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5 min
8
Suspense |
25.04.17
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Sinopsis

Pase y disfrute del espectáculo.

8   Es verano. El sudor recorre mi frente, la oscuridad ha cubierto, junto a las sábanas, todo mi cuerpo. El silencio se apoderó —otra vez— de la habitación, de la casa y del edificio Azul, donde vivo con Mamá y Rocky. Las corrientes de aire no se deciden por dónde entrar y de tanta confusión, solo no ingresan. Nada se refresca. La fiebre también es indecisa. Me exalta, me regala unos segundos de sueño y retoma el castigo. No respiro bien desde hace días y estoy desabrigado, pero si me arropo demasiado no voy a cerrar los ojos. Mañana trabajo y no debo faltar porque recibiré un descuento más aterrador que estas tinieblas. Ocho y media debo estar de pie para llegar a la oficina.

 

  Como única arma de defensa, dispongo una posición. Acurrucarme como un pequeño, apretar todos los músculos de mi cuerpo y rogar al cielo que se me pase el malestar. Lo hago, una vez y nada resulta. De nuevo, intento y peor que antes. Repito la operación, la única calma que percibo está en la forma en que respiran Mamá y Rocky en las otras habitaciones. Mi cuello se entumece por la posición fetal. Otro malestar más.  En unos segundos, dejo de oír las respiraciones. El silencio me perturba.   Pero no puedo gritar, solo sé que ellos descansan bien. Me ahogo y mi nariz tupida por los mocos es el obstáculo. Debo despertar a esos ángeles de su profundo sueño, ¿para qué? Son mi familia, solo que no quiero joder a esta hora.

Exhalar es un proceso automático, pero no me gusto tragar aire por la boca. Entra sucio y mis pulmones son débiles. Parpadear también, aunque esta vez, así mantenga las pestañas rozando las cejas, no percibo nada. Entonces, cierro y abro los párpados. No hay cambio. Oscuridad total. ¿Cómo es posible que no perciba la luz? Las gotas de sudor avanzan por mi cuello y reposan hasta que se evaporan en mi espalda, si no se entrampan en mi polo. Tengo miedo. Estoy muy débil. Estoy vulnerable. Eso me da mucho pavor. A que algún bicho se acerque, me mire desde arriba y decida envenenarme. Una araña, algunas hormigas, mosquitos (aunque a ellos sí los notaría por el zzzzzzzuuuuuummmm). Tal vez la muerte se aparezca, pero eso solo significaría que tengo mucha suerte. O quizás Dios, a quitarme todo el sufrimiento y dolor. Pero, ahí pienso, que sí estoy delirando.

  Mis dedos se deslizan en la sábana. No busco agua. Debo encontrar mi celular para ver cuántos minutos más sufriré. Calculo que son las tres de la mañana o cerca del alba. Mis piernas están entumecidas. Mis fosas nasales están muy crispadas. No tengo un pañuelo a mano, no debo aclarar el desborde que las mangas en mi ropa ha tratado de frenar. ¿Dónde se metió que no lo encuentro?¿Por qué a mí? A lo lejos, en el infinito de las planchas negras que me cubren, se oye un gallo. Serán las 4, serán las 5 o que el animal de granja se levantó demasiado temprano. Me voy al carajo. Luego, un intenso dolor se inyecta en mi cabeza. Siento como se esparce en los flancos de mi cerebro, las venas delgadísimas la dispersan y todo se apaga.

 

Luego no recuerdo nada. Algo interrumpe mis sueños. Un reflejo de la luz, un destello del sol que rebota en la ventana de mi vecino y llega hasta mí porque mamá acomodó las cortinas ocre con bordados de flores. Estoy despierto, son las nueve, aunque mantengo los ojos cerrados. Nadie sabe que oigo. Ni mamá, ni Rocky. No quiero abrir los ojos. Sé que la oscuridad ya se fue, pero presiento algo malo.

 

  No me equivocaba. Una fina tira plateada colgaba sobre mí. Iluminada apenas se balanceaba y mantenía en la punta a una araña marrón, delgada y con tórax negro. No medía más de dos centímetros. Me embarga el pánico en un milisegundo y grité, me sacudí como nunca antes. Mi corazón saltó cien veces en mi pecho en menos de dos segundos. Vi que revoloteó sus ocho patas, algún sonido minúsculo retumbó en mis oídos y se soltó. Se asustó —también—  y cayó en mi boca.   Y a los segundos de escupirla, vomité. Bilis, el mal sabor del animal y la cena de ayer.  Rugí como dragón. Junto a la regurgitación, expulsé mocos por la nariz. Un espectáculo no apto para sensibles. Momento después, llegaron Mamá y Rocky alarmados por el escándalo. Después de limpiar, me dejaron dormir más y ya no fui a trabajar.
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