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11 min
3 días.
Suspense |
14.11.14
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Sinopsis

Algo extraño pasa desde la adquisición de ese espejo... Son 3 días muy extraños, o solo uno.

"1 DE NOVIEMBRE":


Una vez despierta pensé que quería un espejo o, mejor dicho, que lo "necesitaba". No sé por qué, pero así era. La noche había resultado ser muy larga, no recuerdo nada. Digamos que, se me antojó uno; pero, no uno cualquiera, uno con historia. 

No quise perder el tiempo y, un par de horas después, llegué a un lugar especial, un lugar con un olor familiar. Estimuló por unos instantes mi imaginación, tenía algo que me envolvía. Quizás eran todas esas antigüedades, la historia de cada una o la tenue luz que iluminaba la sala, incitándome a volar. No había más que velas, ¿De dónde venía entonces aquella claridad? Estuve analizando un rato. Elevé la vista y contemplé que había una ventana en la parte superior de la estancia. Si, a través de esta, entraba lo poco que aportaba esa diafanidad, me llamó la atención. Un hombre me recibió con total amabilidad, me sentía muy cómoda. Caminé muy lentamente.

Tardé poco en decidirme por uno en concreto. Tenía que ser mío, no cabía duda. Estaba al fondo, arropado en tonalidades muy otoñales, esperándome. Lo visualizaba de cerca mientras pensaba: "Es impresionante". Era un espejo enorme en el que me reflejaba entera. Su marco, de latón viejo y marcado, me hacía vagar por cientas de posibles historias, era más que un objeto. Era un mundo, era vida.

Recuerdo que lo cogí, me dispuse a pagarlo. El vendedor ya no era tan cordial, parecía asustado. No le di importancia. Me preguntó que si estaba segura de querer adquirir aquel espejo, le dije que si, que estaba enamorada de él. Caminé rumbo a la puerta y, me sorprendió un: "Nos vemos en tres días, cuídese". Tampoco le di importancia.
Llegué a casa y, sinceramente, aún no comprendía que fuerza fue la que me llevó a querer comprar un espejo. A pesar de ello, estaba feliz. Supuse que algo había pasado en esa noche de la que no recuerdo nada. Tardé apenas unos minutos en colocarlo, quedaba perfecto. Menos todavía me llevó el ponerme frente a él a mirarme, era fantástico, me sentía como una niña. Dentro de aquel espejo, era mil personas diferentes, podía ser cualquiera, podía ser yo. Estuve horas imaginando diferentes situaciones, pensando en distintos siglos, yo era la protagonista de todo. Podía ser una niña rubia de ojos azules, dulce y cariñosa encerrada en una época de decadencia, inocente. O podía ser una malcriada y consentida, de las que rompen todos los juguetes con tal de obtener atención. Bendita infancia. Frente a ese pedazo de cristal, tenía libertad, estaba despreocupada. 

Me imaginaba soñando, corriendo, bailando, jugando y riendo; pero, ante todo, viviendo. Viviendo de mil maneras, todas diferentes. 

Lamentablemente, se acercaba la noche. Corrí a hacerme la cena, ni siquiera había comido ¿Cómo era posible? Fui totalmente irresponsable. Bueno, me daba igual. Me acosté.


"2 DE NOVIEMBRE":


Recuerdo estar cansada (¿CANSADA DE QUÉ?), era lo de menos. Puse los dos pies en el suelo y, un impulso me hizo ir corriendo a mirarme al espejo. No me ofrecí tiempo ni para leer o desayunar. Quería abstraerme, volver a ser una muchacha. No pensar.

Era diferente, ya no me imaginaba historias siendo diferentes niñas, ahora solo veía reflejadas a jóvenes. Poco a poco me di cuenta de algo, las chicas que sonreían ayer, habían crecido. Llegué a la conclusión de que, al día anterior, no era mi imaginación la que me hacía soñarme como aquellas muchachas, sino que eran verdaderas. Antiguas dueñas del espejo que se habían pasado horas frente a él.  Al principio me resultó entretenido sentarme y conocerlas, observarlas. Luego me di cuenta de que la adolescencia y la juventud, a algunas, las estaba destrozando y, yo no podía hacer nada. Ellas eran de otras épocas, ya no existen.

