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10 min
3 El trabajo
Reales |
15.04.12
  • 4
  • 4
  • 1949
Sinopsis

(...) puse la boca en automático dejando que dijera lo que quisiera, eludiendome responsabilidades a mi mismo (...) Tercer capítulo de "Asco de todo".

Era ya tarde, cerca de las 10 de la noche, cuando me acordé de que no había llamado a los jefes para contarles lo que había pasado y decirles que al día siguiente no iríamos a currar y tal. No vivo por y para el trabajo, está claro.

Currábamos juntos en una empresa muy pequeña. Antes de acabar allí andábamos intentando montar un estudio de diseño por nuestro nuestra cuenta, pero surgió la oportunidad de entrar a trabajar con esta otra gente y la idea de un sueldo fijo, un horario y seguridad social nos sedujo demasiado.

Ellos eran solo dos socios y se dedicaban a gestionar y a tratar con los clientes. De diseño pretendían saber pero en la práctica solo entorpecían. Eran esos típicos hijos de familias con el dinero por castigo que reciben un anticipo de la herencia para montar algo que les guste. La mayoría ponen un bar de copas.

Al principio pensábamos que no duraríamos mucho allí, pero en poco tiempo nos convertimos en el motor de la empresa, por nosotros dos pasaba todo el trabajo, y bueno, solía haber buen rollo pese a todo, "trabajas muy bien para ser de izquierdas", me decían, con sonrisa en la boca y los ojos casi cerrados.


Yo solo falté un día. Igual me pertenecían más, aunque no estábamos casados, pero les conocía y sabía que no era bueno ponerse en plan sindicalista. En cuanto volví lo normal, me preguntaron por ella y lo típico de "vaya susto... cómo son estas cosas... un día estás como una rosa y de repente... lo malo son los puntos... mi hermana también está operada de eso... y mi cuñado... y una amiga de mi prima por dos veces...", pero nada, tranquilos. 

Los nervios empezaron cuando les conté que la habían dado un mes de baja. Yo lo transmití tal cual, sin hacer valoraciones, y no me dijeron ni "mu", en ese momento. Pero pasada una semana o igual menos llego y sin darme tiempo casi a colgar el abrigo me dicen que pase a la sala de reuniones, que tienen que hablar conmigo.

Todos tenemos días perros, de esos que te sienta peor que de costumbre el pi-pi-pi-pi-pi-pi-pi del despertador, que te levantas de muy mala hostia, hasta los huevos de vivir. Recuerdas que tienes que cambiarle las ruedas al coche, tu mujer está más pesada que de costumbre, la del calvorota de tu vecino está más buena, tu suegra es una zorra, los niños están en una edad muy mala, solo te dan disgustos, Zapatero es gilipollas, y se avecinan años muy duros, los buenos nunca volverán, tu barriga nunca se marchará, este verano no te vas a poder ir a la playita a comer paella, y a ver cómo se lo explicas a la señora, ¿para qué te meterías a empresario?, la semana que viene toca pagar el IVA, ¡otra vez! y el Madrid nunca va a volver a ganar al puto Barça.

Más de una de estas mierdas, y más de dos, daban vueltas por aquellas cabezas medio canosas aquella mañana, estoy seguro. No se andaron con rodeos, la pregunta fue directa, como con intención de noquear y tristemente estudiada y hasta ensayada, en el baño y en el coche:

- ¿No crees que Ella le está echando un poco de morro a esto de la baja?

Me quedé helado. Por un segundo no supe qué responder, tragué saliva y puse la boca en automático dejando que dijera lo que quisiera, eludiendome responsabilidades a mi mismo, cruzando los dedos para que saliera lo mejor. Un escueto y seco "No" fue suficiente para restar la bola y encaminar el resto de la conversación y, a la larga, de mi vida. Podría haber dicho "bueno, no sé", haberme puesto nervioso, haberme reído "jajaja, no, hombre, Paco, no seas así"... pero había caído de pie como los gatos y en posición de no dejarme pisotear.

A partir de ahí tres largas horas de acoso y derribo, sí, tres, no exagero. Nos dijimos de todo menos bonitos, pero de esto de que no te pierdes el respeto, sin levantar la voz, con educación, con talante, pero sin callarnos casi nada de lo que pensábamos, con menos emoción que la voz de Anonymous pidiendo un fuerte aplauso. Se abrió el cajón de mierda, pero sin perder la cordialidad. Recordarlo ahora me resulta gracioso.

Yo defendía que era injusto, hasta ofensivo, que pensaran que mi compañera se estaba aprovechando de una baja totalmente necesaria, sobretodo teniendo en cuenta que siempre lo había dado todo por la empresa y nunca había pedido nada en los siete años que llevábamos allí. Desde su punto de vista lo suyo era que se cogiera el alta voluntaria, sí, ¡no te jode!. Recordé con mucha rabia y mantuve muy presente en mi mente todo el tiempo la cantidad de veces que la había insistido en que teníamos que salir a la hora, que eramos unos pringados cuando nos quedamos hasta las cinco o más sin comer por terminar trabajos estúpidos y que siempre acabábamos discutiendo por ello. Pero lo más insultante era que se les pasara por la mente que apretándonos un poco las tuercas, metiéndonos un poco de miedo en el cuerpo, iban a conseguir que agacháramos la cabeza e hiciéramos lo que a ellos les conviniera sin quejarnos.

