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18 min
6 El amor II
Amor |
19.04.12
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Sinopsis

(...) miré para otro lado, guardé mis manos en los bolsillos del pantalón y mi cuello entre los hombros levantados (...) Sexto capítulo de "Asco de todo".

Varios meses después...
Biblioteca de San Nicolás. 

Eran aquellos tiempos en los que la velocidad de internet y el Kazaa o el Audiogalaxy solo te daban para bajarte un par de emepetreses al día. Y ahí estoy yo, buscando alguna película en la sala de los dvds, intentando decidir entre una que tenía muchas ganas de ver y otra que me interesaba menos pero siempre estaba pillada, y seguramente no volviera a encontrar en mucho tiempo, fijo. Al final me decidiría por una o por otra, igual cogí también algún cd de música, por aprovechar el viaje, o un libro, al pasar por la zona de novelas que bordea el patio donde tenían la plastificadora de carnets aquel día de verano en que mi abuelo me llevó a sacarme el mio, al poco de que la abrieran, hace mil. De ahí al hall de los ordenadores donde consultamos el catálogo y en uno de ellos, de repente, Rebeca. Enfrascada en su búsqueda ni se enteró de que me había parado a un metro de ella. Estuve apunto de tocar su brazo por detrás pero fueron mi fidelidad y mi vergüenza las que me agarraron a mi una por cada lado y me arrastraron escaleras abajo hasta el mostrador de las señoras que te fichan los prestamos. A mis espaldas la reina de mi visión periférica dejó el pc, bajó también a la planta baja y se dirigió hacía la salida. ¡Puta biblioteca más grande de Castilla y León! ¿de qué cojones te sirven todos esos millones de libros, que ya no caben y se amontonan por todas las estanterías, si no tienes el que esta muchacha está buscando?.

Me dieron ganas de tirar los míos, o el dvd o lo que fuera, al aire y salir detrás de ella. Pero mis putos principios se convirtieron en escoltas fantasmagóricos me lo impidieron. Esperé a que le pasaran el lector de códigos de barras a mi libro, mi dvd, mi cd y mi carnet como el que se está meando a reventar al lado de un baño ocupado y en cuanto terminaron los agarré como el corredor de relevos su testigo y salí por patas literalmente, sin dar las gracias, ni los buenos días ni importarme que la gente me mirara asustada.

Ya fuera de la biblio miré hacía todas las salidas de la plaza, de izquierda a derecha Calle Puente Mayor, Isidro Polo, San Quirce y allí avisté su pequeño culito perdiéndose por la esquina. Dudé unos segundos, forcejeando con esos sentimientos que me empujaban al camino que llevaba a mi casa. De dos codazos conseguí zafarme de ellos y entonces mis piernas se pusieron a correr una vez más.

Corrí, volé como nunca por esa calle, esquivando a señoras con bolsas de la compra y abuelos dados de la mano de sus nietos, a largas zancadas, y con lo suelto de la chaqueta al viento, igual que mi melena, el cuello tenso y estirado y la barbilla alta de esto que parece que te vas dejando la cabeza atrás hasta llegar al colegio El Salvador. El semáforo que cruza a la plaza de San Pablo la había detenido para mi. Pero estaba exhausto de la carrera. Solo tenía que estirar el brazo y tocar el suyo para cerrar el círculo que se empezó a dibujar cuando ella hizo lo propio con el mio unos meses atrás.

Pero no podía dejar que me viera así, sin aliento, porque no sabría como explicarlo, sería absurdo, "Hola (jadeo) cuánto (jadeo) tiempo (jadeo)". Parecería Stewie de Malcolm in the middle. Así que me vi obligado a tomar dos segundos, lo justo para que esos fantasmas empachosos me dieran alcance y el semáforo se abriera.

No la he vuelto a ver. Pero es una historia cargada de señales que me hacen pensar que tal vez fuera la mujer de mi vida. Nunca sabré que habría pasado si hubiera lanzado aquel dvd al techo de la biblioteca, o si me hubiera arrancado los cascos y girado el cuello el penúltimo día de clase. Una revolución tal vez, y tal vez hoy sería más feliz, o igual no, pero no sé porqué me siento un poco orgulloso de haber sido una pareja fiel, aunque al final fuera por una ingrata.


Al año siguiente más o menos volvió a pasarme algo parecido, otro de esos momentos en mi vida a los que hoy me gustaría volver para hacer lo que no hice y así poder cambiar mi futuro que hoy es mi presente y tanto dolor me está causando. Era Septiembre, poco antes de Ferias. Mi tío que es profesor en un colegio me llamó un día para contarme que iba a venir a Valladolid una chica ucraniana a pasar medio año haciendo prácticas de maestra en su clase, que no sabía ni jota de español, que no conocía a nadie aquí, que era de nuestra edad, y que como nosotros (Ella y yo) estábamos estudiando inglés si nos gustaría quedar con ella algún día, para enseñarla la ciudad y tal.

