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12 min
1962. La gran nevada
Suspense |
06.08.20
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Sinopsis

 

~Diecisiete de mayo~

April se balancea en la mecedora mientras observa, entre los barrotes de hierro forjado de su pequeño balcón en el chaflán de la calle Ausias March, los peatones circulando por la calle adoquinada. Son mediados de mayo y Barcelona luce verde con las grandes hojas de los plátanos de sombra brillando bajo el sol de la tarde.

A las cinco salen los obreros del almacén de telas de la esquina, finalizada su larga jornada. Se van cansados pero alegres, marchando unos a pié, otros en bicicleta, en dirección a sus casas donde, con suerte, la mujer de la casa les habrá preparado una ligera cena que degustarán justo antes de acostarse.

April, por el contrario, no espera a nadie.

Recuerda cuando sus hermanos emigraron un verano para trabajar en la vendimia al Rosellón, en el sur de Francia y no volvieron. En una extensa carta, éstos le contaron cómo de hermoso era Castelnou, el pueblo donde se alojaban, y los alrededores, e ilusionados, le explicaron cómo conocieron a las que ahora son sus esposas. 

Los vecinos, gente amable y cercana, al ver su buena disposición trabajando, les ofrecieron buenos empleos y ya no tuvieron motivo para regresar a Barcelona.

Ahora hasta tiene un pequeño sobrino francés. También le han pedido en sendas cartas que se vaya a vivir con ellos...  "seguro que me buscan un buen marido y todo", piensa sonriendo para sí misma.

Le costó salir adelante al quedar sola, pues solo contaba con su pequeño sueldo de ayudante de modista, hasta que su amiga Cèlia la introdujo en un Café Teatro del Paralelo, donde empezó trabajando media jornada como camarera para servir cafés y copas a los caballeros que acudían a ver el espectáculo.

Pronto se dio cuenta de que con este servicio poco iba a ganar, y aconsejada por su amiga, se arregló un vestido para que mostrara más escote y menos cintura y se levantó el bajo de la falda para que se vieran más sus piernas al caminar. Un poco de encaje negro sobresaliendo a modo de sujetador mostraba su sensual canalillo que provocaba la sonrisa de los clientes.

Empezó a notar que la trataban con más deferencia e incluso el dueño del local le hacía repasos visuales de vez en cuando. Aquella mejora en su vestuario repercutió también en un aumento de sus propinas.

Vuelve a la realidad. Empieza a ocultarse el sol y la temperatura en el pequeño balcón desciende. Mira la hora en su pequeño reloj de muñeca y levantándose de la mecedora se desplaza al cuarto de baño. Tiene el tiempo justo para arreglarse e ir a trabajar.

Un desconchado espejo redondo le muestra su rostro. Todavía está lleno de juventud. Veintinueve años. La mayoría pasados cuidando de su padre y sus hermanos. Cuando éste falleció, ella empezó a trabajar en el taller de costura para ayudar con los gastos de la casa. 

Pero, "¿a qué viene ahora recordar esto?" se pregunta, mientras extiende una capa de maquillaje en su rostro y delinea con un lápiz la forma de sus labios. Pinta la forma de corazón y luego rellena con el pintalabios. A continuación recoge su pelo en un moño alto que hará parecer que tiene más estatura. Concentrada en pasar por la cabeza una combinación de ligera textura sin mancharla y sin despeinarse, finaliza el ritual colocándose el vestido que tiene colgado detrás de la puerta y finalmente el sencillo abrigo con un pañuelo anudado al cuello.

Ya en la calle se dirige a la parada de la línea 60 del tranvía en la Plaza Urquinaona, que la llevará hasta el Paralelo. Al llegar su transporte y acceder a su interior, un hombre con gabardina y sombrero se levanta al verla y le ofrece su asiento.

—Señorita, si es tan amable, permítame cederle el asiento...

—Gracias. 

No es la primera vez que se lo encuentra en el tranvía, ya se había fijado en él, pero sí la primera que le habla y ella le agradece el gesto con una leve sonrisa al tiempo que se sonroja. El fino bigote le hace parecer mayor, pero no debe tener muchos más años de los que tiene ella.

Éste permanece de pie a su lado mirando las calles por la pequeña ventana hasta que llega su parada en la Plaza Universidad, y despidiéndose con un "buenas tardes" y con un toque al ala de su sombrero añade:

—Espero que la casualidad me permita verla otra vez —añade sonriente para descender del vehículo.

