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15 min
4 Los seres queridos
Reales |
16.04.12
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Sinopsis

"(...) lo encontraron en la calle, bien sentadito en la acera, muy quietecito, con las patitas juntitas, silbando El puente sobre el río Kwai aunque por dentro estaba hecho puré. (...)" Cuarto capítulo de "Asco de todo".

Este año se casaron unos amigos. Tuvimos nuestra primera despedida de soltero del grupo, aunque si una despedida sin putas es un cumpleaños solo nos faltó la tarta.

Con motivo de la boda se acercaron a Valladolid Sergio y Leti que viven en Toledo. Hacía mogollón que no nos juntábamos y coincidía que estábamos todos de vacaciones así que decidimos aprovechar para hacer un viaje juntos. Cogimos dos coches y nos fuimos tres días a Lisboa. Y fue aquel día, camino de Portugal, cuando ocurrió una de las grandes jodiendas del año, que luego también hizo estallar otras muchas en otra reacción en cadena infame.

Pero para contar esta historia tengo que remontarme un año atrás, la semana siguiente a Reyes o así. Pasábamos Ella y yo por una tienda de animales del barrio y me acordé de que teníamos que comprar unos bebederos nuevos para nuestra pareja de canarios. Entramos y en el camino al mostrador nos detuvimos a mirar los terrarios de las serpientes y las tarántulas, con la esperanza de que se estuvieran comiendo algún ratoncillo de esos blancos con ojos rojos. Entonces sentimos unos pasitos a nuestras espaldas. Nos giramos y vemos como se acerca un ser muy canijo, poco más grande que un perro-patada, todo pelo, liso y largo, blanco y marrón, sin ojos a la vista, con las patas de delante muy cortas y las de detrás largas y fuertes, y con unas orejas desproporcionadamente grandes, tanto que iba barriendo el suelo con ellas. Y sin interrumpir su trotecillo comienza a dar vueltas a nuestro alrededor, provocando en Ella una de sus en realidad y por suerte no tan frecuentes idas de olla: habíamos llegado a aquella tienda porque así lo quería el destino y ese conejo (que es lo que era, un belier) nos acababa de elegir como sus dueños.

Al día siguiente me entero de que estos animales marcan su territorio dándote vueltas y soltando pequeñas canicas de caca, así que seguro que era procedimiento habitual con todo el que entraba en su tienda, pero ya era demasiado tarde, a Ella eso ya la daba igual, aquel bicho se había convertido en solo unos segundos en su alma gemela y no había marcha atrás. Nos lo llevamos puesto prácticamente, con la excusa de que pronto iba a ser mi cumpleaños... Me sentí un poco como Marge cuando Homer la regala una bola de bolos pero no lo tuve en cuenta porque soy poco materialista, poco de regalos, y también me había hecho gracia el peluchito.

En menos de una semana Ella perdió la cabeza por aquella bola de pelo. Se pasaba el día pensando en él, acariciándole, peinándole, buscando información en foros de frikis de los conejos sobre el significado de cualquier gesto que hacía...

A mi siempre me han gustado los animales. Desde bien pequeño he tenido periquitos, peces, tortugas, hamsters... además soy de la creencia de que esas personas que se niegan a muerte a tener un animal en casa, que se les acerca un perrín y se ponen todo tensos, que temen a los gatos... no son muy de fiar, suelen ser gente un poco estirada, tiquismiquis y hasta egoístas. Pero los extremos se tocan, y esa otra peña que llega a tratar a sus mascotas como si fueran personas... es un error y no lo digo yo, se lo escuché al Encantador de perros.

Pues sí, Ella trataba a Haru, que así le llamamos, como si fuera su hermano siamés, decía a veces incluso que sentía como que era parte de ella y que había aparecido en su vida para ayudarla (se le vaaaaa...). Mi postura era más racional, no es que le odiara, como creía ella por mera comparación, pero reconozco que muchas veces me arrepentí de haberle metido en mi casa porque lo llenaba todo de pelo, soltaba sus caniquitas de mierda por cualquier lado, mordía las paredes, los muebles... de forma compulsiva.

Nunca adoptéis a un animal herbívoro, físicamente pueden parecerse a los gatos o a los perros, pero su psicología es completamente distinta y no se les puede tratar igual. Si un perro hace algo mal le riñes y normalmente aprende a dejar de hacerlo, se somete al líder de la manada en cuanto se da cuenta de que eres más fuerte. Un animal herbívoro en cambio te coge miedo, se traumatiza a la mínima si no le dejas hacer lo que le da la gana. Los gastos no te hacen ni puto caso, eso es así, pero son más pachorros, van a su rollo, duermen mucho... yo creo que los conejos no duermen, el nuestro se pasaba la noche mirando fijamente a la pata de la mesa de madera desde el interior de su jaulita, con cara de poker, sin pestañear, concentrado, y en cuanto le abrías por la mañana se lanzaba a ella como un jodido desgraciado. Están programados única y exclusivamente para encontrar alimento y comer, comer y comer como si no hubiera un mañana.