Nos pareció una idea genial, siempre nos gustó a ambos conocer gente de otros países. Hay mucha peña que adora viajar, conocer mil ciudades distintas, todos los monumentos del mundo, traerse terabytes de fotos para luego usarlos a modo de brasas y tostarte vuelta y vuelta con ellas una noche en su tele, quieras o no quieras. Yo digo que viajar está sobrevalorado. Lo bonito es conocer gente de otras culturas, que vayas tu allí o vengan ellos aquí da lo mismo.

Pues eso, que nos hicimos muy amigos de esta chica. Hablamos con ella por Skype unas semanas antes de que viniera para acá y nos caímos muy simpáticos los tres. El día que llegó la fuimos a buscar a la estación y de ahí a tomarnos un café mientras la preguntamos lo típico: que cual era su primera impresión de España, de Valladolid, de los españoles... y en un inglés tan perfecto que a mi me costaba un huevo entender nos contó sin cortarse ni media que los chicos eran muy guapos y que en las pocas horas que hacía que había aterrizado ya se había encontrado con dos very handsome boys, el taxista que la había llevado del aeropuerto a la estación de trenes de Madrid... y Andrés o.Ó. Me quedé to' pizcueto, de primeras pensé "no, no ha dicho eso, ¿sí?". No estaba acostumbrado a halagos provenientes de mujeres, y menos tan directos, ¡y con mi novia delante!. Quedó como un comentario jocoso. Pero con los días me fui dando cuenta de que no lo había dicho de coña ni mucho menos, me miraba continuamente, me sonreía, me abrazaba a la mínima... me acariciaba el pelo si Ella se iba al baño, ¡Dios!.

Lo malo es que a medida que se fueron haciendo amigas se fue cortando cada vez más. 

Una noche fuimos a su casa porque su compañera de piso se había ido de fin de semana y quería cocinarnos algo típico ucraniano. Cenamos y después salimos a tomar algo. Se nos hizo un poco tarde y Ella tenía que coger el último búho que la llevaba a su barrio. La parada estaba al lado de donde Adriana la ucraniana vivía, y a diez minutos de mi casa. Fuimos para allá los tres, nos despedimos, Ella se monta y en el momento en el que el bus desaparece de nuestra vista Adriana se gira, me mira de la forma más caliente que me han mirado nunca y me dice en perfecto castellano practicado: nos hemos quedado solos. Las piernas me temblaron y juro que mi picha se estremeció, dio un latigazo, como si la hubieran despertado de repente "¡¿qué ha dicho?!". Mantuve el tipo, tragué saliva, casi me atraganto, respondí un tímido "pues sí" con vocecilla, miré para otro lado, guardé mis manos en los bolsillos del pantalón y mi cuello entre los hombros levantados y la acompañé sin abrir la boca los pocos metros que quedaban hasta su portal mientras la imaginaba completamente desnuda en millones de posturas. Pausa estilo Matrix one more time, y la cámara dándonos vueltas, como si mi vida fuese una aventura gráfica y alguien tuviera que elegir:

a) La comes la boca y subís a follar como monos toda la noche.
b) Te vas a tu casa con el rabo entre las piernas (en sentido figurado porque me la había puesto como un bote de laca).

Nos dimos dos besos, uno por mejilla, ojo, los más peligrosos de nuestras vidas. Me di media vuelta rotando sobre un talón como un payaso y caminé hasta mi casa sin mover más músculos que los que sirven para andar sin doblar las rodillas. Sobra decir la cantidad de veces que imaginé lo que hubiera pasado si esa noche subo a la habitación de esa rubia nórdica de largas piernas y... uf!


Pero bueno, la historia es que entré en aquel ciclo de diseño de la Escuela de Arte, el que casi me pierdo por no pasar a confirmar mi nota, y allí conocí a un montón de gente. Las chicas estaban todas bastante ricas, de ese estilo de estudiante de arte moderna-indie-hippie-punky-gótica-alternativa... muy diferentes a lo que estaba acostumbrado en mi instituto y en mi barrio. Fueron varias las que me llamaron la atención. Entre ellas Ella. No es que cayera locamente enamorado, no me quedaba muy embelesado mirándola, ni la veía moverse a cámara lenta con un velo blanco y luminoso alrededor, pero me pareció majilla. Tenía algo.