 

~Treinta y uno de agosto~

Las cuatro horas de su media jornada y el jornal de la casa de modas siguen siendo emolumento escaso para mantenerse. Su casero desea que abandone el piso, demasiado grande para ella sola, y así poder alquilarlo a mayor precio a una familia más numerosa. No desea retrasar ningún pago, pero tampoco quiere marcharse de su hogar.

Así que ya tiene la decisión tomada. Hablará con su jefe para pedirle un aumento, aunque tenga que hacer más horas.

—Cèlia, ¿le has hablado al Don sobre mi apuro? —le preguntó ese día nada más ver a su amiga.

—Si, hablé ayer con él. Pero April, no sé que idea le ronda por la cabeza contigo, así que sé cuidadosa —le aconseja, su amiga. —Te está esperando en su cuchitril.

El Café posee frente a un pequeño escenario una serie de gradas en las que están situadas las mesas redondas, cada una con una lamparilla de baja iluminación y un mantel que llega hasta el suelo. En la parte de atrás de las gradas, unos habitáculos cuya entrada se puede cubrir con una espesa cortina, conforman los reservados, donde llevan "las chicas" a sus clientes para pasar un rato agradable a solas. Ese paso ella no lo había dado todavía; su inexperiencia en el aspecto sexual era total.

Casi una hora después una April descompuesta abandona el pequeño despacho. Su amiga Cèlia va a su encuentro y agarrándola del brazo la arrastra hasta uno de los reservados y corre la cortina.

—Dime nena, ¿qué ha pasado? Si estás que no pareces tú.

—Cèlia... —April acongojada casi no puede hablar.

—¿Te ha hecho algo? —Pregunta a bocajarro la amiga.

—Si... no... no lo sé, Cèlia.

—Cuéntamelo, vamos.

April coge aire y le explica.

—El Don estuvo al principio muy comprensivo, escuchó mi problema y se ofreció a ayudarme... a cambio de hacer alguna concesión a los clientes especiales. Le pregunté a qué tipo de trabajo se refería y me habló de acompañarles en los reservados, servirles copas en exclusiva y ser "cariñosa" con ellos, con lo que ganaría buenas comisiones.

—Bien, ¿no? —eso no parece que sea un mal trato, así que tiene que haber algo más, sigue, anda —le animó Cèlia.

—Me dijo que tendría que llevar un vestido como el tuyo y que primero tenía que ver cómo me quedaba. No me quedó más remedio que ponérmelo, pero él me "ayudó". Y aprovechó... —April giró la cara hacia el lado contrario de donde estaba su amiga y continuó —cuando estaba desnuda sus manos se multiplicaron, estaban por todas partes... y me dijo "acostúmbrate o irás de patas a la calle si algún cliente se queja".

—Ya imaginaba, es lo que suele hacernos a nosotras —Cèlia, triste, le hablaba suavemente y le acarició con delicadeza las mejillas, secándole las lágrimas. —Te acostumbrarás. 

"Lo dudo" pensó April.

Al finalizar su jornada, recoge su bolso y su abrigo y se dirige sumida en dudas a coger el tranvía 60 en su parada.

Ya en casa, se prepara una frugal cena mientras escucha la radio y contempla un buen rato los muebles de oscuro pino macizo que ocupan el comedor, el aparador con el gran espejo con flores grabadas y los marcos de fotos en los que su familia aparece completa y feliz en blanco y negro en una época que jamás va a volver.

 

~25 de diciembre~

La luz del día despierta a April de madrugada, aunque continúa entre las sábanas un buen rato mientras se despereza. La luz es blanca, fría. El helor se cuela por los huecos de la ropa de cama. Ya no se siente triste por no tener a nadie con quien celebrar la Navidad, ahora sus amigas están en el trabajo.

La inquietud por las deudas y el dinero pasó y ha dejado de acudir al taller; con los nuevos ingresos no necesita más. En un par de meses hasta ha conseguido reunir una pequeña suma... está contenta, aunque a veces traga más hiel que miel.

—April! —grita el Don nada más entrar ella por la puerta. 

—Tienes unos clientes esperando en el reservado cuatro. El señor Fábregas ha pedido que les atiendas tú. Trátalo bien y todos ganaremos.

—Si Don. —Le regala una sonrisa forzada al responder.

