Se dejó caer hacia atrás, y las mandíbulas chasquearon justo delante de sus ojos. Aprovechando la inercia de su cuerpo se alejó dando una voltereta, y así entró de nuevo en la estancia. Tropezó con una mesa, apoyó las manos encima y se subió a ella de un ágil salto.
-¡No dudes, Perlman!
El hombre, con los ojos tan desorbitados como le permitían sus hundidas cuencas, dejó de respirar mientras concentraba toda su atención en el negro hueco de la entrada.
Durante dos latidos, nada sucedió.
Luego la mitad de la cosa entró a por ellos, hendiendo el aire sin un solo ruido: gigantesca y nudosa, serpenteante y llena de brazos; de piel marrón y brillante como el cuero, con una gran cabeza de facciones humanas y redondos ojos blancos, ciegos por el hambre. Reptó por el techo, apoyándose en sus múltiples manos, y buscó con el olfato a Hildegard como un perro famélico.
-¡Vas a probar mi sabor, pedazo de mierda! -rugió Perlman, apuntando al gran cráneo con el rifle sarcano y apretando el gatillo rápidamente.
Las descargas de láser golpearon la carne, abrasando el tejido y provocando erupciones de sangre y hedionda ceniza, pero ninguna de ellas logró penetrar lo suficiente en su cuerpo como para tumbar al ser. Emitió un prolongado aullido y olvidó por un instante a la mujer, volviendo su goteante boca hacia el mecánico.
-¡Cierra, Perl! -gritó Hildegard-. ¡La energía!
Perlman volvió en sí y pareció recordar que sostenía el amasijo de cables de la pared en su otra mano. No dudó en dar un fuerte tirón para arrancarlos todos.
Por segunda vez la iluminación de la estancia vaciló, y una nueva lluvia de chispas se desprendió de la caja de alimentación. Las mamparas de seguridad cayeron de nuevo implacablemente, y el espinazo de la criatura crujió como la roca viva bajo un martillo descomunal. Sus brazos se retorcieron por las convulsiones, y de su garganta escapó un grotesco gañido junto a un sanguinolento vómito oscuro. Se agitó con violencia, tumbando y destrozando todo aquello con lo que chocaba, y finalmente quedó inmóvil sobre un charco de su propia inmundicia.
Perlman expulsó el aire y llenó sus pulmones sin atreverse a usar la nariz, frotándose el mar de sudor que descendía por su angulosa frente.
Hildegard se agarró a su brazo, sobresaltándolo:
-Venga, vámonos de aquí.
-¿Como?
La capitana no esperó más y comenzó a gatear bajo el estrecho hueco que quedaba entre el suelo y la mampara, bloqueada esta por el aplastado cuerpo mutante.
Viéndose solo en la estancia junto a la cosa, el hombre apretó los labios y salió tras ella. Mientras se arrastraba sobre los codos, su hombro rozó accidentalmente la helada piel de la bestia.
-¡Ah, hijoputa! -dejó escapar con un profundo escalofrío-. Púdrete... ¡Púdrete!
-Déjalo, ya apesta bastante -Hildegard le tendió una mano y le ayudó a ponerse en pie al otro lado-. Dioses, mira eso. Es largo como...
-¡Como uno de mis días de estreñimiento! -atajó Perlman, empuñando el rifle y echando a andar a toda prisa por el túnel-. ¡Vayámonos de una jodida vez!
Tras una corta carrera empezaron a divisar a lo lejos la triste iluminación del almacén de transporte, y al fondo, la cabina abierta del elevador.
-Por fin saldremos de este basurero -sonrió la mujer-. Desde luego, hoy hemos hecho un negocio malísimo...
Un súbito estampido interrumpió sus últimas palabras, y el suelo tembló bajo sus botas.
Giraron la cabeza un segundo sin dejar de correr... y el origen del ruido les hizo aumentar la velocidad casi hasta la levitación: escindida de la parte aplastada, la sección trasera del monstruo había desarrollado una nueva boca y multitud de brazos arracimados, y galopaba locamente tras ellos arrancando en su avance pedazos enteros del túnel.
Perlman maldijo con todas sus fuerzas, y sus gritos, surgidos de lo más hondo de sus pulmones, recorrieron la mina entera mientras descargaba la munición restante del rifle contra aquello sin ni siquiera apuntar.
No frenaron hasta estrellarse dolorosamente contra el compartimento cilíndrico, seguidos por el caótico estruendo del inminente derrumbe, y palparon a toda prisa la parte interior del tubo hasta dar por fin con el botón de llamada.
La estrecha compuerta se cerró librándolos a ambos de la visión de la inmensa masa de carne, que había resbalado entre la basura y los charcos de sangre mientras pugnaba por alcanzarlos.