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21 min
21 La Hermandad de los Abderrahim. Disparos
Suspense |
25.06.13
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Sinopsis

Decididamente me voy entregar a la terminación de la novela, el proyecto me está atrapando. En este capítulo se incorpora Zaza, ya habréis leido alguno su historia.Pienso que la da una nueva dimensión la novela con el tema de la inducción subliminal, aparte del enfrentamiento Peña-Bermudez. En el blog empiezo a sacar los capítulos desde el principio con un prólogo que va sacando las tripas de como se ha ido pariendo la obra. Será una forma de promocionarla antes de publicarla. Aún le queda, pero le voy a dedicar mi tiempo para terminarla lo antes posible. Gracias a los que me ayudáis con los gazapos que a veces se me escapan.

    Disparos

    Bermúdez

    Lo había visto todo claro recluido en la soledad del apartamento, las prisas nunca fueron buenas consejeras. Tenía que dejar pasar unos días para que la barba le creciera, teñirse el pelo y hacerse con unas gafas que le aumentaran el tamaño de los ojos. Un poco de gomina para cambiar de peinado y listo. Esos días también le darían ventaja a la hora de entrar en el aeropuerto, aquellos que en las primeras horas iban a tratar de localizar su rostro entre los pasajeros con el paso de las jornadas se irían relajando y no prestarían la misma atención. Descartó la documentación de Roth y decidió utilizar la que tenía de reserva, sus pasaportes eran auténticos, expedidos en la comisaría, su buen fajo de billetes le habían costado. El monstruo bramaba y con razón, le había dejado con la miel en los labios. No disponía de un lugar donde llevar a cabo el sacrificio y era peligroso volver a intentarlo, pero si que había una manera de apaciguar la rabia por el fracaso, se vengaría del detective golpeándolo donde mas le doliera. Secuestrarla de nuevo era demasiado arriesgado, pero matarla en una acción fulminante se le antojaba relativamente fácil, nadie esperaría que se acercara caminando por la calle, y si lo esperaban con su nuevo aspecto no lo reconocerían.

    Disfrazado de antenista vigiló la entrada de la pastelería desde las alturas, dos policías la custodiaban y no se separaban de ella, aparcaban a la entrada del local y la transportaban en el vehículo a casa, y viceversa. El empleado del detective iba y venia de un extremo a otro de la calle anotando la matrícula de los coches. Durante tres días estudió la rutina de los movimientos de los hombres que la custodiaban. La del ayudante de Peña era imprevisible, pero en la de los policías encontró un resquicio, uno de ellos permanecía dentro de la tienda y el otro salía fuera sobre las cinco de la tarde, recién abierta la tienda tras el descanso del mediodía,  se metía en el vehículo camuflado y hablaba durante unos minutos por la emisora. Ese le pareció el momento ideal para perpetrar el ataque. Los empleados eran los mismos que ya conocía, la chica joven y el tipo corpulento. El detective no apareció en ningún momento durante los cuatro días que mantuvo la vigilancia. La única pega que encontró fue que cualquiera de los viandantes con los que se cruzara podría después describirle, lo que inutilizaba el cambio de imagen y le obligaba a otro posterior invalidando uno de los pasaportes. Pero merecería la pena. Decidió llevar a cabo la acción el lunes.

    La noche del domingo había estado repasando todos los detalles y se puso el despertador a las once. Hizo algo de ejercicio para desentumecer los músculos y después se dio una ducha, a continuación tomó un copioso desayuno porque no pensaba almorzar. Atendidas las necesidades del cuerpo se puso los guantes y sacó la pistola del estuche, una MK 23 con silenciador y munición subsónica de 45ACP, la limpió con cuidado y la engrasó, comprobando que todos sus mecanismos funcionaran a la perfección, no le gustaban los imprevistos. Con el cargador de doce balas debería de bastarle, pero pudiera ser que tuviese que rematar a algún herido y preparó uno de repuesto. No era un plan exento de riesgos, cabía la posibilidad de que tuviera que suspenderlo sobre la marcha, todo dependía de la afluencia de transeúntes a esa hora de la tarde. Si la acera se presentaba razonablemente vacía podría salir andando de la pastelería como si nada, en dirección a la boca de metro, si por el contrario la encontraba con tránsito tendría que suspender la acción e intentarlo al día siguiente. Había descartado el uso del vehículo temiendo que la policía tuviera preparado un plan de respuesta rápida que acabase acorralándolo, el metro o un taxi le parecieron mejores opciones, incluso en el caso de que algo saliera mal. Una vez en Doctor Esquerdo se encontraría a salvo aunque el plan se torciera a causa de un imprevisto. Un tipo con barba sería más fácil de localizar, pero hasta eso tenía previsto,  llevaría en la mochila una maquinilla de afeitar, esperando no tener que utilizarla.