Y este ansia viva al final es lo que le mató, se veía venir. Siempre andábamos de bricolajes en casa y un día bajé a comprar una tira de corcho, ya no recuerdo para qué era. La dejé en el suelo al llegar a casa, me di la vuelta, digamos que fui a la cocina a beber un vaso de agua (para que no me digáis que exagero), y cuando volví medía 5 cms menos, y uno de los cantos no era recto. Y Haru chupando del bebedero en su jaula como de yo no he sido. El corcho debe dar mucha sed. Y se hincha con el agua también. El caso es que no murió en aquel momento, aguantó estoicamente un poco más.

Y aquí viene otro de los problemas de los herbívoros: que siempre disimulan como auténticos imbéciles cualquier tipo de dolor, como el caso de uno de una amiga que se cayó desde el balcón de un tercer piso y lo encontraron en la calle, bien sentadito en la acera, muy quietecito, con las patitas juntitas, silbando El puente sobre el río Kwai aunque por dentro estaba hecho puré. Esto en la naturaleza les viene muy bien, porque si se pusieran a gritar de dolor como nosotros aparecerían los lobos en cero coma. Pero cuando les arrancamos de sus habitats naturales y les traemos a vivir a nuestros pisos y les llevamos a nuestros veterinarios para que les curen... poco pueden hacer.

El nuestro le recetó unas pastillas para deshacerle la bola de corcho que hinchaba su barriguilla y a ver si así salvaba el pellejo, aunque estaba complicado. Pastillas que no pudimos encontrar esa misma tarde porque la única farmacia de Valladolid que las tenía estaba cerrada. Lo jodido es que al día siguiente temprano salíamos para Lisboa.

Hubo un momento en el que Ella empezó a plantear tímidamente la suspensión del viaje pero yo, harto de tanta tontería con el puto conejo ya, la interrumpí enseguida, la dije que ni de coña, que lo dejaríamos en casa de sus padres como ya habíamos acordado, que ellos irían a comprar esas pastillas por la mañana y que Haru... no se iba a morir. La apuesta más cara que he hecho en mi vida, porque al día siguiente, a cuarenta kilómetros de la capital de Portugal, recibí la llamada de su madre que me decía que Haru había estirado la patita.

Ella nunca me recriminó aquellas palabras, nunca volvimos a hablar de aquella tarde de la farmacia y las pastillas, ni de aquel momento, lloramos y recordamos a Haru juntos, dejando a un lado las desavenencias, como se suele hacer en estos casos en deferencia a quien se marcha, pero estoy seguro de que aquel día empezó a dejar de quererme.


Y de estás coincidencias como de cuando se muere un famoso y al día siguiente otro más famoso resulta que no pasó más de un mes de aquello cuando mi perrillo Luck, Luck Perri, se puso malillo. Tenía ya 16 años y había sobrevivido a una hepatitis por la picadura de una garrapata, a la de una culebra en un prado de mi pueblo, a un par de atropellos por cruzar la calle a lo loco si veía en la otra acera a una perrina en celo, o sin celo incluso, a peleas con perros que se podían meter su cabeza entera en la boca y les sobraba, a quedarse fuera del ascensor atado a la correa... y a algunas cosas más, era un auténtico superviviente.

Además me había salvado la vida, o algo, un día que nos intentaron entrar en casa. Estaba yo solo, estudiando, o haciendo como que tal, en mi habitación. De repente oigo que se abre y se cierra la puerta de la calle. Pienso que es mi madre que viene de comprar pero Luck se pone a ladrar muy fuerte. Me levanto, salgo al pasillo y le veo con la nariz pegada a la rendija de la puerta, tenso y gruñendo. Me acerco, miro por la mirilla y no veo nada, todo negro. Pero no es normal porque es de día y tenía que verse la escalera. No me cuesta darme cuenta de que alguien tiene la mano puesta por el otro lado. Luck sigue inmóvil. Me doy la vuelta y salgo como una bala a por las llaves, las cojo, vuelvo, me lanzo de espaldas contra la puerta para evitar con el peso de mi cuerpo que alguien la abra. Consigo cerrar las cuatro vueltas, vuelvo a mirar por la mirilla y veo a alguien desaparecer por el doblar del final de la escalera. Vaya susto. 

Pero esa fuerza que siempre nos había impresionado cuando era joven la había ido perdiendo poco a poco. Fue el mejor perro del mundo, el más listo y el más guapo, y estuvo siempre a mi lado desde que tenía 13 años y aunque ya de viejito le había dado por ir a echar larguísimas meadas en mi cama lloré mucho el día que tuvieron que ponerle la inyección. El recuerdo de llevarle encima sin dejar de acariciarle en su último viaje en coche al veterinario lo tendré conmigo hasta que me muera, pero la vida seguía, no quiero recrearme en las experiencias más tristes y todavía me esperaban unas cuantas jodiendas más aquel maldito año.