La niña dulce de ojos azules lloraba desconsolada en un sillón de flores, tras haber aguantado la paliza de su padre por negarse a casarse con un desconocido. Sus moratones y su sangre hablaban más que sus movimientos, pues, permanecía inmóvil, tenía miedo de hacer algo mal. Ella no había hecho nada mal, se lo grité. Por un momento, me miró, parecía escucharme. Sentí un escalofrío, no podía ser. Repetí en alto aquello. La chiquilla rubia se levantó, se secó las lágrimas y se tiró frente a mi, quería escuchar más. Estuve hablándole un rato, conseguí que se sintiera bonita, ella lo era. "Valórate, ve un paso por delante", dije. Desapareció.

La imagen saltó a una jóven pelirroja que, se encontraba en plena discusión con su familia. Ella no llevaba razón. Los tenía a sus pies, los utilizaba, gobernaba sobre ellos. Todo encajaba, era la niña malcriada del otro día. Supongo que lo peor de todo ello era el consentimiento de estas situaciones por parte de los progenitores, no sé qué época sería, no podía intuirla como la anterior. Por fin sola, se apoyó en su cama, mirándome. Sabiendo que podía intervenir le dije que no estaba bien. Me ignoró. No pensé en rendirme. Tras mucho gritarle, la hermosísima chica rompió a llorar, sabía de sobra que algo iba mal consigo. Me prometió cambiar, mejorar. Me prometió demostrarme que es posible, que existe la fuerza interior. Ella ansiaba madurar, era brillante. Se fue.

Otras muchas muchachas pasaron por el espejo, pero no quise gritar más. Me interesaban las otras dos. Di unos cuatro pasos para abrir mi persiana. Oh, dios, estaba anocheciendo. De nuevo había pasado, cené y me fui a acostar. 

Me costó conciliar el sueño pero, poco a poco, lo conseguí. Había estado pensando en que era imposible cambiar la vida de personas que no existen, que se han ido. O igual era posible. O tal vez solo estaba perdiendo y derrochando el tiempo y mi vida en vano, cuando yo misma tenía muchos problemas que no sabía resolver. Me dormí.


"3 DE NOVIEMBRE":


Había dejado la persiana abierta, me desperté muy temprano. Al igual que a la mañana anterior, tuve la imperiosa necesidad de acercarme al espejo. Fui inteligente, cogí comida, sabía que no me iba a mover de allí.

"Comienza la sesión", pensaba. La jóven rubia, no era una jóven, era una anciana. Estaba muy estropeada, los años no le habían sentado nada bien. La habitación no era la misma, estaba en la calle pero,  ¿Qué hacía el espejo en la calle? Le pregunté. Me regaló una mirada de asco y, se puso a hablar. Decía: "Condenado espejo, eres un simple objeto. ¿Cómo pude pensar que tratabas de hablarme? Debí cerrar la boca y casarme con aquel señor, a pesar de ser una simple adolescente. Por tu culpa pensé que valía lo suficiente como para cambiar las reglas. Por tu culpa me tiraron a la calle, por tu culpa mi muerte ya está escrita. Moriré en la calle, tal y como he vivido. Tú me hiciste sentir bella, para destrozar mi belleza castigándome con miseria. Confié en un objeto. UN OBJETO. Confié en nada. ¿Ir contra las normas? Me lo merezco."

Tras acabar ese discurso, no desapareció la imagen como es habitual. Simplemente me mostró el fin de aquella niña, aquella jóven, aquella anciana. Yacía sobre un montón de hojas secas. Su cuerpo, empezaba a descomponerse. Las ratas estaban arrancándole pedazos de piel con tanta facilidad, que quise ir a vomitar al ver aquella imagen. Cerré los ojos, los apreté. Todo se desvaneció al abrirlos. Era mi culpa, no fue un buen consejo el mío, al menos no en esa época. Arruiné la vida de una persona, lo hice, la vida entera. Miérda. Lloraba, lloraba frente a ese maldito espejo, era terrible.