    Se le había pasado por la cabeza usar ácido y desfigurar el rostro de Daniela, dejándola viva, una venganza más refinada, el inconveniente era que retrasaba el tiempo de la acción y aumentaba el porcentaje de riesgo. Así que desechó la idea, aunque no pudo resistir a la tentación de guardar el frasquito con ácido en la mochila. También añadió su cuchillo gurkha, debidamente afilado. Cuando todo estuvo preparado se tumbó sobre la cama y se relajó, esperando que pasara el tiempo.

    Tuvo la suerte de su lado, el ayudante de Peña, un factor de imprevisibles consecuencias, no se encontraba en las inmediaciones. A pesar de que el invierno no se estaba mostrando muy riguroso la tarde transcurría desapacible, agobiada por la presencia de un molesto vientecillo que llegaba desde la sierra, apenas había peatones. El colegio más cercano se encontraba cuatro calles por encima, de manera que disponía de tiempo suficiente hasta que empezaran a aparecer las mamás con los niños. Tal como acostumbraba, uno de los policías acudió al vehículo nada más abrir la tienda, durante su vigilancia desde los tejados cercanos había constatado que dejaba la ventanilla abierta para poder fumar. Se desabrochó la parka y se acercó al coche, al llegar junto a la ventanilla sacó la pistola y disparó a la cabeza cuando el policía estaba girando el rostro hacia él, con el silenciador empujó el cuerpo hacia el asiento del copiloto para que perdiera la verticalidad y se hiciera menos visible. Una bala. Entró  a la tienda con el arma en la mano y antes de que el otro policía reaccionara disparó a bulto dos veces. Tres balas. Mientras el tipo se deslizaba hacia el suelo Daniela se quedó petrificada y la joven dependienta se encogía en el suelo tras el mostrador, totalmente aterrorizada. Apretó el gatillo dos veces y el cuerpo de Daniela chocó contra las estanterías del pan y luego cayó desmadejado. Cinco balas. La dependienta tenía la cabeza escondida bajo los brazos, el rostro contra las rodillas, temblaba. Él se asomó por encima del mostrador y le soltó el tiro sobre la coronilla. Seis balas. Antes de pasar a la trastienda remató al policía disparándole en la cabeza. Siete balas. El empleado corpulento manipulaba la masa sobre una mesa de acero inoxidable totalmente ensimismado, llevaba puestos los cascos de música y ni se enteró de que entraba al obrador, un impacto en la espalda le empujó sobre la mesa de trabajo y algunos utensilios cayeron al suelo con estrépito. Se acercó a rematarlo. Nueve balas. Tan solo quedaba el tiro de gracia para Daniela, regresó a la tienda. Un charco de sangre se formaba bajo su cuerpo, acercaba el silenciador a su cabeza cuando la puerta de la pastelería se abrió introduciendo el elemento sorpresa en la ecuación. Una mujer en torno a los cuarenta enfundada en una gabardina de color verde manzana y con tacones altos tiraba de un carrito con la vista fija en el suelo.

    —Daniela, te traigo eso que me pediste. Qué horror, no vuelvo a ponerme tacones cuando tenga que traer el carro.