Si en 2010 me hubiera hecho una foto familiar con toooooda mi gente y en 2011 hubiera querido repetirla entre unas cosas y otras seriamos la mitad. Y uno de los que ya no estaría sería Jose, uno de mis amigos de toda la vida.

Se echó novia unas semanas antes que yo, el mismo verano del amor, una seca remilgada niña mimada a la que todo la parecía mal, siempre con la nariz arrugada, protestando, pamplinera y empachosa, y del Opus. Nunca nos llevamos bien.

No tenía nada nada nada, nada de nada, pero nada, y ya es difícil, porque al buen hambre no hay pan duro y todo agujero es trinchera, y si una tiene musgo en los dientes igual lo compensa con tetas grandes o un buen culo o es superdivertiva, o buena persona, o trabajadora, o te hace unas comidas de puta madre... o ¡yo qué sé!. Pero ésta nada, y encima quería llegar virgen al matrimonio, vamos, ya la guindita.

No es que nos lo contara, nos enteramos porque un día el Sergio nos mandó a todos por mail un test sexual. Un test con preguntas como ¿a qué edad tuviste tu primera relación sexual?, ¿con cuantas personas te has acostado?, ¿cuantas peras te haces al día?... y ese tipo de cosas. La gracia del asunto era que al darle a "enviar" no te daba ningún resultado, no analizaba tus respuestas para decirte lo buen amante que parecías o que eras un pajillero compulsivo y tenías que buscar ayuda de un especialista. Lo que hacia ese botón era mandarlas directamente al correo de quien te lo había enviado. Una broma cojonuda, hay que reconocerlo. Yo piqué rápido, debía pasarme el día en el ordenador por aquel entonces como ahora y fui el primero en verlo. Rápidamente avise a Ella para que no lo hiciera, y luego, ya con más calma, se lo dije a los demás, soy buen chico en el fondo. Pero para la Siesa ya era demasiado tarde, fue la única a parte de mi que mordió el anzuelo. Y así nos enteramos de sus más oscuros secretos.

Pero vamos, que nueve años aguantando a la tía petarda. No tenía amigas, o las que tenía estaban hasta el coño de ella, y no me extraña porque cada vez que aparecía ya empezaba a recriminarte que hacía quince días que no nos veíamos, que qué liados estábamos siempre, que nunca llamábamos, que os he llamado esta tarde doce veces seguidas y no me lo habéis cogido; lo sé jodida psicópata, lo que pasa es que nosotros sí follamos, de vez en cuando, y mil mierdas que prefiero ni recordar. Pero ¿sabes qué? que al fin y al cabo esa tía no era más que cualquiera que pasa por la calle, que una vecina que te cae mal o un cuñado impertinente. Lo jodido de todo esto es que nuestro amigo se fuera convirtiendo poco a poco en su miniyo hasta desaparecer por completo el Jose que habíamos conocido.

¿Y qué se debe hacer en estos casos? ¿hay que mantener la amistad hasta la muerte, aguantar todo lo que te echen porque es tu amigo? ¿o llega un punto en que puedes dar a elegir "o esta zorra o nosotros", aunque sepas que no has comprado papeletas?. Yo opino o abeto que es duro dejar de hablar a alguien con quien has tenido mucha amistad, sí, pero tampoco puedes estar aguantando mecha eternamente y terminando hasta la picha cada vez que quedas con ellos. Y sí, siempre está el que te dice "¿por qué no lo habláis?", ¿y qué le digo?: ¿"mira, tu novia es gilipollas"?.

Y en éstas pues llegó mi cumple y al parecer no les avisé con tiempo, no viven aquí, y no pudieron venir y se enfadaron. Mucho. La Siesa mandó un mail lleno de indignación, echándonos la bronca de que siempre quedábamos de un día para otro sin pensar en ellos, que parecía que no queríamos que vinieran blablabla... En mi trabajo se usa mucho el correo electrónico y siempre he tenido la teoría de que te puedes calentar en vivo o por teléfono, o hasta por chat, y decir cosas de las que luego te arrepientes, pero cuando esas cosas las dices por mail... chungo, y cuanto más largo peor. Porque contamos con un agravante importante: el tiempo, el que has tenido para enfriarte en el rato que lo escribes, para respirar y para releer tu mierda antes de darle al botoncito de "enviar". Así que la gente que te pone a caldo vía gmail o hotmail... o es muy cabrona o poco le importa lo que pienses o las dos cosas, generalmente las dos cosas.

Nadie la respondió y no volvimos a saber nada de ellos. Hasta hace unas semanas, que nos hemos enterado de que se casan, pero ya estamos al cierre de esta edición y lo que pasé con esa boda quedará para un segundo volumen de mis penurias.

 

Continuará... (La versión ilustrada y más capítulos en http://andresinsiesta.wordpress.com)

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