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13 min
22 La Hermandad de los Abderrahim. Tormento
Suspense |
29.06.13
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Sinopsis

Cada día disfruto más con la novela. Mi última entrega adolecía de varios gazapos, algunos pendientes de corregir, me tocó turno nocturno de fin de semana y aunque me permite escribir mi atención se dispersa con otras obligaciones, gracias a los que me los señaláis. A la par que saco este aquí sacaré el segundo capítulo en el blog con las explicaciones pertinentes. No recuerdo ahora mismo el nombre del compañero, pero fue un relato suyo en el que sacó a colación el Manuscrito Voynich el que puso en marcha el inicio de la novela, interesándome por el se me ocurrió enlazarlo con La Biblioteca del Diablo. Que la podéis leer como primer capítulo del ebook El secreto de Las Letras. Y sí, suena a publicidad, pero es que publicamos los ebooks con la intención de que se compren, se merecen su poco de publicidad. Cierto que podéis leernos aquí sin gastar un euro, pero el proyecto de los ebooks atrae lectores a la web y nos permite darnos a conocer a todos los que escribimos. y como podéis ver, poco a poco se va incrementando. Para que siga se necesitan ventas, así si no habéis comprado haced un huequito en el presupuesto, un huequito menos costoso que un paquete de tabaco, que no es apenas nada.

Tormento

     Roth

   

    Se miró al espejo y se encontró demacrado, con ojeras. Últimamente no dormía bien y había comenzado a tener migrañas, nunca antes las había sufrido. Se había convertido en una especie de apestado y no confiaba en el interés que pudieran poner en su caso los médicos de la Hermandad, así que había visitado al especialista en Posadas. Después de realizarle diferentes pruebas le habían dicho que se encontraba perfectamente, que era un problema de estrés y que se tomase las cosas con más tranquilidad. ¡Qué fácil decirlo! Le habían destituido de su cargo, Barbosa no había cumplido lo pactado. El denunciante había sido Horacio Almendros, eso constaba, pero estaba muriéndose y estaba convencido que su nombre solo era una pantalla para que no tomara represalias, la culpable por fuerza tuvo que ser Barbosa, esa vieja bruja brasileña. Ahora todo eran prisas para acelerar el traslado de la Hermandad a los Cárpatos, sus enemigos se habían salido con la suya. Con todo empezaba a pensar que alguna enfermedad le estaba afectando, sin duda sus últimas decisiones como Director de Seguridad no habían sido acertadas. ¿Cómo se le había ocurrido matar a Neville? No solo era una decisión totalmente errónea sino impropia de él, jamás se había tenido por una persona capaz de acabar con la vida de otra a sangre fría. Y sin embargo en ese momento lo había visto tan claro, tan lógico, tan inevitable...tanto como absurdo lo veía ahora desde la distancia. ¿Y el enfrentamiento con el Cónclave? Debió aliarse con ellos y buscar sus debilidades para hacer valer sus opiniones, así es como había escalado hasta el puesto de Mayor y por eso le habían recompensado tras su mandato con el cargo de Director de Seguridad. ¿Y para qué había mandado venir a Bermúdez? Tendría que haberse deshecho de él en cuanto tuvo conocimiento de su naturaleza psicópata, en vez de profundizar en la relación. No sabía qué hacer con él cuando llegara, eso sí se decidía a aparecer porque se estaba retrasando. Quizás fuera conveniente avisar a los Assassins para que se ocuparan de él. No se había cruzado con Houari desde su regreso, pero tenía la certeza de que no era de los que olvidaban las afrentas. Denostó la mala hora en que se le ocurrió ordenar la eliminación del jefe de los Assassins.