    Entonces levantó la vista y vio al policía desangrándose sobre el suelo. Bermúdez falló el primer disparo, que atravesó el cristal del escaparate dejando un agujero limpio. Ella comenzó a gritar e intentó huir, pero los dos siguientes la alcanzaron de lleno, silenciándola, se desplomó sobre las baldosas de mármol. Doce balas. Si quería rematar a Daniela y a la mujer de la gabardina tendría que poner otro cargador y no sabía si alguien del exterior había escuchado el grito frustrado por sus disparos. Salió de la tienda y caminó con naturalidad por la calle, llegando a Doctor Esquerdo escuchó los primeros gritos de alarma. Pero ya estaba a salvo.

    Zaza

   Tenía el pelo azul y el morrito de fresa. Estaba sentada en una silla, con las piernas abiertas, vestida solo con un vaquero corto que tenía desabrochado, la mano derecha dentro de la braguita, acariciándose. Pensaba en Noe, que se había marchado una quincena a Paris invitada por un amigo. Habían discutido antes de que se fuera, aunque no terminaba de recordar muy bien el motivo. A veces discutían, era normal, por temas relacionados con su trabajo la mayoría de las veces. La persiana estaba bajada y por entre las rendijas se filtraba la luz del sol, zalamera. En la mesa que había junto a ella se apoyaban un cenicero con un cigarrillo a medio consumir y una botella de cerveza, al lado una pistola. Era fría y certera en su oficio, solucionaba problemas. A Noe no le gustaba que trabajara en eso, tampoco lo sabía todo, lo suyo eran medias verdades y su vida una mentira, excepto por Noe, a ella la amaba. Se llamaba Lucia pero en su mundillo la conocían por Zaza. Soltó un gemido prolongado cuando alcanzó el orgasmo, los besos de Noe en su pensamiento, sus labios y su intensa mirada azabache. Noe de miel oscura, de sonrisa luminosa y piel de porcelana, que pintaba acrílicos para una agencia de publicidad.

    Pasó los siguientes tres días vigilándolo. Era una lumbrera, un MIT que investigaba ultra frecuencias o algo así para una empresa de videojuegos. Vivía solo y cuando salía de trabajar tomaba una cerveza en aquel pub de neones verdes mientras leía un libro, aquella tarde de Murakami. Conocía al escritor porque a Noe le entusiasmaba y solía leerle largos párrafos de sus novelas. Decidió que sería una buena manera de entrarle y se hizo con una obra del autor. El leía Kafka en la orilla, ella compró After Dark. Pero no pensaba seducirle a través de la literatura, esta solo era un pretexto para conectar. Eligió un vestido corto sin mangas que bien podía ser una camiseta larga, negro y con las siglas ACDC y el rayo en medio grabados en blanco, marcado por un cinturón estrecho de hebilla plateada. Ovales de agujeritos en los costados que sumados a su cortedad enseñaban, seducían, que era de lo que se trataba. Un chaleco de gasa negra y botas del mismo color completaban su atuendo. Se le acercó.

    —Parece que leemos al mismo —dijo mostrándole la portada de After Dark— ¿Te importa que me siente?

    No esperó su respuesta y segura de sí misma exhibió sus piernas en la silla de al lado. El asintió, azorado. Tenía los ojos azules y la barba descuidada, en su mirada se adivinaba que no estaba acostumbrado a manejar ese tipo de situaciones. Pero cuando se le pasara la sorpresa su cerebro se activaría y podía entrar en sospechas, necesitaba aparentar naturalidad. Después de las presentaciones y averiguar lo que ya sabía, que su nombre era Daniel Montes, pasó a los comentarios sobre Murakami y sacó provecho de las lecturas y comentarios de Noe, estuvo a la altura y la conversación se tornó distendida. Salieron a relucir entre medias las ocupaciones de cada cual, ella inventó la de secretaria en una agencia de publicidad, necesitaba datos fidedignos para tratar con un tipo tan inteligente y algo sabía del tema a través de Noe, él le confirmó que era ingeniero de sonido e imagen. Pero el grueso de la conversación se lo llevó Murakami, como correspondía, mientras se cercioraba de las miradas golosas que le iba dedicando. Por muy sabio que fuera se le ponía tiesa, como a todos. Se excusó cuando consideró que él estaba más interesado para dejarle con las ganas, quedaron en volver a verse. Todo iba saliendo según lo planificado.