Cesaron las lágrimas, recordé que aún quedaba otra chica. Allí estaba, anciana también. Ella si seguía siendo preciosa. Estaba tumbada, parecía estar a punto de desaparecer. No tuve que hablarle. Ella, directamente, apuntando con su mirada a la mía, comenzó: "Condenado espejo, eres un simple objeto. ¿Cómo pude pensar que tratabas de hablarme? Debí ser yo misma, nada de cambiar. Por ti he conseguido no ser una malcriada si, pero eso lo habría logrado con las vivencias que se me aproximaban. Era solo una adolescente, todos los adolescentes y niños eran así. No debiste entrometerte. He sido un corderito en un mundo de lobos. Maduré, pero demasiado rápido, he llegado a tener asco al mundo. Me he aislado. Me abriste los ojos pero, repito, DEMASIADO.  He perdido todo, no me conformaba con nadie ni nada, todo tenía fallos. Estoy sola, moriré sola. Me queda poco y ¿Quién se va a dar cuenta de que me he muerto? NADIE, ESPEJO, NADIE. Cuando el cuerpo empiece a oler, vendrán a por mi. Que así sea, gracias por nada. He sido una idiota." La imagen pasó a cámara rápida, me mostró todo el proceso de putrefacción, la mujer estaba muerta. Finalmente, estaban sus huesos, todos ellos acostados en la cama. Nadie se había dado cuenta de que ella no vivía. Mi culpa, de nuevo. Quise hacer madurar a alguien que aún no debía hacerlo. La condené a una vida dura, la hice escéptica, dudaba de todo, y todo la dejó sola. Le robé la inocencia por completo y, hay cosas, que es mejor no conocer. Miérda. Lloraba, lloraba frente a ese maldito espejo, era terrible.

Hasta allí había llegado, no quería ver más. Fui a levantarme pero, era peor de lo que pensaba, en ese espejo estaba yo de pequeña, yo feliz, yo sin problemas. No, no y no. Me levanté y lo llevé a la tienda lo más rápido que pude. Quise entrar a aquel anticuario pero pensé algo mejor. Caminé calle arriba con el espejo en mis brazos, era pesado, pero valdría la pena. Pasé de largo por la puerta y llegué a una basura. Saqué todas las bolsas, impregnándome de ese odioso olor. Puse luego, el espejo tumbado en el fondo, y, metiendo de nuevo las bolsas, lo tapé por completo. Ya estaba, pronto lo romperían al tirar la basura al camión. Me negaba a que alguien pudiese controlar mi vida, pues yo estaba dentro de ese espejo, como aquellas chicas. Tampoco quería seguir mirándolo para conocer mi fin.

Calle abajo, caminé. Quise entrar al anticuario a preguntarle al hombre si lo que me había ocurrido, era el motivo por el que todas las dueñas del espejo lo devuelven en tres días. Así fue. Saludé al llegar. El hombre me saludó. De golpe me di cuenta, no podía ser, el espejo estaba en el mismo lugar en el que lo encontré. Salí corriendo, dirección a la basura. Noté que el hombre sonreía, una sonrísa cruel, él lo sabía; aún así, no quería pararme. Llegué casi ahogada, saqué todo. No había nada, ni rastro del espejo. Volví calle abajo en búsqueda de respuestas. No había tienda, no había nada. Nadie me respondió, no sabían de qué hablaba.

Caía la noche, volví a casa.

 

 

A día de hoy, 1 de noviembre, no sé nada más. No quiero saberlo. ¿Cae sobre mi la culpa de las dos muertes? ¿Han sido imaginaciones mías? ¿Alguien estará jugando con mi vida mientras yo escribo ahora? Qué más da, tiren los espejos, no son buenos.

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