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17 min
5 El amor I
Amor |
17.04.12
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Sinopsis

(...) mi menté procesó cien posibles personas al otro lado de esa mano blanca en milésimas, el blanco sol de invierno que tenía a la espalda me cegó dos segundos (...) Quinto capítulo de "Asco de todo".

Mi situación sentimental en primavera era muy delicada. Me estaba pasando un poco lo que creo que a muchos hombres les pasa al menos una vez en la vida: pensar que dejarías a la chica con la que estás (porque ya no hacéis más que discutir o porque ha cambiado, o por que has cambiado tú, o porque no es lo quieres, o por lo que sea) si no fuera porque te da miedo que luego no encuentres otra mejor. A las mujeres esto no les pasa porque saben que cuando ellas dejan a uno hay mil esperando y dispuestos a hacerlas lo que quieran. Es así, no me digáis por qué ni de dónde salen.

De todas formas mi punto de vista respecto al amor y los temas sentimentales siempre ha estado claro, y es muy realista, muy acorde con mi forma de ser en general: pienso que la gente se emparanoia muchísimo muchas veces y rompe relaciones por historias que no son para tanto. Yo quería mucho a mi chica y con eso debería haber sido suficiente. Al final asumía que tenía sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo el mundo, y asumía sobretodo que cuando llevas ocho o nueve años ya no es lo mismo que cuando llevas quince días. Se pierden cosas, se pierde pasión, romanticismo sin duda, se puede entrar incluso en la rutina... pero ¿qué tiene de malo? ¿qué problema hay en tener un compañero o una compañera y ya?. Los cisnes lo hacen y les va la mar de bien. ¿Y lo bonito que es llegar a ese punto en la relación en el que te refieres a la otra persona como "este/a gilipollas"? ¿qué?. Confiar en que todos tenemos una media naranja que va a vivir en nuestro mismo país, en nuestra misma ciudad y en nuestra misma época me parece muy muy optimista. Pero empecemos por el principio una vez más.

Ella y yo nos conocimos hace 11 años, cuando ambos teníamos 18. Eramos compañeros de clase en la Escuela de Arte.

A veces una pequeña decisión, minúscula, nos puede cambiar la vida. En el momento ni la notamos pero cuando pasa un tiempo la recuerdas y piensas ¿qué habría sido de mi si aquel día...? Es un poco la forma en la que empieza nuestra historia. Pero no sé hasta que punto en el tiempo tendría que remontarme, posiblemente a mi primer año en preescolar, no exagero. Será uno de mis primeros recuerdos el día que mi profesora me cogió del brazo y me puso delante de un minicaballete y me mandó copiar una ilustración del pato Donald con unas ceras de colores. Fue extraño, porque el resto de mis compañeros seguían a otras cosas, parecía un castigo, pero yo me estaba portando bien y era demasiado pequeño para entender que la cazatalentos habría visto algo en mis garabatos, que no me salía de la linea o que le pinté a Espinete las púas una a una y quería comprobar de qué más era capaz. Y debió quedarme bien el dibujo, aunque no lo recuerdo, porque ese mismo día llamó a mi madre para que fuera a hablar con ella y contarla que su pequeño tenía cualidades para el arte o algo así. Y si los padres cuando escuchan estas cosas de sus niños se vienen arriba los míos no fueron menos.

Esperaron unos años, a que fuera un poco más mayorcito, para meterme en una academia de dibujo. Yo era un chaval bastante obediente y no me pareció mala idea. Allí lo pasaba bien porque había niños de mi edad y eran unas risas. Con el tiempo aprendí a pintar al oleo, con acuarelas, pasteles, sepias, carboncillo... y me convertí en el niño prodigio de la familia. Por cada cumpleaños de un tío, una tía, un abuelo, una abuela, una hermana de mi abuela o un primo de mi madre me hacían pintar un cuadro para regalárselo. Mi arte nunca ha vuelto a estar tan solicitado. Pero luego vino la adolescencia, cuando basta que te pidan o te exijan algo para que se te quiten de un plumazo todas las ganas de hacerlo, y cada vez me hacia menos gracia ser el niño pintor.