    Todas aquellas decisiones, tan absurdas, tan faltas de sentido común, le pesaban ahora como una losa, no era capaz de reconocerse en ellas. Pero recordaba haberlas sentido como grandes ideas en el momento en que las tomó, como si no existiera ninguna otra opción posible. ¿Desde cuándo era una gran idea asesinar a un anciano como Neville? ¿Acaso se estaba volviendo loco? Y luego estaban aquellas cefaleas. No podía hablar de todas estas cosas con un médico del exterior, necesitaba consultar con un psiquiatra de la Hermandad. La culpabilidad, los remordimientos, lo estaban desquiciando.

    Se dio una ducha y se afeitó, tratando de recuperar una apariencia decente y acorde con la disciplina que siempre había regido su vida. Le haría frente al problema, por duro que fuese. Se sentó frente a la pantalla del portátil, había evitado usarlo desde su destitución consciente de que cualquier actividad sería registrada e investigada por la Hermandad. Ahora le daba igual, estaba dispuesto a asumir las consecuencias de sus actos. Quería consultar los diferentes tipos de enfermedades mentales, en busca de alguna que explicara su comportamiento.

    En cuanto conectó el portátil el Programa de Orientación Subliminar instalado por los hombres de Konstantino se puso en funcionamiento. Estuvo frente a la pantalla durante dos horas y se sentía eufórico cuando terminó. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? No existía ninguna contradicción en sus decisiones, eran los otros los que estaban errando el camino y necesitaba a Bermúdez para enderezarlos. La migraña había desaparecido por completo.

 

    Peña

    Llevaba dos días enganchado al bourbon y solo me detenía para vomitar o dormir. La llamada de Muñoz-Seca comunicándome la masacre en la pastelería me había derrumbado por completo. Daniela había conseguido salvarse pero estaba en coma, nada indicaba de momento que fuera a despertar. Desde entonces había estado bebiendo alcohol y llamando a Melani cada dos horas para que me diera noticias, las mismas malas noticias cada vez. El inspector jefe de la UDEF me telefoneaba a menudo para ponerme al tanto sobre la búsqueda del asesino, igualmente infructuosa. Según un testigo que lo había visto salir de la tienda llevaba barba y gafas y el pelo rubio. Me maldecía por no haber sabido cuidar de ella, mi sed de venganza me había alejado de su lado dejándola desprotegida, sin asegurarme primero de que el asesino hubiese abandonado la península. Yo sabía no solo la apariencia de Bermúdez sino también como caminaba y se movía, de haber estado allí hubiera podido reconocerlo a pesar de su cambio de aspecto. Y el sentimiento de culpa tiraba de mí con su peso ineludible arrastrándome hacia los vahos del alcohol. Impotente, de pronto todo me daba lo mismo.

    Después de aterrizar en Buenos Aires me habían conducido a una mansión en algún punto de las afueras, tanto la residencia como los jardines circundantes tenían un aire bucólico y señorial que me recordó a esas películas en las que aparece la alta burguesía de finales del diecinueve y principios del veinte. Aicha y Houari me dejaron en compañía de una criada cincuentona alegando que tenían tareas urgentes por hacer y que se pasarían a recogerme al día siguiente. Las noticias llegadas de España me sumieron en una especie de depresión alcohólica y nadie vino a molestarme, informados por la criada debieron pensar que era mejor dejarme solo para que me desahogase. Muchas de las puertas estaban cerradas, pero las que pude atravesar en plena debacle etílica contribuyeron a acrecentar mi estado melancólico y mi dolor, la decoración decididamente romántica me llevaba una y otra vez al recuerdo de Daniela y al desgarro, también a acentuar mi sentimiento de culpa. Creo recordar, no tengo plena consciencia aún ahora depués del tiempo transcurrido, que fue al cuarto día cuando deambulando bajo la gran araña de cristal del salón de invitados me encontré de frente a un anciano que avanzaba sobre una silla de ruedas guiado por Aguirreche, al reconocí inmediatamente de haber contemplado su rostro en las fotografías que me facilitó Raúl Losada. Hacía un rato que había picoteado en los manjares que me preparaba la criada y tomado un par de cafés negros e intensos antes de cebarme de nuevo en el whisky. El anciano no tenía buena pinta, incluso desde mi profunda embriaguez fui capaz de percibirlo.