Siempre he sido un chico callado, bastante tímido, hasta pasivo en ocasiones, pero todos los que me han llegado a tocar los huevos han podido comprobar que los tengo como el caballo del Espartero. Ya tuve mis anécdotas cuando jugaba al futbito, mis amigos siempre me las recuerdan. Me encaraba a los árbitros, a otros jugadores, a padres, a madres, a tochos que me sacaban cinco cabezas de estos que te meten una hostia que no te da tiempo a llorar, a quien se me pusiera por delante, y nunca me amedrentaba.

Una vez jugamos contra un instituto de los Pajarillos, uno de los barrios chungos de Valladolid, aunque tenga ese nombre. Eran cuatro quinquis de puta madre, cuatro, contados, no es que no tuvieran suplentes en el banquillo, es que jugaron de inicio con uno menos. Y aún así, con la cera que repartían no habíamos sido capaces de meterles un gol en toda la primera parte. Yo era portero, que no lo he dicho, y me estaba indignando muchísimo. Sentía ese hormigueo de la sangre que te bulle por los brazos cuando la impotencia se empieza a desbordar. Y en esto que va mi cierre (un defensa) con el balón y le endiñan la enésima patada de la mañana. Grito al arbitro que si no lo ha visto sin dejar de mirar al balón que se dirige hacia mi portería rebotado de la hostia. Me agacho a recogerlo y aparece como de la nada uno de esos energúmenos con todas sus ganas a intentar arrebañarmelo. Me adelanto, soy más rápido y estoy más cerca, y comienzo a incorporarme. El otro cambia de pierna de apoyo y con la otra me dirige un rodillazo al ojo. A penas consigue rozarme la ceja porque tengo reflejos y giro la cara a tiempo. Pero algún tipo de cable se cruza en mi cabeza y en lugar de respirar hondo y agacharla como estaba haciendo el resto de mi equipo decido prolongar el giro de mi cuello hasta tirarme al suelo como si me hubiera metido un puño el Bud Spencer. Grito como cabrón. Grito "hijoputaaaa", a un gitano, recordemos ese dato. Mis compañeros no saben donde meterse, pero el arbitro, valiente él también por suerte, le saca tarjeta roja. Con tres en fútbol sala ya si que no hay nada que hacer y ganamos el partido. ¿Gracias un poco a mi temeridad? sí, pero es cierto que durante unos meses estuve andando por calle con cien ojos para no cruzarme con el kinki del rodillazo.


Pero volvamos a la sala de reuniones. Creo que manejé muy bien la situación, sorprendiéndome a mi mismo según iba hablando, rebatiendo todos los argumentos casi sin pestañear, casi con altanería. Su actitud fue mucho más caótica, pasaron por varios estados: primero un acoso feroz; al ver que no reaccionaba como esperaban el miedo les rebotó, y de ahí pasaron al nerviosismo mal disimulado y, en un giro muy ridículo, a un intento de arreglar las cosas de buen rollo y con buenas palabras, ahora, ¿ahora?.

Al final quisieron que la cosa quedara como un mal entendido, me medioacabaron dando la razón sin dármela y todos supimos enseguida que nuestros días allí estaban contados, porque nos íbamos a ir además, no porque nos fueran a echar.

Así que después de darle muchas vueltas decidimos que era el momento de retomar la idea de trabajar por cuenta propia y pasar de jefes que no servían para nada más que para tocar los huevos. Las ganas de irnos de allí un día diciendo "Oye que mañana no nos esperéis. Y pasado tampoco. Ni al otro" eran enormes, pero una salida lo más amistosa posible con los papeles del paro en la mano lo más sensato (señores de Hacienda: este libro no está basado en hechos reales, es todo ficción, no me busquen).

El miedo a cómo se lo iban a tomar hizo que nos costara muchísimo decirles que nos pirábamos. No eran tontos, sabían que, con lo jodidas que estaban las cosas por la crisis y tal, si se marchaban las dos personas que hacían todo el trabajo y tenían que ponerse a buscar a otras dos, enseñarlas cómo funcionaba todo, lo que le gustaba a cada cliente... la empresa se iba a pique irremediablemente (que es lo que pasó finalmente). Pero bueno, si Internet Explorer tiene los huevos de preguntarte cada dos por tres si quieres que sea tu navegador predeterminado nosotros teníamos que tenerlos de salir de aquella cueva. 

Les dimos un par de semanas para que buscaran con calma a los que ocuparían nuestro lugar, que se convirtieron en más de dos meses porque no tenían ninguna prisa los cabrones.

Contar los días, las horas, los minutos y los segundos que faltan para que termine algo que te está amargando la puta existencia, sentir ganas de morderle la calva a una persona una media de doce veces por jornada, que te vas a reventar las muelas de tanto apretarlas, que te va a crecer una ulcera sangrante en el estomago de tanto tragar mierda no se lo deseo... ni a ellos. Pero todo tiene su fin en esta vida afortunadamente y llegó el día en que cerramos aquella puerta por última vez, llamamos a aquel ascensor por última vez y salimos de aquel viejo portal de una calle del centro por última vez... seguramente el momento más feliz al menos de ese año para mi.

 

Continuará... (La versión ilustrada y más capítulos en http://andresinsiesta.wordpress.com)

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