Pero la verdad es que me dejé llevar bastante. Cada septiembre me volvían a apuntar, siempre recordándome que las 5.000 pesetas mensuales que costaban las clases eran un sacrificio para toda la familia y que lo tenía que aprovechar. Que si no iba a tomármelo en serio lo dijera y me quitaban, pero sabía que esa opción no iba a traerme buenas consecuencias así que allí seguí hasta los 16, pasando el rato, haciendo algo que no dejaba de gustarme y pensando que en el fondo ¿qué más me daba que aquel lienzo lo enmarcaran para mi abuelo o para colgarlo en el pasillo?.

Hoy pienso en aquellas clases y creo que hubieran sido más interesantes si me hubieran dejado expresar un poco más mi creatividad, porque todo se limitaba a copiar cuadros que encima eran bastante feos. Me dio incluso por los retratos durante bastante tiempo simplemente porque los hacía a partir de fotos de revistas y me sentía un poco menos plagiador. Lo que no puedo dejar de reconocer es que me sirvieron técnicamente. Ya estaba claro que de mayor me dedicaría a algo que tuviera que ver con el arte y pese a sentirlo como algo un poco impuesto creo que fui inteligente y no me revelé del todo.

Llegó el final de mis años de instituto y ni siquiera me planteé hacer la Selectividad, casi más que nada por no hacer gasto a mis padres. No sé, siempre he tenido un sentido del ahorro muy desarrollado, incluso desde mucho antes de entender lo que valía el dinero, desde muy pequeñito aprovechaba los cuadernos al máximo, sin dejar casi márgenes, lo mismo con las gomas o los lápices, herencía de mi padre imagino, que viene de familia pobre. Hoy veo que soy el único de mis amigos que arrebaña el plato después de cenar, que nunca deja nada aunque no me guste o esté lleno, que termina siempre las cervezas o las latas de Coca Cola que abre. Igual piensan que soy un poco Ratonovic. Yo prefiero la palabra "frugal".

Así que ni me esforcé en sacar buenas notas, aunque para mi eran las mejores, conseguí un reto personal del que fardé bastante: un pleno de cincos en todas las asignaturas, que significa que has aprobado todo sin estudiar de más. Siempre me ha gustado imaginar aquella reunión de profesores de la última evaluación, con la de historia diciendo "deberíamos suspenderle alguna" y el de inglés "pero es que no podemos, ha aprobado todo el maricón".

No me interesaba la universidad, como digo, y preferí hacer un ciclo de grado superior en diseño. Para entrar tuve que pasar una prueba de selección maratoniana, que consistió en hacer unos dibujos currados, con sus bocetos previos y un examen de historia del arte.

A la semana fui a ver los resultados. Entré en la Escuela, bajé las escaleras, pregunté en conserjería por secretaría, subí otras escaleras, me encontré con una corchera, me acerqué, leí un poco por encima, muy ansioso, un papel que ponía:

"nota de corte: 7, y yo, ¿dónde estoy...? Hernández, Herrero, Iborra... ¡Insiesta Alonso, Andrés!.................... un 6".

Acababa de fracasar en algo que creía que tenía en bolsillo y no había tomado la precaución de preparar un plan B. Imagino que se me quedó cara de tonto, que se me llenaron las lagrimas de ojos y se me hizo un nudo la garganta, y me quedaría un buen rato allí de pie como puesto por el Ayuntamiento, dudando hasta de si 6 era más que 7, pero lo que está claro es que mi cerebro se apagó durante unos minutos porque no soy capaz de recordar mucho más. Yo congelado en medio de un pasillo y un montón de gente pasando a mi alrededor a cámara rápida y con desenfoque de movimiento mientras suena algo de REM o Radiohead. Hasta que por fin reaccioné y decidí que no podía ser, que tenía que haber algún error, que no podía irme a casa así. Tenía que entrar a la secretaría a que una persona de carne y hueso me confirmará lo que estaba diciendo ese papel cabrón.