    —Siento lo ocurrido a Daniela, señor Peña —dijo con una vocecilla que conservaba una vitalidad que su aspecto contradecía—. Me hubiese gustado que disfrutara de mi casa en otras circunstancias.

    —Me trajeron aquí, no fue mi elección —la hostilidad de mi réplica fue manifiesta.

    El anciano se limitó a sonreír mientras dos tipos enormes me sujetaban y una mujer con atuendo de enfermera me inyectaba el contenido de una jeringuilla en alguna parte del muslo derecho.

    Desperté bañado y aseado, con ropa limpia y tumbado sobre la cama de la habitación de huéspedes que me habían asignado al llegar a la casa. Frente a mí, el anciano en sillas de ruedas respiraba a través de una máscara conectada a una botella. Detrás de él, Aguirreche me contemplaba con curiosidad. El anciano se retiró la máscara del rostro.

    —Permítame que me presente, señor Peña, soy Horacio Almendros. Dicen los doctores que estoy con un pie aquí y otro en la tumba, en realidad me daban por muerto para el día de hoy, así que si me han trasladado en una ambulancia para poder hablar con usted comprenderá que es un asunto importante el que me trae hasta aquí.

    ¿Aquel era el famoso Horacio Almendros al que se le suponía muerto? Otra triquiñuela de la Hermandad. Recelé, hablaba como si no necesitara el gas vital de la bombona.

    —Para estar utilizando una máscara de oxígeno habla con mucha fluidez —apunté.

    —No es oxígeno —dijo con voz segura—. Es el compuesto que está alargando mis últimas horas. Era Aguirreche el encargado de entrevistarle, pero cuando supo de su estado etílico puso reparos, que debíamos respetar su dolor, dijo. Y es que en el fondo es un romántico empedernido.

    El recuerdo de Daniela volvió a golpearme.

    — ¿Saben dónde está Bermúdez? —espeté.

    —Creemos que en Madrid. Houari ha enviado a alguno de sus rastreadores en su busca. En cuanto lo localicemos será el primero en saberlo. Y usted también debería estar allí, junto a Daniela. Aguirreche le acompañará en el viaje para que Raúl Losada quede satisfecho. Entonces quedará libre para aceptar nuevos trabajos y nosotros queremos contratarle, queremos que proteja a un hombre.

    Lo que debería haber hecho con Daniela, protegerla.

    —No valgo para eso, ya ve lo que le pasó a ella —dije con amargura—. Además, no quiero tener que ver nada con su dichosa Hermandad, que fue la que contrató a Bermúdez.

    —Sabe que eso no es cierto, Aicha se lo explicó, fue Roth actuando por su cuenta. Ya ha sido destituido y está bajo vigilancia, si Bermúdez decide viajar hasta aquí lo encontraremos. Nos necesita, señor Peña, aquí usted solo jamás daría con él.

    El viejo zorro me estaba sobornando, mi ayuda a cambio de Bermúdez. En cualquier otro momento le hubiera mandado a la mierda, pero no en aquel.

    —Quiero ser yo quién lo ejecute —sentencié lleno de odio.

    Aguirreche dio un respingo, alarmado.

    —Cuando lo atrapemos será encerrado hasta su regreso —Horacio Almendros aceptaba mis condiciones sin una pizca de reparo—. Es una mala bestia y nada de lo que hagamos podrá mejorarlo, si después de capturarlo escapase volvería a hacer lo mismo, la única solución que cabe con él es la letal. Tiene todo el derecho a ser su verdugo si lo desea.

    Por la mirada de Aguirreche estaba claro que no estaba en absoluto de acuerdo, tampoco sabía yo si la oferta de  Horacio Almendros contaba con la aprobación de la Hermandad. Comprendiendo que se había excedido añadió:

    —Y si eso no fuera posible al menos le dejaremos contemplar la ejecución. Aunque conociendo como es dudo que podamos atraparle vivo, nuestros hombres tienen órdenes de no correr riesgos.