    En la tercera cita él la llevó a pasear por el Jardín Botánico. Lucia no era precisamente bucólica, la alergia por ciertas plantas la mantenía alejada del mundo vegetal, pero Zaza soportó estoicamente el paseo y consistió en sentarse un rato en el banco curvado frente a la fuente, ficcionando gustos y aficiones. Como el atuendo con el que acudía a las citas daba a entender que había algo más en ella que el gusto por la cultura o las estampas melancólicas el viernes le llevó al Mirandeladora, el pub que pertenecía a Nuria, la abogada que la asesoraba en los asuntos delicados. Allí se podía bailar y tras calentarlo con unas copas lo envolvió en su danza serpentina hasta que se decidió a besarla. Ella respondió con pasión, satisfecha, los plazos se estaban cumpliendo.

    Follaron por primera vez esa misma noche. Zaza le puso buena nota en su baremo, era considerado y tierno a la vez que pasional y no tuvo que fingir los orgasmos como tenía previsto. Esa noche no intentó sonsacarle y él estaba tan satisfecho con el encuentro que en ningún momento mencionó temas relacionados con su trabajo, hablaron de viajes y ciudades que habían visitado, rodando el amanecer y tras un polvo al filo de la cama salieron a relucir las diferentes costumbre culinarias en el extranjero y les entró el apetito, desayunaron huevos fritos con beicon. El sábado por la noche repitieron y mientras ella fumaba un cigarrillo sobre la cama y él jugaba con su pelo azul le preguntó en qué consistía su trabajo. Primero se lo contó en rasgo generales y luego concretó lo que estaba investigando en ese momento.

    —Imagínate frente a una pantalla con los mandos de un videojuego, totalmente concentrada y con la mente receptiva, y que entremedias del juego aparece una imagen que tú no percibes pero que queda registrada en tu cerebro, por ejemplo una imagen con una botella de una marca de cerveza. Ansiarías esa marca de cerveza y en cuanto tuvieras oportunidad la comprarías y no sabrías el motivo. Eso ya existe y se puede detectar, se  llama publicidad subliminal y está prohibida. Ahora supón que recibas esa imagen y que tras emitirse desaparezca de la grabación haciéndola indetectable. Se cargaría cada vez que comienzas el juego y luego humo, como si no hubiera existido, igualmente se podría meter en los programas de televisión. Y que alguien decidiera utilizar esa tecnología para algo más que vender cervezas, digamos para crear tendencias políticas en la opinión pública o para inhibirlos de ciertos comportamientos que pudiesen crear tensión social. Tendríamos una sociedad de borreguitos a la disposición de quien la utilizara. Imagínala en poder de alguna corporación industrial o económica, en manos del G-8 o el club Bilderberg.

    — ¿Y tú estás intentando crear esa tecnología? —preguntó ella con gesto confuso.

    —No, para nada, jamás se me ocurriría hacer algo así. Pero creo que ya existe y estoy tratando de descubrirla, de conseguir pruebas para desenmascarar a quien la use.

    Entonces su confusión fue real, no era eso lo que le había contado su cliente. Nunca entraba en los aspectos morales de su trabajo pero sí que elegía sus objetivos y desechaba a los inocentes. Sus clientes habituales eran gente del hampa, sus víctimas también. Al menos desde que conoció a Noe, antes la historia era más oscura y algún inocente quedó en el camino, su amor la había transformado. Necesitaba pensar a solas y Daniel estaba pendiente de ella, necesitaba una excusa para ausentarse.

    — ¿De veras hay gente capaz de hacer algo así? — se lo preguntó mostrando incredulidad mientras apagaba el cigarrillo.

    Él sonrió, mirándola a los ojos con ternura.

    —Ojala que no, pero eso es lo que trato de averiguar. Aunque hasta ahora los indicios apuntan a que sí, por eso comencé la investigación.

    — ¿Y la compañía de videojuegos te paga para que averigües eso? —preguntó por si le pillaba en alguna mentira.

    Daniel rio.

    —Claro que no, pero me permiten utilizar el laboratorio para mis investigaciones en mis horas libres, forma parte del contrato que firmé con ellos.