Tampoco sé que hubiera pasado si hubiera intentado hablar un poco con ella uno de esos primeros días, sacando punta a un lápiz en la papelera o algo así. Si lo hubiera hecho posiblemente y para mi sorpresa habría triunfado, como triunfó el que sí lo hizo y se pasó año y medio sobandola en los pasillos entre clase y clase.

El primer día que me les encontré en la puerta besándose sentí esa curiosa y tonta sensación cuando vemos a una chica que nos gusta con otro y nos parece como si nos estuviera poniendo los cuernos. Pero no le di muchas vueltas. Pasó un curso entero y yo apenas llegué a hablar con ninguno de los dos. Tenía mis amigos frikis con los que me lo pasaba de puta madre y no me fijaba demasiado en el resto de compañeros. Segundo, pasado el verano de 2001, empezó como terminó Primero, pero poco a poco aquel chaval se fue acercando a mi grupo de amigos, atraído por las risas y las carcajadas, y pegada a él venía ella.

Y en eso andábamos el día que nos cambiaron de aula, a una con mesas más grandes para colocar mejor nuestros blocs de dibujo absurdamente gigantes. Dieciocho mesas repartidas en filas de tres cada una.

Nosotros eramos cuatro y yo me partía el culo con sus bobadas y ellos con las mías. Pero cuando quedaban para jugar al roll y toda esa mierda, yo me quedaba al margen, nunca fui tan nerd. Así que cuando hubo que jugar un poco al juego de las "mesas" en aquella clase no hubo mucha pelea porque yo enseguida me retiré, dejandoles a ellos tres con la última fila completa y poniéndome yo en la primera mesa de la anterior, formando la "L" de las risas.

Pero como digo el novio para aquel entonces simpatizaba mucho ya con nuestro grupo, no era de extrañar porque aunque un poco raros eramos el alma de la clase y se nos ocurrían tonterías cada vez más absurdas y descojonantes, y pilló sitio en mi fila para tener a estos justo detrás.

Total, que yo estaba colocado en la mesa de la izquierda de la penúltima fila, él cogió la de la derecha, ya éramos una "U"... y a Ella la tocó la del centro, justo a mi lado.

Recuerdo que en el momento en que apoyó su por entonces culín de teen en la silla, no sé por qué, mi imaginación echó a volar y pensé cómo sería si fuera mi novia. Y recuerdo que en dos segundos me sacudí la cabeza como un perrillo mojado diciéndome a mi mismo "¡qué bobada!". Recuerdo aquella sensación porque ha vuelto a mi cabeza muchas veces durante estos años, sobretodo cuando una idea me parecía demasiado improbable, como prueba y mejor ejemplo de que lo que hoy te parece absolutamente imposible mañana puede ser una realidad.

Y así fue, de la manera más tonta y más ingenua fui hablando poco a poco con ella, dejándola mi goma de borrar, riéndonos de los profesores... Su chorbo seguía ahí, pero no me veía como una amenaza, ni yo mismo creía que pudiera amenazar nada. Era como Sam en Freaks and Geeks, y ella Cindy Sanders, y él el capitán del equipo de fútbol que ni se plantea que su novia pueda ver algo en ese piltrafilla sin posibilidades.

Un día, en un descanso entre Fundamentos del diseño y Fotografía, alguien de repente preguntó: ¿vosotros tenéis Messenger?. Estamos hablando de finales de 2001 y por entonces yo tendría un par de contactos: mi amigo Sergio y mi hermana seguramente, poco más (fiajete si habrá llovido), y aquella tarde los cuadripliqué.


Desde ese momento dejé de ver la tele por las noches para pasármelas hablando con unos y con otros, con Ella también. Hablábamos de tonterías, de cosas que habían pasado en clase, cada 10 minutos alguien se caía, a la media hora o así, que era lo que el módem de 56 kbs tardaba en conectarse, aparecíamos otra vez, decir: "me caí", y responder "¿te has hecho daño?" era gracioso y mi madre me hacía quitarme cada poco para poder usar el teléfono :_(

El caso es que así a lo tonto fui formando una pequeña relación de amistad con ella. En algún momento, es curioso porque en nueve años nunca le pregunté cuando fue exactamente, lo dejó con aquel chaval y fue un tiempo en que lo pasó mal y se apoyó un poco en mi, supongo que porque era un chico que no hacia preguntas ni daba consejos, pasaba de rollos, era el último mono en enterarme de las historias de los demás y hacía como si no pasara nada, algo que a ella la aliviaba y la distraía bastante.