Al pasar frente al escenario observa de reojo a un Mago sacando palomas de un sombrero de copa y que posteriormente guarda con celo en una jaula. La música de fondo que acompaña el número la crea un trío de cuerda oculto tras el telón.

April se sacude el polvo de nieve que ha empezado a caer a mediodía y que continúa pintando de blanco la ciudad. Cambia su vestido por el "uniforme" de trabajo, un vestidito demasiado corto y demasiado estrecho donde tiene poco que ocultar. 

"El señor Fábregas", piensa, "un cliente «especial» por sus contactos y actividades más o menos legales pero que lleva bien escondidas".

Cuando entra en el reservado se queda atónita. Ve a un hombre de espaldas que está empujando a Fábregas con la mano derecha y con la otra separando la izquierda de éste, que sostiene un afilado cuchillo trapero. Hay una lucha de fuerzas entre ambos y en el forcejeo la navaja va cambiando de dirección continuamente, amenazando tanto a un hombre como al otro. 

Finalmente el mafioso tropieza de espaldas con la mesita de cristal y cae sobre ésta, impactando con el cuello en la madera con los cristales rotos. Fábregas se levanta penosamente con los ojos desorbitados y finalmente cae a plomo sobre el sofá gris, tiñendo de rojo su terciopelo.

Cuando el hombre de la gabardina se gira, April, sorprendida, reconoce en él al hombre del tranvía.

—¡Usted!

—¡Ayúdeme! —Le susurra el hombre.

Ella está en shock. 

Aún así, le coge por la manga y tira de él. Pasando entre los reservados, por suerte vacíos, llegan al último, el que tiene una puerta discretamente oculta, y ambos escapan por ella a la escalera vecina. 

—Espéreme aquí. Recojo mi abrigo y vengo a buscarle. —Él asiente con la cabeza.

Nadie en la sala se ha percatado de la muerte ocurrida en el reservado y aún tardarán, por que ella es la única que debe entrar ahí. April recoge sus cosas y discretamente desaparece tras la cortina, en busca del hombre que aguarda en la oscuridad de la finca vecina.

Resguardados de la nieve en el piso superior del 60, ella decide ocultarlo en su casa. Piensa que será menos probable que lo busquen a él ahí. Hacen el recorrido en silencio, sólo hablan los ojos asustados de April. 

La ciudad sigue bajo el manto blanco. Cuando descienden del tranvía el recorrido hasta la calle Ausias March se les antoja eterno por la dificultad de caminar sobre la nieve endurecida.

Ya en la finca, entran separados, pues los vecinos siempre están interesados en conocer las intimidades de los demás.

—Le agradezco la ayuda señorita...

—Me llamo Abril, April, si no le importa —continúa ella —y usted es...

—August Pallarés, detective privado —dijo él, y continuó con cara de preocupación. —April... sabe que cuando descubran el cuerpo y su ausencia irán a por mi pero luego vendrán a buscarla. Si no la hacen la asesina, al menos la harán cómplice. Y es su gente la que nos buscará, no la policía. Hay demasiadas personas influyentes relacionadas con sus negocios que no estarán de buen humor...

—¿Qué vamos a hacer? —Ella se sienta en una vieja butaca y cubre su cara con las manos. Aún no sabe muy bien porqué, pero confía en ese hombre. 

August coge sus manos y sus ojos tropiezan. Sus miradas son un reflejo de su miedo y su necesidad. Saberse en peligro los ha unido y él se acerca más a ella. Esa mujer le ha salvado la vida. Finalmente se sienta a su lado y abrazándola con ternura deposita un beso en sus labios. 

 

~Veintiséis de diciembre~

Esa noche ha caído una gran nevada en la ciudad. Por ser festivo en Barcelona, San Esteban, nadie echa sal en las calles, y tampoco hay máquinas quitanieve. Todo queda colapsado, desde negocios hasta transportes. Eso les da tiempo a ambos para comprender su situación y decidir sus próximos pasos. 

April recoge sus cosas en una  maleta y en cuanto la nieve les permita moverse, se marcharán a la estación para coger un tren en dirección a Francia... y en ningún momento se han planteado separarse ya que el destino ha insistido en unirlos.

Ante la falta de pasaportes, deciden ir hasta Portbou y cruzar por algún medio la frontera para llegar a Perpignan.

Desde allí hay pocos kilómetros hasta Castelnou, donde viven sus hermanos, con la esperanza de empezar juntos, como muchos han hecho anteriormente, una nueva vida en el país vecino.

 

 

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