona adulta.

Vale decir ahora, como dato histórico relevante, que Thomas Wolfe tuvo un hermano llamado Grover que murió de tifus cuando tenía doce años, un niño sublimado por todos por causa de su bonhomía y elevada estatura moral, inteligencia y sensibilidad. Por lo tanto la novela es en buena parte autobiográfica y el autor no solo es el narrador sino también el personaje Luke.

Pasado el tiempo Luke decide ir a Sant Louis y visitar la casa donde murió Grover. El grado de delicadeza y lirismo alcanza sus cotas más altas  hasta que llega al final. “Mi pariente, mi hermano y mi amigo, el niño perdido, se había marchado para siempre y no regresaría nunca jamás”.

Thomas Wolfe murió de tuberculosis en 1938, a los treinta y siete años de edad, y está pacíficamente considerado como uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo veinte. Todos lamentan su temprana muerte. 

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