Pero por aquel entonces, y tal vez hoy igual, era un chaval muy timidito y me daba muchísimo palo decirle a alguien "Hola buenos días, ¿podría corroborarme si es cierto que soy un pringao?", como si se fueran a reír de mi, o a reñir, o a darles pena, o todo junto. Lo más normal de hecho habría sido que agachara la cabeza y me fuera sin más, asumiendo que no había nada que hacer, pensando en a qué me iba a dedicar durante ese año que me iba a pasar en blanco. Pero sabía lo importante que era aquello en aquel momento, y entonces respire muy hondo, me lance contra la puerta cargando con el hombro y me metí en aquella secretaría como el que huye de un loco con una motosierra. Ya estaba dentro y solo me quedaba preguntar. Bu-bu-buenos días.

Y bueno, la cosa no tuvo mucho misterio, simplemente me dijeron que lo del corte del 7 era para los que habían hecho la prueba de no sé qué historias... y que a mi, que era de otro tipo de blablablá, me valía con haber aprobado. Voy a hacer del 5 mi número de la suerte.

Estoy seguro de que existe un universo paralelo en el que me fui a casa con la cabeza gacha sin meterme en aquel despacho, lo que no sé es qué ha sido de mi en ese otro mundo, a saber. Y durante años he pensado montones de veces qué bendito fue aquel momento sin el cual no habría conocido a la mujer de mi vida. Hoy es al revés, me gustaría no haber cruzado aquella puerta, aunque nada me garantice que me hubiera ido mejor.

Pienso que se crea una de estas realidades alternativas con cada decisión que tomamos. Su número es infinito y no consumen ancho de banda, y eso es algo que nuestra cabeza no llega a entender, pero todos tenemos unas cuantas a las que nos moriríamos por viajar y ver qué hubiera pasado si aquel día hubiéramos tomado la otra pastilla. Yo pienso sobretodo en dos.


Llevaba solo un par de años con Ella cuando tuvo lugar el primero. Hacía poco que habíamos salido de la Escuela y yo había tenido un trabajo que solo me había durado un mes. No manejaba los programas necesarios tan bien como debía y si conseguía otro me iba a durar lo mismo, así que me metí a hacer un curso del INEM. Me incorporé cuando ya estaba empezado y entre eso y que yo hablo poco y que a un lado tenía una pared y al otro un seto, un seto humano, un tío que me daba menos conversación que un zapato, un autentico seco y un gilipollas que a sus 30 años se flipaba con los Pokemon y Harry Potter y se pasó todo el invierno castellano en pantalón corto como un puto otaku... pues se puede decir que no hice muchos amigos.

Pero un día volviendo a mi casa al pasar cerca de San Pablo me crucé con una compañera que venía de clase también pero por otro sitio. La dije "hola" con cara de imbécil (nunca sé qué se dice cuando te cruzas con una persona a la que has visto hace un ratín, como cuando bajas a por el pan y está la señora que limpia el portal, vuelves a los dos minutos y lógicamente sigue ahí, "¿hasta luego?", no sé, "hola" otra vez fijo que no) y seguimos nuestros caminos, ella por su lado y yo por el mio.

No le di muchas vueltas, imagino que pensé, ya no me acuerdo, que cómo era posible que hubiera llegado a esa altura al tiempo que yo si yo había salido el primero y mi camino era más corto, o eso creía. Reconstruí el plano de Valladolid como si tuviera un Google Maps en mi cabeza (soy bastante friki con el tema de las calles y tal) y dije: "sí, su ruta da mucha vuelta". Pero yo qué sé, andará muy rápido, o yo muy despacio, y enseguida me puse a pensar en qué habría hecho mi madre de comer.