    Ella asintió, se excusó para ir al servicio y se llevó el bolso, una vez dentro programó el móvil para que le enviara un aviso pasados diez minutos. Volvía a besarla Daniel cuando sonó, ella dijo que era un mensaje. Hizo como que lo leía y luego le contó una historia sobre un cambió de día en una sesión de fotos en la agencia a causa del calendario de una artista, que tenía que ser aquel domingo por la mañana y tenía que irse.

    Paseó por las calles vacías pensando en lo que le acababa de decir Daniel y rememoró la entrevista con el tipo gordo que usaba gafas negras que mantuvieron en un despacho alquilado por una entidad ficticia que luego desmantelaron, junto con las instrucciones y la cantidad acordada le había enseñado un video con imágenes tomadas a Daniel. Rescató de su memoria otros trabajos que había rechazado aun andando jodida de liquidez y no encontró una causa que justificara su conformidad. ¿La habían inducido a aceptarlo a través del video que le habían mostrado? Empezaba a sospechar que sí. Se cruzó con una par de muchachas que llevan el rímel corrido y la cara llena juerga, una de ellas esbozó una sonrisa rota, era guapilla. Siguió caminando sin rumbo fijo. Había seguido al gordo de las gafas negras en su moto tras la entrevista, solía hacerlo para cerciorarse de la identidad de los clientes que no conocía y asegurarse de que no le tendían una trampa. Su último destino había sido las oficinas de una multinacional farmacéutica. Pudiera ser que tuvieran en su poder la tecnología de la que hablaba Daniel y que la estuvieran utilizando para obtener una posición de privilegio en el mercado, pero también cabía la posibilidad de que fueran el brazo de algunas de esas organizaciones de poder que manipulaban la política mundial, no tenía forma de saberlo. Lo que sí tenía claro es que no pensaba ejecutar al MIT. Tres jóvenes borrachos le dedicaron desde un coche una mezcla de piropos y palabras soeces, les mostró el dedo medio. Luego emprendió el camino de regreso, había tomado una decisión.

    Daniel se había quedado dormido y tardó en abrirla.

    — ¿Conoces a algún periodista? —le espetó apenas cruzó el umbral.

    — ¿Lo necesitas para la sesión de fotos? —Preguntó él, inocente—. Tas trabaja en El País, pero en la sección de internacional.

    — ¿Tas? —preguntó ella. Nunca había oído ese nombre.

    —José Antonio, pero le llamamos Tas los viejos amigos. Por lo del Diablo.

    —Pues le vas a llamar y vas a quedar con él mañana en el periódico.

    — ¿Y eso?

    Le mando a ponerse algo y que luego se reunieran en el salón. Preparó el móvil para que todo quedara grabado y sirvió dos generosas raciones de bourbon. Cuando regresó le hizo sentar en el sofá blanco de piel de vaca y le contó toda la historia. Ante sus primeras dudas y preguntas abrió el bolso y le enseñó la pistola, luego él guardo silencio y la dejó terminar. Su rostro reflejó primero el dolor por haber sido engañado y luego el miedo ante una situación que le desbordaba. Pero era inteligente y comprendió que la mejor jugada posible pasaba por implicar a la prensa y descubrir el pastel. Aún no tenía pruebas definitivas, pero si las suficientes para inquietar a la opinión pública y a los medios y que se controlara el uso de la tecnología lo mismo que se había hecho con la publicidad subliminal.

    —Cuando la prensa centre su ojo en ti estarás a salvo, ya no les interesará eliminarte —concluyó ella.

    — ¿Y qué vas a hacer tú? —preguntó Daniel. Había algo de anhelo en su voz, como si se resistiera a asimilar la realidad y aceptar que iba a perderla.

    —Desaparecer, es lo que toca —. Pasó la grabación a un pendrive y se la entregó. Después le dio un beso en los labios y desapareció de su vida.

    Al regresar a su casa lloró amargamente, también tendría que desaparecer de la vida de Noe antes de que regresara de París, no sabía las consecuencias de su acción ni quién estaba detrás de todo y no podía poner su vida en peligro. En medio de un llanto doloroso mezclado con alcohol pasó el domingo.