    ¿Intentaba jugar conmigo?

    —No sé quiénes son ni que pretenden, tampoco pretendo saberlo, mi único interés en este momento es acabar con Bermúdez. ¿Pero cómo puedo saber que no está empleando una artimaña para que proteja a ese hombre que dice, que no me está mintiendo?

    Vi cómo se aferraban sus manos a la silla de ruedas, como sus nudillos se ponían blancos y un espasmo de dolor le atravesaba el rostro. Aguirreche también se percató y se apresuró a colocarle la máscara. No la necesitó mucho tiempo, al parecer el producto era potente y el efecto fue casi instantáneo, en pocos minutos se repuso. Aguirreche, preocupado por la salud de su amigo, decidió tomar las riendas de la conversación.

    —Está muriéndose, ya lo ve. ¿De veras cree que alguien en su estado se molestaría en abandonar los cuidados intensivos solo para mentirle? Aicha le confirmará todo lo que ha dicho, pero no podemos llevarle hasta la Hermandad, tiene que comprenderlo. Somos los primeros interesados en atrapar a ese monstruo e iremos tras él acepte o no lo que le proponemos. Tampoco es que le estemos pidiendo un sacrificio, sino haciéndole una oferta de trabajo. La persona a la que hay que proteger es un ingeniero que nada tiene que ver con la Hermandad y no hay límite de presupuesto, podrá utilizar todos medios que estime necesarios.

    — ¿Y quién quiere hacerle daño? —fue mi pregunta lógica.

    —Aún no lo sabemos, pero creemos que es alguien interesado en que no concluya sus investigaciones. Digamos que fue una información que interceptamos, en Madrid podré darle más datos, cuando sepa más del caso. ¿Sabe lo que significa sin límite de presupuesto? Puede meter en ese paquete las medidas que estime oportunas para proteger a Daniela.

    Fue esa última observación la que me hizo decidirme, aun sabiendo que no me estaba contando todo lo que sabía. Movido por la autocompasión disfrazada de culpabilidad había estado cuatro días nadando en al alcohol sin considerar que el psicópata podía no estar satisfecho con el resultado e intentarlo de nuevo. Muñoz-Seca tenía puesta protección, pero lógicamente limitada porque su presupuesto no daba para más. Si tenía con que pagarlo la mejor opción era recurrir a los hombres del Jefe, ellos crearían a su alrededor una barrera inexpugnable y la mantendrían a salvo, la trasladaríamos a una clínica privada. ¿Qué había que proteger para eso a un ingeniero? Era trabajo, como decía Aguirreche, y cuanto más tiempo pasara distraído menos recurriría al alcohol, el sentimiento de culpa seguía ahí latente y no iba a abandonarme así como así.

    — ¿Cuándo regresamos a Madrid? —le pregunté a Aguirreche.

    Horacio Almendros me sonrió agradecido a través de la máscara.

 

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en Twitter @enderJLduran

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  • El tormento de Peña nace del reproche del que se siente culpable de omisión. El tormento de Roth surge al detectar un defecto grave en su inteligencia, al identificar aquellas decisiones absurdas que entonces le parecieron brillantes, pero pudiendo ser el reconocimiento su solución, se sumerge en terapias sospechosas. Qué dominio narrativo, da gusto leer. Saludos.
    Los jugadores estudian el tablero, analizan las posiciones y calculan los próximos movimientos. La estrategia parece bien diseñada, pero Bermúdez no es presa fácil y Peña se mueve ofuscado por el deseo de venganza, esto no pinta bien...
    Un capítulo "valle" como suelo llamarlos yo, de esos en los que "no ocurre nada" pero donde se explican y dirimen asuntos importantes para la trama -el descubrimiento de Almendros vivo, la "nueva" motivación de Peña...-. El interés no decae.
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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