Ella me gustaba, era la chica con la que más relación había tenido a mis 20 añazos, era guapa, podía bañarme en sus enormes ojos marrones, muy simpática, compartíamos gustos, me reía un montón con ella y parecía que la gustaba. Pero estaba o había estado con un amigo, no intimo, no se podía decir que fuéramos picha y culo, pero tenía que respetarle.

En junio, al terminar las clases, nos fuimos todos juntos a celebrarlo por ahí. Y entonces fue cuando ocurrió algo que me hizo reaccionar. Estábamos en Asklepios, una discoteca que me gustaba entonces y aún me gusta hoy porque ponen música de mi rollo y repele a las chonis, canis, pijos y pijas que plagan el resto de garitos de la ciudad. Era donde siempre acabábamos cuando cerraban los bares de Cantarranas.

Yo estaba medio bailando con Ella, teníamos el puntillo, pinchaban canciones que nos gustaban... y empieza a sonar Stop Crying Your Heart Out de Oasis, una canción que nos gustaba mucho a los dos y que terminaría convirtiéndose en nuestra canción. La que siempre pensé que sonaría en nuestra boda. 

Entonces levanto la cabeza, me quito el pelo de la cara, que en aquel tiempo llevaba un poco más largo de normal, y Ella había desaparecido, no estaba. Estiré el cuello y me puse de puntillas buscándola entre la gente. Di un par de vueltas entre el barullo mientras sonaba la canción. Nos la estábamos perdiendo y cada acorde que pasaba sentía que la vida se me iba.

Por fin la vi a lo lejos, apoyada en una columna, hablando con un compañero de clase. Saqué codos y como un ariete me abrí camino entre la muchedumbre. Solo quedaban dos pasos, un metro y poco, mis palabras "Están poniendo..." estaban a punto de abandonar mis labios, pero en el último momento sentí que no podía acercarme más. Sus caras, sus gestos, su lenguaje corporal, el brazo de él apoyado en la columna, sus vibraciones formaban un campo de fuerza sobrenatural que me impedían seguir adelante. Me di la vuelta y, sin entender bien lo que estaba pasando, regresé a mi sitio en lo que Liam cantaba los últimos versos. No tardó mucho en volver a mi lado y bastante más en contarme que Javi (uno de los tres freaks del Apocalipsis) la había contado que llevaba mucho tiempo enamorado de ella y que le gustaría mucho que salieran juntos. Pero ella le había dicho que no.

Se me apareció la Virgen, fue como un pellizco que me hizo despertar y empezar a hacerme algunas preguntas: ¿me he pasado todo este tiempo respetando una norma que los demás se van a pasar por el forro de los cojones? ¿he estado a un pelo de perder a la mujer de mi vida por ser demasiado noble? y más importante que todo eso ¿le ha dado calabazas porque no está interesada en él, en ningún tío en general... o... porque quiere estar conmigo?. Era el momento de dar un paso al frente, lo vi claro.

Ya os adelanto que fue la última opción, pero aún nos lo tomamos con bastante calma. Quedábamos como amigos, a tomar algo por el barrio, a sentarnos en algún banco de cerca de la Esgueva, a dar una vuelta por el parque, con Bunbury sonando en mi cabeza, y decían qué bonito / era vernos pasear / queriéndonos infinito / pensaban siempre será igual...

Una de esas tardes decidí dejar de crear aldeanos y casas y granjas y molinos y murallas. Construí unos cuarteles que formaran unas tropas que enviar por fin a la zona negra del mapa. Y empecé a divagar yo solo: somos muy amigos, superamigos, nos llevamos muy bien, ¿por qué no intentamos ser algo más?. Tengo que decírselo, con toda naturalidad, como si no pasara nada, esta misma tarde, seguro, confiado, no puedo dejarlo pasar.

Pero lo hice, lo dejé pasar un poco, lo iba posponiendo, ahora, no, espera, ahora, no, espera, ahora, no, espera... y menos mal que esperé, porque sin darme cuenta ella empezó a hablar. Y me soltó algo así como que eramos muy amigos, que me apreciaba un montón, pero que la daba miedo que la cosa fuera a más. Y yo con un quiebro de cintura como el que le hizo el gran Jose Luis Pérez Caminero a Miguel Ángel Nadal en aquel Barça-Atleti y una sonrisa de "uf, por que poco" respondí que no se preocupara por eso, que no había problema, que yo estaba muy a gusto así, estaba muy contento de ser su amigo y no necesitaba ni siquiera me planteaba algo más. Mentira, pero bueno.

Una semana hizo falta para que la tensión sexual nos venciera y hasta hoy, habría dicho hace 42 días.

 

Continuará... (La versión ilustrada y más capítulos en http://andresinsiesta.wordpress.com)

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