    El lunes por la mañana se tomó unas pastillas que ayudaban a pasar la resaca, se duchó, se tiñó el pelo de negro y recogió todas sus pertenencias, limpió la casa de sus huellas y dejó una nota de despedida para Noe manchada de lágrimas. Cargó las maletas en el coche y lo aparcó a unas manzanas de distancia, luego regresó por la moto y colocó el silenciador en la pistola. El gordo de las gafas negras se la había jugado y el gordo de las gafas negras se la iba a pagar. Arrancó la moto y fue en su busca. Estacionó en las inmediaciones de las oficinas de la farmacéutica y esperó a que apareciera. A las dos horas vio salir su vehículo del edificio, un Audi de última generación, reconoció la matricula. Conducía el chofer y él iba atrás. Los siguió hasta que se detuvieron en un semáforo y pudo colocarse junto a la ventanilla trasera. Vació el cargador y le vio agitarse por el impacto de los proyectiles. El chofer era a la vez escolta e iba armado, pero cuando quiso reaccionar ella ya salía zumbando y no se atrevió a disparar por temor a alcanzar a los viandantes. Zaza aparcó la moto y tomó el metro para regresar hasta donde estaba su coche.

    Tendría que desaparecer un tiempo por precaución. Cambiaría de peinado y se pondría lentillas de color en los ojos, engordaría unos kilos también. Eligió Barcelona como próximo destino. Recordó a Noe y las lágrimas asomaron a sus ojos. Encendió el motor del coche y puso “Reptile”, de The Church. Emprendió la senda de los perdedores.

 

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

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  • Me incorporo a la "Hermandad" y poco a poco iré entrando en materia.- Por ahora poco que añadir que no te hayan dicho; me parece trepidante y se nota las tablas del oficio.- Ya seguiré comentando.- Un saludo
    No sé si Daniela morirá o no, peo al paso que va esto yo no llego al final de la novela ¿Eh? ¡Me va a dar un soponcio! Estupenda la primera parte, trepidante, atrapante... Y la segunda... Qué decirte, ya la leí en su día y te di mi opinión -y te apunte algún gazapillo, ñej ñej- me parece una idea genial engarzarla en la novela, creo que Zaza nos dará muchas sorpresas.Ya sé que está muy feo insinuarle a un autor lo que tiene que escribir -ojalá dominara el "arte" de lo subliminal- pero yo lo dejo caer: Que no se me muera Daniela, porfi... :-)
    En tiempos de crisis hay que economizar y el bueno de Bermúdez predica con el ejemplo: para desperdiciar las balas estamos, tal como está la vida. El monstruo mercenario se muestra como un gran estratega que planea fríamente hasta el mínimo detalle y ejecuta implacablemente con escalofriante acierto y serenidad. La pobre Daniela no levanta cabeza. Aunque si sale de ésta puede creerse casi inmortal, imagino que el factor imprevisto le habrá salvado la vida. La parte de Zaza ya la comenté en su momento, creo que añade interés y nuevos bríos a la historia con la aparición del arma subliminal. Acentos: más, venía, matrícula, chófer. Saludos.
    Alcazar, gracias por apuntar, corregido. J.M Boy, llevás razón, conté mal las balas, corregido también.
    Fenomenal este capítulo, La balacera es un espectáculo de nervio y brío literario¡pero según mis cálculos Bermúdez disparó trece balas! Veamos, las balas 8 y 9 las recibió el panadero por la espalda, luego el relato continúa: "Se acercó a rematarlo. Nueve balas.", ¡Acabemos! si le remató sería con la bala número 10, y a la señora del carrito le colocó las balas 11, 12 y 13; o a lo mejor se acercó pero no lo remató; está confuso ¿no crees? Saludos.
    Ender magnífica historia de la que me estoy enganchando poco a poco. Hay algunos gazapos, sobre todo alguna ausencia de acentos. Párrafo dos en la palabra estudió. Párrafo cuarto la palabra desechó. Párrafo quinto en entró. Por último en el párrafo tres hay una frase que comienza En llegando a Doctor... que no cuadra. Sé que agradeces estás correcciones sin importancia. Saludos
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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