También pasaría por mi cabeza, supongo, el hecho de que era una chica preciosa, mi "logotipo" de mujer como dirían en Gran Hermano. El pelo largo, negro y un poquito ondulado, los ojos claros, como la piel, los rasgos finos, nariz y labios perfectos... de ese tipo de chicas que tienen belleza canon, ideal griego o romano... pero con un buen chorrito de personalidad. Ponedle la cara de Rachel Weisz en My Blueberry Nights. Su rollo indie me mataba pero más me mataba aún su voz, suavísima, como un susurro, como si no quisiera que nos oyeran... aunque ese día todavía no la había escuchado, creo. Tuve que esperar al día siguiente, al salir de clase, por Duque de la Victoria. Me acababa de poner los auriculares de mi mp3 y lo estaba encendiendo cuando noté que me agarraban por el brazo izquierdo obligándome a girar, pero con una fuerza tan suave que parecía que se iba a romper como una galleta María de las últimas del paquete. El tiempo se ralentizo, mi menté procesó cien posibles personas al otro lado de esa mano blanca en milésimas, el blanco sol de invierno que tenía a la espalda me cegó dos segundos al girarme y en lo que conseguí ver quién era...

- ¿Vives por allí?
- Sí - respondieron los servicios mínimos de mi cerebro - por la Rondilla.
- Ah, pues voy contigo.

Tengo la sensación de que estuve en parada cardiorespiratoria súbita cerca de un minuto. Perdí la conciencia de mi mismo pero por suerte mis piernas se pusieron en piloto automático, porque si no me habría quedado allí como una estatua de sal. Tal fue el shock que no recuerdo absolutamente nada de aquel paseo. Como el día que me saqué el práctico de conducir, que fue por aquella época además, a la segunda y con los huevos pegados a las anginas porque si suspendía me tocaba renovar papeles y no me quedaba ya un duro de lo que había ganado en aquel trabajo que me duró un mes.

Ya no sabría decir si antes de aquel día me había dado tiempo a fijarme en aquella muchacha, o empecé a colarme por ella cuando me tocó el brazo. Solo sé que día a día salía de aquellas clases con el cuello bien tieso, apretando los dientes para no mirar atrás para ver si venía o no, por hacerme el interesante o el desinteresado, andando despacio para darla tiempo a alcanzarme, parándome en los semáforos cuando solo estaban parpadeando, lo que nunca, lo que nadie. Unos días me pillaba, otros debía ir por otro lado, tampoco recuerdo cuantas veces hicimos aquel camino juntos, sí tres, cinco o cuarenta. Solo recuerdo algunas pequeñas conversaciones que tuvimos, que tocaba el órgano en una orquesta de las que van por los pueblos, que en una calle muy estrecha siempre me bajaba a la carretera para que ella pudiera seguir por la acera, que un día me dijo que quería irse de vacaciones y no tenía con quien, las ganas me dieron de dinamitar mi vida en aquel mismo instante y que cada vez que yo decía una bobada y ella dejaba escapar una pizca de su risa mi cabeza gritaba "deja de reír así por dios, ¡¡que me estás enamorando!!".

Y así fueron pasando los días, no sé cuantos, el curso duró seis meses pero esto debió ser muy al final porque si no no creo que lo hubiera soportado. Y llegó el penúltimo del curso. Yo estaba sentado en mi ordenador, en la primera fila, junto a mi amigo Pikachu, con alguna práctica de 3ds Max o lo que fuera y los cascos puestos, cuando veo por el rabillo del ojo que Rebeca, que así se llamaba por cierto, se acerca a la mesa del profesor. Disimuladamente pauso el Winamp pero no me quito los auriculares, solo para pispar, como si tuviera miedo de que todo fuera una broma de ese programa de radio que se dedica a romper parejas y de un momento a otro fuera a entrar mi novia por la puerta diciendo "¡lo sabía!" como Chandler en aquel capítulo de Friends, cuando Rachel le dice a Ross aquello de: "Eh, y para que lo sepas: no es tan común, no les pasa a todos los tíos y sí que tiene importancia".

Total, que le cuenta al profesor que al día siguiente no va a poder venir y que se ha grabado sus trabajos en un regrabable pero no la han cogido todos. La solución que da él es muy sencilla: que mañana te los meta un compañero en otro y te lo acerque a algún lado otro día.

Y en ese momento un silencio eterno. Como una oportunidad de a huevo para que yo gire mi maldito cuello por primera vez en semanas y mi boca diga "yo te lo acerco, que vivimos al lado". Un silencio tan largo que parecía exagerado. La tenía a las 4 en punto, fuera de mi campo de visión, con mi cuello rígido y los auriculares en los oídos como tantos días atrás, pero notaba como si me estuviera clavando sus ojos de gata en la nuca y me dijera mentalmente "girate, por favor", notaba como si toda la clase se hubiera parado y me estuvieran mirando y gritando "¡girate, gilipollas!". Pero sobre mi hombro, dentro de un bocadillo de nube estaba a Ella diciéndome "no lo hagas, por favor, te quiero".

Quince minutos después, o tal vez menos pero eso es lo que me pareció a mi, una voz repulsiva rompió aquel mágico silencio.

- Yo te lo acerco - dijo el otaku.

 

Continuará... (La versión ilustrada y más capítulos en http://andresinsiesta.wordpress.com)

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  • Lo unico malo de leerlo del tirón es que se agotan las formas de decir que me está gustando mucho. Lamento mis limitaciones.
    Escribe tus comentarios...
    Tenías razón. Va a mejor. (Hay alguna cosilla de ortografía mejorable pero no sé si eres de los que se "enfadan" con ese tipo de corrección :)) Sigo con el sexto.
  • Un relato muy breve, independiente de la historia de 2011.

    (...) ¡Dios! Tú sí que eres un pecado hija mía, pensé, pero no lo dije, ¿qué hubiera pasado? igual la había hecho gracia, insólitas, insisto. (...) Noveno y último capítulo de "Asco de todo".

    (...) si por el contrario se iba a adelantar el gran final. O si, tal vez, aquella conversación hubiera sido la última puta posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro. (...) Octavo capítulo de "Asco de todo".

    (...) Ahí igual, o igual en nuestra habitación la noche anterior con el móvil en una mano y la otra en la boca intentando agarrar un nombre que ya se había escapado. (...) Séptimo capítulo de "Asco de todo".

    (...) miré para otro lado, guardé mis manos en los bolsillos del pantalón y mi cuello entre los hombros levantados (...) Sexto capítulo de "Asco de todo".

    (...) mi menté procesó cien posibles personas al otro lado de esa mano blanca en milésimas, el blanco sol de invierno que tenía a la espalda me cegó dos segundos (...) Quinto capítulo de "Asco de todo".

    "(...) lo encontraron en la calle, bien sentadito en la acera, muy quietecito, con las patitas juntitas, silbando El puente sobre el río Kwai aunque por dentro estaba hecho puré. (...)" Cuarto capítulo de "Asco de todo".

    (...) puse la boca en automático dejando que dijera lo que quisiera, eludiendome responsabilidades a mi mismo (...) Tercer capítulo de "Asco de todo".

    "(...) con un señor muy mayor en la cama de al lado que una vez se levantó y estaba en pelota picada el hijoputa, no sé a donde querría ir, pero a mi en ese momento ya todo me daba igual. Si me hubiera venido a castigar la cara ni la habría apartado.(...)" Segundo capítulo de "Asco de todo".

    "(...) cuando el hijoputa se saca el sueño más currado y menos Buñuel de vuestra puta vida en el que Ella te pide que volváis, que te quiere muchísimo y se arrepiente de todo lo que ha dicho, que se ha dado cuenta de que no puede vivir sin ti y de que sí que estabais hechos el uno para el otro (...)" Primer capítulo de "Asco de todo".

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